La fantasía es uno de los ingredientes fundamentales en el mundo del arte en general, y en el del cine y el teatro en particular. Fantasía se llama la clásica película de Walt Disney, válida para todos los tiempos y todas las edades, y también conocemos a Los cuatro fantásticos. Incluso había un programa en el prime time de la prehistoria que tenía por nombre Fantástico, presentado, si mal no recuerdo, por el bigotudo José María Iñigo. Aunque quizás unos de los fantásticos más recordados era Kit, El coche fantástico, capaz de hacer absolutamente todo, hasta de hablar y pensar por sí mismo
En nuestro teatro no vivimos en u mudo de fantasía, precisamente. Más bien todo lo contrario, aunque, dado el uso y abuso que en los últimos tempos se hace de esta palabra, ya me he encontrado a quien ha dicho sin despeinarse que este te juicio es una fantasía”. Verdad verdadera.
Fantasía, según el diccionario de la Real Academia, es “la facultad que tiene el ánimo de reproducir por medio de imágenes las cosas pasadas o lejanas, de representar las ideales en forma sensible o de idealizar las reales”, según la primera de sus acepciones, o bien “grado superior de la imaginación; la imaginación en cuanto inventa o produce”. De modo que difícilmente un juicio pueda ser una fantasía, como tampoco lo puede ser un acontecimiento o una persona, salvo muy contadas excepciones. Sin embargo, hoy en día la gente utiliza el término para absolutamente todo, sea persona, animal o cosa. E igual que dicen que el juicio fue una fantasía, te dicen que un perro, un gato, o una morcilla de Burgos lo son. Y, por rica que esté la morcilla, difícilmente puede llegar a ser un grado superior de la imaginación representar un ideal.
Pero es que a veces, se pone de moda una frase o vocablo y lo empleamos para todo, venga o no venga a cuento. Otro tanto ocurre con otra palabra que, a costa de usarse, ha acabado por horripilarme. Hablo de “espectacular” una suerte de comodín que igual se predica de evento o del talento de una artista, que es lo que corresponde, como se usa para hablar de una paella o una caña de cerveza. Y, cómo no, de un juicio, que también he oído a alguien que lo describía como “espectacular”, a pesar de que, para serlo, tendría que tener caracteres de espectáculo público o ser aparatoso o ostentoso, siguiendo de nuevo al diccionario. Y sí, acepto pulpo como animal de confianza y estoy dispuesta a reconocer que algún que otro proceso mediático asemeja, por desgracia, a un espectáculo público, y además resulta aparatoso -aunque difícilmente ostentoso-, pero no es precisamente lo más recomendable que así sea.
Pero si hay una palabra cuyo uso y abuso m resulta realmente curioso, por no decir otra cosa, esa es “” bizarro”. Tal adjetivo tal como se ha usado toda la vida, equivale a ser valiente o arriesgado o bien a ser generoso, lúcido o espléndido, continuando echando mano de la RAE. Sin embargo, en los últimos tiempos he visto usarlo, sobre todo por gente joven o en redes sociales como algo curioso, llamativo, grotesco o chulesco, según se trate. Y, a pesar de que he hecho la prueba, preguntándole a uno de sus usuarios por qué quería decir semejante adjetivo, nadie me ha sabido contestar lo correcto. Es más, nade ha sido capaz de contestarme. Y, por si acaso alguien lo piensa, un juicio no puede ser bizarro Y tampoco puede serlo un delincuente, aunque eso o algo parecido sí que lo haya escuchado.
Son solo algunos ejemplos de esos modismos que se incrustan en cualquier frase vengan o no vengan a cuento. Como la época en que todo el mundo pedía “un poquito de por favor” por contagio con un personaje televisivo o, retrocediendo en el tiempo, decía que eso o aquello era “guay” o, lo que es peor, “guay del Paraguay”. Y la lista se podría incrementar mucha más saludando con un “Hola, Coca Cola” o despidiéndose con un “Hasta luego, Mari Carmen” o “Hasta luego, Lucas”.
Y, hablando de despedirme, cierro el telón por hoy. Y el aplauso se lo doy, desde luego, a quien es capaz de expresarse sin caer en esas modas que poco o nada aportan. Ahí lo dejo
Hoy voy a usar el título de una película antigua y bien conocida -al menos para varias generaciones- para contar lo que he vivido el 21 de febrero de 2025, un día que quedará en mi memoria. El título en cuestión es La familia y uno más, y me viene de perlas para contar lo que quiero contar. Mis criaturas literarias tienen un nuevo hermanito, el que hace once, y la bautizamos en un salón lleno de personas que forma parte de mis diversas familias, la de sangre y todas esas otra que una teje a lo largo de su vida.
En nuestro teatro ya hay muchas personas que conocen de mi afición por las letras, y fuera de él, también. Y estaban representadas en ese salón lleno. Y eso no puede hacerme más feliz.
Presentamos en la FNAC de Valencia la llegada al mundo de mi nueva criatura literaria, Creía que era feliz, que también inauguraba una colaboración con la editorial Sargantana que espero que sea larga y fructífera. Desde luego, no podía haber empezado mejor.
A las siete de la tarde cuando el evento estaba anunciado, ya estaba el salón lleno y todavía se fue llenando más conforme iba avanzando. Es maravilloso sentirse tan arropada y, por qué no decirlo, tan querida. Personas de mi mundo de mi entorno familiar, de letras, de fallas -con dansà, teatro y costura, por descontado-, de ballet, de Toguilandia, de medios de comunicación, de mis queridas dones esmorzadores, amigos y amigas y personas que de un modo u otro forma parte de mi vida, se dieron cita para conocer a mi nuevo bebé en forma de libro. Además, por supuesto, de quienes, por una u otra razón, estaban, aunque no estuvieran, empezando por mis hijas o mi madre. Pleno al quince.
En la mesa no estaba sola. Todo lo contrario, estaba en la mejor compañía, con Paz Navarro, en representación de la editorial, y Ana Durán, periodista y amiga que no dudó ni un segundo cuando la atraqué para que me escribiera el prólogo y abusé de ella pidiéndole que, además, me presentara. Que lujo tener a mi lado esa voz que tantas personas oímos e la radio día a día.
No contaré mucho del libro por no hacer spoiler o, por decirlo en correcto castellano, por no destriparlo. Me limitaré a decir que es un libro de intriga, donde se trata de averiguar, a través de la voz de más de cincuenta personajes, donde está una mujer de vida aparentemente perfecta que ha desaparecido sin dejar rastro. Y, sobre todo, de saber por qué lo ha hecho.
Creía que era feliz es el título de la novela, y ya con esa frase quiere dar idea de lo poco que conocemos alas personas que nos rodean y de los poco que nos conocemos a nosotras mismas. El resto tendrá que descubrirlo cada cual cuando lo lea. De momento, no es que lo crea, sino que soy feliz de saber la cantidad de casas a las que se va mi novela, teniendo en cuenta lo que ejercité mi muñeca firmando ejemplares.
