Hay muchas películas y series donde jueces y fiscales son protagonistas. Y es que los asuntos que se ventilan en justicia siempre son muy atractivos, y quienes los protagonizan también tienen su momento de gloria. El juez, La fiscal Chase, Juzgado de guardia y muchas más son buen ejemplo de ello.
En nuestro teatro, gusten o no gusten los estrellatos, cada vez es más frecuente que los profesionales nos veamos bajo los focos mediáticos. Y no siempre es fácil de llevar. O es directamente difícil.
En los últimos tiempos estamos atravesando una fase de protagonismo judicial exacerbado. Los jueces -y las juezas, pero no tanto- se conocen con nombre y apellidos o por el nombre de la causa que están llevando. Se habló en su día de la jueza del metro, como se habla ahora de la jueza de la dana. E igual es cosa mía, pero tengo la sensación que cuando Sus Señorías pertenecen al sexo femenino, cuesta más ponerles nombre que si se trata de varones. Pensemos si no cómo rápidamente se conoció por su apellido al juez que instruye la cusa contra el Fiscal General del Estado, o la que se dirige contra la mujer del actual presidente del Gobierno.
Tal vez sea una excepción el caso de la jueza que conocía de los ERES, cuyo outfit, gafas de sol y troller incluidos, eran objeto de repetidos comentarios, y no siempre jurídicos. Algo que no suele ocurrir cuando de hombres togados hablamos. Pues bien, de ella sí se conocía el nombre y apellidos. Ahí lo dejo.
En cualquier caso, otra de las cosas que resultan, cuanto menos, lamentables, son las insinuaciones, cuando no directamente afirmaciones, de que una jueza no es capaz de dictar una resolución por si misma sin la ayuda de su togado maridito. Y está pasando. No hay más que echar un vistazo a algunas informaciones para darse cuenta. Y para echarse las manos a la cabeza y las gafas moradas a la basura.
Lo peor es que no es la primera ni creo que sea la última. Recuerdo muchos casos de cuestionar a mujeres fiscales o, directamente, de denostarlas, simplemente por la relación de pareja que tienen, como si esa fuera la única razón para llegar adonde hayan llegado en vez de hacerlo por su propios méritos. Y esa es otra cosa que no suele pasar a los hombres.
Pero no siempre estamos en el foco mientras ejercemos nuestro oficio, aunque sea por causa del mismo. Ya conté otra ocasión el delito de odio -ya con condena firme- de que fui víctima y, por desgracia, no es el único caso. También basta con mirar la prensa para saberlo.
En este punto me acuerdo del acoso a que fue sometida un juez por parte de un colega, otro asunto que ha quedado finiquitado a favor de ella, pero nadie le devuelve el tiempo que pasó angustiada y las consecuencias sufridas. Una cara poco agradable de Toguilandia que también es necesario conocer.
Además de todo esto, está el tema de los jueces estrella , los que ya dediqué un estreno. Y de los que, sin ser exactamente estrellas, son mediáticos porque parecen con frecuencia en los medios de comunicación explicando los temas sobre los que les preguntan. Porque hacer pedagogía no está nada mal, sino todo lo contrario. Yo misma trato d hacerlo siempre que puedo, y espero conseguirlo. Aunque haya a quine estas cosas no les gusten y prefieran que sigamos en nuestra torre de marfil
Solo he puesto algunos ejemplos de casos y personas conocidos, pero podríamos seguir con los jueces y fiscales del Procés y con mucho más. Pero por hoy, aquí lo dejo. Eso sí, sin olvidarme del aplauso, que es para todas aquellas personas toguitaconadas que saben donde tienen que estar en cada momento. Espero estar incluida en ese grupo.
Que no podemos vivir sin electricidad es un hecho. Aunque es un invento relativamente reciente en la historia de la humanidad, ahora resulta imprescindible. Desde que nuestros antepasados fueran En busca del fuego, siempre hemos ido en busca de Un rayo de luz, aunque sea una Luz que agoniza. Y El gran apagón es algo bien temido, de lo cual da, como no, buena muestra el cine.
En nuestro teatro, sobre todo en los últimos tiempos, una eventual falta de corriente eléctrica es sinónimo de desastre. Cualquier corte de los sistemas informáticos, que hoy se han tornado imprescindibles en nuestro día a día, nos lleva a quedar bloqueados. Parece mentira que no hace tanto tiempo nos apañáramos con las máquinas de escribir y el papel de calco, cuando no, directamente, de la escritura a mano.
Pero resulta que lo que solo era una eventualidad, pasó. Y nos encontramos, de repente, con que un gran apagón dejó a oscuras a toda la Península Ibérica por varias horas. Y no solo a oscuras, claro esta, sino faltas de cualquier atisbo de uso de aparatos eléctricos, que, hoy en día, son todos. Y, para acabarlo de arreglar, los sistemas de telefonía se unieron al caos y decidieron hacer huelga de cables caídos.
La cosa es peor de lo que una a priori imagina. Nos hemos vueltos tan dependientes del móvil, el whatsap, la mensajería de cualquier tipo, el correo electrónico y los sistemas informáticos varios que sin ellos no sabemos hacer nada. O no podemos.
Porque, aunque lo primero que se le viene una a la cabeza es pensar que, al no poder traer detenidos a la guardia, ni despachar informes, ni nada de nada, lo mejor sería quedarse en casita, nada de eso. Y es que, mira por dónde, no hay manera de avisar si pasa algo como el advenimiento de la amenaza zombi, la invasión marciana o cualquier otra minucia semejante que, vista la racha que llevamos, no sería de extrañar. Como dice la ilustración de la siempre tan acertada madebycarol, ya está bien de vivir acontecimientos históricos, que con lo que hemos vivido en pocos años tenemos de sobra para contar a la siguiente generación. Una pandemia, el temporal Filomena, la catastrófica Dana, la erupción del volcán de La Palma, un par de guerras a las puertas de nuestro mundo, y, ahora, un apagón general, y seguro que me olvido de algo. Que no damos abasto, vaya.
Volviendo a la electricidad y su incidencia en Toguilandia, me decían los jueces y fiscales de guardia que no podían tomar otra determinación que venir al juzgado, porque era de la única manera que se podían enterar si pasaba cualquiera de esas cosas que podían pasar o, simplemente, un habeas corpus o un levantamiento de cadáver.
