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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Peluquería: y yo con estos pelos


              No siempre sabemos darle importancia al peinado, pero tiene mucho más de lo que a priori pudiéramos pensar. El peinado define toda una época, y así lo vemos en películas como Grease, Hair o Hairspray. ¿Qué sería de Maria Antonieta sin su pelucón, de Elvis sin su tupé, o de Kojac sin su calva? Pues ahí vamos. Como reza el dicho, y yo con estos pelos.

              En nuestro teatro, podríamos pensar que el tema de peinados y atributos capilares varios no nos afectan, pro no es tan cierto. Y es que, aparte del apellido de un juez cuyas resoluciones ciertamente originales -por decirlo de algún modo-, lo que llevamos en la cabeza cuenta. Y mucho.

              Si cualquier persona ajena a Toguilandia piensa en la imagen de un miembro de la judicatura, seguro que se le viene a la cabeza un señor -o señora, aunque el estereotipo suele ser masculino- con una peluca de tirabuzones blancos que le da un aspecto entre viejuno y serio que sirve para todo menos para acercar la justicia a la ciudadanía. Esa es una imagen que no responde en absoluto a nuestra tradición jurídica, pero la cultura audiovisual anglosajona la ha metido en el disco duro de mucha gente. Algo parecido a lo que ocurre con la maza, que nunca se había utilizado aquí, en que se usaba a los mismos efectos una campanilla, pero que poco a poco, por efecto de películas y series de televisión, va viéndose en nuestras salas de vistas. Espero que no ocurra igual con las pelucas, aunque sé de buena tinta que a algún juez le apetecería llevarla para disimular su incipiente -o no tan incipiente- calvorota e igualarnos en lo que a entradas se refiere. Y es que los hay que no tienen ni un pelo de tontos.

              En nuestro país, lo que se llevó durante mucho tiempo es el birrete, ese sombrerito que tiene un polígono en la base y un pompón gigante en la parte de arriba, que se sigue viendo en ámbitos universitarios. Y es que en los actos universitarios también usan la toga, pero, a diferencia de lo que ocurre en Toguilandia, solo para eventos solemnes, y lo hacen con una beca del color de la facultad de que se trate, y el famoso birrete. En nuestro teatro se dejaron de usar, hasta el punto de que una fiscal de sala me contaba que ella ya utilizaba la de su padre, abogado, para limpiar los discos -eso que hoy llaman “vinilos” y que era el soporte habitual de la música- para cabreo de su togado padre.

              Otro de los elementos habituales en películas y series, y no tanto en la vida real, es el moño. El celuloide suele representar a la fiscal como una señora muy seria -y, muchas veces, muy maña- que lleva un moño apretado y unas gafas de pasta, y que está empeñada en que se condene al acusado a toda costa porque aspira a ser gobernadora del Estado. Como ya he dicho más veces, aquí nada de nada. Ni somos malas, ni queremos que se condene a nadie que no sea culpable, ni aspiramos a ser gobernadoras de nada. Y no solemos llevar moño. Yo, de hecho, solo lo llevo cuando hace mucho calor y el aire acondicionado no da de sí. Bueno y cuando hago ballet o me visto de fallera, en mis momentos destoguitaconados.

              De hecho, quien me conoce sabe que mi look habitual en sala, aparte, naturalmente, de mi toga y mis tacones, consiste en llevar mi melena recogida por unas gafas de sol a modo de diadema, llueva o haga sol. Ya he contado más veces que eso ha dado lugar a más de una anécdota, Entre ellas, mi preferida fue algo que me pasó hace mucho tiempo celebrados los ya extintos juicios de faltas.  El denunciado entró en sala mascando chicle y con unas gafas de sol puestas, y fue requerido para quitárselas. Con cierta chulería, se las colocó en la cabeza, y el juez insistió en que le dijo que se las quitara, no que las cambiara de sitio. Él se quedó mirando desafiante a donde yo estaba y el juez reaccionó rápido, diciendo que en esa sala nadie llevaba gafas en la cabeza, a excepción del Ministerio Fiscal. Porque yo lo valgo, Su Señoría. Claro que sí.

              Otras de las anécdotas capilares que recuerdo con una sonrisa es la de una señora a la que pillaron lavándose la cabeza en el baño de juzgados. La pobre dijo que no tenía agua en casa y que aprovecha las presentaciones apud acta quincenales para adecentarse. Y cualquiera le respondía algo. Se salvó por los pelos, vaya.

              Y que no se crea nadie que los adminículos capilares no tienen trascendencia penal, porque pueden tenerla. De hecho, gorras, pelucas y hasta cascos de moto pueden configurar la agravante de disfraz si sirven para ocultar la identidad del delincuente. Y hubo un momento en que desfiguraban sus facciones con medias en la cabeza, aunque eso pasó a la historia. Ahora somos más de máscaras como en La casa de papel. Aunque todavía un cambio de peinado o de color del pelo puede dificultar cualquier reconocimiento.

              Y así, entre mechas, tintes y pelucas, cerramos el telón por hoy. Eso sí, con un aplauso, que esta vez daré a esas personas que, pase lo que pase, no se despeinan, traten con el peor de lo asesinos o con la cuestión más hilarante. Olé por ellas

Excepción: confirma la regla


              Es bien conocido el refrán que dice que la excepción confirma la regla. Y es una verdad como una casa, como lo es también que salirse de la regla llama la atención y en el cine da lugar a títulos como Un don excepcional. Y es que lo que se sale, lo que está, en términos culinarios, Fuera de carta, o Fuera de temporada acaba siendo más atractivo que lo Normal. Ya se sabe, la noticia es que el hombre muerda al perro y no al contrario.

              En nuestro teatro, un ámbito donde las reglas tienen especial importancia, la excepción llama más la atención, si cabe, que en cualquier otro. Así, la excepción por antonomasia al cumplimiento de las penas es el indulto y la amnistía, algo de candente actualidad y a lo que ya dedicamos su propio estreno. Así que vayamos a otras excepciones a la regla general.