Para acabar, diré que con los libros pasa como con las hijas e hijos. Cada uno es diferente, se recibe con la misma ilusión y se cuida con el mismo mimo. Y en eso estamos. Espero que a todas estas personas que me acompañaron presencialmente se unan muchas otras que nos den la oportunidad a mi novela y a mí de entrar en sus casas
Y ahora solo me queda el aplauso, que va, obviamente, para mis magníficas presentadoras y para todas las personas que me acompañasteis. Mil gracias por regalarme este momento
Y, por supuesto, aquí os dejo la información del libro en la web de la editorial. Las librerías nos esperan.
Todo el mundo sabe que es mejor prevenir que curar. La prevención es algo tan importante que hasta hay programas de televisión que lo llevan por título, Más vale prevenir. Y es que antes de que, ante la llegada de un Peligro inminente, hay que estar preparada.
En nuestro teatro la prevención juega un pape importante, pero hay que aclarar que los órganos judiciales no son órganos preventivos. Y eso muchas veces se confunde, sobre todo en la jurisdicción penal. Y de eso quería ocuparme hoy.
Cuando los órganos judiciales dictan medidas cautelares mucha gento los confunde con las medidas preventivas. Pero no son lo mismo. Las medidas cautelares, en Derecho Penal, se acuerdan dentro de un procedimiento por un delito cometido, para evitar varios riesgos: alterar o hacer desparecer pruebas, o proteger a la víctima de otro atentado contra ella. Cuando se trata de un procedimiento de otra naturaleza, como el civil, de lo que se trata es de proteger el objeto del pleito, esto es, que cuando se vaya a cumplir una eventual sentencia, no sea inútil por haber desparecido el bien que se iba a ejecutar o el dinero que se iba a cobrar.
Entonces ¿Por qué cada vez que asesinan a una mujer, o que ocurre otra terrible tragedia, se busca un culpable con toga por no adoptar medidas? ¿por qué se les culpa de no creer a las víctimas que dicen tener miedo, cuando no se trata de creer o no creer sino de mucho más? Es una cuestión difícil de explicar, pero hay que intentarlo. Y conste que no pretendo hacer corporativismo, sino explicar las cosas como corresponde. Es decir, buscar soluciones y no buscar culpables, que es lo que siempre parece hacerse.
Lo explicaré con un ejemplo que resulte visual. Si una persona no está enferma, no puede pedir tratamiento por si enferma. Ni siquiera pueden dárselo si tiene miedo porque en su familia hay varios casos de determinada enfermedad y tiene riesgo de contraerla, si es que no ha contraído la enfermedad. Pero lo que sí puede hacerse es que esa persona, en la que concurren factores de riesgo, se someta a revisiones periódicas y cuide su alimentación y sus actividades para no incrementar esos riesgos. Eso serían medidas preventivas y en los juzgados no nos corresponde hacer nada parecido.
Sin embargo, lo que sí podemos hacer es adoptar medidas cautelares, que equivaldrían al tratamiento que se suministra a la persona cuando la enfermedad ya se ha manifestado para evitar que siga avanzando y que, en la medida de lo posible, se acabe con el agente patógeno, pero que no se pueden aplicar si no hay dolencia, aunque exista el miedo de padecerla. En otras palabras, la medida preventiva seria la vacuna y la medida cautelar la tirita que evita que la herida existente se infecte.
De este modo, si alguien tiene miedo de sufrir una agresión, pero no ha pasado nada -o si pasó, ya cumplió la pena- no procede una medida cautelar, pero sí procede si ha sufrido una amenaza, para evitar que esa amenaza se cumpla.
¿Y cómo se entiende esto con la tan traída y llevada valoración del riesgo? Pues tampoco es fácil de explicar, porque como decíamos en el estreno dedicado a ello ni es nuestro único instrumento ni opera automáticamente. Si lo que se valora es únicamente un riesgo elevado de sufrir un mal, pero sin que venga acompañado de la comisión de un delito, no es el juzgado el lugar adecuado para buscar medidas, como tampoco l es si la proporción entre lo cometido y la medida a adoptar no existe.
Pero no pensemos, de la manera simplista que hacen algunas personas, que hay que esperar a que suceda lo irremediable para ser creída, porque no es así. Primero, porque podemos creer que una persona tiene miedo, pero saber que no concurren los requisitos para adoptar una medida, y segunda, y más importante, porque hay otras instancias distintas de los juzgados, como son, según la naturaleza del caso, las fuerzas de seguridad, los servicios sociales o los recursos públicos que ofrecen asesoramiento, y ayudas de todo tipo cuando son necesarias, sean recursos habitacionales, prestaciones económicas o tratamiento psicológico.
¿Es esto tirar balones fuera? Desde luego que no Porque poner las vacunas para prevenir, las tiritas para evitar las infecciones, y el tratamiento para acabar con el virus es lo que hay que hacer, y aquí el orden de los factores sí que puede alterar el producto.
Por eso, hoy el aplauso es para quienes hacen de su toga una bata para dar a cada cual lo suyo. Por difícil de entender que a veces sea.
Hay un refrán según el cual “las comparaciones siempre son odiosas”, pero nunca se puede generalizar. Las comparaciones pueden ser positivas y negativas, buenas y malas y también de eso se hace eco el cine. Tan pronto se habla de hermanas que son Como dos gotas de agua como de quienes se llevan Como el perro y el gato. Así que el refranero nunca se puede tomar a pies juntillas
En nuestro teatro también hacemos comparaciones, aunque no siempre se diga. Sé de buena tinta que hay profesionales que comparan fiscales entre sí -espero salir bien parada- o miembros de la judicatura, por ejemplo, porque afirman que no es lo mismo según quien les toque en suerte. Yo, desde luego, ni confirmo ni desmiento, porque nunca se sabe. Pero ahí lo dejo.
No obstante, hay otro tipo de comparaciones que no afectan a personas sino a cosas, y pueden resultar muy útiles. Y hoy voy a traer al escenario algunas de ellas.
Por supuesto, hablando de escenarios, la del teatro será la primera. Ya he contado alguna vez que este escenario de Con Mi toga y Mis tacones nació precisamente de una comparación, la que hice -y sigue haciendo alguna vez- para explicar a los miembros del Tribunal del Jurado cómo funcionaba la Administración de Justicia en general y el juicio en particular. Les explicaba que el desarrollo del juicio era como una obra de teatro donde el guion eran los hechos delictivos que se juzgan, los protagonistas, la víctima de un lado y el presunto culpable de otro, y el resto interpretábamos a esos actores y actrices de reparto sin cuyo trabajo la película no podía existir. La verdad es que la comparación funcionó tan bien que le animó a utilizarla para inaugurar este teatro, y después de varios años aquí seguimos. Hasta que el público diga.