Y eso, por supuesto, contando con que pudieran acceder, porque los obstáculos no son pocos. Para quienes necesitan del transporte público, nada de metro o tren, y pobres de quienes ya los hubieran cogido. Si se viene en coche, solo en el caso de que el depósito no pidiera gasolina, porque las gasolineras tampoco funcionaban. Y un taxi podría no ser posible por falta de efectivo, porque las tarjetas de crédito no funcionan y los cajeros tampoco. Y, si se tiene algún problema de movilidad, imposible bajar o subir en ascensor. Así que pintan bastos.
Al final, la cosa se solucionó en unas cuantas horas que, en cualquier caso, nos sirvieron para darnos cuenta de lo vulnerables que somos. Además, por supuesto, de para que los bazares hicieran el agosto vendiendo pilas y linternas, o transistores de toda la vida, que ya se sabe que a rio revuelto, ganancia de pescadores.
Así que la pesadilla ha pasado, pero sus efectos siguen ahí, incluido el estrictamente procesal de la suspensión de plazos, como no podía ser de otra manera. Entre unas cosas y otras, eso, que parece excepcional, se está convirtiendo en algo relativamente frecuente. Esperemos que no se repita, por si las moscas.
Y con estas reflexiones acabo hoy, no sin antes dar mi aplauso a quienes, pese a todo, no perdieron la calma y se comportaron con civismo ejemplar. Que, afortunadamente, fueron mayoría.
Desde que se inventó la imprenta, los libros han formado parte importante de la historia de la humanidad. Y, a pesar de que hubo quien creía otra cosa, la llegada de oros medos de expresión como cine y televisión primero e Internet, después, no han logrado arrumbarlo. Todo lo contrario, lo han complementado hasta el punto de gran cantidad de películas lo hacen basadas en libros, de ahí el Óscar al mejor guion adaptado. Y son innumerables las películas que se basan en libros, entre las que citaré La ladrona de libros, La historia interminable, La librería o la maravillosa El club de los poetas muertos.
En nuestro teatro, los libros tienen muchísima importancia. Juristas de todas las épocas se han formado con libros, y seguimos haciéndolo, aunque en muchos casos sea ya en formato digital. Además de que hay habitantes de Toguilandia que nos hemos lanzado a las publicaciones , sean o no jurídicas.
Por eso hoy quería dedicar este estreno a una experiencia preciosa que no podía dejar de compartir con quienes se adentran en mis funciones toguitaconadas cada semana o cada vez que pueden o quieren. Una experiencia inolvidable para todas las personas que amamos los libros, como es mi casa, y más aún para quienes nos hemos lanzado a la escritura como también es mi caso.
Con esas pistas, no hace falta que diga mucho más. Estoy hablando de Sant Jordi, y en concreto, de Sant Jordi en Barcelona. Quienes no hayan ido nunca no solo no saben lo que se pierden, sino que no se pueden imaginar, por más que le cuenten, cómo son las cosas.
Así me ocurrió a mí. Me habían contado una y mil veces lo que suponía Sant Jordi y el ambiente que se vivía, y por ello me apetecía mucho ir. Pero, una vez allí, no se parece a nada que yo haya vivido antes. Es, sencillamente, especial.
Pues bien, después de muchos años de juntaletras y muchos libros publicados -parece que fue ayer, pero ya van doce, y alguno más en camino- me llegó el momento de vivir Sant Jordi, y no solo como espectadora, sino como autora, firmando mi criatura Creía que era feliz en la caseta correspondiente y observando todo lo que pasaba desde una atalaya de lujo.
El día empezaba bien. El tiempo era inmejorable, y el sol iluminaba los miles de puesto con libros y rosas que hay por toda la ciudad, con sus edificios adornados por todas partes. Los hombres de cualquier edad pasean por las calles con una rosa en la mano destinada a las mujeres de su vida. De hecho, me recibieron unos buenos amigos con una rosa en la mano, lo que me hizo sentirme imbuida en el ambiente de inmediato.
Por supuesto, no solo de letras se vive, así que aproveché el día para compartir mi tiempo con esos buenos amigos a los que una no ve tanto como quisiera. Así que, además de libros y flores, amistad. ¿qué más se puede pedir?
Así que hoy el aplauso para el bueno de Sant Jordi y para todas las personas que lo celebran. Y para los amigos que me acompañaron. Por muchos más
Nada ni nadie se hubiera imaginado, al verle allí, tan solo y tan pensativo, que fuera todo un triunfador. Acababa de meter el gol que daba la vitoria al equipo nacional, un gol que valía el campeonato, y por el que todo el estadio se había vuelto loco. Era el primer título para aquel equipo, humilde pero con una historia ya larga y una legión de seguidores importante. La ciudad se volcó, porque aquello era poner una pica en Flandes. David había vencido a Goliat, y aquel chico solo y pensativo era el que había consumado la gesta. Aunque cualquiera lo diría, al verlo.
No se había unido a sus compañeros en la celebración. Se había negado a brindar, a mojarse con el cava de la botella que agitaron en el vestuario ni a que le mantearan, como habían pretendido. Solo quería que le dejaran solo. Como habían hecho siempre.
El había tenido su propia celebración. Una celebración que había estado preparando desde su más tierna infancia, una celebración con la que soñaba cada noche y que se imaginaba cada día. Una celebración que sería su venganza.
Lo tenía pensado desde la primera vez que sus compañeros del equipo juvenil se burlaron de él, desde que le aislaban en el vestuario, desde aquel día en que le dejaron encerrado y no pudo salir a jugar. Lo tenía pensado desde que en el primer desplazamiento del equipo en que tuvieron que dormir fuera de casa, amaneció con una palabra escrita con rotulador permanente en su frente. Marica. Habían esperado a que se durmiera para escribir en su frente aquellas seis letras que le marcaron de por vida.
Se lo contó al entrenador, mientras trataba sin éxito de contener las lágrimas. Aquel pobre hombre no supo qué hacer. Le dijo que le comprendía, pero que de aquella guisa no podía salir al campo. Así que a él le mandó a casa en el primer autobús, mientras el resto del equipo salían al campo como si nada hubiera pasado. Y fue en aquel trayecto donde empezó a imaginar su revancha.
