Toda buena función ha de haber tenido, por fuerza, un buen casting. Y la nuestra, ese gran teatro de la justicia, no podía ser una excepción. Tiene su propio casting, tal vez uno de los más duros que hay: la oposición. Una prueba que hay que preparar concienzudamente, que ensayar hasta la saciedad, y que ejecutar dándolo todo, porque una interpretación mediocre el día de la audición puede hacer que se estrelle el mejor actor. Y, lo que es peor, que nunca llegue a saberse lo buen actor que podría llegar a haber sido.
Todos los que en esta función tenemos un papel como titulares, hemos pasado necesariamente por ese doloroso casting. Una o varias veces. Y a todos nos han quedado secuelas, algunas conocidas o reconocidas, y algunas no tanto. Pesadillas recurrentes, miopías galopantes, manías inconfesables, pánico escénico, tribunalsupremofobia, sabihondismo insoportable, o aceleración verbal, entre las más llevaderas. Y algunas más preocupantes como migrañas o crisis de ansiedad. Y ahí se quedan instaladas para siempre. Recordándonos, cómo no, que “la fama cuesta, y aquí es donde vais a empezar a pagarla, con sudor”, como les decían a Coco, a Bruno Martelli, a Leroy Johnson y a los demás aspirantes a artistas de la serie “Fama”.
Pero hay que ser fuertes. Porque todas estas consecuencias no son excluyentes. Yo, sin ir más lejos, creo que las sufrí todas, y algunas todavía las arrastro. Ya he contado varias veces que, de vez en cuando, el ordenamiento jurídico me persigue entre las sábanas y me impide dormir. En cuanto a mi vista, la arruinó definitivamente aquella letra diminuta de los apuntes, las noches iluminadas sólo con un flexo y la obsesión por condensar el máximo de información en el mínimo espacio posible. Menos mal que una vez aprobada, gané el dinero suficiente para que un buen oftalmólogo me recompusiera, que no hay mal que por bien no venga. Por no hablar de las manías, que por aquel entonces me quedaba sin respiración si no tenía a mano mi bolígrafo Bic de punta fina, y aún lo sigo necesitando, al igual que al puñado de rotuladores fosforescentes sin los cuales mi vida carecía de sentido. El pánico escénico, y, en especial, la tribunalsupremofobia, me continúan asaltando cuando menos me lo espero, y en ocasiones, sólo con ver esas puertas verdes y doradas en una fotografía, me vuelven a entrar sudores fríos. Y del sabihondismo, mejor ni hablo, que bien puede ver cualquiera que me lea que me posee de vez en cuando como si fuera la niña de “El Exorcista”.
Y pese a todo, vale la pena. Cuando la vocación para formar parte de nuestra función es firme, el resultado lo merece. Como el actor que al obtener el Goya recuerda sonriendo sus inicios, miseriosos, esforzados y, sobre todo, incomprendidos, y lo hace con una gran sonrisa. Quienes elegimos formar parte de esto lo hacemos, además de por la lógica necesidad de ganarnos la vida, por una vocación de servicio público que a veces ni siquiera nosotros mismos reconocemos.
Casi nadie comprende al opositor, más allá de los demás opositores. Al resto del mundo le resulta extraño ese ser huraño, que si sale lo hace pendiente del reloj porque ha de cantar al día siguiente, que jamás habla de planes o de vacaciones porque carece de ellos, que no tiene más perspectiva que la próxima tanda de temas. Y para el que dar una vuelta no es salir de paseo, ni cantar entonar una melodía. Un ser para el que cada reforma legislativa, por positiva que parezca, es un verdadero drama, y que viste un perpetuo uniforme constituido por chándal, pijama, o bata de guatiné, según los gustos. Una marciano para todo el mundo, salvo para los iniciados en esta secta, caracterizada, entre otras cosas, por su obsesión por el tiempo y el cronómetro.
Pero si el opositor siempre ha sido un ser meritorio, los de ahora son superhéroes. Porque hay que tener mucho valor para seguir aspirando a formar parte de una función que cada vez ofrece menos papeles, que cada vez espacia más los castings y exige más a los aspirantes. Porque si hay algo que caracteriza al opositor, es que es el ser humano que por definición carece de todos los derechos humanos que aprende y expone, o de casi todos. El opositor no opina, recita; no piensa, memoriza; tiene limitado su derecho al descanso semanal, a la reunión pacífica y sin armas; no se puede ni plantear una huelga y su derecho a tener un trabajo y una vivienda digna dependen del día del examen. Hasta su derecho a la integridad física es relativo, ya que ha de estudiar sus temas aunque la fiebre o la migraña o la gripe le consuman, sin que quepa pedirse baja alguna. Y aún así, resiste. Como un verdadero superhéroe.
Así que, ánimo a ellos, y un poquito de comprensión al resto de mortales. Porque en sus manos, en sus mentes y en sus corazones está el futuro de nuestra función. Porque son nuestra cantera, y hay que mimarlos. Y porque les quedan por delante varios castings con algún que otro Risto dispuesto a todo. Aunque, como dice el refrán, “lo que no te mata te hace más fuerte”.
Y a los que estáis en ello, no olvidéis que os esperamos aquí dentro. Con toga, tacones, y con lo que haga falta.