              Para empezar, algo de la que ya hablamos hace poco, también de actualidad en estos días, la dispensa a declarar Como ya explicábamos entonces y conviene repetir, la llamada dispensa legal no es un derecho, sino una excepción a la regla general que obliga a declarar a cualquier persona que haya sido llamada por un juzgado como testigo, y que, debido a la estrecha relación de parentesco que le une con el acusado o investigado puede guardar silencio.

              También en materia de prueba testifical hay otras excepciones legales en la forma y lugar de prestarla, que ha de ser en el Juzgado, salvo que concurran excepciones por razón del cargo del testigo en cuestión, que puede hacerlo por escrito y/o en su despacho. Otra excepción, que nada tiene que ver con esta, es la del testigo imposibilitado de declarar en sede judicial por razón de enfermedad, en cuyo caso es el juzgado el que se desplaza. No obstante, esta última excepción está hoy muy matizada al poderse hacer por medios telemáticos.

              En otro orden de cosas, una de las excepciones más clara y llamativas de nuestro ordenamiento es la que afecta a derecho como la huelga, la afiliación a partidos políticos y la sindicación de determinados colectivos. Así, quienes formamos parte de la judicatura, fiscalía y Fuerzas y cuerpos de seguridad no podemos pertenecer a partidos políticos. Y, por si alguien va a traer a colación el caso de un presidente de Tribunal Constitucional que sí lo estuvo, es un buen momento para recordar que los magistrados y magistradas del Tribunal Constitucional no forman parte del poder judicial y, por tanto, no les afecta la prohibición. Otra cosa es que no sea lo más adecuado, pero esa no es la cuestión.

              Otro tanto cabe decir de la posibilidad de jueces y fiscales, entre otros, de ejercitar el derecho de huelga, que no es que lo tengamos prohibido sino limitado. Lo que dice al respecto la Constitución es que la ley regulará las peculiaridades de este ejercicio, pero a esas alturas, dicha ley ni está ni se le espera. Ello hizo que durante mucho tiempo se cuestionara que tuviéramos tal derecho, e incluso hubiera quien afirmaba abiertamente que, a falta de ley, no podíamos hacer huelga. A día de hoy, y aunque con algunas reticencias, ya no se discute que se nos pueda privar de este derecho fundamental. Por otro lado, tampoco podemos sindicarnos, así que no nos queda otra que recurrir al comodín de las asociaciones profesionales para suplir esa carencia. Y, a veces, y por eso mimo, así nos va en cuanto a nuestras reivindicaciones laborales, que también las tenemos.

              Hay más ejemplos de excepciones a reglas generales que resultan llamativas. Un de ellas surgió a raíz de la destipificación de muchas faltas, que tuvo lugar en 2015. Así, dejaron de considerarse punibles las injurias leves y así, la mayoría de insultos que no fueran graves por su contenido o por el cargo de la persona ofendida quedaron en nada. Adiós a los juicios por esas riñas de vecinos que tantos momentos de hilaridad nos proporcionaros. Pero la excepción la regla general viene dada, una vez más, por el parentesco. Cuando esas injurias leves se cometen en el ámbito de la violencia doméstica o de género sí son punibles como delito leve. Eso sí, previa denuncia.

              Y respecto a la denuncia , la regla general es que la mayoría de delitos son públicos y no la necesitan para proceder, pero la excepción son algunos delitos, privados o semipúblicos, que sí que la necesitan. Entre estos últimos, hay que destacar los delitos contra la libertad e indemnidad sexual en los que, dada la importancia del bien jurídico protegido, tan vez habría que plantearse dar una vuelta al tema.

              Otra excepción curiosa viene por la vía del Derecho procesal Penal. En teoría, el proceso tipo y, por tanto, la regla general, es el sumario ordinario , o así era en el esquema originario de la ley que, recordemos, es del siglo XIX. Pero la necesidad de un procedimiento más rápido hizo que se introdujera el procedimiento abreviado -o los que le pr4eceideron- que se regulan dentro de los procesos especiales. Lo cual, sin duda, constituye una paradoja, porque se considera especial lo que, en la práctica es la regla general. Y viceversa.

              Los ejemplos serían muchos más, como el de la falsedad ideológica, que solo se castiga si la comete un funcionario público o autoridad, pero dejamos la puerta abierta para otros estrenos. Acabaremos con una excepción aplicada a cualquier ley, por disposición de esta. Las leyes, según dice el Código Civil -de aplicación general cuando no hay regla específica- entrarán en vigor a los 20 días de su publicación, salvo que en ellas se disponga otra cosa. Es decir, una excepción legal. Más claro, agua.

              Y, hasta aquí, algunas de esas excepciones a las reglas generales en Toguilandia. Pero yo no haré una excepción dejando sin brindar el aplauso que va destinado, una vez más, a quienes saben aplicar la regla general y la excepción cuando toque. Que no siempre es fácil.

Conexión: ¿imposible desconectar?


              El trabajo nos absorbe, a veces demasiado. De hecho, etimológicamente, lo contrario del ocio es el negocio, es decir, el no-ocio. Y de ahí a la adicción al trabajo, no hay más que un paso. Una adicción que reflejan películas como El lobo de Wall Street, El hombre del traje gris o El método

              En nuestro teatro, en principio, no parece que seamos esclavos de esa obsesión de trabajar, aunque del dicho a hecho hay un buen trecho.

              Hay, incluso, quien piensa de nuestro trabajo exactamente lo contrario, que somos parte de un funcionariado que cumple su función y cuando se marcha a casa hace un “hasta luego Mari Carmen”. Pero lo bien cierto es que, por mucho que dejemos la toga colgada en el armario, sigue enganchada a nuestro ser. Y es muy difícil desprenderse de ella. Así, la desconexión se convierte, en realidad, en una quimera. O poco menos.

