Prejuicios: juicios anticipados


                Todo el mundo tiene prejuicios. En cuanto empezamos a tener contacto con el mundo nos empapamos de esas ideas preconcebidas casi sin darnos cuenta. Y lo mimo pasa con el mundo del espectáculo. Había una película cuyo título, Si hoy es martes esto es Bélgica, mostraba muy claramente la idea de dejarse llevar por lo que algo se supone que es y no por lo que es. Y más claro aun se ve en numerosas series y programas de televisión, que, con la excusa de hacer reír, utilizan estereotipos tan zafios que dan vergüenza.

                En nuestro teatro se supone que no tenemos prejuicios. Una gran paradoja eso de que hagamos juicios pero no prejuicios. Pero es que, claro, no es lo mismo un prejuicio que un juicio previo en sentido estrictamente procesal. Como tampoco es igual un antejuicio, una figura emparentada con los aforamientos que desapareció de nuestro Derecho en 1995 sin que nadie explicara muy bien por qué. El antejuicio consistía en un trámite de examen previo cuando había una denuncia contra jueces o fiscales, y podía resultar una criba muy útil. Una criba que, por cierto, existe en muchos países que se usan como referencia en cuanto a la escasez de aforamientos. No es oro todo lo que reluce

                Un prejuicio consiste en adelantar la opinión sobre algo o alguien haciendo un juicio previo no basado en hechos sino en ideas preconcebidas. Según la Rae, prejuicio es una “opinión preconcebida, generalmente negativa, hacia algo o alguien” y en Toguilandia no solo los tenemos sino que los padecemos. Más de lo que se piensa.

              Uno de los prejuicios más frecuentes que tiene la gente respecto a nuestro mundo, hace referencia a quienes formamos parte de él, especialmente jueces y fiscales. Se nos tilda de niñas o niños de papá por el hecho de habernos podido dedicar a estudiar una oposición hasta sacarla. Un enorme error que, además, no siempre es tan inocente como pudiera parecer. Hay medios de comunicación empeñados en vender esa moto a cualquier precio.

               Ya conté en otro estreno las historias de compañeros y compañeras de ambas carreras que estaban lejos de ese estereotipo de comodidad estudiantil a gastos pagados y sin preocupaciones. Hay gente que trabajaba mientras opositaba, y gente que pasó desgracias y penurias y lo logró a base de tesón, Algo muy alejado de ese modelo entre pijo e ingenuo que pintan

              Y tampoco es el único prejuicio que nos encasquetan. Hay quien sigue empeñado en decir que la mayoría de jueces y fiscales procedemos de familias donde las togas con puñetas eran legión en nuestro árbol genealógico. Hay muchas estadísticas que demuestran lo contrario, esto es, que un alto porcentaje de quienes aprueban no tiene  ninguna vinculación familiar con la judicatura o la fiscalía, pero da igual. Quien aprendió ese soniquete sigue con él de todas maneras.

             Aunque, en cualquier caso, tampoco pasa nada porque los hijos de jueces quieran ser jueces. La tradición familiar es válida para todo, y a nadie le extraña que de un papá médico salga una niña que también quiera serlo, así que en nuestro caso tampoco debería ser causa de reproche. Pero aun hay más, a todo e mundo le parece normal que los descendientes continúen con el negocio familiar, algo para lo cual basta con haber nacido en determinada familia. Sin embargo, en nuestro caso, seguir la tradición familiar pasa por aprobar un durísimo examen que deja a muchos en el camino. Incluso de los que tienen papás con puñetas.

                  Otro de los prejuicios que la gente tiene respecto de nuestras carreras es el de que todos y todas somos conservadores. Es más, leyendo algunas cosas pudiera parecer que el mismísimo Franco, si resucitara, parecería un alevín a nuestro lado. Por suerte, las cosas no son así y quien tal cosa afirma suele hacerlo de un modo interesado.

                   Jueces y fiscales no podemos estar afiliados a ningún partido político, ni tampoco sindicarnos. Es lo que dice la Constitución y era algo que ya sabíamos cuando compramos nuestro pasaje para Toguilandia. Pero eso no significa que no tengamos ideología, y seamos neutros y puros como la mismísima Virgen María. Nada de eso. Como, además de  nuestra faceta toguitaconada tenemos vida, pues tenemos ideología como cualquiera. Lo que no debemos hacer nunca, y en la inmensa mayoría de casos –no digo todos porque nunca se puede generalizar- no hacemos, es dejar que impregne nuestras actuaciones. De hecho, juro que he leído resoluciones idénticas de dos señorías que sabía que estaban en las antípodas políticas

                   Ahí es, precisamente donde está el error. Mucha gente sigue pensando que actuamos conforme a nuestras creencias. Cuando cuento que en los asuntos de corrupción de algunos pueblos, el fiscal muchas veces no sabía quien gobernaba en él hay quien no lo cree, pero es verídico. Lo que importa es el delito, no dónde milite quien lo cometió. Lo que Concepción Arenal resumió en “odia al delito y compadece al delincuente”

                   Ya sé que alguien dirá que nuestras carreras son mayoritariamente conservadoras Y que las asociaciones profesionales no son solo eso, sino que entran en política en mayor o menor medida. De hecho se usan como etiqueta para calificar a quien milita en una u otra. Pero, insisto, aunque es verdad que las asociaciones mayoritarias tiene un carácter más bien conservador, pero eso no supone que sus miembros vayan hacer las cosas de manera distinta a si pensaran de otro modo Por más que quieran decir o contrario. Más aun, teniendo en cuenta  el bajo porcentaje de afiliación que tenemos

                     No me olvido tampoco de la abogacía, que tanto tienen que aguantar en su día, empezando por un refranero que no siempre es tan sabio y una mala fama que no hay manera de que desaparezca, por más que sean profesionales magníficos y hagan una labor social tan importante como hace, por ejemplo, la justicia gratuita. Paciencia

                    También a otro lado de estrados algunos estereotipos juegan su papel y nos contaminan. Pensar que alguien va a hablar como si no hubiera un mañana porque en su pasaporte dice que nació en Buenos Aires es un buen ejemplo de ello. Pero, como no es el único, mejor le compramos la entrada para un próximo estreno.      

                Este se acaba aquí, con el aplauso para quienes hacen un esfuerzo para apartar los prejuicios antes de hablar con alguien o de alguien Y antes, por supuesto, de escuchar. Tanto  o más importante.

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