Pero, más allá de este arrebato de umbralismo toguitaconado, he de hacer una confesión. La idea de este post no me pertenece, la menos en exclusiva. La debo a la inspiración de la idea que una buena amiga me proporcionó respecto de un juicio en que había intervenido su marido, abogado de profesión y vocación. En el informe, cuando hablaba del fundamento de la responsabilidad civil por daño moral que estaba solicitando, hizo una comparación que me pareció imbatible. Tomó un folio y lo arrugó con fuerza, para después intentar quitarle las arrugas, mostrando como por más que no estirara, nunca quedaba como estaba antes. Lo mismo que sucede a una persona cuando ha i víctima de algo tan grave como un delito sexual. Por más que intentamos compensarla de la manera que sea, nunca volverá a ser la misma porque los efectos psicológicos se pueden paliar, pero no hacer desaparecer.
Otra de las imágenes que suelo emplear, pero tampoco es a pero es muy útil es la de la rana y el agua hirviendo. Para describir el efecto de la violencia de género continuada en las mujeres víctimas se explica que el maltrato las anula tanto que llegado el momento no pueden reaccionar. Como el caso de la rana que, si se la introduce en agua hirviendo, salta, pero que si se le ha introducido en agua tibia y progresivamente se aumenta la temperatura, no es capaz de reaccionar cuando el agua está hirviendo.
También es importante hacer comparaciones en cuanto al tiempo y el espacio, algo que aprendí de una amiga periodista. Si se da el tamaño en centímetros o metros, a veces es difícil hacerse a la idea, pero si se compara con algo que todos conocemos es mucho más sencillo. Algo que era tan grande como un campo de ´fútbol o tan pequeño como una naranja. O, sin ir más lejos, una comparación que oí una vez en labios de una forense: el torrente de sangre que salió de la herida era como una fuente.
En cuanto al tiempo, es más fácil que el jurado o el tribunal se imagine lo que pasó si somos capaces de colocarlos en el instante de los hechos. Yo en una ocasión, en un juicio donde el acusado estuvo apretando el cuello de su víctima durante un minuto, me quedé callada durante un minuto, y la verdad es que fue impresionante imaginar permanecer todo ese tiempo sintiendo que te aprietan el cuello hasta dejarte sin respiración.
Podría contar más, pero lo dejo para próximos estrenos. De momento, acabo con el aplauso, que dedico a quienes con su trabajo han inspirado esta función. Mil gracias
A veces, las cosas toman el nombre de los lugares donde se producen, Muchas películas tiene nombre de país, de ciudad y hasta de pueblo. Indochina, Pasaje a la India, Hiroshima mon amour,todo es posible en Granada o Alcarrás son algunos de los muchísimos ejemplos. Y, por supuesto, El crimen de Cuenca, que viene al pelo con el tema que abordamos hoy.
En nuestro teatro, el lugar donde suceden las cosas, sobre todo cuando de delitos se trata, es esencial. Tanto, que determina cuál es el juzgado competente. Pero, además de eso, hay crímenes que han marcado nuestra historia delictiva que han tomado el nombre del lugar donde sucedieron hasta el punto de que todo el mundo relaciona una cosa y otra, mal que les pese a los lugareños. Y de eso precisamente iba a tratar hoy.
Dedicábamos el anterior estreno a los hitos delictivos que tomaban su nombre del de las víctimas. Y citábamos entre ellos uno que, precisamente lo toma, además de las víctimas, del propio lugar de comisión. Se trata del terrible asesinato de Las niñas de Alcácer, como lo conoce todo el mundo. De hecho, he hablado con personas de la población que lamentan mucho que su pueblo sea conocido por tan luctuoso hecho. Y tienen razón, es una pena que lugares que tienen tanto que ofrecer sean conocidos por ello. Pero es difícil evitarlo, sobre todo si se trata de casos con tanto impacto y seguimiento mediático.
Otro lugar que marcó nuestra historia delictiva fue aquella ciudad a la que aludía al principio de ese estreno, y el asesinato que presuntamente tuvo lugar en ella. Y digo “presuntamente” porque ese crimen nunca tuvo lugar, aunque si existió una condena que supuso la prisión y el escarnio de una persona, por haber cometido el mal llamado “Crimen de Cuenca”. La aparición de la persona supuestamente fallecida varios años después hizo que tuviera que anularse el juicio, pero las consecuencias eran difícilmente susceptibles de revertir. Y su importancia fue tal que fue el origen de un cambio procesal que, con distintos avatares, subsiste hasta nuestros días, la introducción del juicio de revisión o recurso de revisión. Así de importante fue en su día, a pesar de que entonces los medios de comunicación no eran ni sombre de los que son ahora y lo de Internet ni se soñaba que algún día existiera.
Asimismo, hay un escenario de delito que se ha convertido en el sinónimo de lo que ha venido en llamarse “la España profunda” y sus peores consecuencias. Me refiero a Puerto Hurraco y a la matanza que se produjo en dicho pueblo entre dos familias rivales, que acabó con varios muertos, mucho dolor, y una estigmatización difícil de superar.
También sigue recordándose un asesinato que sucedió en mi ciudad y que sigue dándole nombre, el caso de la envenenadora de Valencia. Además de las morbosas circunstancias de caso, quedará en los anales de la historia por tratarse de la última ocasión en que una mujer fue ajusticiada por garrote vil, tan terrible como inhumano, por terrible que fuera el delito cometido por la condenada.
Y no solo en nuestro país ocurren estas cosas. La matanza de Texas, un filme cásico de terror, está basada en la historia real de un asesino en serie. Y, aunque no se sabe con certeza, hay ciertas sospechas que la historia del jorobado de Notre Dame también era algo más que ficción. Y, aunque no tengo ni la más remota idea de dónde podría estar la Elm Street de la famosa pesadilla que dio lugar a la saga de Freddy Kruger, reconozco que si la viera saldría corriendo en dirección contraria.
Son solo algunas muestras y seguro que a quien me lea se le ocurren algunas más. Tanto de lugares, como de objetos que pusieron nombre a crímenes, como el de la maleta, el de catana o el de la baraja.
Ahora sol me queda cerrar el telón por hoy y dar el aplauso. Y será para todos aquellos que consiguieron que, e estos terribles casos, se hiciera justicia. Que no siempre es fácil
Pocas cosas tan productivas en el mundo del cine como los crímenes. No hay más que pensar un poco y vienen a nuestra cabeza títulos como Seven, Psicosis, El silencio de los corderos o Crimen perfecto por citar unas pocas. Cuando el crimen además está basado en hechos reales, el atractivo puede ser todavía mayor. No hay más que recordar series como La huella del crimen para constatarlo. Y es que, por alguna razón, al ser humano estos temas le atraen mucho.
En nuestro teatro está, sin duda, el escenario perfecto para conocer de estos hechos, ya que es Toguilandia el lugar donde serán juzgados, si se cumple aquella máxima de las series de mi infancia, “el criminal nunca gana”.