              Es obvio que todo el mundo tiene derecho a las vacaciones, y que además de un derecho debería ser un deber. Desconectar debería ser absolutamente obligatorio, y por eso recomiendan que, cuanto menos los períodos vacacionales tengan entre diez y quince días seguidos, pues de lo contrario no da tiempo a una verdadera desconexión.

              Confieso que yo soy de esas a las que le cuesta desconectar. No hay más que ver la imagen de mi sombra con la que he ilustrado este estreno, junto a la que he dibujado en la arena no la toga, pero si los tacones. Una metáfora toguitaconada al borde del mar.

              Y es que a veces no podemos evitar relacionar cualquier cosa con nuestro trabajo. Conozco un juez -el padre de mis hijas, sin ir más lejos- que desde que está en un Juzgado de Instrucción y ve las estafas que se cometen por medios informáticos, no nos deja en paz y ve posibles delitos informáticos por todas partes.

              Otra de las cosas típicas que nos ocurren a quienes convivimos con la parte penal de Toguilandia, es el miedo a que nuestras hijas puedan ser víctimas de algún delito sexual. Porque, por más que seamos iguales ante la ley, a los chicos no suelen ocurrirles esas cosas. Salvo excepciones, claro, que siempre las hay. También hay temor a que hijas, hijos, madres o padres sean víctimas de otros delitos, desde luego. Que el Código Penal tiene un catálogo muy amplio

              Para ilustrar mi nivel de obsesión, contaré una anécdota que aun tiene cazando moscas a sus protagonistas. Me encontré por la playa a una pareja que conocía y me contaron, muy entusiasmados, que iban a ser padres de una niña. Les pregunté, por cortesía más que ot5ra cosa, si ya habían elegido el nombre, y me respondieron muy satisfechos que la iban a llamar Norma. Mi reacción fue tan inmediata como inesperada para ellos. “Como norma jurídica” -dije-. Ella, con los ojos como platos, trató de sonreír y me dijo que mi comentario era “muy original”, porque la reacción más común era comentar que tenía el mismo nombre que Norma Duval, que por aquel entonces estaba en la cresta de la ola del artisteo.

              Y es que, al final, la deformación profesional es lo que tiene. Más aun, cuando una se dedica a alguna especialidad. Y si no, que me lo digan a mí, que cada vez que entro en redes sociales me pongo a temblar pensando e cuantos delitos de odio reales o imaginarios me voy a encontrar. Y lo que es peor, cuantos me van a increpar por no abrir diligencias contra este o aquel.

              Y esa es otra, hay gente que piensa que los miembros del Ministerios Fiscal somos fiscales en todos los momentos de nuestra vida, para todos los delitos que cada cual quiera, y con jurisdicción en todos los puntos del país y, si me descuido, del mundo mundial. Si me dieran un eurito por cada vez que me dirigen esa frase de “donde está la fiscalía” sería rica. Seguro. Y ojo, que no se me ocurra decir que está fiscal está ejercitando su derecho a la desconexión vacacional, porque me cae la del pulpo.

              No obstante, reconozco que no puedo evitar quedarme mirando si oigo algún grito en la calle, ni mucho menos si oigo la sirena de un vehículo policial, de una ambulancia ni de bomberos. Porque seguro que ahí ha pasado algo.

              Pero prometo que lo intentaré. Trataré de desconectar para todo menos para estas funciones. Porque la excepción confirma la regla. Y por eso el aplauso es hoy para quine tampoco desconecta de este escenario y sigue leyendo mis historias toguitaconadas. Mil gracias.

Rúbrica: sello personal


              La firma es uno de nuestros sellos más personales. O, al menos, lo era hasta no hace mucho, porque el advenimiento de las firmas digitales habrá supuesto mucho adelanto, pero ha quitado mucha poesía y romanticismo. Nada como aquellas cartas con letra inglesa que daban lugar a obras tan apetecibles como La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsay o Cartas a Julieta y a crónicas epistolares como La última carta de amor o Pequeñas cartas indiscretas. Unas cartas cuya parte fundamental era como no, la firma.

              En nuestro teatro no escribimos muchas cartas, pero sí firmamos mucho. Aunque ahora de una manera mucho menos clásica, porque la tecnología es lo que tiene y la firma digital se ha ido implantando n todo. O en casi todo, porque en mi fiscalía seguimos firmando con papel y boli como toda la vida. Pero más tarde o más temprano, entraremos en el siglo XXI. Estoy segura de ello.

              Cuando llegué a Toguilandia, firmar ocupaba gran parte de mi vida. Y aun con los adelantos técnicos, sigue ocupándola, la mía y la de quinees trabajamos en el juzgado. Siempre he pensado que si me dieran un céntimo por cada firma que he puesto en un documento en mi vida, sería rica. Lástima que no computen, aunque l administración de justicia se arruinaría de inmediato.

              Y es que, como quiera que vivimos en un sistema ideado para e siglo XIX, la cantidad de resoluciones y documentos de trámite que firmamos da vértigo con solo pensarla. Y ojo que, dependiendo de juzgados -cada maestrillo tiene su librillo- hay quien hace que firmemos en todos los folios de una declaración, de una notificación o de un recurso.

              Firmábamos -y, en algunos casos, seguimos haciéndolo- tanto, que en su día existía lo que se llamaba la media firma, un garabato susceptible de ser hecho con toda celeridad, y la firma entera, mucho más elaborada, destinada a documentos teóricamente más importantes. Al final es un rayajo más o menos florido, y suele ser absolutamente ilegible. Salvo excepciones, claro, porque recuerdo un juez que firmaba con su nombre de pila -compuesto- y su apellido completo lo que algunas veces ponía de los nervios, teniendo en cuenta la ingente cantidad de trabajo de un juzgado de guardia.

