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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

OPOSITORES: ASPIRANTES EN BUSCA DE CASTING


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                Toda buena función ha de haber tenido, por fuerza, un buen casting. Y la nuestra, ese gran teatro de la justicia, no podía ser una excepción. Tiene su propio casting, tal vez uno de los más duros que hay: la oposición. Una prueba que hay que preparar concienzudamente, que ensayar hasta la saciedad, y que ejecutar dándolo todo, porque una interpretación mediocre el día de la audición puede hacer que se estrelle el mejor actor. Y, lo que es peor, que nunca llegue a saberse lo buen actor que podría llegar a haber sido.

                Todos los que en esta función tenemos un papel como titulares, hemos pasado necesariamente por ese doloroso casting. Una o varias veces. Y a todos nos han quedado secuelas, algunas conocidas o reconocidas, y algunas no tanto. Pesadillas recurrentes, miopías galopantes, manías inconfesables, pánico escénico, tribunalsupremofobia, sabihondismo insoportable, o aceleración verbal, entre las más llevaderas. Y algunas más preocupantes como migrañas o crisis de ansiedad. Y ahí se quedan instaladas para siempre. Recordándonos, cómo no, que “la fama cuesta, y aquí es donde vais a empezar a pagarla, con sudor”, como les decían a Coco, a Bruno Martelli, a Leroy Johnson y a los demás aspirantes a artistas de la serie “Fama”.

                Pero hay que ser fuertes. Porque todas estas consecuencias no son excluyentes. Yo, sin ir más lejos, creo que las sufrí todas, y algunas todavía las arrastro. Ya he contado varias veces que, de vez en cuando, el ordenamiento jurídico me persigue entre las sábanas y me impide dormir. En cuanto a mi vista, la arruinó definitivamente aquella letra diminuta de los apuntes, las noches iluminadas sólo con un flexo y la obsesión por condensar el máximo de información en el mínimo espacio posible. Menos mal que una vez aprobada, gané el dinero suficiente para que un buen oftalmólogo me recompusiera, que no hay mal que por bien no venga. Por no hablar de las manías, que por aquel entonces me quedaba sin respiración si no tenía a mano mi bolígrafo Bic de punta fina, y aún lo sigo necesitando, al igual que al puñado de rotuladores fosforescentes sin los cuales mi vida carecía de sentido. El pánico escénico, y, en especial, la tribunalsupremofobia, me continúan asaltando cuando menos me lo espero, y en ocasiones, sólo con ver esas puertas verdes y doradas en una fotografía, me vuelven a entrar sudores fríos. Y del sabihondismo, mejor ni hablo, que bien puede ver cualquiera que me lea que me posee de vez en cuando como si fuera la niña de “El Exorcista”.

                Y pese a todo, vale la pena. Cuando la vocación para formar parte de nuestra función es firme, el resultado lo merece. Como el actor que al obtener el Goya recuerda sonriendo sus inicios, miseriosos, esforzados y, sobre todo, incomprendidos, y lo hace con una gran sonrisa. Quienes elegimos formar parte de esto lo hacemos, además de por la lógica necesidad de ganarnos la vida, por una vocación de servicio público que a veces ni siquiera nosotros mismos reconocemos.

                Casi nadie comprende al opositor, más allá de los demás opositores. Al resto del mundo le resulta extraño ese ser huraño, que si sale lo hace pendiente del reloj porque ha de cantar al día siguiente, que jamás habla de planes o de vacaciones porque carece de ellos, que no tiene más perspectiva que la próxima tanda de temas. Y para el que dar una vuelta no es salir de paseo, ni cantar entonar una melodía. Un ser para el que cada reforma legislativa, por positiva que parezca, es un verdadero drama, y que viste un perpetuo uniforme constituido por chándal, pijama, o bata de guatiné, según los gustos. Una marciano para todo el mundo, salvo para los iniciados en esta secta, caracterizada, entre otras cosas, por su obsesión por el tiempo y el cronómetro.

                Pero si el opositor siempre ha sido un ser meritorio, los de ahora son superhéroes. Porque hay que tener mucho valor para seguir aspirando a formar parte de una función que cada vez ofrece menos papeles, que cada vez espacia más los castings y exige más a los aspirantes. Porque si hay algo que caracteriza al opositor, es que es el ser humano que por definición carece de todos los derechos humanos que aprende y expone, o de casi todos. El opositor no opina, recita; no piensa, memoriza; tiene limitado su derecho al descanso semanal, a la reunión pacífica y sin armas; no se puede ni plantear una huelga y su derecho a tener un trabajo y una vivienda digna dependen del día del examen. Hasta su derecho a la integridad física es relativo, ya que ha de estudiar sus temas aunque la fiebre o la migraña o la gripe le consuman, sin que quepa pedirse baja alguna. Y aún así, resiste. Como un verdadero superhéroe.

                Así que, ánimo a ellos, y un poquito de comprensión al resto de mortales. Porque en sus manos, en sus mentes y en sus corazones está el futuro de nuestra función. Porque son nuestra cantera, y hay que mimarlos. Y porque les quedan por delante varios castings con algún que otro Risto dispuesto a todo. Aunque, como dice el refrán, “lo que no te mata te hace más fuerte”.

                Y a los que estáis en ello, no olvidéis que os esperamos aquí dentro. Con toga, tacones, y con lo que haga falta.