Quiso cambiar de equipo, pero el entrenador no se lo permitió. Sabía que, además de un buen chico, tenía un talento excepcional para el fútbol, y no podía desperdiciarlo de ninguna de las maneras. Lo protegió como pudo, aunque nunca se enfrentó al resto de chicos, ni a la directiva del club. Simplemente, trataba de estar siempre con él para evitar que aquellos burros se comportaran como lo que eran. Por eso siempre estaba solo en el vestuario, escondido bajo su toalla. Ya hacía tiempo que había admitido no solo que le gustaban las personas de su mismo sexo sino que no debía avergonzarse por ello. Aunque aquellos cenutrios no lo entendieran.
Y, por fin, llegó su momento. Aquel día, cuando marcaba el gol de la victoria, se levantó la camiseta y recorrió el campo mostrando la palabra de seis letras escrita en su pecho. Marica. Y, después de un primer momento de estupefacción, la gente comenzó a aplaudir y a vitorearlo como jamás habían aplaudido a otro jugador.
Me contó esta historia cuando le entrevisté, en el mismo vestuario donde seguía escondido bajo su toalla, como siempre había hecho. Estaba fascinada. Nunca pensé que aquel reportaje sobre el equipo local de fútbol, que me asignaron porque era la becaria del periódico y nadie quería perder el domingo, me fuera a dar tantas satisfacciones. Pero cuando vi a aquel chico enseñando con orgullo aquella palabra escrita en su pecho, supe que tenía el reportaje de mi vida. Y no quise perder la oportunidad.
Me dio la exclusiva de la entrevista por eliminación, más que por elección. Como ninguno de los periodistas deportivos que pugnaban por que les respondiera se había interesado jamás por él, y habían contribuido al ostracismo y las burlas contenidas de que siempre era objeto, solo quedaba yo. Y el encargo de cubrir aquel partido que me tocó porque nadie quiso, fue lo mejor que podía haber pasado. Cuando él me contó su historia, me dejó impresionada. Y cuando comprobé que las seis letras de su pecho estaban tatuadas, todavía más. Había decidido convertir en motivo de orgullo aquello con lo que quisieron avergonzarle.
Hoy en día se hacen encuestas de cualquier cosa. Las estadísticas marcan gran parte de nuestra vida, incluido el mundo de las artes escénicas. Aunque jamás he dirigido ni mucho menos producido una película -ni creo que lo haga- estoy segura de que antes de embarcarse en un proyecto cinematográfico de cierta envergadura, se sondea el mercado y cuál vaya a ser la eventual acogida del filme. Aunque, evidentemente, siempre hay errores. Que se lo digan si no a productores de películas como Waterworld o Cats, que se pegaron el batacazo del siglo pese a sus grandes expectativas, o, en el lado contrario, películas de bajo presupuesto para sus grandes resultados como El proyecto de la bruja de Blair, Halloween o la inolvidable Rocky, primera de una larga y exitosa saga.
En nuestro teatro no funcionamos con encuestas, pero existir, existen. Y algunas son especialmente ilustrativas, sean conocidas o desconocidas.
Quizás una de las estadísticas más conocida sea la del número de jueces o fiscales por ciudadano, una estadística en la que España sale bastante malparada. Según un estudio de 2021 España tiene 11.5 jueces/as por cada 100.000 habitantes frente a los 17,7 de media europea. Y en lo que a la carrera fiscal respecta, la coa es aún peor, ya que hay 5.2 fiscales por cada mismo número de personas frente al promedio europeo, que es de 11,25. Estas cifras deberían llevar a pensar que de entonces a acá las cosas deberían haber mejorad mucho, pero de eso, nada. Porque la única manera de mejorar este porcentaje es la creación de plazas en la judicatura y en la fiscalía, y en estos tiempos la cicatería es más que evidente. De hecho, la recientísima ley de eficiencia parece atender al criterio de “ahorrar” en número de jueces al convertir los juzgados como unidad en secciones, de modo que la sustitución interna sea mucho más sencilla. Pero igual es cosa mía, y da un resultado estupendo. No me importaría equivocarme en mi predicción, la verdad.
Otro de los porcentajes que se manejan mucho es el que alude a la proporción entre hombres y mujeres en ambas carreras. Y ahí los números cantan, aunque al final no hay que echar las campanas al vuelo. Según lo que publicaba la propia Fiscalía General del Estado por el 8M, un 75 por ciento de la carrera fiscal está ocupado en la actualidad por mujeres, aunque solo un 46 por ciento ocupan puestos directivos. Algo para hacérnoslo mirar, al igual que en la carrera hermana, donde, a pesar de que cerca del 60 por ciento de mujeres en activo, solo el 6 por ciento del Tribunal Supremo está ocupado por féminas, y algo parecido ocurre en las Presidencias de Tribunales Superiores de Justicia de las Comunidades Autónomas, cuyo número de mujeres ha oscilado entre 1 y 2 durante mucho tiempo.
Pero si hay una materia especialmente proclive a las encuestas, esa es la violencia de género, donde se ha institucionalizado hasta el punto de que las macroencuestas europeas ya han tomado carta de naturaleza y se repiten periódicamente. Em estas, es especialmente interesante ver cómo se perciben -y, lo que es más importante, cómo no lo hacen- la violencia de género en la juventud.
También es muy ilustrativo acudir a las encuestas en otras de las materias donde la infradenuncia es el gran problema: los delitos de odio. A falta de datos oficiales -lo que no se denuncia, no existe- hay que acudir muchas veces a esa encuesta para ponderar la magnitud del problema. Y esas encuestas dicen que más de un 80 por ciento de delitos de odio permanecen ocultos por falta de denuncia. Otro tema que nos deberíamos hacer mirar seriamente.
