Xenofobia: más allá del delito         


 

    prejuicio

El mundo del cine y, en general, del arte, se han nutrido mucho del racismo, la xenofobia y cualquier tipo de discriminación por razón de origen o pertenencia a un grupo. Por desgracia, la historia universal y también la más reciente nos ha dado historias de sobra para muchas obras. Los campos de concentración de Holocausto, La vida es bella o La lista de Schlinder, el apartheid de  Mandela, Soweto o Grita libertad, o la discriminación racial de Arde Mississipi o Criadas y Señoras son solo algunos ejemplos, pero hay muchos más.

Nuestro teatro, por razones obvias, nada debería tener de racismo ni xenofobia sino todo lo contrario. No podemos olvidar la cada día mayor importancia que se confiere a la persecución de los delitos de odio o de esos hechos que, sin llegar a constituir  un delito de odio tal como está tipificado, sí que tiene una motivación racista, xenófoba o similar y merecen la aplicación de la agravante de tal naturaleza. Y, por supuesto, hay que destacar que dentro de la organización de la Fiscalía General del Estado, hay una Fiscalia de Sala de tutela penal de la igualdad y contra la discriminación, con sus fiscales delegados y delegadas en cada fiscalía. Nunca está de más barrer un poco para casa.

No obstante, nunca se puede afirmar con contundencia que no se tienen defectos. E, igual que nos pasa con los llamados micromachismos –que yo prefiero llamar machismos cotidianos- hay determinadas conductas respecto a la diversidad por razón de origen, o grupo étnico o racial que se nos escapan más de lo que quisiéramos. Y, por qué no decirlo, más de lo que debiera. Y sí, antes de decir “a mi no me pasa”, sigamos leyendo.

Leía no hace mucho que el grupo más discriminado es el pueblo gitano –acabo de aprender que es esta y no la de “raza gitana” la denominación que prefieren- y no hay más que pensar un poco para darnos cuenta que es una verdad como una casa. Aunque no sean el grupo donde se dan más los delitos de odio –no todo acto discriminatorio es delito de odio igual que no todo acto de machismo es violencia de género- sí que es cierto que son víctimas de los estereotipos a diario, y eso se manifiesta en actitudes y en el lenguaje casi sin darnos cuenta. Hace nada dediqué una columna de opinión al tema y creo que merece sacarle más jugo, sobre todo en un ambiente como el nuestro. Y en ello estoy

¿Y por qué digo un ambiente como el nuestro? Pues porque, lo reconozcamos o no, existe el estereotipo que identifica a “gitano” con “delincuente”. Se les atribuye la frecuente comisión de delitos contra la propiedad y una fama de pendencieros prestos a sacar la navaja. Y, aunque entre ellos pueda haber delincuentes, a buen seguro que hay muchos que no lo son, pero no por eso deja de relacionarse una cosa y otra. De ahí a actitudes inconscientes como llevarse la mano al bolso o al bolsillo cuando ve a alguien cuyo aspecto es inequívocamente gitano hay un paso. Como lo hay en creer que su papel en nuestra función es siempre la de investigados o acusados, aunque hayan venido a denunciar o sean, por qué no, la letrada o el letrado.

En honor a la verdad, diré que, a diferencia de mis primeros tempos en Toguilandia, la proporción de gitanos delincuentes es escasa. No obstante, el estereotipo sigue y el otro día me contaba una activista gitana que en la estación del AVE ella y sus compañeros fueron “amablemente” acompañados por el vigilante de seguridad, que no les quitaba ojo en ningún momento pese a no haber realizado ninguna conducta que pudiera resultar extraña ni sospechosa. Me decía que ese es su día a día y, después de pensar un rato, me doy cuenta de cuántas cosas decimos sin percatarnos que es estereotipo puro y duro. Que no se lo salta un gitano, sin ir más lejos.

Al hilo de esto, siempre recuerdo una anécdota que me sucedió fuera de Toguilandia. Alguien  me quitó el bolso abriendo de golpe la puerta de mi coche. Yo grité como una posesa pidiendo socorro  -hasta el punto que mi hija me oyó es de el sexto piso- y varios viandantes acudieron en mi ayuda, logrando interceptar al ciclista ladrón y arrancarle el bolso. El contenido se desparramó por el suelo y varias personas me ayudaron a recogerlo y recomponerme. Los tres billetes de 50 euros que llevaba los recogieron del suelo una pareja de gitanos, hombre y mujer, que acababan su jornada en el mercadillo. Por supuesto, les di las gracias a todos y quise escribir un artículo para contar lo afortunada que fui de contar con tan buenas personas a mi alrededor. Dí varias vueltas a si convenía explicar que esas dos personas que recogieron los billetes eran gitanas o no hacerlo. Si, con la mejor intención, lo decía, podría parecer que estaba cayendo en el estereotipo y diciendo que era algo excepcional. Por otro lado, hubo quien me dijo que decirlo serviría para tratar de acabar con ese mismo estereotipo. Al final, decidí no especificar nada, como no lo hubiera hecho si fueran finlandeses altos y rubios, pero sigo con la duda de qué era lo correcto. Eso sí, contándolo ahora me quito la espinita, que no hay mal que por bien no venga.

Lo del pueblo gitano ha sido solo un ejemplo, pero tal vez el que nos pasa más desapercibido por formar parte de nuestra in-cultura. Pero otro tanto ocurre con cualquier otro grupo racial. Decimos que alguien es moro para tildarlo de celoso y casi seguro maltratador, nos referimos a timar como un chino, trabajar como un negro o “hacer de negro” o llamamos a un tipo de estafas las cartas nigerianas. También damos por hecho sin darnos cuenta. que los sudamericanos –primer estereotipo- beben como cosacos –segundo estereotipo-  y que si son argentinos hablan por los codos

Hasta en juicios se deslizan estas cosas. A buen seguro cualquiera recordará un caso mediático de corrupción donde se desviaban los fondos destinados a cooperación, en el que una de las cosas más sangrantes era saber que se referían a los destinatarios como “negratas”. Pues en ese mismo juicio, y sin ninguna mala intención, a uno de los operadores jurídicos intervinientes se le escapó que “había trabajado como un negro”. Sin comentarios.

Así que aquí lo dejo. No olvidemos nunca que algunas cosas que decimos sin pensar pueden dañar a alguien. Y que, aunque no toda discriminación sea delito de odio, siempre duele. Por eso el aplauso lo dedico hoy, a partes iguales, a quienes sufren esas discriminaciones y a quienes luchan cada día contra ellas. Que, en muchos casos son, además, las mismas personas.

3 pensamientos en “Xenofobia: más allá del delito         

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