Evolución: cómo hemos cambiado


                El tiempo es uno de los protagonistas más habituales de cualquier tipo de obra artística. Puede tener un papel tan principal que hasta el propio título lo refleje, bien porque pasen Las horas, porque esperemos Lo que queda del día, porque estemos dispuestos a pasar unas memorables Nueve semanas y media o porque nos dé por recordar Aquellos maravillosos años de nuestra Belle epoque– O también puede tener un papel secundario pero que marca a unos personajes que rememoran Tal como éramos o un pasado Esplendor en la hierba. La cuestión es que siempre está ahí, produciendo, incluso, efectos tan curiosos como los de El extraño caso de Benjamin Button, al menos para la ficción

                En nuestro teatro, el paso del tiempo tiene unas consecuencias jurídicas clarísimas, a las que ya hemos dedicado más de un estreno. Los términos, los plazos, los recursos o instituciones tan importantes como la prescripción tienen su origen y su razón de ser en el paso del tiempo.

                Pero no solo de Derecho vive el jurista. O mejor, no solo del Derecho de que hablan los Códigos. Hoy quiero hacer un pequeño repaso a cómo trató el tiempo a una de mis protagonistas de Toguilandia, como representación de lo que puede pasarnos a cualquier toguitaconada que se precie. O toguimocasinado, que no se diga.

                Hace más de cinco años, se abría este telón para tratar de una parte fundamental de la vida de la mayoría de toguipuñeteros, el examen de oposición. Por aquel entonces lo personalizaba en mi sobrina Teresita, a la que no he llegado a apear el diminutivo a pesar de que me lo he propuesto más de una vez. Ignoraba si sería de las elegidas o tendría que esperar a mejor momento, pero la cosa salió bien, y superó aquel trance.

                Por supuesto, exámenes hay varios, como en cualquier oposición que se precie, y aguantar es una de las pruebas más duras a que se someten las personas que opositan. Aguantar hasta que convoquen plazas, aguantar hasta que las circunstancias sean favorables, aguantar entre un examen y otro y, lo peor, aguantar si un año las cartas vinieron mal dadas hasta el reparto de naipes de la convocatoria siguiente. Como he dicho más de una vez, la oposición es una carrera de fondo, y en estas ganan más quienes compiten como Forrest Gump que como el velocista más rápido del universo mundo. Y es que la caja de bombones de la que hablaba la madre de Forrest ya estaba ahí esperando.

                La cuestión es que el tiempo pasó, lo que se tenía que aguantar se aguantó, y llegó el aprobado , otro estreno con profusión de público que personalicé en Teresita, pero que valía para todas las personas que hemos pasado por esa situación tan vertiginosa. De repente, la vida que había quedado en stand by vuelve a ponerse en marcha con un botón de on que, de repente, marcha a muchas más revoluciones que el cuerpo acostumbra. Pasamos de 0 a 100 con más velocidad que el Fernando Alonso de los mejores tiempos. Y, una vez cumplido el objetivo a que habíamos dedicado todos nuestros esfuerzos, todo nuestro tiempo y todas nuestras energías surge una nueva pregunta. ¿Y ahora qué?

                Aunque parezca mentira, esa es una pregunta que todo el mundo se ha hecho alguna vez. Pasados los nervios del examen, el éxtasis del aprobado, el vértigo del debut en el primer destino, llega el momento de la verdad. De nuevo, hay que aguantar lo que venga encima, sea lo que sea. Que, como bien dicen las artistas, lo difícil no solo es llegar sino permanecer. Porque, al fin y al cabo ¿qué otra cosa es administrar justicia que el arte de dar a cada uno lo suyo?

                Pues eso, ahí la tengo, toga en ristre, administrando justicia como una campeona., y dando la venia a diestro y siniestro. Ya pasaron los tiempos de prácticas, de tutelaje, de dudas e incertezas. Ahora es toda una señora jueza a la que, además, le gusta tanto serlo que no solo ha decidido plasmarlo de manera permanente en su muñeca, sino que ha cometido la imprudencia de compartirlo conmigo. Y conmigo, ya sabe, a poco que se descuide una, a los tacones va. Y vaya si ha ido.

                Quizá este estreno pueda parecer inconsistente, pero de eso nada. Es mi pequeño homenaje a las personas que siguen dedicando los mejores años de su vida a estudiar como si no hubiera un mañana para que haya, precisamente, un mañana, y sea mejor. La justicia necesita ilusión, empuje, ganas y compromiso, y llegan pisando fuerte muchas generaciones que lo tienen, y que ya han tenido ocasión de demostrarlo.

                Aprovecharé, eso sí, para dar un toque a quien corresponda. No destrocen su ilusión y sus ganas dotándoles de inseguridades, condiciones de trabajo dudosas y juzgados destinados al fracaso. Ya lo hicieron con las cláusulas suelo y amenazan con hacer algo parecido con órganos especiales relacionados con la covid. No maten a la gallina de los huevos de oro.

                Así que hoy el aplauso no puede ser para nadie más que para esas nuevas generaciones que llegan pisando fuerte. De jueces y también de fiscales, desde luego, que no puedo dejar de nombrar a ese valiente que, a pesar de su ceguera, ha conseguido aprobar y pasar a este lado de nuestro escenario (por cierto, mi fiscalita interior le da una ovación extra por elegir fiscal) Que nadie os robe la ilusión que os hizo llegar hasta aquí, porque estaría robando a la Justicia sus mejores bazas de futuro.

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