No obstante, tal vez lo más interesante sea conocer con base a las encuestas cómo nos percibe la sociedad. Y, la verdad, hay para preocuparse. Incluso para deprimirse. De una parte, habría que ver lo que importa a la sociedad la justicia, y para eso nada mejor que acudir al CIS. Según el cual, importa poco a la ciudadanía. Sin embargo, a la hora de valorarnos, la sociedad es implacable: es de lo servicios peor valorados y un 70 por ciento están descontentos con la Administración de Justicia. Y, por paradójico que resulte, es algo francamente injusto, ya que una de las principales quejas se basa en la lentitud, y ahí, la mayo pate de la culpa no la tenemos quienes trabajamos en Toguilandia, sino quienes deciden de qué medios personales y materiales no dotal. Y ahí hay mucha tela que cortar. Lo que está claro es que es perfectamente comprensible que alguien a quien le señalan lo que denominan un “juicio rápido” a más de 1 año vista manifieste su descontento.
Hasta aquí, solo unas pequeñas pinceladas de temas en los que estadísticas basadas en encuestas tienen incidencia directa en Toguilandia. Así que solo quedaría el aplauso. Y ese es, sin duda, para quienes, pese a todo, trabajan cada día para que la valoración ciudadana mejore. Que ya toca.
Otra vez llega la Semana Santa con todo lo que conlleva. De un lado, las inevitables películas de cada año: Ben Hur, La túnica sagrada, El evangelio según San Mateo, entre otras. De otro lado, las procesiones, que sigue mostrando nuestra tele pública aunque España hace mucho tiempo que es un estado aconfesional
En nuestro teatro, la Semana Santa lo primero que significa es una huida colectiva de las togas. Quien puede, sale de Toguilandia pies para que os quiero y se va allá donde las posibilidades económicas, la conciliación y las ganas le permitan.
Pero, como he dicho, eso lo hace quien puede, no quien quiere. Porque, razones personales aparte, ahí nos quedaremos quienes tenemos servicio de guardia y quienes tienen que prepararse algún juicio o algún caso para la vuelta de las vacaciones. Y, por supuesto, hay que sumar a quienes no hemos tenido tiempo para estudiarnos toda la reforma procesal que se nos ha caído encima -y que nos sigue cayendo a plazos, o mejor, en diferido-, además del cambio del sistema informático, para las agraciadas a las que nos h tocado el bingo acumulado.
Digo estas cosas porque en días como estos en que están todo el día machacándonos en los medios de comunicación con lo de las vacaciones y el descanso, bien está recordar que hay quienes no descansan. Además de quienes trabajan en la hostelería, por descontado.
No obstante, ya que estamos en Semana Santa, pensemos en la relación que tiene con Tiguilandia, que siempre se puede sacar punta toguitaconada a todo. Y, al respecto, lo primero que se me ocurre es que, como cada período de vacaciones, un grupo de delitos con los que más nos topamos son los relacionados con la seguridad vial. Por un lado, y desgraciadamente, los accidentes se multiplican, y por tora, aun sin accidentes, las personas que condcen bajo los efectos del alcohol o las drogas también. Y es que no aprendemos.
Otro de los delitos con los que nos encontramos en estos tiempos pueden ser las estafas, Y no me refiero a que te cobren un ojo de la cara por una torrija de toda la vida, con la excusa de que está infusionada con aroma de vaya usted a saber qué y hecha con una pan traído de vaya usted a saber dónde, aunque la cosa también tenga delito. Me refiero, especialmente, a las relacionadas con viajes o alquiler de apartamentos. Siempre nos encontramos con casos de personas que llegan a su destino y resulta que no tienen hotel, o casa, o que tiene unas condiciones muy distintas. Un clásico que nunca falla.
Y, por supuesto siempre que hay vacaciones, y turistas -aunque sean de turismo nacional- aparecen los carteristas como por ensalmo. En cuanto ven la oportunidad hacen su particular procesión en busca de la cartera errante. O sea, que en vez de hacer el agosto, hacen la Semana Santa,
Y, si ampliamos un poco en campo jurídico, y nos trasladamos a aeropuertos y estaciones de tren, tenemos todo un catálogo de posibilidades jurídicas que ven desde los retrasos hasta los cargos indebidos por equipaje o por cualquier otra cosa, que las compañías aéreas se empeñan en cargar aunque ya les hayan ganado varios pleitos en los tribunales. Y lo que te rondaré, morena. O nazarena, vaya.
Además, como es tiempo de ayuno, pero también de bacalao y torrijas, tengamos cuidado con los empachos, de un lado, y con las intoxicaciones alimentarias, por otro.. Que ambos manjares llevan huevo y nunca se sabe.
Las procesiones me las he dejado casi para el final. Per si vemos a penitentes infligiéndose golpes, no olvidemos lo del consentimiento en las lesiones, que las convierte en atípicas. Pero tampoco nos pasemos de frenada, no vayamos a tener un disgusto. Y cuidadín también con cirios y velas, que con el fuego no se juega.
Por último, una institución típica de la Pascua desde los tiempos del mismísimo Jesucristo, la de indultar a un preso. Parece mentira, pero se conserva desde los tiempos de Barrabás. Y, por suerte, no se sabe de ningún caso en que la cosa nos haya salido rana. Esperemos que siga así.
Y con esto termino por hoy. Que ustedes procesiones en paz. Y el aplauso para quen no pueda hacerlo porque trabaja. Que al menos tenga eso.
Y una vez más, la ovación extra para @madebycarol, autora de la ilustración genial que encabeza este post. Y lo mejora, además. Gracias
Hoy, en nuestro teatro, un cuento relacionado con mascotas y custodias. O tal vez sea más que un cuento. Que cada cual decida
SALOMON
Cuando por primera vez me encontré sola en casa con Salomón, me di cuenta de la enorme tontería qe había cometido. Allí estaba yo, que siempre había odiado los animales, teniendo que hacerme cargo de un enorme pastor alemán que no sentía ningún afecto por mí, me llenaba la casa de pelos e impregnaba mi coche de un olor intenso que no se iba por mucho pinito verde que colgara del retrovisor. Y todo, por mi tozudez.
Salomón no hacía ningún caso a lo que yo le mandaba, o, mejor dicho, le suplicaba. Nada de tumbarse o levantarse, irse o venir o bajar o subir cuando yo se lo decía. Salomón me ignoraba olímpicamente, mirándome con las orejas enhiestas, y se tumbaba panza arriba como si la cosa no fuera con él. Hasta hubiera jurado que se reía de mí.