Han sido muchos los juicios mediáticos que hemos visto, sobre todo en los últimos tiempos con el auge, primer, de los medios de comunicación de masas y, más tarde, de Internet y las redes sociales. Todo el mundo sigue minuto resultado lo que sucede dentro y fuera de la sala de vistas en el momento en el que tienen lugar estos, pero, como ocurre casi siempre, la instantaneidad acaba ganando y una nueva noticia suple a la anterior, quedando aquella en el cajón del olvido. Salvo algunos casos.
Hay delitos que ha marcado un antes y un después en nuestras vidas y en nuestra sociedad, y, aunque tal vez sería más justo que se recordaran con el nombre de su autor, que es quine merece el reproche, es el nombre de la víctima el que queda para siempre en el recuerdo.
Quizás una de las víctimas cuyo asesinato haya supuesto un cambio más trascendente es el de Ana Orantes. El hecho de que su marido la quemara viva tras haber salido en televisión contando los malos tratos de que veía siendo víctima durante todo su matrimonio, fue un puntal importantísimo para la redacción y aprobación de nuestra ley de violencia de género.
Esta misma ley se vio obligada a incluir expresamente en su articulado algo que hoy todo el mundo conoce pero que hasta un tiempo no tenía nombre, la violencia vicaria. Una violencia vicaria que no sabíamos cómo se llamaba cuando los niños Rut y José fueron asesinados por su padre, pero que acabó teniendo su nombre y su regulación tras el asesinado de niños y niñas como Martina y Nerea o Anna y Olivia, que ponen cara a todo ese dolor que es la más cruel manifestación de la violencia de género.
Y es que allá donde haya víctimas menores de edad, el impacto en la sociedad se multiplica hasta el infinito. Así lo vivimos en un caso mediático como ninguno, un caso cuyo tratamiento mediático fue, precisamente, la muestra de lo que jamás se debería hacer. Estoy hablando de Miriam, Toñi y Desiré, las Niñas de Alcácer, cuyo recuerdo sigue poniendo los pelos como escarpias.
Ellas no son las únicas menores cuyo asesinato conmovió, por una u otra circunstancia, a todo un país. También el caso de la niña Mari Luz, asesinada cuando iba a por chucherías, o del niño Gabriel Cruz, a quien dio muerte su madrastra, hicieron correr ríos de tinta y horas de televisión
También tuvo gran repercusión, aunque por otras razones, el asesinato de Rocío Wanninkof, que condenó y estigmatizó a quien no era culpable, probablemente influenciada por todo lo que dijeron los medios de comunicación. La sentencia del jurado se anuló y se repitió el juicio, condenando al verdadero culpable pero las consecuencias para quien fue acusada falsamente fueron muy duras.
Otro de los filones mediáticos en cuanto a la información de tribunales se refiere son los delitos sexuales. Lo padecido por la víctima de La manada dio el pistoletazo de salida a una nueva regulación en materia de libertad sexual, y, más recientemente, casos como el de Jennifer Hermoso o Elisa Mouliaa siguen agitando los cimientos de una sociedad que se alerta especialmente cuando el presunto autor es una persona con poder.
No quiero acabar este estreno sin recordar a víctimas de delitos de odio que también se han convertido en hitos, como Lucrecia, la primera mujer reconocida como víctima de un crimen racista, Guillem, el joven asesinado en Montanejos por razón de ideología o Samuel, víctima de un terrible crimen homófobo. Que al menos sus muertes sirvan para avanzar en la luca contra la intolerancia.
Fuera de nuestras fronteras, el nombre Giselle evocará para siempre no sol a la protagonista de un ballet, como hasta ahora, sino también a la mujer digna y valiente que quiso mostrar la imagen que sus violadores, que cometieron los hechos a instancia de su propio marido, no fueron capaces de mostrar, Menuda lección nos dio Giselle
Por todo esto, es obvio que el aplauso es para todas y cada una de estas víctimas Que su sufrimiento y el dolor de sus familias no sea en vano.
Y, una vez más, gracias a @madebycarol por presarme su talento para ilustrar
Toda regla tiene una excepción, del mismo modo que la excepción confirma la regla. Verdades como puños de las que nuestro refranero se hace eco, como de tantas otras. Aunque, visto lo visto La excepción no debe ser tan excepcional cuando al menos dos películas diferentes se titulan así. Y eso por no hablar de convertir el sustantivo en adjetivo, porque tenemos títulos para elegir: Un don excepcional, Un mundo excepcional o Una vida excepcional. Y es que hasta La excepción a la regla da nombre a una película.
En nuestro teatro, por definición, son muchas las reglas y pocas las excepciones. No en balde somos Toguilandia, el mundo del Derecho y de las normas. Pero incluso aquí hay excepciones.
A la excepción a la norma general de que vengo a hablar hoy ya le había hincado el diente -o más bien, la tecla toguitaconada- cuando dedicamos un estreno a la inviolabilidad Entonces, entre las figuras que se salen de la norma general del juez natural, hablábamos de inmunidad, inviolabilidad y también del aforamiento. Pero hoy vamos a dedicarnos a estos últimos.
No obstante, empecemos por el principio, esto es, por la regla que se excepciona. Y esta regla es, más que una regla, un derecho fundamental contemplado en la Constitución junto a la tutela judicial efectiva. Se trata del derecho al juez ordinario predeterminado por la ley o, dicho en términos más sencillos, el juez natural. Consiste en el derecho que tienen todas las personas a que sus asuntos sean conocidos, instruidos y juzgados por el órgano judicial que le corresponda territorial y funcionalmente. En sentido negativo, supone la prohibición de tribunales de excepción o ad hoc, como ocurría en otras épocas nada democráticas.
Se trata de las normas de competencia a las que también dedicamos un estreno y que implican que el lugar donde suceden las cosas determina el órgano judicial competente en Derecho Penal, o, si se trata de violencia de género, el lugar del domicilio de la víctima. Y eso, con la salvedad de delitos muy concretos, como el terrorismo, o delitos cometidos en varios partidos judiciales o fuera del territorio nacional, vale para todo el mundo, sea Agamenón o su porquero, parafraseando a Machado.
Y ahora es cuando llegamos a la miga del asunto, los aforamientos. O sea, la excepción a la regla general del juez natural. Y esa excepción viene dada no por quiénes son determinadas personas sino por qué cargo ocupan, independientemente de cómo se llamen. Así, son personas aforadas los altos cargos del gobierno de la nación y las respectivas comunidades autónomas, los miembros de las Cámaras, sean las nuestras o las europeas, y quienes pertenecemos a la carrera judicial o fiscal.
Según un estudio, las personas aforadas en España pueden superar las 10,000, y por eso somos el país con más aforamientos. Un dato que puede llevar a engaño, porque, como todo el mundo sabe, no se pueden comparar peras y manzanas. Y hay países con menos aforamientos, pero en los que subsiste el antejuicio, que en España desapareció en 1995, institución que consiste en un filtro previo a la incoación de una causa contra determinadas personas -jueces y fiscales en este caso- y que en realidad puede cumplir una función pareja de cara a evitar -al menos teóricamente-que prosperen denuncias o querellas injustificadas.