              Hay que reconocer que lo de la firma digital es muy cómodo, salvo cuando no funciona-, desde luego, pero también es verdad que no tiene la misma gracia que la firma de toda la vida, con sus diferencias gráficas que tanto pueden decir de una persona. De hecho, si sigue proliferando la cosa, la grafología entrará en horas bajas. Y los dictámenes de los peritos calígrafos, también, aunque siempre hay algo. De hecho, no hace mucho, vi una pericial sobre mensajes escritos en las paredes que tenía su enjundia.

              Lo bien cierto es que, estéticamente, la firma digital es bien fea, con sus letras cuadradotas sin bucles ni rulitos, salvo en el caso de quienes, además, la tienen escaneada. Y luego hay cosas realmente pintorescas, por no decir otra cosa. He visto organismo que requieren que se recojan firmas en un papel, se escanee, y ese documento sea enviado con firma electrónica. Verdad verdadera.

              A veces pienso que, en vez de firma digital ni analógica, manual o escaneada, podríamos hacer como los cantantes de reggaetón y otros ritmos, que utilizan su nombra la final de la canción. Así, yo haría mi informe en sala y terminaría con un “Susana G” o un bonito seudónimo como “Toga y tacones”. Y como ahora los juicios y declaraciones se graban, quedaría para la posteridad y resultaría mucho más atractivo que ese inicio de las grabaciones tan frío en el que Su Señoría dice el número de procedimiento y los intervinientes. Dónde vamos a comparar. Igual cualquier día lo propongo.

              Y hasta aquí, estas pequeñas reflexiones sobre la firma y su evolución toguitaconada. Pero no cierro el telón sin dar antes el aplauso, dedicado a quienes todavía hacen su firma con bonitos trazos en el papel. Porque, en el fondo, soy una romántica

No declarar: derecho vs privilegio


              El que calla, otorga, dice el refranero. Y no sé si se puede generalizar, pero en el cine hay silencios muy expresivos, como El silencio de los corderos, Un lugar en silencio o, simplemente, Silencio. Y es que, al fin y al cabo, callar o no callar, esa es la cuestión.

              En nuestro teatro, el silencio tiene formas jurídicas muy determinadas. El silencio administrativo, por ejemplo, es una figura con pleno valor jurídico, y puede ser positivo o negativo según los casos.

              En Derecho Penal, la más clara manifestación del silencio con implicaciones jurídicas es el derecho a no declarar, a no confesarse culpable y a no declarar contra sí mismo que se configura como un derecho fundamental para todas las personas que declaran en calidad de  denunciadas, investigadas, encausadas, acusadas o procesadas. Es lo que hay quien llama derecho al silencio, y es necesario que quien declara en tal calidad sea previamente informado de este derecho, pues de lo contrario la declaración sería susceptible de ser considerada nula.

              Además, al tratarse de un derecho, ejercitarlo -esto es, no declarar-  no puede conllevar más consecuencia que la de no conocer la versión de los hechos que dé el encausado. Lo cual, a veces, es mejor, la verdad.  Y en modo alguno puede considerase que quien se acoja a dicho derecho esté obstaculizando la acción de la justicia. Porque más que algún opinólogo y alguien más lo haya dejado caer.

              Y hasta aquí todo parece muy claro. Quien declara en la condición de investigado o análogo, tiene el derecho al silencio. En cambio, quien declara como testigo , no solo no tiene ese derecho, sino que tiene obligación de comparecer y decir verdad y, de no hacerlo, podría ser acusado de un delito de obstrucción a la justicia, en el primer caso, o de un delito de falso testimonio, en el segundo, que puede ser castigado con penas de prisión. Poca broma, la verdad.

              A ello hay que añadir que el investigado no prestar juramento, a diferencia del testigo, que ha de jurar o prometer decir verdad. O sea, en Román paladino, que el investigado y similares puede mentir como un bellaco sin más consecuencia que, como mucho el enfado del tribunal. De hecho, recuerdo un presidente de una sala que les advertía que ese derecho no llevaba consigo el derecho de tomarle el pelo al tribunal. Sin embargo, como el testigo mienta, le cae la del pulpo, o sea, un procedimiento por delito como la copa de un pino.

              Pero ¿qué pasa cuando se dice que un testigo se acoge a su derecho a no declarar? ¿pueden hacerlo? Pues no exactamente, porque no tienen ese derecho. Pero si que hay casos en que pueden no declarar, aunque no tenga la consideración de derecho sino más bien, de privilegio. Se trata de la llamada dispensa a declarar, en virtud de la cual hay personas que pueden no declarar cuando les unan determinados vínculos de parentesco a la persona imputada en ese procedimiento, como ser ascendientes, descendientes, hermanos o parejas. Ahora ben, si escogen declarar, han de decir la verdad o atenerse a las consecuencias. Y lo que no pueden hacer en ningún caso es no comparecer.

              El origen de esta dispensa legal está en el conflicto de lealtades que se e presenta a alguien que presencia un delito cometido por su pariente, y ha de escoger entre no traicionar al pariente en cuestión o cumplir su obligación con la ley y la sociedad. Pues bien, en este caso, la ley le da la oportunidad de elegir ente hablar o callar, y no declarar la verdad obligatoriamente como es regla general en cualquier testigo. Pero que quede claro que es una excepción a una regla general, que se configura como un privilegio y no como un derecho, Por eso, la ley podría cambiarlo en cualquier momento, lo que de ninguna manera ocurre con el derecho a no declarar del investigado, que no podría eliminarse por ley ordinaria dado su carácter de derecho fundamental.

              La verdad es que la dispensa legal ha motivado que muchas mujeres no declaren contra su maltratador, con el riesgo que eso supone, o que cambie de idea a mitad del proceso. Aunque esta última opción ha quedado descartada por la última reforma del precepto, que impide acogerse a él a quien no utilizó esa prerrogativa en un primer momento.