 

 

MÉDICOS FORENSES: MÁS VIVOS QUE MUERTOS


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                Nuestra particular representación sigue adelante, que ya sabemos que pase lo que pase el espectáculo debe continuar. Y así lo hace. Con un personaje peculiar, que suele despertar el morbo del público, aunque generalmente más por desconocimiento que por otra cosa. Y el interés, por descontado.

                Se trata del médico forense. Confieso que con sólo teclear estas dos palabras, mi cadena de ADN se pone a dar saltos como loca. Porque la coincidencia de apellido con el de uno de los padres de la Medicina Legal en España no es casual. Y quisiera, de paso, brindarle mi particular homenaje dando un papel de relevancia en la obra a nuestro personaje de hoy, que bien se lo merece.

                El médico forense es un técnico cualificado. Su función es auxiliar al juez, y al fiscal, en aquella parte de su trabajo en que son necesarios los conocimientos médicos de los que nosotros carecemos. Como nosotros, sirven al ciudadano y, también como nosotros, sólo logran acceder a este puesto tras una dura oposición. Y añadiré que son los únicos integrantes de la comisión judicial que no lleva toga, sino bata blanca. Y no siempre. Antes estaban adscritos a uno –o varios- juzgados como el juez y el secretario judicial, pero desde hace un tiempo, con el advenimiento de los Institutos de Medicina Legal, tienen una organización propia, tal vez más parecida a la que tenemos los fiscales, con especialización y sin un puesto “oficial” en el juzgado sino en el propio Instituto.

                En realidad, todo el mundo sabe lo que es un médico forense. O cree que lo sabe, que el “CSI” y otras series de televisión han hecho mucho daño a la cultura judicial española. También es un personaje con un tinte romántico, no en vano es el personaje principal de algunas exitosas novelas de Robin Cook o de Patricia Cornwell y su afamada Doctora Scarpetta. Pero, si preguntas a cualquiera en la calle, seguro que la respuesta es que el forense es el médico de los muertos. Sin más.

                No voy a negar que algo de eso hay. Hasta el punto de que una médico forense muy muy cercana a mí suele bromear diciendo que son los únicos médicos que no tienen el problema de que se les puedan morir los pacientes. Pero, aparte de esa tan conocida labor en la sala de autopsias, los forenses tienen muchas más funciones que, además, afectan más a vivos que a muertos. Y que son mucho menos conocidas.

                En cualquier caso, no podemos obviar el momento estelar que en la función representa el forense: el levantamiento de cadáver y la práctica de la autopsia. Ese momentazo en que roba todo el protagonismo a la estrella de la función y que hace que los focos se centren en él. El momentazo que le puede valer el Oscar, vaya, porque los datos que aporte en la investigación por una muerte son los que en última instancia pueden determinar la condena o no del culpable. Ahí es nada.

                Eso sí, todo dentro de un orden. Probablemente por influencia de películas y series, la gente suele creer que con sólo un vistazo y un par de tajos bien dados, el forense los sabe todo: la hora exacta de la muerte, con minutos y segundos, el arma homicida, incluida marca y fecha de fabricación, y la identidad del autor, con sus huellas dactilares y su ADN. Y claro, cUando no es así, que no es nunca –o casi nunca- por razones obvias, el público puede sentirse defraudado. Por eso hay que explicar muy bien que un cadáver no siempre ofrece todos esos datos, y depende de mil cosas, como el tiempo transcurrido o el estado de conservación, lo lejos que puedan llegar en sus conclusiones. Como me dijo una vez un forense recién llegado, es una lástima que no salga un gnomo del cerebro del difunto para decirte cómo, quién o dónde acabaron con él. Pero no lo hay.

                Pero además de muertos, los forenses se las tienen que entender con vivos, y con vivos nada fáciles, por cierto. Ellos son quienes nos dicen si éste o aquél sospechoso está en sus cabales, y hasta qué punto. Y quienes determinan si las personas están en su sano juicio o necesitan que se les nombre un tutor, venido el caso. O si el estado de salud permite a una persona hacer un trabajo, por poner algunos ejemplos Tarea imprescindible sin duda alguna.

                Y otra gran parte de su trabajo consiste en ver y valorar los lesionados, o a los que pretenden haberlo sido. Y subrayo lo de valorar porque a veces ha dado lugar a equívocos, algunos de ellos francamente hilarantes, ya que hay quien cree que el forense es algo así como el médico del juzgado, y le puede consultar cualquier cosa como si fuera el médico del barco en “Vacaciones en el mar”. Y así, hay imputados que, informados de su derecho a ser vistos por el médico forense, se empeñan en que les mire porque les ha salido un lunar que igual es malo o porque tiene anginas, ignorando que el objeto de esa diligencia es, precisamente, valorar si está en condiciones de declarar, si es o no drogadicto o alcohólico, o si ha sufrido lesiones, y no recetarle una aspirina o un antiácido. Aunque no siempre es fácil de explicar.

                Además, son los encargados de hacer el seguimiento de la evolución de las lesiones en casos de accidentes de tráfico, accidentes laborales o de haber sido víctimas de hechos delictivos. En este último caso, su dictamen es fundamental a la hora determinar si el autor trataba de matar o no, con las consecuencias penales que ello supone. Y en este orden de cosas, su dictamen es la piedra angular de la indemnización que habrá de darse –o no- al lesionado. Y, cómo no, en la determinación de la existencia de violencia de género o doméstica.