Pero, claro, también él tenía sus razones. Para empezar, ni siquiera se llamaba Salomón, y yo había decidido cambiarle el nombre unilateralmente porque me había dado la gana. Y así me lucía el pelo.
El verdadero nombre de Salomón era Seven. Mi pareja y yo le pusimos así, en un arrebato de romanticismo que hoy se me antoja ridículo, porque ése era el nombre del local en que nos conocimos, precisamente un 7 de Julio. Pero ahora ya no éramos pareja sino, en honor a la verdad, más bien enemigos, y Seven se convirtió en el instrumento de mi venganza. El me dejó tirada por un clon de la muñeca Barbie y, cuando nos vimos obligados a repartir la casa y todos los bienes qe teníamos en común, mostró un enorme interés por quedarse con el perro que habíamos adquirido juntos. Así que, herida y despechada, decidí pelear por quedarme con Seven. Y me metí en una absurda batalla legal que acabó asignándonos al perro por mitad, en períodos de quince días. Por eso le llamé Salomón.
Pero ahora que ya estaba consumada mi pírrica victoria, me encontraba con que me tocaba apechugar con un perro que me ignoraba, al igual que yo a él, pero que requería un montón de esfuerzo que perturbaba mi vida. Había que sacarle a pasear, que comprarle comida, que ponerle un bebedero con agua, que llevarlo al veterinario y, sobre todo, que conseguir que no destrozara mi casa con sus patazas ni me llenara de pelos el sofá y hasta la cama. Todo a cambio de haber visto la cara de contrariedad de él cuando le dijeron qe había perdido la mitad del perro.
La verdad es que, visto así, la cosa no compensaba en absoluto y maldecía el día en que me empeñé en pelear por la custodia del perro antes llamado Seven. Y, de paso, me preguntaba por qué no haría caso a los consejos de mi madre. Pero probablemente, ésa fuera una de las razones que me llevaron a meterme en este berenjenal, contradecir aquello que me decía mi madre. Así que, imposible pedirle ayuda ni lloriquearle. Si algo había peor en el mundo que ocuparme de Salomón, era aguantar cómo mi madre me decía hasta un millón de veces aquel “ya te lo dije” que, desde mi más tierna infancia, me ponía enferma.
Por ello, como no me quedaba otra, decidí enfrentar mis quince primeros días de custodia de Salomón sin más ayuda que Internet y amor propio, ya que siempre había sido él quien se ocupaba de estos menesteres. Como no podía ser de otra manera, fue un desastre que no sólo colmó mi paciencia sino que a punto estuvo de llevarse a Salomón para el otro barrio antes de cedérselo a su otro medio dueño.
Pese a que me había propuesto ser una enérgica ama que no consintiera nada al perro, el primer día arrojó como saldo un almohadón destrozado, mi maravilloso sofá de piel lleno de arañazos, y la cama cubierta de pelos porque se empeñó en dormir en ella. Para colmo, decidí no sacarlo a la calle si lo pedía como castigo y, cuando me di cuenta que necesitaba salir por razones obvias, llegué tarde y a duras penas logré que hiciera sus necesidades fuera de mi casa. Y, claro está, me tocó limpiar con una fregona el rellano y el ascensor, que subía y bajaba mientras los vecinos disimulaban sus risas al verme recoger todo aquel desastre mientras trataba en balde de sostener a Salomón con la otra mano.
El primer paseo también fue un espanto. Lo que teóricamente iba a ser un bucólico paseo por el parque se convirtió en un espectáculo humorístico para todos menos para mí. Yo había leído en varias revistas que los perros eran una excelente excusa para ligar, así que me puse un vaporoso minivestido y me calcé mis sandalias de tacón dispuesta a encontrar al hombre de mi vida, que escogería entre todos los que se me acercaran con el reclamo de mi elegante perro. Pero Salomón se empeñó en ser todo menos glamuroso. Primero, se puso a correr como pavo sin cabeza detrás de una birriosa perrita callejera. Traté de trotar con él sin soltar la correa, pero mis altísimas sandalias no eran capaces de seguirle el paso y acabé en el suelo, en una suerte de esquí acuático en que Salomón ejercía de la más veloz fueraborda que imaginarse pueda. Como resultado, mi vestido hecho jirones, un tacón roto y el trasero lleno de cardenales. Mientras, Salomón jugueteaba feliz con la astrosa perrita. Pero debió pensar que no me había humillado bastante, así que decidió descargar su estómago en mitad de la acera. Yo estaba dispuesta a disimular y salir corriendo, pero una amable ancianita me recordó que debía recoger aquello. Entonces, me percaté que había olvidado coger aquel extraño paquetito con bolsas que se encontraba entre las pertenencias con las que me entregaron a Salomón y, lo que es peor, caí en para qué servían. Y, como no tenía ni un maldito pañuelo de papel en mi monísimo bolso, hube de coger lo único que tenía a mano, un ticket de compra, para recoger el regalo que mi lindo perro había dejado en la acera. Cuando volvimos a casa, no quise ni levantar la vista a unos cuantos viandantes que me aplaudían, muertos de risa, mientras Salomón galopaba alegremente. Porque, evidentemente, era yo quien volvía con el rabo entre piernas. Ni que decir tiene que jamás he vuelto a ese parque, aunque ahora he de andar un par de kilómetros para conseguir llegar a otro, dando, por supuesto, un rodeo qe me evite volver a pasar por ahí.
Con la comida no nos fue mucho mejor, pero esa vez fue Salomón quien se llevó la peor parte. Le compré unas bolitas que vendían en el supermercado, y se las puse en el comedero que le había comprado. Según la etiqueta, hacían felices a todos los perros pero, como la excepción siempre confirma la regla, resultó que Salomón fue la excepción y se negó siquiera a acercarse a ellas. Y, mientras tanto, saltaba como un loco tratando de dar alcance a mi plato de comida. Así que me harté, y acabé dándole un muslo del pollo con arroz que yo tenía por menú. Al fin y al cabo, todos los perros comían huesos, o al menos eso salía en los dibujos animados. Efectivamente, Salomón parecía encantado con su muslito, hasta que de repente, el hueso había desparecido, y Salomón empezó a emitir unos sonidos muy extraños que no me gustaron nada, mientras se refregaba contra el suelo.