              Entonces ¿qué pasa cuando se dice que en un procedimiento por violencia de género o doméstica ambos se acogen al derecho a no declarar? ¿Es o no correcto? Pues puede serlo o no. Si se trata de un procedimiento en que ha existido un agresión recíproca, y ambos comparecen en la doble condición de investigados y víctimas, es perfectamente correcto. Pero cuando no es así,  y hay un solo autor y una víctima, lo que ocurre es que el uno se acoge al derecho a no declarar y la otra a la dispensa legal, que no son derecho paralelos. Aunque muchas veces se confundan.

              Y con esto, cierro el telón por hoy. Espero que haya quedado un poco más clara la cuestión y que no sigan buscando tres pies al gato. Porque quien se acoge al derecho a no declarar calla pero no necesariamente otorga, que el refranero a veces se equivoca. Por eso el aplauso es para quienes así lo aplican e su día a día judicial. Que es lo suyo

Saturación: cuando ya no das para más


            Dice la ley de Murphy que las cosas si tienen que salir mal, saldrán. Que la tostada cae siempre por la parte de la mermelada. Y entonces es cuando te llega Un día de furia, y gritas Ya no puedo más, como cantaba Camilo Sesto, que estaba harto de rodar como una noria.

            En nuestro teatro, no son pocas las veces que pensamos que no podemos más. Hasta una o dos por emana, si nos descuidamos. Pero podemos, y acaba siendo como e cuento del Lobo. Hasta que, realmente, colapsamos.

            No hace falta que sucedan grandes cosas para llegar a ese punto. Al fin y al cabo, hemos sufrido una pandemia y hemos salido adelante, como hemos sobrevivido a catástrofes naturales que incluso ha n dejado su propia huella en Toguilanda, como aquella tristemente famosa Pantaná de la presa de Tous, que dio lugar a unos de esos juicios interminables que marcan una época.

            Y también hemos visto pasar por nuestras salas toguitaconadas juicios realmente complejos, por la materia o por su reflejo mediático. En mi tierra nunca olvidaremos lo que supuso el juicio de las niñas de Alcácer, que nos marco a toda una generación y sobre el que todavía existen leyendas urbanas y teorías conspiranoicas, unidas a la desaparición del principal culpable, Antonio Anglés.

            Pero el colapso no suele venir de estos hechos, tan grandes que es fácil prever sus grandes consecuencias. El colapso suele venir de una acumulación de pequeñas cosas que parecen sin importancia pero la tienen. Y mucha..

            Me pondré a mi misma de ejemplo. Esta semana se supone que acababa mi trabajo por una temporada y me cogía mi mesecito de vacaciones. Y claro, una se quiere ir dejando la mesa limpia como una patena y sin nada pendiente.  Pero ahí está Murphy para reírse de mi, y para decirme que mi gozo en un pozo. Que si quiero limpieza, me compre un buen frasco de detergente, que en lo que a papel respecta no paso la prueba del algodón. Ni de la toalla, vaya, vaya, por más que aquí sí que haya playa.

            Así que primero ha sido un sumario que ha entrado para instrucción hoy, después un recurso que no ha llegado a fiscalía no sé sabe bien por qué y he tenido que reclamar y fotocopiar, luego una aclaración en la lista de presos y después, en un día como hoy en que necesitaba una guardia tranquilla, una fila de detenidos de la que no se veía el fin. De modo que con apagar fuegos he tenido suficiente. Lo de la limpieza habrá que dejarlo para otro momento. Porque, para acabarlo de arreglar, se me ha roto un zapato y he andado todo el día cojeando hasta que he podido comprarme otro de urgencia

            Y ahora lo cuento como si tal cosa. Incluso, si me esfuerzo, me entra risa. Pero en ese momento no tenía más que ganes de echarme a llorar y tirarme de los pelos alternativamente.

Ahora ya sé que lo de la mesa sin papel es imposible. Puedo adelantar lo más posibles, pero el protocolo cero no va a ser posible. Salvo que quedes in vacaciones.

            Hay dos opciones. O trato de olvidarme, o me angustio tanto que acabo dedicando las vacaciones a los expedientes y mando el descanso al carajo. Así que voy a pedir consejo. ¿Qué me recomendáis?

            A quien opte por el descanso, le daré él aplauso hoy. Para el otro, los tomates y mis pesadillas

Y van 10: muchas togas y más tacones


              El 10 es el número de la perfección para muchas cosas. Un diez es la mejor calificación, y si algo sale de diez es que está perfecto. Por eso diez eran Los diez mandamientos, y hay títulos de obras como 10 negritos, 10 razones para odiarte y hasta, usando la multiplicación, 100 años de soledad o 10.000 especies de abejas. Y por eso, también, se llamó a Bo Derek, 10, la mujer perfecta. Y es que, en la medida de los posible, siempre se busca estar lo más cerca de la perfección.

              En nuestro teatro también buscamos la perfección, aunque en una materia como la nuestra es prácticamente imposible alcanzarla. Cuando hay una contienda con dos o más partes enfrentadas, la solución siempre deja descontenta a una de ellas, o incluso a las dos. Ya reza el dicho que nunca llueve a gusto de todos. Y ya sabemos cómo le fue a Salomón en su famoso juicio.

              Pero hoy no iba a hablar de juicios ni de supuestas perfecciones, sino de dieces. Porque diez son los años que hace que me lancé a esta aventura de abrir el telón de Con Mi toga Y mi Tacones. Me lancé a inaugurar nuestro teatro y a interpretar funciones periódicas, dos veces por semana, salvo alguna muy justificada excepción.

              Por aquí han pasado actores y actrices principales y de reparto, así como tramoyistas, espectadores y todo aquel que pase por nuestro mudo toguitaconado. Hemos hablado de procedimientos y de sentimientos, de victimas y victimarios, de éxitos y fracasos , de penas y alegrías . Hemos hablado en broma y en serio, y de anécdotas que causan tanta risa como lágrimas, sino ambas a un tiempo. He contado cuentos e historias, reales o ficción, aunque al final pocas cosas más increíbles que las que ocurren en nuestro día a día.