Pero hay una diferencia esencial entre el aforamiento de quienes vestimos toga del resto. El nuestro solo existe para delitos cometidos en el ejercicio de nuestro cargo, mientras que el resto de aforados lo son para cualquier delito, aunque conduzcan borrachos en sus vacaciones o manguen una crema en el super, por poner un par de ejemplos.
Otra diferencia con muchos de los aforados es que cuando se trata de parlamentario tienen un filtro previo, el suplicatorio, que en nuestro caso no existe.
La pregunta siguiente sería qué ventajas reporta ese aforamiento, si es que aporta alguna. Para ello hay que empezar aclarando que el aforamiento no es la impunidad ni la inmunidad, sino el cambio del juez natural por otro órgano jurisdiccional, normalmente el superior jerárquico. Y eso no supone ningún cambio especial. Incluso puede suponer una desventaja porque por el camino perdemos una posibilidad de recurso.
En cualquier caso, hay que aclarar que el aforamiento cesa cuando la persona cesa en el cargo que lo motivaba, y si la causa está a mitad, ha de cambiar de inmediato de órgano judicial Ya lo hemos visto alguna vez con dimisiones de cargos políticos.
Para acabar, y como vivimos tiempos en que el tema está candente por la instrucción que el Tribunal Supremo está siguiendo contra el Fiscal General del Estado y otros cargos de la carrera fiscal, hay que explicar algo más. Hasta el momento el criterio generalizado era que en casos en que pueda existir un aforado en la causa, investiga en primer término el órgano que sería competente de no existir aforamiento y, una vez encuentre indicios contra la persona aforada, si los encuentra, remite al órgano competente por razón de aforamiento. En este caso, y por razones que desconozco, se ha hecho lo contrario, esto es, remitir al Tribunal Supremo -órgano competente por aforamiento- sin ningún tipo de investigación. Y, para que lo vamos a negar, la ha liado parda. Y ha sentado, de paso, un precedente peligrosísimo. Veremos a ver cómo acaba la cosa.
Y con esto termino estas pinceladas sobre el aforamiento. El aplauso se lo daré a quienes hacen buen uso del mismo y los tomates, a quine no lo hace. Al buen entendedor…
Con este nuevo hastag de #Relatos iniciamos una serie de post que aparecerán de vez en cuando recordando relatos
Hoy, «Invisible» contenido en mi antología Remos de plomo
INVISIBLE
Aunque parecía querer estar siempre escondida, era difícil no verla. Con su cuerpo espigado, su elevada estatura y esa forma de vestir tan elegante era imposible pasar desapercibida. Nadie sabía muy bien a qué se dedicaba, pero entre los críos del barrio se decía que era una actriz de Hollywood que estaba de incógnito, o una glamurosa escritora en busca de ambientación para su próximo best seller. A pesar de que había a quien le resultaba antipática por su actitud distante, a mí me parecía que sus ojos, más que altivos, transmitían una inmensa tristeza. Y eso las poquísimas veces que no los escondía tras unas gafas de sol. Lo que no resultaba tan difícil era verla sin ser vista. Mi primera incursión en el mundo de la investigación —por llamarlo de algún modo— era tan de andar por casa como podía suponerse. No me hacía falta sentarme en un banco fingiendo leer un periódico, llevar una microcámara en el zapato ni implantar micrófonos ocultos en ningún sitio. Siempre me habían encantado las series de detectives privados, pero la vida real era otra cosa. Y la vida actual, más todavía. Así que dejé mi gabardina colgada en el perchero de casa. La dejaría para que Colombo y Sam Spade la siguieran luciendo en el celuloide. Aquella noche ella estaba imponente al salir de casa. Él la acompañaba, como siempre. Como siempre, ella parecía una niña chiquita e indefensa a su lado. Yo, también como siempre, le sonreí al cruzármela en la calle y, aunque no movió ni un solo músculo de su cara, estaba segura de que me respondió con la mirada. Él, sin embrago, no sabría decir si me miró. Creo que ni siquiera reparó en mi existencia, como parecía no hacerlo en otra cosa más allá de sí mismo y de su acompañante. Los oí regresar. Estaba esperando ese momento, cuando sabía que el peligro acechaba. Y, como otras noches, escuché de nuevo la voz atronadora de él llena de reproches. No sé si alguien más oía aquello, pero jamás nadie osó comentarlo. Hubiera roto el mito de la mujer misteriosa. Traté de tantear al vecindario de un modo discreto. El ascensor, la cola del supermercado, la panadería o la parada del autobús, pero a nadie parecía importarle otra cosa que averiguar quién sería aquella hermosa mujer y qué escondería viviendo en un barrio como el nuestro. La verdad es que la imaginación es muy fértil. Desde espía a traficante de drogas, pasando por amante de algún presidente de estado, un jeque árabe o un rey, aunque lo de que fuera una estrella de incógnito era
la opción preferida sin ninguna duda. Y había otra cosa en la que también coincidían quienes decían algo: altanera, soberbia, egocéntrica o, simplemente, antipática. Eso es lo que todo el mundo pensaba de ella. Me llamó la atención que nadie hubiera percibido lo que yo, una infinita tristeza. Pero tal vez era yo la equivocada. Al fin y al cabo, era mi primera aventura como investigadora, aunque solo fuera aficionada. Los gritos seguían. Yo permanecía atenta. Llegué a plantearme pegar un vaso a la pared, como había visto hacer en las películas, pero maldita la falta que me hacía. Eran tan fuertes que cualquiera en el vecindario estaba segura de que los oiría. Y, mientras sujetaba el teléfono en la mano para pedir ayuda, sucedió. De pronto un golpe seco, un débil gemido y un silencio aplastante. Y yo, por supuesto, hice lo que debía, mientras cruzaba los dedos deseando con todas mis fuerzas no haber llegado tarde. La policía tardó apenas unos minutos en presenciarse. Se diría que estaban preparados para aquella llamada. Así que cumplí mi parte y todo siguió su curso. Desde el balcón pude ver cómo se llevaban un cuerpo en camilla, mientras la policía trataba de apartar a los curiosos que acudían como moscas y se congregaban ante nuestro portal. No pude ver mucho más y me quedé con el alma en vilo hasta que un agente llamó a la puerta para preguntarme si era yo quien les había llamado. Por descontado, asentí y conté lo que sabía y, quid pro quo, pude enterarme de lo que anhelaba conocer. Las heridas de ella no fueron graves. La rápida llegada de los agentes abortó cualquier final más dramático. A él se lo llevaron esposado en el furgón policial. Por fin. Misión cumplida. Si esto hubiera sido una serie de televisión, sería el momento para poner los rótulos de crédito y cartel de «The end», si no hubiera dejado de estar de moda como en las series de mi infancia. Pero esto era la vida real y no había rótulos que zanjaran historias. La vida seguía. Cuando me decidí a ir a verla al hospital, supe que estaba a punto de abandonarlo. No era la primera vez que lo intentaba, pero siempre acababa echándose atrás. Aquella vez iba en serio, iba a ser la definitiva. De nada sirvieron las amenazas de él, sus gritos. De nada sirvieron tampoco sus lágrimas, sus regalos y su puñetero chantaje emocional. Ya no iba a creer más que la quería, que no volvería a pasar, que iba a cambiar. Ya no iba a temblar cada vez que oyera el sonido de la llave girando en la cerradura, ni a dormir con un ojo abierto por miedo a que se lo volviera a poner morado.