                Un buen forense es esencial en cualquier procedimiento en que intervenga. Porque, aunque muchas veces se desconoce, su labor no acaba con la investigación y el consiguiente informe, no. Porque los médicos forenses acuden como peritos a los juicios, y han de explicar a un puñado de leguleyos las cosas en palabras que nos sean comprensibles –no olvidemos que somos “de letras”- O, lo que todavía es más difícil, explicárselo a un jurado popular, que carece por completo de ningún conocimiento técnico. Incluso recuerdo una forense que tuvo que decir que aquello era “como cuando un niño se hace pupa” para hacerse entender. Y muy bien que hizo, dicho sea de paso.

                Así que nada, hasta aquí mi particular semblanza de ese personaje imprescindible si queremos tener un buen reparto en nuestra función. Más allá de leyendas urbanas, muchas veces alimentadas por intereses ajenos al ciudadano y la justicia. Sólo espero que esos genes míos a los que hacía referencia hayan quedado satisfechos con el papel que he dado a nuestro protagonista. Un papel muy lucido, porque no puede ser de otra manera. Y que bien le puede hacer ganar el Oscar.

 

 

SECRETARIOS JUDICIALES: LA CARA OCULTA DE LA LUNA


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                Como no podía ser de otra manera, la función sigue adelante, en esta sesión continua que se representa día a día. Y hay que seguir conociendo a sus protagonistas, unos más conocidos y otros menos. Pero todos importantes.

                Cuando hablaba desde este mismo blog de los fiscales, lo hacía recordando el desconocimiento general de nuestra labor y nuestras funciones. Ya entonces adelantaba que el otro gran desconocido en nuestro escenario es alguien esencial: el Secretario –o Secretaria judicial-. Así, escrito con mayúsculas. Y a esto precisamente me dispongo ahora. Porque si las funciones del Fiscal son desconocidas, de los Secretarios se ignora, a veces, hasta su propia existencia, y eso no es justo. Porque ningún juzgado sobreviviría sin ellos.

                Huelga decirlo –o quizás no- pero hay que insistir que un Secretario Judicial no es el secretario o secretaria del juez, ni muchísimo menos. Que nada tiene que ver con esa acepción de la palabra que evoca máquinas de escribir, dictados, teléfono y recados varios, incluído café. Para los que ya tenemos unos años, o cierta nostalgia, lo que decía aquella vieja canción de Mocedades. Nada que ver, hay que insistir. Recuerdo al respecto cierta serie de televisión que, por una elemental falta de documentación y de ganas de tenerla, ofrecía una visión deformada e irreal de esta figura, lo que produjo justa indignación y airadas quejas por parte de los aludidos. Y no era para menos. La serie, segunda parte de “Turno de oficio”, mostraba a la Secretaria judicial como una simple subalterna que servía el cafetito, llevaba el maletín o hacía los encargos del juez, protagonista absoluto, al que, de paso, le hacía la pelota de una manera insoportable. Sólo faltaba que además estuviera enamorada de él para completar el cuadro. O a lo mejor, no faltaba.

                Los Secretarios judiciales son un cuerpo técnico con una esmerada preparación que necesitan, para acceder al mismo, de una dura oposición, y para su trabajo, de una gran dosis de dedicación y una indudable profesionalidad. Y visto lo visto con las reformas que se avecinan, también de unas enormes tragaderas y de paciencia, que hasta el nombre les quieren cambiar, pese a su oposición, y les ponen normas tan peregrinas como esa de “vestir con decoro”, como si hasta ahora fueran disfrazados o anduvieran en traje de baño y chanclas. Como si no hubiera cosas importantes que regular, dicho sea de paso.

                En palabras ampulosas, el Secretario es el fedatario judicial, es decir, algo así como el notario de lo que ocurre en nuestra justicia. Algo fundamental para cosas tan importantes como entradas y registros, transcripción de escuchas telefónicas, apertura de paquetes postales o cotejo de mensajes, por poner algún ejemplo. Sin su presencia, la mayor parte de actuaciones judiciales carecerían de validez y, hasta no hace mucho, se encargaban, armados y pertrechados de papel, bolígrafo e incluso grapadora, de elaborar las actas de los juicios tomando nota de todo lo que en ellos pasaba. Por fortuna, alguien se percató de que los monjes amanuenses dejaron de estar de moda desde la Edad Media, y ahora los juicios se graban en CD. Un verdadero salto tecnológico al siglo XX, oiga, que al XXI ya iremos llegando. Tiempo al tiempo.

                También dirigen al personal del juzgado, la oficina judicial, o como quiera que se llame o que se vaya a llamar. Esto es, que se encargan de lo referente a la organización de los funcionarios que trabajan en su juzgado. Lo que a nadie se le escapará, por poco avispado que sea, que es esencial para que la función se represente correctamente. Nada menos.

                Y, aunque no pretendo ser exhaustiva sino dar unas pinceladas de la labor de nuestro protagonista de hoy, hay algunas cosas que no quiero dejar de citar. Como la lectura de derechos, algo tan peliculero y conocido, que les corresponde sin que mucha gente lo sepa. O la llevanza de registros tan fundamentales como el de víctimas de violencia doméstica y de género, la anotación de los famosos autos de alejamiento -o “de escarmiento”, como he oído alguna vez. O las tan odiosas y odiadas estadísticas, trabajo tan pesado que a veces se vuelve pesadilla.