Salomón se había atragantado, y yo no sabía qué hacer. Pero lo que tenía claro es que no quería que se me muriera. Sería el hazmereir de mi ex y su Barbie oxigenada, mi madre me repetiría cien mil veces que ya me lo advirtió, y a mí, la verdad, me sabía mal por el pobre perro. Una cosa es que no me gustara, pero acabar con él me parecía excesivo. Así que busqué a toda prisa en Internet un veterinario de urgencia, peleé para conseguir llevarlo hasta mi coche y meterle dentro y encontré el veterinario en cuestión no sin esfuerzo. Efectivamente, se había atragantado, y le tuvieron que hacer algo así como un lavado de estómago que tuve que pagar a precio de oro.
Al cabo de unas horas, volvimos a casa, con Salomón a dieta, y la advertencia del veterinario que el perro debía salir aún más veces de lo normal a la calle a hacer sus necesidades. Y que tenía que tomar una pastillitas que a saber cómo me las tendría que ingeniar para que tomara. Y cuando el pobrecito apoyó la cabeza en mi regazo, todo se me vino abajo, y empecé a llorar y llorar. Y, como una idiota, le conté a Salomón lo dolida que estaba por la traición de él, que llevaba una larguísima temporada viéndose con ella a mis espaldas mientras yo trabajaba como una burra para mantenernos a los dos. Y que aún no me había recuperado del sofoco que me dio cuando supe que aquel regalo comprado con mi dinero era para el cumpleaños de ella. Y los mensajes que leí en su móvil destinados a otra y, lo peor, que sacó dinero de la cuenta común para irse de viaje con ella fingiendo que se trataba de una ocasión de encontrar trabajo. Y lo más patético, acabé por pedir perdón al pobre perro por estar echando por tierra a ese amo que, en honor a la verdad, sí que se había preocupado por él.
Después de aquella noche, de pedir tres días de permiso a cuenta de vacaciones para conseguir organizarme, y de resignarme a dormir con un pastor alemán a los pies de la cama, fuimos acoplándonos el uno al otro. Y casi sin darme cuenta, se acabaron los quince días de dueña de perro y tocaba hacer el traspaso. Inexplicablemente, y aunque intentaba disimular, me caían las lágrimas al recoger sus pertenencias y, cuando me vi nuevamente sola en casa, acaricié mi ya destrozado sofá de piel y prorrumpí en llanto. Otra vez.
Apenas habían pasado tres días desde la marcha de Salomón, recibí una llamada de mi ex a una hora intempestiva. Me apremiaba a que fuera a su casa corriendo a recoger a Salomón, que se había quedado solo con la Barbie oxigenada porque él había tenido un accidente. Y ella no se entendía con el perro. Como si yo me entendiera…
Pero en fin, me fui en cuanto pude temiendo que aquella bruja le hiciera algo a Salomón, y jurándome que si era así la mataría. Curiosamente, ese instinto asesino no me había brotado cuando la bruja me birló el novio.
Tardé un tiempo en llegar, y cuando ví a la clon de Barbie en chándal y sin maquillaje, me dí cuenta que me recordaba más a la novia de Chucky, el muñeco diabólico, que a la siempre glamurosa muñeca maniquí. Y una sonrisa de triunfo se me pintó en la cara. Ella estaba histérica cuando Salomón saltó encima de mí y me lamió hasta dejarme empapada. Y, mientras recogía sus cosas, llegó él, transportado desde una ambulancia. Llevaba aún la bata de hospital y andaba de un modo especial, como si estuviera montando un caballo imaginario.
Cuando supe cómo fue el accidente, no dí crédito. Fue Salomón quien, haciendo una cabriola, le arrojo el puchero de sopa humeante justamente a esa parte de su anatomía que se sitúa exactamente entre el fín de la tripa y el principio de las piernas. Una gran puntería para ser un accidente Y le había escaldado por completo. Al parecer, nada grave, pero muy doloroso, y que le dejaría fuera de juego una larga temporada.
Sin apenas contener la risa, cogí a Salomón y me marché. El que ya era mi perro no se cortó en dejarle un regalito a la puerta de su casa. Y cuando entre risas, me marché corriendo del lugar del crimen persiguiendo a Salomón, me percaté de lo que llevaba entre sus dientes: un vestidito carísimo, que aún conservaba su etiqueta, que había convertido en trapos. Más tarde supe que no había sido el único, y que no había dejado una sola prenda entera. El armarito de Barbie había sido concienzudamente destrozado.
Intenté reñirle, pero era inútil. No podía parar de reir mientras Salomón meneaba el rabo satisfecho. No volví a verter una sola lágrima por él, ni por culpa de la ex Barbie oxigenada.
Ni que decir tiene que ahí acabó el régimen de copropiedad de Salomón. Ahora es sólo mío. Pero, claro, no es cuestión de volver a cambiarle el nombre.
Desde que el mundo es mundo, las personas tratan de ponerse de acuerdo. Y también desde que el mundo es mundo, a veces lo consiguen y otras no. Y, como siempre, el cine se hace eco de esta tendencia, se trate solo de El acuerdo o El contrato, sea Un acuerdo original e incluso Un acuerdo de amor. En cualquier materia puede llegarse a acuerdos. O no
En nuestro teatro, como ya hemos visto en otros estrenos, los acuerdos forman parte de nuestro día a día. Ya dice un refrán popular que “más vale un mal acuerdo que un buen juicio” y lo aplicamos en materias como las conformidades o los acuerdos de cualquier tipo. Pero hoy, con la ley de eficiencia recién estrenada -aunque de momento, solo algunos trozos- hay que dar una nueva vuelta de tuerca al tema. No queda otra.
La nueva ley parece partir de la base de que hay que pactar o morir, o poco menos, Y así, crea los ya famosos MASC (medios adecuados de solución de controversias) que, según la propia web del Ministerio de Justicia “representan cualquier tipo de actividad negociadora a la que los pates en conflicto acuden de buena fe con el objeto de encontrar una solución extrajudicial al mismo, ya sea por sí mismos o con la intervención de una tercera persona imparcial y neutral”. Hasta aquí, impecable. El problema viene cuando lo que era una opción, negociar, se convierte en una obligación previa quieran o no quieran las partes y en este caso, en materia civil y mercantil, se ha convertido en un requisito previo obligatorio antes de acudir a la vía judicial. Y, la verdad, sin cuestionar la buena intención del legislador -démosle el beneficio de la duda- obligar a hacer algo que es voluntario es poco menos que un oxímoron. Porque aquí nadie ha descubierto la pólvora, y siempre ha existido la opción de los arreglos previos, judiciales o extrajudiciales. Quienes transitamos por Toguilandia los vemos incluso en las mismas puertas del juicio.