              En este tiempo, he recibido premios que son regalos y regalos que son premios, y en algunos de ellos este escenario ha tenido su influencia. Pero Con Mi Toga Y Mis Tacones no se conformaba con eso. Así que llegó un momento en que el blog mismo fue el protagonista, ya que fue primero nominado y luego galardonado con el premio al mejor blog en categoría personal del premio 20 blogs de 20 minutos. Y, hace menos de un año, el post sobre Valoración del riesgo recibió el premio al mejor post jurídico en los premios de blogs jurídicos. Ahí es nada.

              Han sido diez años de alegrías. Porque penas, la verdad, las ha habido, pero nunca han tenido que ver con el blog, Y también me ha querido acompañar en mis pasos literarios, con esos microrrelatos que de vez en cuando animan sus páginas virtuales, o con la referencia a mis libros (), que, como el propio blog, también han llegado a su décimo aniversario con la última criatura, Em deien Caratrista . Aunque ya hay alguna más en camino. Pero guardadme el secreto.

              No obstante, que nadie se me asuste, que este teatro no echa el cierre. Al menos, mientras siga habiendo personas que, semana tras semana, siguen leyendo mis aventuras y mis ocurrencias, mis chascarrillos y mis explicaciones. Personas que sé que se alegran con mis éxitos y se entristecen con mis fracasos.

              Sé que ahora los blogs no son lo que fueron cuando este vio la luz por vez primera. Entonces no había tik tok, ni influencers ni otras clases de comunicación que ahora son las más vistas. Pero si los vinilos han vuelto, aunque nunca se fueron de todo, lo mismo podemos pensar de los blogs. O al menos así me gusta verlo a mí.

              Por todo esto, y por mucho más, me gusta seguir asomándome a las tablas de este escenario cada martes y cada viernes. Porque sé que siempre hay un público fiel, además de quienes se asoman esporádicamente. Y ese público fiel le doy hoy mi aplauso, con tanta fuerza como soy capaz de dar. Y más. Porque merecen eso y mi agradecimiento eterno. Os seguiré esperando cada semana.

Ser víctima: la vuelta a la tortilla


              En general, todo el mundo tiene su sitio en cada lugar. Pero a veces, las cosas se dan la vuelta y toca ocupar puestos inesperados. Las cosas pueden darse La vuelta, sea o no La vuelta al mundo en 80 días. Son esas cosas que vuelven nuestra vida Del revés, aunque sea por un solo momento.

              En nuestro teatro cada cual ocupa su sitio, como una coreografía perfectamente orquestada. Pero puede ocurrir que, de repente, pase algo que cambie nuestro lugar en el escenario, y no siempre es fácil de asumir. Pero ocurrir, ocurre.

              Por todo eso, hoy quería contar algo que es personal y profesional al tiempo. Y lo quería hacer como catarsis, pero también como lección. De lo que se debe y de lo que no se debe hacer. Porque siempre pasa: somos capaces de ver la paja en el ojo ajeno e ignorar la vida en el propio. Ya se sabe. Consejos vendo que para mí no tengo.

              La historia que hoy traigo a los tacones es una historia que todavía me cuesta de contar. Y conste que puedo hacerlo sin vulnerar ningún secreto -ni de sumario, ni de confesión, ni de nada- porque el hecho fue reflejado en la prensa. Por supuesto, una vez recayó sentencia, y la sentencia adquirió firmeza.

              Los hechos empezaron hace bastante tiempo. Y se prolongaron más de lo que debí consentir y acabaron hace no más unos meses. Ahí van. Ojalá sirvan a alguien que pase por un trance así.

              Como sabe cualquiera que me conozca un poco, una de las constantes en mi vida personal y profesional es la lucha contra la violencia de género. Eso, por supuesto, unido a una cierta visibilidad en redes y medios -con la inestimable ayuda de mi toga y mis tacones- me convirtieron, sin yo buscarlo, en una diana andante para determinadas personas, negacionistas, cuñados y otras especies que cada vez proliferan más.

              Así las cosas, alguien convirtió mi persona en el centro de su ira, tras haber sido condenado por un asunto de violencia de género. A pesar de que no fui yo quien calificó los hechos, y que tampoco ostentaba jefatura ni mando alguno, ató los cabos armándose un lío con ellos y me atribuyó las culpas de todos sus males. Me siguió y persiguió, no solo por redes. Llegó a presentarse en actos y conferencias y reventármelos de la peor manera posible. Publicó infundios sobre mí, y, de no ser porque el gene me conoce, el mal hubiera sido mayor porque intentó vender su historia y sus infundios contra mí a varios medios de comunicación.

              No contentó con ello, abrió una cuenta de Twitter con una foto mía manipulada donde, entre otras lindezas, me llamaba “feminazi”. Y tiempo más tarde abrió otra utilizando mi fotografía y mi nombre para insultarme y burlarse de mí, y, de paso, animar a más gente a que lo hiciera. Y eso fue la gota que culminó el vaso.

              Hasta ese momento yo, haciendo lo contrario a lo que le digo a todo el mundo que haga, me resistía a denunciar. Pensaba que daría más alas y me costaba dar el paso. Fue un error, ahora lo sé. Pero una buena amiga periodista no me dio opción, En cuanto vio lo ocurrido con la cuenta fake, fue ella quien lo publicó y con eso tuve que decidirme a denunciar. Sí o también. Y nunca se lo agradeceré lo suficiente.

              El resto, fue ir rodando por una pendiente cuesta abajo, relativamente sencillo, pero con vértigo. Como quiera que yo misma, por razones obvias, no podía asumir el conocimiento de la causa, lo hizo un compañero con una gran profesionalidad y a pesar de saber la presión que supone algo así. Y lo logró. La codena fue no solo por insultarme y acosarme a mí, sino también por injuriar a una compañera que era quien intervino en la causa contra él. Y se le condenó por delito de odio, por discriminación por razón de ideología y género, tras el reconocimiento de los hechos.

