A veces, las cosas toman el nombre de los lugares donde se producen, Muchas películas tiene nombre de país, de ciudad y hasta de pueblo. Indochina, Pasaje a la India, Hiroshima mon amour,todo es posible en Granada o Alcarrás son algunos de los muchísimos ejemplos. Y, por supuesto, El crimen de Cuenca, que viene al pelo con el tema que abordamos hoy.
En nuestro teatro, el lugar donde suceden las cosas, sobre todo cuando de delitos se trata, es esencial. Tanto, que determina cuál es el juzgado competente. Pero, además de eso, hay crímenes que han marcado nuestra historia delictiva que han tomado el nombre del lugar donde sucedieron hasta el punto de que todo el mundo relaciona una cosa y otra, mal que les pese a los lugareños. Y de eso precisamente iba a tratar hoy.
Dedicábamos el anterior estreno a los hitos delictivos que tomaban su nombre del de las víctimas. Y citábamos entre ellos uno que, precisamente lo toma, además de las víctimas, del propio lugar de comisión. Se trata del terrible asesinato de Las niñas de Alcácer, como lo conoce todo el mundo. De hecho, he hablado con personas de la población que lamentan mucho que su pueblo sea conocido por tan luctuoso hecho. Y tienen razón, es una pena que lugares que tienen tanto que ofrecer sean conocidos por ello. Pero es difícil evitarlo, sobre todo si se trata de casos con tanto impacto y seguimiento mediático.
Otro lugar que marcó nuestra historia delictiva fue aquella ciudad a la que aludía al principio de ese estreno, y el asesinato que presuntamente tuvo lugar en ella. Y digo “presuntamente” porque ese crimen nunca tuvo lugar, aunque si existió una condena que supuso la prisión y el escarnio de una persona, por haber cometido el mal llamado “Crimen de Cuenca”. La aparición de la persona supuestamente fallecida varios años después hizo que tuviera que anularse el juicio, pero las consecuencias eran difícilmente susceptibles de revertir. Y su importancia fue tal que fue el origen de un cambio procesal que, con distintos avatares, subsiste hasta nuestros días, la introducción del juicio de revisión o recurso de revisión. Así de importante fue en su día, a pesar de que entonces los medios de comunicación no eran ni sombre de los que son ahora y lo de Internet ni se soñaba que algún día existiera.
Asimismo, hay un escenario de delito que se ha convertido en el sinónimo de lo que ha venido en llamarse “la España profunda” y sus peores consecuencias. Me refiero a Puerto Hurraco y a la matanza que se produjo en dicho pueblo entre dos familias rivales, que acabó con varios muertos, mucho dolor, y una estigmatización difícil de superar.
También sigue recordándose un asesinato que sucedió en mi ciudad y que sigue dándole nombre, el caso de la envenenadora de Valencia. Además de las morbosas circunstancias de caso, quedará en los anales de la historia por tratarse de la última ocasión en que una mujer fue ajusticiada por garrote vil, tan terrible como inhumano, por terrible que fuera el delito cometido por la condenada.
Y no solo en nuestro país ocurren estas cosas. La matanza de Texas, un filme cásico de terror, está basada en la historia real de un asesino en serie. Y, aunque no se sabe con certeza, hay ciertas sospechas que la historia del jorobado de Notre Dame también era algo más que ficción. Y, aunque no tengo ni la más remota idea de dónde podría estar la Elm Street de la famosa pesadilla que dio lugar a la saga de Freddy Kruger, reconozco que si la viera saldría corriendo en dirección contraria.
Son solo algunas muestras y seguro que a quien me lea se le ocurren algunas más. Tanto de lugares, como de objetos que pusieron nombre a crímenes, como el de la maleta, el de catana o el de la baraja.
Ahora sol me queda cerrar el telón por hoy y dar el aplauso. Y será para todos aquellos que consiguieron que, e estos terribles casos, se hiciera justicia. Que no siempre es fácil
Pocas cosas tan productivas en el mundo del cine como los crímenes. No hay más que pensar un poco y vienen a nuestra cabeza títulos como Seven, Psicosis, El silencio de los corderos o Crimen perfecto por citar unas pocas. Cuando el crimen además está basado en hechos reales, el atractivo puede ser todavía mayor. No hay más que recordar series como La huella del crimen para constatarlo. Y es que, por alguna razón, al ser humano estos temas le atraen mucho.
En nuestro teatro está, sin duda, el escenario perfecto para conocer de estos hechos, ya que es Toguilandia el lugar donde serán juzgados, si se cumple aquella máxima de las series de mi infancia, “el criminal nunca gana”.
Han sido muchos los juicios mediáticos que hemos visto, sobre todo en los últimos tiempos con el auge, primer, de los medios de comunicación de masas y, más tarde, de Internet y las redes sociales. Todo el mundo sigue minuto resultado lo que sucede dentro y fuera de la sala de vistas en el momento en el que tienen lugar estos, pero, como ocurre casi siempre, la instantaneidad acaba ganando y una nueva noticia suple a la anterior, quedando aquella en el cajón del olvido. Salvo algunos casos.
