Inventos: lo que aún no existe


invencion hugo

Como sabemos, los inventos existen desde que el hombre es hombre, desde los tiempos de 2001 Odisea del espacio o cuando Dios creó a la mujer. Precisamente, son los inventos lo que caracteriza a la especie humana y cada uno de ellos lo que le han llevado a avanzar. La rueda o el descubrimiento del fuego y las herramientas fueron lo primero. Pero no hemos dejado de avanzar, cada vez a más vertiginosas velocidades, hasta el punto que las nuevas tecnologías dejaron de ser nuevas en cuanto las llamaron así. Y el cine es obvio que no se escapa a esta vorágine. Incluso hay películas que hablan de los propios inventos dentro del mundo del cine, como La invención de Hugo, o de la propia invención del cine por Los hermanos Lumiere.

En nuestro teatro somos más prosaicos. No hay un Leonardo Da Vinci tratando de volar y de hacer volar su genio, y nos conformamos con las cosas que sirvan para hacer nuestro trabajo más rápido y eficiente. Y, aunque no nos demos cuenta, hemos cambiado una barbaridad en el modo de trabajar en justicia, desde los tiempos de la Olivetti y el papel carbón a los que ya dedicamos un estreno, hasta hoy. Lástima que nuestro proceso en general y la Ley de Enjuiciamiento Criminal en particular no ha cambiado con los tiempos, y todavía tengamos una ley rituaria –hasta ese nombre suena viejuno- del siglo XIX, pensada para realidades del siglo XIX, por más que la tuneen y parcheen  una vez y otra.

Pero hoy quería hablar de inventos más de andar por casa, o tal vez más estrafalarios, que podrían mejorar notablemente nuestra vida en Toguilandia. Esta mañana pensaba, sin ir más lejos, en que alguien podría inventar un cuño que no llenara los dedos de tinta cada vez que se usa. Porque el otro día me ocurrió y, sin darme cuenta , debí acercarme el dedo al labio de modo que, cuando me vi en el espejo, parecía el monje asesinado  de El nombre de la rosa, con unos labios y lengua azules nada favorecedores.

Otra cosa que me planteo que debería existir es el pósit eterno. Una ristra que no se acabara nunca, para que no fuera necesario andar mendigando un taco cada vez que se acaba. Y sería ya la pera limonera si los pósits puedieran meterse dentro del ordenador y pegarse en los documentos que una escribe. Que ya sé que hay un programa que hace algo así, pero no es lo mismo. Y es que yo no sería nadie sin los benditos pósits y su positprudencia .

Y ya puesta, me encantaría que alguien inventara una aplicación, un chisme o un chip por el que, al ver a otro habitante de Toguilandia, supiera inmediatamente su nombre y qué asunto comparte conmigo. Si así fuera, me evitaría el apuro que paso más de una vez cuando se me acerca un abogado y me dice, por ejemplo “que al final en lo nuestro nos han dado la razón” y yo sonrío y asiento sin tener ni repajolera idea de quién es y de qué narices es “lo nuestro”, aunque me sepa fatal reconocerlo. Seguro que más de uno y de una sabe de lo que hablo y ha pasado por semejante trance.

Otro chisme que me encantaría tener es un lector de mente. Algo que me indicara qué narices está pasando por la cabeza de acusado o víctima, de u testigo u otro. Lo haría todo tan fácil… Es, en esencia, la bola de cristal que pido cada año a los Reyes Magos y que no he logrado que me traigan, aunque seguiré insistiendo. No obstante, sería estupendo que viniera incluido en el kit del jurista, junto a la toga y los códigos.

Aunque, si tuviera que elegir ,me pediría, sin duda, un aparato que fabricara a discreción empatía Sería fantástico que hiciera que todas las personas que nos dedicamos a esto tuviéramos la cualidad de ponernos en la piel de los demás y de actuar en consecuencia. Y, además, podría venir con la versión mega plus, que incluiría una dosis extra de paciencia y buen humor, con el configurador de sonrisas de regalo. ¿por qué no?

No obstante, y en plena ola de calor como estamos ahora, no estaría de más bajar a la tierra y agenciarnos un ventilador de togas, o mejor unas togas con ventilación y, lo más plus, un abanico que abanique solo, para poder seguir tomando notas o consultando Códigos sin dejar de tener aire. Ya sé que un aire acondicionado verdaderamente inteligente haría innecesario este invento, pero, después de muchos años sufriendo altas temperaturas en los edificios judiciales, estoy en condiciones de decir que un climatizador inteligente no existe. Y no son los padres tampoco, por desgracia.

Por supuesto, mutatis mutandi –que no se diga que no pongo un latinajo de vez en cuando- cabe pedir lo mismo respecto al frío, especialmente en esos edificios emplazados en lugares donde las temperaturas pueden convertir a una en una pingüina toguitaconada en un pis pas.

Así que ahí quedan estas sugerencias. El aplauso se lo daré a quien me proporcioné alguna de ellas, y la ovación si son todas. Mientras tanto, a esperar tocan, dando al abanico como toda la vida.

 

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