              Pusimos una pica en Flandes, entre todas las personas que formamos parte de ello. Y no lo cuento por hacerme una muesca en la toga como el sheriff del western, sino para contar a todo el mundo que se ha de denunciar. Aunque sentarse en estrados desprovista de mi toga como escudo me hizo sentirme desnuda, y aunque tuviera que pasar más de un mal rato. Ahora ya puedo decir con mayor conocimiento de causa como se sienten las víctimas de estos delitos, y aseguro que no es agradable. Como aseguro que esto me ha servido para tener siempre presente como se deben sentir las personas que pasan por nuestros juzgados.

              No quiero victimizarme ni dar pena. Lo mío es una gota en e océano y hay situaciones muchísimo más duras. Pero lo tendré siempre presente. Igual que tengo el agradecimiento eterno y el aplauso para mi amiga periodista, mi involuntaria compañera en este viaje, las amigas que me ayudaron a guardarlo todo para el momento preciso, el fiscal que llevó nuestro asunto, y a nuestro jefe por apoyarnos, por supuesto. Mil gracias de nuevo.

La equivocación: nada es lo que parece


Hoy, en Con Mi Toga y Mis Tacones, un relato. Que no est`´a basado en hechos reales, pero podría estarlo

Relato galardonado con el premio del público en el concurso Un día de partit
convocado por la publicación Descriu.org.

LA EQUIVOCACIÓN

—Pedro, Juan, Rosa, ¡levantaos!
—¿Qué pasa?
—Mirad, mirad.
No podíamos creerlo. Todavía estábamos bajo los efectos del jet lag, pero no
podía ser. No podía tratarse de una alucinación colectiva. Tenía que ser verdad.
Por la ventana, veíamos la plaza de bote en bote, llena de gente de las más
diversas condiciones y edad. Gritaban, y llevaban pancartas y carteles. Estaban alegres,
muy alegres. Se respiraba un ambiente de fiesta que nos hizo sonreír, a pesar del
cansancio.
La sorpresa fue mayúscula. Hay que reconocer que nuestra experiencia tuvo
cierta repercusión en la prensa del lugar y hasta algún periodista internacional se nos
había acercado en busca de una entrevista. Pero la verdad es que no habíamos visto ni
un solo medio de comunicación de nuestro país. Entonces fue una tremenda decepción,
pero ya lo habíamos olvidado. Y ahora, esto lo compensaba todo.
Y tanto que lo compensaba. Miles de personas reunidas alrededor de nuestra
habitación de hotel, con unos carteles en los que ponía frases como «Bienvenidos,
héroes», «Ánimo», «Sois nuestros ídolos» y cosas parecidas. Ni en el mejor de nuestros
sueños hubiéramos imaginado algo así, después de la pesadilla que habíamos vivido.
Solo hacía cuatro días que regresamos. Habíamos permanecido secuestrados
durante más de tres meses, con el miedo enganchado en la garganta. Cada nuevo día
pensábamos que sería el último. Hasta el momento en que llegaron para rescatarnos,
claro. Nunca en la vida lo olvidaríamos. Ni en cien vidas que tuviéramos. Nos habíamos
embarcado en aquella aventura con la intención de salvar vidas y casi perdemos las
nuestras. Con toda la ilusión del mundo, viajamos con una ONG para ayudar a repartir
comida y medicamentos. Pero de pronto conocimos a aquel grupo de niñas asustadas
que imploraban auxilio. Solo eran unas crías, e iban a ser mutiladas salvajemente, según
la barbarie que llamaban «costumbre». Por eso acudieron a nosotros. Nos contaron que
en unos días las llevarían a un lugar a hacerles eso que ellas llamaban «el corte», y que

no era otra cosa que la ablación genital. Y no nos lo pensamos ni por un instante.
Escondimos a las niñas y no se lo dijimos a nadie, con el convencimiento de que no nos
descubrirían.
Solo habían pasado un par de días cuando aquellos hombres irrumpieron en
nuestra tienda de campaña. A base de golpes y empujones nos trasladaron a un lugar
desconocido, donde nos encerraron hasta que perdimos la noción del tiempo. Todos los
días nos recordaban que tendríamos que pagar por lo que habíamos hecho.
Por suerte, en nuestra ausencia, la organización se había hecho antes cargo de las
niñas, aunque en esos momentos desconocíamos qué habría sido de ellas. No lo supimos
y tampoco las volvimos a ver. Ni siquiera nos atrevimos a preguntar. Ya habíamos
tenido suficiente.
Al fin y al cabo, nos rescataron y regresábamos a casa. Y ahí estábamos, en un
hotel donde cualquier comodidad nos parecía un milagro, después de un cautiverio en
condiciones terribles. Después de aquello, ver lo que estábamos viendo por la ventana
hizo que lloráramos todas las lágrimas que no derramamos en su momento.
Bajamos a la calle con la emoción a flor de piel. Y entonces nos llevamos una
nueva sorpresa. Cuando nos disponíamos a saludar, un adolescente nos gritó.
—Apartaos. No nos dejáis verlos.
Detrás de nosotros, un grupo de chicos con chándal de uniforme recibían los
aplausos que creíamos que nos correspondían. Y nos invadió una terrible sensación de
ridículo. ¿Cómo pudimos llegar a pensar que todo aquello era por nosotros?
Los chicos del chándal eran futbolistas que iban a jugar esa misma tarde la final
del campeonato, a la que habían llegado con mucho esfuerzo, según nos contaron. Nada
que ver con lo nuestro…
Cuando cruzábamos la calle cabizbajos, una chica se me acercó. Con un
pronunciado acento extranjero, nos dijo:
—Gracias. Mi hermanita se ha librado de lo que me hicieron a mí, y a mi madre,
y a la madre de mi madre.
Su abrazo valía más que todas las pancartas y carteles. Fue el mejor gol del
mundo, pese a que nadie lo celebrara con gritos ni pirotecnia. Ni falta que hacía.