                Y aquí no acaba todo, ni mucho menos. Como cualificados técnicos en Derecho, son los encargados de acordar determinadas resoluciones, que no sólo es el juez quien siempre ha de resolver. Y podrían, por qué no, asumir otras funciones, como la llevanza del Registro Civil que en su día se propuso y que se ha preferido encarrilar por otros derroteros, con base a vaya usted a saber qué inspirado criterio. Eso sí, les quieren hacer recaudadores de tasas judiciales, así que espero que no les provean de una bandolera al cinto como los revisores de tren. Aunque siempre podrán decir que con eso faltan al decoro, digo yo.

                Así que aquí queda la semblanza de esa parte del reparto de la obra que existe sin que muchos lo conozcan, como la cara oculta de la Luna. Y que, por cierto, también lleva toga, con su chapa -plateada o dorada- y sus puñetas, cuando toca. Porque ellos lo valen. De verdad.

JUECES: LOS IMPRESCINDIBLES


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            Pocas cosas hay más difíciles para una fiscal que se precie que hablar sobre los jueces. Siendo sincera, claro, más allá de lugares comunes y de las sempiternas rivalidades entre nuestras dos carreras, que llamamos “hermanas” no sé muy bien si por lo fraternal de nuestra relación o por las continuas disputas como ocurre con todos los hermanos del mundo. Pero como todos los hermanos del mundo, condenados a entenderse y profesándose mucho más cariño que el que están dispuestos a admitir.

           En este gran teatro de la justicia, el juez es, desde luego, el personaje más imprescindible. Ese invitado de lujo sin el cual la representación carece de sentido. Porque, huelga decirlo, sin jueces no hay justicia como no hay mañana sin sol ni noche sin luna.

           Ser juez es muy difícil, que nadie se lleve a engaño. Supone aprobar una dura oposición, ya lo he dicho muchas veces, pero no sólo eso. Hay que dedicar tiempo, una buena dosis de sentido común y una paciencia infinita. Y es que, aunque lo desearían, no les dan una bola de cristal para adivinar qué es lo que ha pasado, ni una varita mágica para solucionarlo. Es más, como se están poniendo las cosas, a veces no les dan ni un triste post-it, o un bolígrafo, para hacer su trabajo. Y de tecnología, ni hablamos. Un ordenador del Pleistoceno en su despacho, y va que vuela. Que para una vez que les dieron unos modestos portátiles les piden después que los devuelvan.

           Y eso es lo que hay. Los jueces se enfrentan a los más variados problemas con la obligación de resolverlos. Desde las peleas de vecinos que dejarían en nada las de las series de televisión, hasta los más alambicados casos de ingeniería financiera, desde la delincuencia de guante blanco hasta los crímenes más sangrientos, desde el despido de un trabajador al desmantelamiento de una gran empresa, desde una multa de tráfico hasta la anulación de la más compleja de las disposiciones legales. La vida en sus manos, en sus múltiples facetas. Y la opinión pública siempre pendiente de sus actos.

            Porque quizás una de las peores cosas de ser juez es eso de andar siempre “en el candelero”, como dijo una famosilla en su día. Y ahí les llevamos ventaja los colegas de toga de la carrera hermana que, al menos hasta hace bien poco, éramos casi invisibles, y cargaban ellos con todas las culpas del sistema, que no son pocas. A bregar día tras día con el sambenito de que la justicia es lenta, cuando hay millares de asuntos que se resuelven de inmediato en la guardia. A aguantar constantemente eso de que para la justicia no todos son iguales cuando, en la mayoría de asuntos, ni siquiera saben de qué pie cojean fuera del procedimiento los afectados, si es que cojean de alguno. Y a soportar las críticas porque cobran un gran sueldo y trabajan poco, cuando desconocen que de gran sueldo nada, y que muchos se dejan las horas en la guardia por una cantidad de dinero a la hora inferior a la que por esa misma hora cobra quien tenga que encargarse de sus hijos en su ausencia.

              Y por si fuera poco, a aguantar sobre sus hombros el peso de las leyendas urbanas. Por un lado, que si la justicia está politizada, cuando, en todo caso, lo que está politizado es el Consejo General del Poder Judicial, y no los jueces a los que, desde su respectivo juzgado, tanto les da a quién vote el denunciado de turno. Y de otro, la consabida historia de los jueces estrella, como si los magistrados aspiraran a la alfombra roja en lugar de la negra y triste toga. Por supuesto, que de todo hay en la viña del Señor, y divas y divos no nos iban a faltar en nuestro gran teatro, pero aquí como en todas partes, hablemos de médicos, de electricistas, de empresarios o de charcuteros.

              El juez, nuestro personaje de hoy, trabaja y mucho. Y trabaja bien, sin olvidar que cuando no lo hace tan bien o tan rápido como quisiéramos, es más por culpa de quienes no les ponen medios, les escamotean personal, o les obligan a sustituirse entre ellos, que de ellos mismos. Así que, desde aquí, mi Oscar ya lo tienen. Y como digo siempre, ánimo, y arriba las togas.

FISCALES: MUCHO MAS QUE ACUSADORES


 

                fiscalfiscal 2

 

                Ya se ha abierto el telón. Ya han empezado a desfilar por este gran teatro de la justicia todos los que tienen su papel en él, protagonista o de reparto, fijo o eventual, profesional o figurante. Todos imprescindibles, todos importantes. Y todos, dispuestos a interpretar su papel sin apenas ensayos.

                Hablaba en mi anterior entrada del protagonista absoluto, el imputado, ése sin el cual esta función no tiene sentido. Y decía también quién era mi favorito, por razones obvias. El Fiscal, como no podía ser de otra manera, que por algo dicen que la cabra siempre tira al monte. Así que allá voy, a pintar a este personaje de reparto, pero fijo en la saga. Algo así como el special guest star de las series de mi infancia.