No iba a volver a aplicarse maquillaje sobre los hematomas y sonreír en los actos sociales como si no pasara nada. Hasta ahí habían llegado. Y por poco no es así al pie de la letra. El último golpe fue tan fuerte que no recordaba nada a partir del momento de que su cabeza aterrizó en el suelo después de haberse estrellado contra la pila de mármol. Su habitación parecía una floristería. Un montón de personas se desvivían por no dejarla sola ni un momento, mientras yo trataba de permanecer en un discreto segundo plano, como pensaba que me correspondía. Y, aunque quise evitar aquel momento, no pude. En cuanto Pilar me vio, se abrazó a mí entre lágrimas. Yo también lloré. Ella era la responsable de que hubiera estado en el momento adecuado en el lugar preciso, pero era mucho más que eso. Yo había conocido a Pilar en la facultad. Nos hicimos amigas, y ella fue quién me gestionó el alquiler de la que era mi casa y me ayudó a pagarlo. Aunque era una buena amiga, no lo hizo por amistad. O no solo por eso. Hacía tiempo que sospechaba que su hermana melliza, Ana, era maltratada por su novio. Intentó sin éxito que se lo contara, así que, después de convencerse de que sus sospechas eran algo más que conjeturas, me pidió que me instalara allí y permaneciera atenta. Antes, ella misma había denunciado a la policía que su hermana había sido agredida, tras verle unos terribles moratones que ella achacó a una caída. Aunque se negó siquiera a acudir a comisaría, nos dejaron un número de teléfono. El número al que yo llamé ante las señales de alarma. Apenas un par de días más tarde de aquel abrazo, acompañé a Pilar y a Ana al juzgado, después de que le dieran el alta en el hospital. Ya había declarado ante el policía que acudió al centro hospitalario, pero se encontraba tan mal que contó lo poco que quiso o pudo recordar, y quedó citada para hacerlo después ante el juzgado. Y esta vez sí que lo contó todo, mucho más de lo que ni siquiera su hermana había imaginado. No hizo falta que me dijeran nada. Sus caras lo decían todo. Y por fin la convencimos de que nunca estuvo sola. Y de que nunca volvería a estarlo. Nunca más volvería a sentirse invisible. Tal vez por eso, fue al final ella quien me convenció para meterme, junto a ella y su hermana, en algo que nos contó con enorme entusiasmo. Una aventura que empezó casi por casualidad y se convirtió en el eje de parte de nuestras vidas. Y de muchas más vidas de lo que hubiéramos supuesto.
Tras terminar su propio viacrucis con una condena para quien fue su novio, Ana se implicó con todas sus ganas con un grupo de mujeres que luchaban contra la violencia de género. Aunque la pena de prisión que él había de cumplir no era larga, la prohibición de aproximarse a ella sí que lo era y se sentía fuerte y segura para seguir adelante con su vida en el punto donde había quedado suspendida. Contó su historia, con nuestra pequeña aventura de detectives aficionadas, y de ahí salió la propuesta que me hizo. La asociación recibía a familiares, amigos o conocidos de mujeres de las que tenían sospecha de que estaban siendo maltratadas y, tras recabar la información, yo me instalaba en un piso lo más cercano posible y hacía un seguimiento, siempre pendiente de hacer la llamada antes de que ocurriera lo inevitable. Eso era lo más difícil, pero habíamos repetido la operación en dos ocasiones y había salido bien. Muy bien, incluso, porque aquellas mujeres ni siquiera necesitaron ingresar en el hospital. Nuestra pequeña aventura era un éxito. Como los panes y los peces, crecimos y nos multiplicamos. Yo acabé la carrera de Criminología que estaba estudiando cuando todo aquello empezó, y, con mi flamante título y el de Pilar, mi compañera de fatigas, comenzamos a colaborar de un modo más profesional con las asociaciones de mujeres en las que Ana estaba cada vez más involucrada. Juntas, acometimos lo que hasta entonces era la apuesta más arriesgada. Teníamos que ir a la otra punta de España, instalarnos allí y comenzar nuestra labor en un asunto delicado. Unos padres desesperados querían sacar de una relación tóxica y peligrosa a su hija de dieciocho años recién cumplidos. Decían que la niña se negaba a reconocer nada, pero veían los moratones de sus brazos y piernas, su reticencia a quedar con nadie más que con su novio, mayor que ella, su cambio de actitud y un montón de señales de alarma, pero ella se cerraba en banda. Que no pasaba nada. El día que cumplió la mayoría de edad se marchó de casa, y no volvieron a saber de ella, más allá de una llamada en la que les dijo que se iba voluntariamente a vivir con su novio a una ciudad cercana. Y, aunque acudieron a la Policía, sus meras sospechas no eran suficiente para hacer otra cosa que tratar de tranquilizarles. No sabíamos muy bien qué nos encontraríamos. Pero ya iríamos viendo, como siempre hacíamos. Había que reconocer que lo nuestro estaba compuesto, en esencia, de mucha ilusión, mucha voluntad y mucha improvisación también. Y hasta ese momento no podíamos quejarnos.