Outfit: cómo presentarse a juicio


              Llevar el look adecuado en cada momento no es fácil. El mundo de la moda ha dado lugar a miles de publicaciones y a algunas películas que se hacen eco de ello, como Pret a porter, El diablo viste de Prada, Cara de Ángel, Saint Laurent o Versace. O la Confesiones de una compradora compulsiva, si queremos reírnos un poco. Porque sin risas, mal vamos.

              En nuestro teatro, la vestimenta es una parte más importante como creemos. Tanto en un lado como en el otro de estrados. Ya hablamos de ello cuando estrenamos la función destinada al vestuario , y también a nuestra vestimenta aunque hoy el guion irá por otros derroteros. Palabra de la hija de la modista, que soy yo misma.

              Como decía, ya hemos hablado de cómo vestimos -y de cómo no lo hacemos- los intérpretes fijos de nuestras funciones, esto es, jueces y juezas, fiscales, lajs, abogadas y abogados, médicos forenses, funcionariado y todos los que trasnsitamos por Toguilandia.  Togas, puñetas, batas, trajes de chaqueta, corbatas y, como no, tacones, son el pan nuestro de cada día. Pero ¿cómo deben vestir quienes nos visitan, voluntaria o forzadamente? Pues de eso se trata, así que vamos a ello.

              Desde mis primeros días en nuestro toguitaconado mundo, me llamó la atención una cosa. Yo creía que cuando alguien iba a un juzgado, tenía que ir aviado a punto de once, como iría mi madre si se viera en el caso. Pero pronto me di cuenta de que, de eso, nada. Y que, aunque hay quien viene a declarar a un juicio de delito leve, o a un juicio de faltas de los de antes vestido como si fuera de boda, no siempre pasa eso. Y vemos de todo.

              En cuanto a quienes vienen  más bonitos que un San Luis, me acuerdo especialmente de una señora que vino a un juicio por un pleito con su vecina y llevaba hasta tocado, con sus tules y sus plumas y todo. Negro, eso sí, que la discreción que no falte. Confieso que no fui capaz de decir nada a aquella buena mujer, ni siquiera que se quitara aquello de la cabeza para entrar en sala. Y, ya puesta, confieso también que no recuerdo nada del unto que la trajo allí, ni siquiera lo que solicité ni cuál fue la sentencia. Pero su tocado de plumas me perseguirá mientras viva.

              Por desgracia, la tónica habitual no es pecar por exceso, sino por defecto. Cuando estuve en un destino con playa, era más que habitual que la gente apareciera para declarar en juicio, o para cualquier otra diligencia, con pantalón corto y chanclas. Y gracias, que incluso hubo uno que entró en el juzgado sin camiseta y así hubiera seguido si Su Señoría no le hubiera dicho de forma más que tajante que así no se comparecía en sala. No sé de donde las sacó, pero encontró una camiseta. Lo de las chanclas, eso ya es harina de otro costal. Ni las suyas ni las de otros muchos que vinieron detrás.

              Otra de las vestimentas que nos traen con frecuencia es la de trabajo. Y no, no hablo de la librea de un portero de local de copas de lujo, o el frac de un director de orquesta. Tampoco viene nadie con bata de sanitaria ni toga y birrete. Quienes vienen con su ropa de trabajo, lo hacen con el mono de mecánico chorreando aceite o la camiseta de pintor chorreando pintura. Y yo, la verdad es que respeto mucho su trabajo, pero también querría que respetaran el mío. Porque yo no acostumbro presentarme en el taller del coche con la toga puesta. Y menos si tuviera más manchas que el abrigo de Cruella de Vil. Pero igual son manías mías.

              No obstante, la idea de este estreno viene de algo que me pasó el otro día, y tenía que compartirlo, porque todavía estoy de pasta de boniato. Estaba yo de guardia en mi juzgado de violencia de género cuando nos trajeron un detenido por quebrantamiento de medida, El abogado, que se había entrevistado previamente con -él como está mandado, solo nos advirtió que no nos perdiéramos su camiseta. Y era como para no perdérsela, la verdad, porque el angelito llevaba nada más y nada menos que una foto estampada de él con su pareja respecto de la cual tenía ya vigente una medida de alejamiento que acababa de incumplir con algo más que con la imagen de la camiseta.

              Pero no era el único outfit pintoresco que tocaba ese día. El mismo abogado que, por cierto, iba impecablemente trajeado a pesar del calor estival que nos gastamos por estos lares, había atendido a otro detenido del que también nos advirtió sobre su camiseta. Era otro estilo, sin duda, pero tan llamativo como el otro. A este no le faltaba ni un rasgón en la prenda con la que se mal cubría el pecho. Vamos, que se había roto la camisa como el mismísimo Camarón. Y nosotras, aguantando mecha, impertérritas como e espera de nosotras, aunque lográndolo a duras penas.

              Y, como no hay dos sin tres, contaré como apareció otro de nuestros “clientes” al día siguiente a un juicio por delito leve. Aparte de no callar ni debajo del agua, por más que se le advirtió que le echaríamos de la sala, el tipo en cuestión mascaba chicle como si no hubiera un mañana y llevaba calada en todo momento una gorra con la leyenda “the boss”, como si tuviera que recordarnos quién manda en su casa. Solo le faltó decir que era el puto amo, aunque si le damos un poco de carrete, seguro que lo hacía.

              Y con esto, cierro el telón por hoy, aunque sin olvidarme del aplauso. Que es, sin duda, para todas las personas que se esfuerzan en venir al juzgado como dios manda. Incluida la señora del tocado, por supuesto