                Los fiscales somos, aunque a veces no lo parezca, los grandes desconocidos de la justicia, o al menos unos de los grandes desconocidos –más aún son, si cabe, los Secretarios judiciales, pero ellos ya tendrán su espacio, lo prometo-. A primera vista, casi todo el mundo sabe, o cree saber, qué es un fiscal, qué hace, y qué no hace, por qué no decirlo. Pero la idea colectiva, sobre todo la de aquellos que no están en el ajo, es la de las películas y las series de televisión americanas. Es nombrar un fiscal, y venírsele a muchos a la cabeza la imagen de un señor malísimo, trajeado a la perfección, y empeñado en hacérselas pasar canutas a cualquier precio a un pobre chico acusado injustamente, con tal de sacar tajada. Si la referencia es una fiscal, rápidamente uno se representa a una señora seria y aburrida, peinada con un moño apretado a juego con su apretado rictus, y ataviada con un traje de chaqueta oscuro con una inevitable falda de tubo. Y en ambos casos, carentes de sentido del humor y con una clara aspiración en la vida: llegar a Gobernador del Estado. Es el famoso fiscal del distrito por el que tantas veces me han preguntado. Y seguro que no soy la única.

               Tan es así la cosa que, cuando aprobé la oposición, a mi madre le amargaban la alegría preguntándole de qué me había servido estudiar tanto para acabar siendo la mala de la película. Y por más que les explicaba lo que yo le contaba una y otra vez, me decía que no convencía a nadie, o a casi nadie. Pero bueno, al menos mi madre sabe que no somos los malos y que, como yo digo muchas veces, somos los más buenos, ya que defendemos a todos, pero especialmente a los más desvalidos. O así es como debe ser.

                Y es que los fiscales, además de la función más conocida de las que ejercemos, esto es, la de acusar, hacemos miles de cosas que la mayoría de gente desconoce. Y cada día más, dicho sea de paso. Protegemos a las víctimas, sobre todo a las más desvalidas, como los menores, los discapaces o las víctimas de violencia de género. Intervenimos en defensa de los consumidores, o en defensa de los derechos de los trabajadores cuando éstos han sido conculcados, informamos a la opinión pública, dirigimos el procedimiento de menores y tomamos parte cuando se afecta al derecho al honor de las personas. Y, por supuesto, somos parte activa de la investigación de cualquier tipo de delitos.

             Una de nuestras grandes ventajas, según mi parecer, es que estamos en todas las fases del procedimiento, desde el momento de la denuncia hasta la ejecución de la sentencia, pasando por el juicio oral y el recurso, si lo hay. Vivimos el proceso de principio a fin, con una visión global distinta de la de los jueces, que sólo intervienen en una de sus fases, según sean instructores, juzgadores o ejecutores. Y eso confiere una riqueza a nuestro trabajo difícilmente superable.

             Además, quienes, como yo, sufren de una considerable incontinencia verbal, contamos con la ventaja adicional de que somos quienes en el juicio hablamos más que nadie. Como alguna vez me han dicho, una verdadera suerte, con lo que me gusta hablar y que encima me paguen por ello.

           Pero ya sé que todo esto parece muy bonito, y más de uno estará pensando que las cosas no son tan fabulosas como yo las cuento. Y tienen razón. Tenemos desventajas, desde luego, algunas verdaderas y otras basadas en verdaderos mitos que ahora mismo me propongo desvirtuar.

          El primero y más conocido viene de esa afirmación que leemos en prensa todos los días, esto es, que los fiscales no somos imparciales porque dependemos del Gobierno y recibimos órdenes de éste. Como si nos llamaran todos los días para decirnos qué es lo que debemos de hacer o de dejar de hacer. Y de eso, nada. A lo largo de mis ya más de dos décadas en esta carrera jamás he recibido una llamada del señor ministro ni de ninguno de sus antecesores. Y la verdad es que a veces pienso que no me disgustaría recibirla. Me encantaría descolgar el teléfono y explicarle al señor ministro cómo trabajamos, las peleas que a diario entablamos con el ordenador y la impresora, la miseria de los despachos compartidos, la angustia de las mesas atiborradas de trabajo. También me gustaría preguntarle si él estaría dispuesto a sustituir al ministro de defensa, o de sanidad, si se pone enfermo, como pretende que hagamos nosotros, y si ha de perder su tiempo en rellenar estadísticas, planillas y papelotes varios en vez de que lo hagan sus subordinados. Y, sobre todo, me encantaría invitarle a pasar una maravillosa jornada de domingo en un juzgado de guardia. Pero mucho me temo que va a ser que no. Que esa llamada ni está ni se la espera. Al menos en las trincheras, donde peleamos la inmensa mayoría de nosotros.

            Y el caso es que yo entiendo en parte la existencia de ese mito. Que la forma de nombramiento del Fiscal General del Estado lleve a la conclusión simple de que todos nosotros dependemos del gobierno. Pero eso sería tanto como poner en duda nuestra profesionalidad, el mérito derivado de una dura oposición y del ejercicio de una carrera como ésta en condiciones nada fáciles. Y por ahí no paso.