No tardamos en localizar a la chica. Alta, espigada y con ojos tristes, me recordaba mucho a Ana en su día, y hasta a Pilar, su melliza y mi compañera de fatigas. Salía lo justo, apenas saludaba y bajaba la cabeza en cuanto coincidía con alguien en el ascensor, en la calle, o en cualquier otro sitio. Pero habían pasado varios días y de él no había ni señal, y tampoco escuchamos gritos, golpes ni nada que nos confirmara aquello para lo que estábamos allí. Confieso que hubo un momento en el que llegué a dudar si no sería una exageración de unos padres sobreprotectores con una hija rebelde, y la cosa se nos había ido de las manos. Pasaba el tiempo sin ningún resultado y, aunque estábamos divinamente, no era para eso para lo que habíamos ido allí, ni para lo que estábamos gastando los fondos de las asociaciones que nos financiaban. Preocupada, me puse en contacto con Ana y ella decidió aprovechar un puente festivo para hacernos una visita. Vendría allí y, además de pasar unos días juntas, podríamos decidir sobre el terreno si seguir o, por vez primera, abandonar. Aunque la sola idea me llenaba de desasosiego. Pasaron los tres días que faltaban para la llegada de Ana sin pena ni gloria. La chica se dejaba ver poco, pero nada hacía pensar que pasara nada. Y nos dispusimos a recibir a Ana con una mezcla de expectación y alegría. Ana venía conduciendo. Tenía que llegar el viernes por la tarde, pero ya casi era de noche y no teníamos noticias de ella. No quería agobiar a su hermana, pero me empecé a preocupar. No contestaba al móvil, y aunque era normal si estaba al volante, un escalofrío inexplicable me recorrió la espina dorsal. Mi intuición no falló. De repente, oímos gritos y golpes procedentes del domicilio que supuestamente vigilábamos. Eran tan fuertes que por un momento dejamos aparcada la llegada de Ana, y, por una vez, cambiamos nuestro modo de proceder habitual. Mientras Pilar llamaba a los agentes, cuyo contacto estaba avisado por lo que pudiera pasar, yo me planté en el rellano sin encomendarme a Dios ni al diablo. Y, de pronto, todo se hizo negro. Creí que mi aventura acababa ahí para siempre. Y con esa sensación perdí el contacto con el mundo, que no recuperé hasta que abrí los ojos en una cama de hospital, sin saber qué había pasado ni cuánto tiempo había transcurrido. Por suerte, lo mío solo era una conmoción y mi tránsito por el mundo de los fantasmas apenas duró unas horas. Entonces supe que no fui la única que estaba ingresada en aquel hospital.
En una habitación próxima a la mía, Ana convalecía de una herida de arma blanca y mano negra. La pesadilla parecía haber vuelto a empezar. Descubrí que no éramos tan listas, ni tan buenas, ni tan fuertes como creíamos. Que el que un día fue mi vecino y el verdugo de Ana no se había resignado a perder su posesión y jamás dejó de seguirle la pista bien de cerca, incluso desde la prisión en la que estuvo un tiempo. Y, en cuanto consiguió la libertad provisional, no perdió un minuto. Se concertó con un cómplice, que se hizo pasar por un padre angustiado y montaron su pantomima. Contactó con la asociación, pidió ayuda para arrancar a la supuesta hija de las garras de un inventado maltratador, y logró que se pusiera en marcha nuestro rudimentario mecanismo, que no funcionaba con otra gasolina que las ganas y los buenos propósitos. Caímos como unas tontas, haciendo el seguimiento de una chica que había aceptado encantada un dinerillo extra por dejarse ver por las inmediaciones del piso que le alquilaron mientras nosotras pensábamos que le estábamos salvando la vida. Y al final, picamos el anzuelo y llamamos a Ana, que acudió presta en nuestra ayuda. Él la estaba esperando. La encerró en el mismo piso que teóricamente vigilábamos y se aseguró de que no gritara. Le juró amor eterno, le suplicó que volviera a su lado, le repitió por enésima vez que estaba dispuesto a cambiar. Y Ana, por enésima vez, cedió. Le dijo que ella también le amaba y que estaba dispuesta a darle otra oportunidad. Lo que él no sabía es que esa Ana nada tenía que ver con la que él conocía. Y, con una interpretación digna de un Óscar, se ganó su confianza y con ella el derecho a recuperar el teléfono móvil. Y, en cuanto pudo, apretó la tecla que daba acceso al número memorizado en el dispositivo, el que le había facilitado la policía desde que denunció al que fue su novio. Su arrojo casi le cuesta la vida. En cuanto él descubrió la superchería, le clavó un cuchillo que nadie sabe de dónde salió, delante de los agentes de Policía que iban a detenerle. Y Ana cayó al suelo sobre a un charco de sangre. Yo estaba allí, pero no pude ver nada. Había llegado hasta el rellano y aporreé la puerta más que llamar. Fue él mismo quien me abrió, y quien me dijo que me largara, que nada se me había perdido allí. Traté de escabullirme y entrar, y entonces fue cuando todo se hizo negro, un segundo después de que mi cabeza impactara contra el suelo.
Fue ya en el hospital cuando conocí la historia de labios de Pilar, que, como yo, estaba transitando entre la pena, el asombro y una sensación difusa entre el fracaso y el ridículo que no se atrevía a definir. Quedó en el aire la frase de Pilar, diciendo que ese era el fin de nuestra aventura, cuando una enfermera nos interrumpió y nos dijo que, si queríamos, podíamos pasar a ver a Ana. Me ayudó a incorporarme y la seguimos. Nunca olvidaré la expresión de su cara al decir: —¿Para cuándo la próxima misión? Ninguna mujer debe pasar por esto. Y, por una vez en mi vida, vi que las heridas del cuerpo tardarían más en cicatrizar que las del alma. Su abdomen suturado tardaría unos meses en recuperarse, pero su espíritu ya hacía mucho que había cambiado para siempre. Desde aquel día en que, tras nuestra aventura de aficionadas, la acompañamos a comisaría. Y hoy, pasado algún tiempo, seguimos en ello. La frase de Pilar que quedó en el aire acabó siendo barrida por un aire nuevo. No lo podíamos dejar. Y es Ana, precisamente, quien nos lo recuerda día a día. A veces, cuando tenemos tentaciones de abandonar, nos muestra la cicatriz de su abdomen. Una cicatriz casi invisible, pero que para nosotras es como un cartel luminoso.
Todo el mundo ha usado alguna vez el dicho de que “la realidad siempre supera la ficción”, una frase atribuida a Oscar Wilde y que no podía ser más cierta. De hecho, las películas basadas en hechos reales, en particular de violencia hacia las mujeres, como Acusados o El consentimiento siempre llaman lo atención, al igual que ocurre con series, como Creedme o la reciente y premiada Querer.
En nuestro teatro tenemos realidad que supera la ficción más que de sobra. De hecho, tenemos una grave sobredosis de realidad. Pero es lo que hay.
No obstante, a la gente en general no le llega la realidad de nuestros asuntos salvo cuando ocurren entre personas conocidas o los hechos son especialmente morbosos, sangrientos, crueles o todo ello a un tiempo. A cualquiera le vendrán crímenes horrendos cometidos contra mujeres a poco que rebusque un poco en su memoria.
Pues bien, hay veces que hay que remangarse las togas para contar estas cosas. Que hay que poner cara y figura humana a todas esas mujeres que, de otro modo, acaban convertidas en parte de una estadística o de una víctima más de esa Cifra de la vergüenza de la que tanto abominamos. Y eso es lo que hemos hecho con este libro.
“Hijas del miedo y otros relatos de violencia de género” nació en el seno del club de lectura de la Asociación Mujeres Juezas -club Almudena Grandes-, y eso define muy bien su naturaleza. Es, de una parte, un nada desdeñable producto literario -modestia aparte, que soy una de las autoras- y, de otra, la manifestación, negro sobre blanco, de historias tan reales como la vida misma. Historias en las que, además, siempre hay un procedimiento judicial. Porque hay que contar al mundo que estamos ahí al servicio de las víctimas y que, si denunciar no da todas las respuestas, no hacerlo no da ninguna.