No es, desde luego, el primer intento de imponer las soluciones pactadas y ya hemos asistido a unos cuantos fracasos, más o menos estrepitosos, de esos intentos. Sin ir más lejos, y en la vía penal, el decreto de aceptación de la pena que introducía una reforma procesal de 2020 pretendía establecer un cauce para agilizar las conformidades que ha dado poco fruto. Entre otras cosas, porque la conformidad en sí ya existía, incluso en su versión bonificada en el juicio rápido, con rebaja de un tercio de la pena. Además, ya se habían arbitrado mecanismo como la cita previa en fiscalía para conformidades, iniciativa que incluso recibió un premio. De modo que lo del Decreto de aceptación de la pena ha sido poco menos que un bluf. Ignoro qué ha ocurrido en otros lugares, pero donde yo trabajo no he visto ni uno solo, porque no aportaba nada que no existiera ya.
Ahora también en la vía penal se introduce la obligatoriedad de una vista previa para intentar llegar a un acuerdo. Algo que, como idea no está mal, pero que tampoco descubre la pólvora. Porque, además de la ya citada cita previa y la conformidad en las Diligencias Urgentes -en la guardia o por transformación, una segunda oportunidad- algunos juzgados y tribunales habían instaurado la buena costumbre de intentar un primer señalamiento de aquellos juicios que a priori presentaban visos de ser “conformables” los meros efectos de constatar si existía acuerdo. Una buena práctica que no estaba establecida en ningún sitio pero que podía hacerse, y de hecho se hacía. Pero la pregunta es ¿puede imponerse como una obligación si todas las partes manifiestan que no hay posibilidad de acuerdo ninguna? ¿No se convertiría en un trámite más si no hay visos de éxito? Ahí lo dejo.
Tampoco es la primera vez que papá estado les dice a las partes que tienen que negociar sí o también, o al menos acreditar que lo han hecho formalmente. Ocurre en derecho laboral, y ocurre también en ese procedimiento penal casi olvidado que es el sumario especial por injurias y calumnias. Y es que si alguien está dispuesto a querellarse es difícil que en una vista previa cambie de opinión, salvo que haya algún ofrecimiento, generalmente económico, de la otra parte, y en ese caso podría hacerse extramuros de los juzgados si ningún problema. Pero igual son cosas mías.
La cuestión es que, como profesional e hija de abogado que soy, la experiencia me ha enseñado que el trabajo de la abogacía se desarrolla solo en un pequeño porcentaje en las salas de vista, y que las negociaciones previas en los despachos son una parte esencial de su día a día. Y ello, por supuesto, sin necesidad de que ninguna ley se lo diga.
Por último, y al hilo de todo esto, me vienen a la cabeza todos esos intentos de experiencias piloto de mediación penal, que nunca acaban de arrancar del todo. Otro melón al que hincarle el cuchillo.
Con todo esto, no me queda otro remedio que ser escéptica ante esta idea nada novedosa de tratar de incentivar las soluciones pactadas. Porque incentivar es una cosa, y obligar es otra. Y, de no llevarse bien la cosa, nos arriesgamos a que la idea acabe convirtiéndose en un trámite más con que colapsar los ya colapsados juzgados. Ojalá me equivoque y todo funcione sobre ruedas
Por eso mismo, dejo una vez más el aplauso en suspenso, a ver qué pasa. Porque el movimiento se demuestra andando.
La primavera la sangre altera. Eso dice el refrán y eso parece que se nota en el aire. Y claro, no hay primavera sin flores, también muy presentes en el cine, de La rosa púrpura de El Cairo a La flor de mi secreto, de Las margaritas a las Violetas imperiales.
En nuestro teatro somos de pocas flores, aunque haya quien al hacer informes saque a pasear muchas florituras. Pero esas no son cosas de la primavera sino más bien de todo el año. Cosas de Toguilandia.
Pero, aunque no seamos de muchas flores, de vez en cuando nos toca hacer de floreros como comentaba en un estreno ya lejano en el tiempo. No obstante, la cosa no iba de florituras ni de floreros, sino de flores. Una función inspirada en la orquídea que me ha florecido en casa y que es la imagen que ilustra este estreno.
Y es que la propia orquídea tiene su historia. Me la regalaron en un colegio tras una charla en el día de violencia de género, y creí que se me moriría, como se me mueren casi todas las plantas, que me siento un poco vegeticida, aunque sea por imprudencia y nunca por dolo. Pero mira tú por donde que a esta le dio por ser resiliente, y no solo ha florecido, sino que lo ha hecho a tutiplén, hasta el punto de que dice mi hermana que cualquier día nos tira de casa. Espero que la sangre no llegue al rio.
Así que una yo a contar algunos casos en los que las flores formaban parte de nuestra toguitaconada realidad. Y, particularmente, en violencia de género, no es nada extraño. Por desgracia, hay relaciones que empiezan por enviar un ramo de y acaban con la víctima con una corona de flores, de esas que llevan una cinta y una leyenda que dice que quien sea no te olvida.
Sin llegar a un final tan dramático, recuerdo un caso de acoso de una chica a la que un tipo asediaba constantemente con flores. Pese a que no la conocía de nada y que ella no quería saber nada de él, se le aparecía en cas o en el trabajo y, ramos de rosas en ristre, le declaraba su amor en poemas apasionados o canciones no menos apasionadas, para horror de la propia víctima. Incluso llegó a presentársele en un examen de oposición que la pobre suspendió tras un ataque de ansiedad. Lo curioso de este caso es que, hasta ese momento, había quien insistía en que los hechos, constitutivos de un delito de acoso como la copa de un pino -aunque entonces se calificaron de coacciones porque el acoso no estaba regulado- no eran más que manifestaciones románticas de un enamorado.