            Otro de los lugares comunes con los que bregamos cada día es nuestro propio complejo de inferioridad, alimentado por muchos años de un trato que no corresponde con nuestra función. Para el común de los mortales, el Fiscal está a las órdenes del juez, y por debajo de él. Parece que es menos importante, trabaja menos y tiene una menor responsabilidad. Muchos de nosotros hemos vivido la anécdota de que alguien nos diga que no nos preocupemos, que ya ascenderemos a juez. Y por más que expliquemos que somos iguales en cargos, honores y tratamientos –como dice la ley- y que tan necesaria es una función como otra, que si quieres arroz, Catalina. Sólo cuando damos con la frase mágica, parece que se despejan las dudas. Frase que no podría ser otra que la de que cobramos lo mismo. Triste recurrir al vil metal, pero efectivo como ninguna otra cosa del mundo.

          Pero, ¿qué van a pensar?. Cuando nos vemos obligados a compartir despachos, a medios más que patéticos y a que no se respete nuestra imagen, sin que a veces abramos la boca para quejarnos, estamos siendo cómplices de nuestra propia infravaloración.

           Pero ya está bien de lloriqueos. Somos afortunados por tener uno de los mejores papeles de esta función. Así que, hay que estar a la altura. Y hacer una interpretación digna de un Oscar. Como la que día a día hacen tantos compañeros y compañeras. Para ellos va desde aquí, si no un Oscar, sí este pequeño homenaje.

 

 

 

FISCALES: MUCHO MAS QUE ACUSADORES


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                Ya se ha abierto el telón. Ya han empezado a desfilar por este gran teatro de la justicia todos los que tienen su papel en él, protagonista o de reparto, fijo o eventual, profesional o figurante. Todos imprescindibles, todos importantes. Y todos, dispuestos a interpretar su papel sin apenas ensayos.

                Hablaba en mi anterior entrada del protagonista absoluto, el imputado, ése sin el cual esta función no tiene sentido. Y decía también quién era mi favorito, por razones obvias. El Fiscal, como no podía ser de otra manera, que por algo dicen que la cabra siempre tira al monte. Así que allá voy, a pintar a este personaje de reparto, pero fijo en la saga. Algo así como el special guest star de las series de mi infancia.

                Los fiscales somos, aunque a veces no lo parezca, los grandes desconocidos de la justicia, o al menos unos de los grandes desconocidos –más aún son, si cabe, los Secretarios judiciales, pero ellos ya tendrán su espacio, lo prometo-. A primera vista, casi todo el mundo sabe, o cree saber, qué es un fiscal, qué hace, y qué no hace, por qué no decirlo. Pero la idea colectiva, sobre todo la de aquellos que no están en el ajo, es la de las películas y las series de televisión americanas. Es nombrar un fiscal, y venírsele a muchos a la cabeza la imagen de un señor malísimo, trajeado a la perfección, y empeñado en hacérselas pasar canutas a cualquier precio a un pobre chico acusado injustamente, con tal de sacar tajada. Si la referencia es una fiscal, rápidamente uno se representa a una señora seria y aburrida, peinada con un moño apretado a juego con su apretado rictus, y ataviada con un traje de chaqueta oscuro con una inevitable falda de tubo. Y en ambos casos, carentes de sentido del humor y con una clara aspiración en la vida: llegar a Gobernador del Estado. Es el famoso fiscal del distrito por el que tantas veces me han preguntado. Y seguro que no soy la única.

               Tan es así la cosa que, cuando aprobé la oposición, a mi madre le amargaban la alegría preguntándole de qué me había servido estudiar tanto para acabar siendo la mala de la película. Y por más que les explicaba lo que yo le contaba una y otra vez, me decía que no convencía a nadie, o a casi nadie. Pero bueno, al menos mi madre sabe que no somos los malos y que, como yo digo muchas veces, somos los más buenos, ya que defendemos a todos, pero especialmente a los más desvalidos. O así es como debe ser.

                Y es que los fiscales, además de la función más conocida de las que ejercemos, esto es, la de acusar, hacemos miles de cosas que la mayoría de gente desconoce. Y cada día más, dicho sea de paso. Protegemos a las víctimas, sobre todo a las más desvalidas, como los menores, los discapaces o las víctimas de violencia de género. Intervenimos en defensa de los consumidores, o en defensa de los derechos de los trabajadores cuando éstos han sido conculcados, informamos a la opinión pública, dirigimos el procedimiento de menores y tomamos parte cuando se afecta al derecho al honor de las personas. Y, por supuesto, somos parte activa de la investigación de cualquier tipo de delitos.

             Una de nuestras grandes ventajas, según mi parecer, es que estamos en todas las fases del procedimiento, desde el momento de la denuncia hasta la ejecución de la sentencia, pasando por el juicio oral y el recurso, si lo hay. Vivimos el proceso de principio a fin, con una visión global distinta de la de los jueces, que sólo intervienen en una de sus fases, según sean instructores, juzgadores o ejecutores. Y eso confiere una riqueza a nuestro trabajo difícilmente superable.

             Además, quienes, como yo, sufren de una considerable incontinencia verbal, contamos con la ventaja adicional de que somos quienes en el juicio hablamos más que nadie. Como alguna vez me han dicho, una verdadera suerte, con lo que me gusta hablar y que encima me paguen por ello.

           Pero ya sé que todo esto parece muy bonito, y más de uno estará pensando que las cosas no son tan fabulosas como yo las cuento. Y tienen razón. Tenemos desventajas, desde luego, algunas verdaderas y otras basadas en verdaderos mitos que ahora mismo me propongo desvirtuar.