En este libro se aborda la violencia de género desde todos sus prismas: violencia en la pareja, violencia vicaria, violencia institucional, agresiones sexuales, trata… Y lo hace con unas autoras muy especiales: todas somos jueza o fiscales que hablamos de todas esas cosas que aún no entran en los Juzgados de Violencia sobre la Mujer, pero que pronto lo harán, conforme la última reforma que, por fin, plasma lo establecido en el Convenio de Estambul.
Aunque me esté mal decirlo, el libro es una joyita. Parece mentira que alguna de las autoras nunca hubiera publicado nada, aunque hay de todo, como en botica, y algunas ya habíamos puesto en marcha lo de ser juntaletras.
Y, puesta a hacer un poco de umbralismo, estoy muy orgullosa de que se haya elegido mi relato, Hijas del miedo, para dar título al libro. Es un verdadero honor para mí.
Además, para hacerlo aún más atractivo, hay que decir que es un libro solidario. Lo recaudado con las ventas se dona a una asociación de víctimas de violencia de género. Así que, si había alguna duda sobre si comprarlo, este dato ha de hacer que todo el mundo se decida. Os dejo el enlace de la editorial para que lo tengáis más fácil Hijas del miedo – Asociación Mujeres Juezas de España | PlanetadeLibros
Así que hoy el aplauso lo voy a repartir. Y será por una parte para las autoras y para quienes compren el libro y, de otra, para sus protagonistas, las víctimas. Entre ellas, Ana Orantes, madre de quine prologa el libro. Por ellas.
Hay un dicho según el cual “no hay preguntas estúpidas sino respuestas estúpidas”, aunque a mi me gusta más la versión que atribuyen a Oscar Wilde: “no hay preguntas indiscretas; respuestas, a veces, sí”. Ese Oscar Wilde El retrato de Dorian Gray, El fantasma de Canterville o La importancia de llamarse Ernesto, que todo el mundo ha visto en una u otra versión. Y si decía eso de las preguntas, seguro que tenía razón.
En nuestro teatro las preguntas forman parte del trabajo que hacemos. Porque, más allá de las que cualquier hace y se hace en su vida diaria, en Toguilandia son un instrumento de trabajo. Porque sin unas buenas preguntas, no obtendremos las respuestas que dan lugar a una de las más importantes pruebas en nuestro proceso, la prueba testifical. Además de lo que se pueda sacar del interrogatorio del investigado o acusado, cuando no hace uso de su derecho al silencio.
En estos días se hablado mucho de la forma de nuestros interrogatorios, por desgracia. Y digo por desgracia porque lo que hemos visto estos días que ha sucedido en la declaración de denunciante y denunciado en un asunto de delito sexual que afecta a un político y a una actriz no le hace bien a nadie. Ni a ella, ni a él, ni al juez en cuestión ni, por supuesto, al grueso de la carrera judicial, de quienes se ofrece una imagen cuanto menos poco edificante. Y eso sin hablar del reproche que merece una filtración que podría ser, incluso, delictiva, o, al menos, acreedora de responsabilidad de otro tipo.
Pero, siguiendo el espíritu que anima nuestro escenario, no voy a ir al caso concreto, sino a lo que ocurre, a lo que no ocurre y a lo que debería ocurrir en este nuestro mundo de togas, sonrisas y lágrimas. Y, si además de buscar culpables buscamos soluciones, pues mejor que mejor.
No podemos negar que, si en alguna materia es especialmente difícil un interrogatorio a una víctima, es en materia de delitos contra la libertad sexual, En estos delitos el testimonio de la víctima es casi siempre la única prueba de cargo que puede desvirtuar la presunción de inocencia. Y lo primero que hay que advertir es que, por el contrario a lo que dicen algunos todólogos, no se trata sin más de la palabra de uno contra la de otra, por cuanto que los testigos tienen la obligación de decir verdad y declaran bajo juramento, y los investigados o acusados pueden declarar o no hacerlo y pueden mentir tanto como quieran, ya que no prestan juramento y tienen el derecho a no declarar contra sí mismos y el de no declararse culpable.
En cualquier caso, no podemos frivolizar como hacen algunos y decir que basta con que declare una víctima para condenar alguien. La jurisprudencia ha sentado desde hace mucho una serie de requisitos para que esta declaración testifical -recordemos que la víctima es testigo- sea por si sola suficiente para fundamentar una condena.
¿Y qué requisitos son esos? Pies, en resumen, la verosimilitud, la persistencia en la incriminación y en la ausencia de móviles espurios como resentimiento o venganza. Unos requisitos que, por cierto, venían exigiéndose respecto de otros delitos, como los robos, sin que nadie se llevara las manos a la cabeza si dijeran que las mujeres somos unas mentirosas o que les discriminan por ser hombres.
Precisamente por eso hay que hacer más de una vez preguntas que a buen seguro resultan incómodas -cuando no desagradables- para las víctimas. Hay que saber, y demostrar además, que la víctima se opuso a la relación, y cómo se venció su resistencia. Y eso no implica que se dude de ella sino, como yo les explico siempre que puedo, que lo que buscamos es la manera de no dejar ningún resquicio a la duda.
En la misma línea hay una pregunta que suele molestar a las víctimas hasta que alguien les explica la razón de la misma. Se trata de preguntar por qué no denunció los hechos inmediatamente, si es que media un tiempo entre los hechos y la denuncia. En ese caso hay que explicar que no dudamos de su testimonio, sino que queremos conocer las razones, seguro que justificadas, por las que no denunció antes. Yo lo digo así y suele ir bien.
Sin embargo, lo que no se puede en modo alguno es preguntar de modo desabrido en la forma ni incorrecto en el fondo. Porque la Ley de enjuiciamiento Criminal dice desde hace mucho que las preguntas no pueden ser capciosas ni sugestivas, y la reciente ley de solo sí es sí especifica que no se puede preguntar a la víctima sobre cosas que afecten a su intimidad o no estén relacionadas con los hechos.
Así, lo que no puede admitirse en ningún caso son preguntas que ya pasaron a la historia por su desacierto, por decirlo de algún modo, como la de si cerró bien las piernas, si iba vestido de modo provocador o si llevaba una minifalda o unos vaqueros ajustados. Tampoco se le puede insistir ni mucho menos interrumpir, sobre si es seguro que manifestó su negativa a tener relaciones. Y, por supuesto, no cabe hacer ninguna pregunta relativa a su vida o su intimidad más allá de los hechos que se juzgan.
En cuanto a la forma, lo adecuado es dejar a la víctima narrar los hechos, y no interrumpirla ni increparla en su relato. Seguro que si repasamos lo que hemos vito estos días, echamos en falta muchos de estos requisitos. ¿O no?
Por todo eso, hoy el aplauso he de dedicarlo a todas y todos los profesionales que hacen sus interrogatorios como corresponde. Porque su labor no puede quedar enturbiada por lo que hacen otros. Y porque las víctimas merecen que las traten con respeto y empatía.