Otro caso floreado que llamó mi atención fue la reacción desmedida, en este caso de una chica, al ver a su pareja con un ramo de flores destinado a otra mujer. La bronca que se montó fue de órdago, y ni que decir tiene que de los claveles y los gladiolos no quedó ni sombra. La cosa quedó en tablas, es decir, en una falta de las de antes, de café para todos, ambos condenados por la pelea con insultos varios, más allá de las flores que fueron la causa de todo.
En otros casos, las flores son muestra de agradecimiento, o un bonito detalle. Jamás olvidaré el que tuvieron conmigo unos amigos que querían hacerme un regalo y me enviaron un ramo precioso al trabajo, porque yo siempre comentaba que me daba mucha envidia cuando alguien recibía un ramo en presencia de todo el mundo. Entonces fui yo la que daba envidia a Toguilandia entera, porque me paseé con mi ramo por todo la Ciudad de la Justicia. Faltaría más.
Lo que sí que no recomiendo es tener flores en según qué despachos. El mí, en concreto. Una compañera quiso regalarnos a todas una planta con clavelitos cuando llegó a mi sección, y la mi duró menos que lo que canta un gallo. Hubo quine a revivió en su casa, pero con la mía no hubo manera. Y es que mi despacho, entre cristal y cristal, responde al absurdo de construir un edificio en el Mediterráneo como si estuviéramos en Finlandia. Hay días que el calor no hay aire acondicionado que lo mitigue.
Y con esto acabo esta tontería de hoy. O esta floritura, según se vea. Aunque el aplauso se lo daré a mi preciosísima orquídea. Y es que no me canso de mirarla.
A fecha de hoy, todo el mundo sabe en qué consiste “hacer luz de gas”. Se trata de actuar de modo que la víctima crea que ha enloquecido por hacerle creer cosas que no existen o no tienen sentido, manipulando hasta el límite su sentido de la realidad. La expresión trae casusa de la película Luz de gas, de 1940, o Luz que agoniza, de 1944, basada en la misma obra de teatro. Y ha tenido tanta repercusión que ya desde hace tiempo se usa esa expresión para aludir a ese comportamiento perverso.
En nuestro teatro, más de una vez me he creído que alguien me estaba haciendo Luz de gas. Seguro que cualquier que frecuente Toguilandia ha tenido esa sensación. Aunque a veces una no sabe si se trata de eso o de una cámara oculta y que en cualquier momento va a Sali alguien gritándonos eso de “Inocente, inocente”. Y es que nos pasan cosas más que peculiares.
Algunas de esas cosas son, como he contado en varios de nuestros estrenos, esas anécdotas que te dejan de pasta de boniato y tras las que cuesta mantener la compostura. Y, en realidad, qué sería de nosotras sin estas pequeñas cosas, pero hoy no iba a hablar de eso, sino de cosas más serias. O no, según se mire.
Empezaré con algo más que evidente, algo a que dedicaba la anterior función de nuestro teatro y que temo que dará lugar a muchas más, sean secuelas, precuelas o daños colaterales que nunca se sabe. Seguro que quienes me leen y saben a qué me refiero, porque es evidente. A la ley de medidas en materia de eficiencia del servicio público de Justica, llamada “ley de eficiencia” para abreviar, aunque su eficiencia tendrá que demostrarla con algo más que una publicación rimbombante en el BOE. La cuestión es que, cuando vi su publicación, con todas las modificaciones que lleva consigo, y el escasísimo plazo para su entrada en vigor, aunque sea escalonada, empiezo a pensar que alguien nos está haciendo luz de gas. O nos está gastando una broma pesada, sobre todo teniendo en cuenta que, de momento, lo del aumento presupuestario no es que sea vea mucho.
La otra manera con que alguien nos está haciendo luz de gas es con los procesos de digitalización, que en el caso de mi comunidad autónoma se han juntado con la entrada en vigor de la ley ¿Es o no una broma de mal gusto esta coincidencia? Pues eso. Luz de gas pura y dura
En otras ocasiones creo que es de los propios juzgados desde donde una mano negra juega con nuestro equilibrio mental. Sobre todo, cuando alguien afirma que la causa está en fiscalía -eso en mi caso, poro léase aplicado al lugar donde cada uno trabaje- a pesar de que esta pobre fiscalita no la ha visto jamás. Las cosas acaban apareciendo, pero el momento infarto no nos lo quita nadie. Y lo mismo sucede cuando pasa, al contrario, que algo que dejaste encima de la mesa de repente desaparece, con la consiguiente taquicardia aneja a semejante acontecimiento. Luego, sele aparecer alguien con ella en la mano y la razón por la que había desparecido, pero el mal rato ahí se queda.
Aunque creo que donde de verdad alguien se divierte haciéndonos luz de gas es desde dentro de los ordenadores. No sé si es un duende travieso, la fatalidad o la dichosa Ley de Murphy, pero ¿a quién no le ha pasado que ha estado a punto de cortarse las venas porque el documento al que ha dedicado varias horas desaparece de la pantalla como por ensalmo? ¿O que lo que hemos enviado de pronto no ha ido a su destinatario sino al limbo de las cosas perdidas para siempre jamás? Y eso por no hablar de esos equipos informáticos tan vetustos que se niegan a ponerse en marcha de buenas a primeras si una no le ha dado los buenos días, se ha tomad un café y se ha armado de paciencia.
Por último, al menos de momento, citaré otra de esas situaciones que nos hacen dudar de nuestra propia cordura. Se trata de los señalamientos sorpresa, o de esos señalamientos en los que, por algún desliz del destino, cada uno tiene una fecha o una hora o está confundid uno u otro por algún motivo. Yo, que soy despistada por naturaleza, me h visto alguna vez en el brete de ir el día que no tocaba o de tener que ir corriendo porque tocaba el día que yo no creía, pero también he presenciado más de una vez la cara de espanto de abogadas y abogados cuando reciben esa llamada en la que les dicen que tenían un juicio y no han venido. Como todo, esas cosas suelen tener una explicación y acabar bien, pero el camino es verdaderamente angustioso. Luz de gas en toda su extensión.
Y con esto acabo por hoy. El aplauso es desde luego para todos los supervivientes a esas pequeñas faenas del destino toguitaconado. Bien está lo que bien acaba.