          El primero y más conocido viene de esa afirmación que leemos en prensa todos los días, esto es, que los fiscales no somos imparciales porque dependemos del Gobierno y recibimos órdenes de éste. Como si nos llamaran todos los días para decirnos qué es lo que debemos de hacer o de dejar de hacer. Y de eso, nada. A lo largo de mis ya más de dos décadas en esta carrera jamás he recibido una llamada del señor ministro ni de ninguno de sus antecesores. Y la verdad es que a veces pienso que no me disgustaría recibirla. Me encantaría descolgar el teléfono y explicarle al señor ministro cómo trabajamos, las peleas que a diario entablamos con el ordenador y la impresora, la miseria de los despachos compartidos, la angustia de las mesas atiborradas de trabajo. También me gustaría preguntarle si él estaría dispuesto a sustituir al ministro de defensa, o de sanidad, si se pone enfermo, como pretende que hagamos nosotros, y si ha de perder su tiempo en rellenar estadísticas, planillas y papelotes varios en vez de que lo hagan sus subordinados. Y, sobre todo, me encantaría invitarle a pasar una maravillosa jornada de domingo en un juzgado de guardia. Pero mucho me temo que va a ser que no. Que esa llamada ni está ni se la espera. Al menos en las trincheras, donde peleamos la inmensa mayoría de nosotros.

            Y el caso es que yo entiendo en parte la existencia de ese mito. Que la forma de nombramiento del Fiscal General del Estado lleve a la conclusión simple de que todos nosotros dependemos del gobierno. Pero eso sería tanto como poner en duda nuestra profesionalidad, el mérito derivado de una dura oposición y del ejercicio de una carrera como ésta en condiciones nada fáciles. Y por ahí no paso.

            Otro de los lugares comunes con los que bregamos cada día es nuestro propio complejo de inferioridad, alimentado por muchos años de un trato que no corresponde con nuestra función. Para el común de los mortales, el Fiscal está a las órdenes del juez, y por debajo de él. Parece que es menos importante, trabaja menos y tiene una menor responsabilidad. Muchos de nosotros hemos vivido la anécdota de que alguien nos diga que no nos preocupemos, que ya ascenderemos a juez. Y por más que expliquemos que somos iguales en cargos, honores y tratamientos –como dice la ley- y que tan necesaria es una función como otra, que si quieres arroz, Catalina. Sólo cuando damos con la frase mágica, parece que se despejan las dudas. Frase que no podría ser otra que la de que cobramos lo mismo. Triste recurrir al vil metal, pero efectivo como ninguna otra cosa del mundo.

          Pero, ¿qué van a pensar?. Cuando nos vemos obligados a compartir despachos, a medios más que patéticos y a que no se respete nuestra imagen, sin que a veces abramos la boca para quejarnos, estamos siendo cómplices de nuestra propia infravaloración.

           Pero ya está bien de lloriqueos. Somos afortunados por tener uno de los mejores papeles de esta función. Así que, hay que estar a la altura. Y hacer una interpretación digna de un Oscar. Como la que día a día hacen tantos compañeros y compañeras. Para ellos va desde aquí, si no un Oscar, sí este pequeño homenaje.

 

IMPUTADO: PROTAGONISTA A SU PESAR


esposasEL IMPUTADO: PROTAGONISTA  A SU PESAR

            En honor a la verdad, he de reconocer que el cuerpo me pedía empezar esta saga por el fiscal, mi personaje favorito por razones obvias. Pero aunque nada me obliga a ser aquí lo imparcial que estoy obligada a ser en mi quehacer profesional, me parecía de justicia tragarme mi prurito personal y empezar por el verdadero protagonista de este teatro, por más que sea en contra de su voluntad.

            Aunque me he referido al él como “imputado” –o imputada, claro está-, usando el término que en los últimos tiempos goza de más popularidad por razones que no vienen al caso, se emplean muchos otros como sinónimos, diferentes jurídicamente pero gramaticalmente equivalentes. Imputado, sospechoso, acusado, denunciado, procesado, encausado, investigado, querellado, demandado, autor, o  infractor,  que pueden pasar a ser condenado, juzgado, culpable, reo, sentenciado y hasta ejecutado –no en sentido literal, espero- Sin perjuicio de otros términos menos finos que me callo por educación, pero que todos hemos oído sobre todo proferidos a gritos en las puertas del juzgado por víctimas indignadas, y que en algunos casos tienen íntima relación con la charcutería.

            Cuando se habla de imputado, al común de los mortales se le viene a la cabeza la imagen de un malo malísimo capaz de llevarse por delante a quien se presente. Si además echamos mano de la cultura audiovisual generalmente norteamericana, de la que bebemos con más frecuencia que la deseable, nos lo imaginamos con su espantoso mono naranja y esposas y cadenas en los pies. Nada que ver, por suerte, con lo que ocurre en nuestro país. Los nuestros acuden al juicio ataviados con la normalidad propia de la vida que llevan, exquisitamente trajeados unos, y con un look más informal otros. La cosa cambia si vienen conducidos desde prisión, en cuyo caso, salvo los imputados más glamurosos, adoptan una suerte de uniforme consistente en un chándal de luxe, de poliéster de colores brillantes, que hace que los juristas más engolados hagan chiribitas con los ojos.

            Y, tan variado como su aspecto, es su comportamiento. Desde los casi autistas –dicho sea con el debido respeto a quienes sufren tal enfermedad-, que parecen no saber por qué están allí o los atacados por una amnesia selectiva que nada recuerdan, hasta los aquejados por una incontinencia verbal que saca de sus casillas a todo el mundo hasta que el juzgador se ve en el brete de expulsarlo de la sala. Desde los que adoptan el modo plañidera y riegan con lágrimas cada frase, -nunca se sabe muy bien si por arrepentimiento o por pensar la que se les viene encima-, hasta los que llegan en esa actitud que las fuerzas y cuerpos de seguridad denominan como “chulesca”, colmada de bravuconadas y que, en casos extremos, llega hasta el punto de proferir amenazas o agredir o intentarlo a todo lo que se mueva, llámese juez, fiscal, abogado o secretario judicial. Y, por supuesto, con todos los estadios intermedios imaginables.

            Y claro, dependiendo de su actitud, la reacción que provocan, sea lástima, temor o antipatía, por más que la intentemos disimular. Y algunos, dependiendo del caso, también despiertan nuestra hilaridad, algo difícilmente disimulable, como uno que, ante la larga condena a la que previsiblemente se enfrentaba, nos explicaba muy serio que él no podía entrar a la cárcel porque tenía claustrofobia. También recuerdo a otro que, a punto de ser absuelto por falta de pruebas por maltrato a su mujer –cosa que él ignoraba, por descontado-, se cavó su propia fosca preguntándole al juez en el turno de su última palabra si él “no ponía en su sitio a la parienta como se merecía”.

            En cualquier caso, él o ella es el protagonista absoluto de nuestra función, el personaje indispensable sin el cual no es posible que empiece el espectáculo, dicho sea en términos estrictamente metafóricos. Por eso, y a pesar de que algunos me han proporcionado los peores momentos de mi vida profesional, no quiero empezar esta andadura sin brindarles mi pequeño homenaje. Porque sin ellos esto no tendría sentido.

EL GRAN TEATRO DE LA JUSTICIA


Hacía tiempo que me venía rondando por la cabeza la idea de empezar con mi propio blog. Las ideas van agolpándose por mi cerebro hasta llegar a hacinarse y a veces no me basta con publicar en otros lugares aunque, donde gozo de libertad absoluta, no soy la dueña y señora de todo lo que se hace. Y es ahora, cuando se cumplen muchos años del día en que aprobé mi oposición como Fiscal, cuando he decidido regalarme esto para conmemorarlo. Porque yo lo valgo, vaya.

cropped-nueva-carpeta1.jpgComo digo, soy Fiscal, o mejor dicho, trabajo como Fiscal desde hace ya mucho tiempo. O al menos, el suficiente para hacerme una idea de todo lo que pasa por los juzgados y tribunales y, por supuesto, por la fiscalía. Y creo que ahora más que nunca tendríamos que dar una visión moderna y eficaz, alejada de esos estereotipos engolados y sacrosantos que creo totalmente desfasados y que dan una imagen de la justicia tan alejada del ciudadano. Exactamente lo contrario de lo que debía ser. Y añadirle, si se puede, un toque de sentido del humor, que buena falta hace.

Por eso, sin pretensiones, me propongo dar un largo paseo por todo lo que rodea a este mundillo. Con mi toga y mis tacones, como debe ser. A ver si desterramos esos modelos de revisor de tren o de enterrador que tanto se precian por estos lares. Y quiero invitaros, cómo no, a acompañarme a eso que he llamado el gran teatro de la justicia.
Fue en un juicio de jurado donde me vino a la cabeza la idea de explicar a los miembros del jurado lo que iba a pasar ante sus ojos como si de una representación teatral se tratara. La imagen sirvió, y desde entonces lleva instalada en mi mente esperando a desarrollarse. Y ya no podía soportar que me diera tanto la lata, así que al final he decidido dejarla salir y crecer. Así que, pasen y vean.

En este gran teatro, encontramos todo lo que cualquier gran dramaturgo desearía. En primer término, tenemos a los protagonistas y actores principales, acusados y víctimas, demandados y demandantes. Igualmente, nunca faltan los otros actores de reparto, esos fijos en toda la saga y que le dan continuidad, representados por jueces, fiscales, secretarios judiciales, abogados o procuradores, y también otros actores de reparto, como testigos o peritos. Y por supuesto, los figurantes, todos aquellos que intervienen esporádicamente de una u otra manera Contamos asimismo con tramoyistas y técnicos encargados de luces, vestuario y todo tipo de necesidades, encarnados en los funcionarios que nos asisten, y con nuestro propio atrezzo, esos medios materiales que nos traen por la calle de la amargura. Y cómo no, tenemos un público exigente, que es ni más ni menos que el ciudadano, tanto el que asiste personalmente como el que ve nuestra labor desde un segundo o tercer plano. Y, por supuesto, no nos faltan los críticos, en manos de esos periodistas de tribunales siempre prestos a sacar punta a cualquier asunto con un mínimo de interés.

Y en nuestro gran teatro siempre hay buenos argumentos, los hechos que dan lugar a cada procedimiento, y buenos o malos guiones, según se escriba el curso del procedimiento en cuestión. Y éstos a su vez dan lugar a la representación, el juicio, en sesión única y sin apenas ensayos. Que se desarrolla en nuestro escenario, la sala de vistas del juzgado o tribunal de que se trate.

Así que, con estos mimbres puede salir un buen cesto. O una buena función, que es el caso.
Yo, desde aquí, lo que quería es mostrar es el making of. Presentar a actores, protagonistas, técnicos, guión, público, críticos, escenario y función. Y eso es lo que me dispongo a hacer. Empezando por mí misma, que me he asignado, obviamente, la función de voz en off o narradora.

Por eso, si les gusta, síganme. Se abre el telón. Que empiece el espectáculo.