Hay delitos que ha marcado un antes y un después en nuestras vidas y en nuestra sociedad, y, aunque tal vez sería más justo que se recordaran con el nombre de su autor, que es quine merece el reproche, es el nombre de la víctima el que queda para siempre en el recuerdo.
Quizás una de las víctimas cuyo asesinato haya supuesto un cambio más trascendente es el de Ana Orantes. El hecho de que su marido la quemara viva tras haber salido en televisión contando los malos tratos de que veía siendo víctima durante todo su matrimonio, fue un puntal importantísimo para la redacción y aprobación de nuestra ley de violencia de género.
Esta misma ley se vio obligada a incluir expresamente en su articulado algo que hoy todo el mundo conoce pero que hasta un tiempo no tenía nombre, la violencia vicaria. Una violencia vicaria que no sabíamos cómo se llamaba cuando los niños Rut y José fueron asesinados por su padre, pero que acabó teniendo su nombre y su regulación tras el asesinado de niños y niñas como Martina y Nerea o Anna y Olivia, que ponen cara a todo ese dolor que es la más cruel manifestación de la violencia de género.
Y es que allá donde haya víctimas menores de edad, el impacto en la sociedad se multiplica hasta el infinito. Así lo vivimos en un caso mediático como ninguno, un caso cuyo tratamiento mediático fue, precisamente, la muestra de lo que jamás se debería hacer. Estoy hablando de Miriam, Toñi y Desiré, las Niñas de Alcácer, cuyo recuerdo sigue poniendo los pelos como escarpias.
Ellas no son las únicas menores cuyo asesinato conmovió, por una u otra circunstancia, a todo un país. También el caso de la niña Mari Luz, asesinada cuando iba a por chucherías, o del niño Gabriel Cruz, a quien dio muerte su madrastra, hicieron correr ríos de tinta y horas de televisión
También tuvo gran repercusión, aunque por otras razones, el asesinato de Rocío Wanninkof, que condenó y estigmatizó a quien no era culpable, probablemente influenciada por todo lo que dijeron los medios de comunicación. La sentencia del jurado se anuló y se repitió el juicio, condenando al verdadero culpable pero las consecuencias para quien fue acusada falsamente fueron muy duras.
Otro de los filones mediáticos en cuanto a la información de tribunales se refiere son los delitos sexuales. Lo padecido por la víctima de La manada dio el pistoletazo de salida a una nueva regulación en materia de libertad sexual, y, más recientemente, casos como el de Jennifer Hermoso o Elisa Mouliaa siguen agitando los cimientos de una sociedad que se alerta especialmente cuando el presunto autor es una persona con poder.
No quiero acabar este estreno sin recordar a víctimas de delitos de odio que también se han convertido en hitos, como Lucrecia, la primera mujer reconocida como víctima de un crimen racista, Guillem, el joven asesinado en Montanejos por razón de ideología o Samuel, víctima de un terrible crimen homófobo. Que al menos sus muertes sirvan para avanzar en la luca contra la intolerancia.
Fuera de nuestras fronteras, el nombre Giselle evocará para siempre no sol a la protagonista de un ballet, como hasta ahora, sino también a la mujer digna y valiente que quiso mostrar la imagen que sus violadores, que cometieron los hechos a instancia de su propio marido, no fueron capaces de mostrar, Menuda lección nos dio Giselle
Por todo esto, es obvio que el aplauso es para todas y cada una de estas víctimas Que su sufrimiento y el dolor de sus familias no sea en vano.
Y, una vez más, gracias a @madebycarol por presarme su talento para ilustrar
Toda regla tiene una excepción, del mismo modo que la excepción confirma la regla. Verdades como puños de las que nuestro refranero se hace eco, como de tantas otras. Aunque, visto lo visto La excepción no debe ser tan excepcional cuando al menos dos películas diferentes se titulan así. Y eso por no hablar de convertir el sustantivo en adjetivo, porque tenemos títulos para elegir: Un don excepcional, Un mundo excepcional o Una vida excepcional. Y es que hasta La excepción a la regla da nombre a una película.
En nuestro teatro, por definición, son muchas las reglas y pocas las excepciones. No en balde somos Toguilandia, el mundo del Derecho y de las normas. Pero incluso aquí hay excepciones.
A la excepción a la norma general de que vengo a hablar hoy ya le había hincado el diente -o más bien, la tecla toguitaconada- cuando dedicamos un estreno a la inviolabilidad Entonces, entre las figuras que se salen de la norma general del juez natural, hablábamos de inmunidad, inviolabilidad y también del aforamiento. Pero hoy vamos a dedicarnos a estos últimos.
No obstante, empecemos por el principio, esto es, por la regla que se excepciona. Y esta regla es, más que una regla, un derecho fundamental contemplado en la Constitución junto a la tutela judicial efectiva. Se trata del derecho al juez ordinario predeterminado por la ley o, dicho en términos más sencillos, el juez natural. Consiste en el derecho que tienen todas las personas a que sus asuntos sean conocidos, instruidos y juzgados por el órgano judicial que le corresponda territorial y funcionalmente. En sentido negativo, supone la prohibición de tribunales de excepción o ad hoc, como ocurría en otras épocas nada democráticas.
Se trata de las normas de competencia a las que también dedicamos un estreno y que implican que el lugar donde suceden las cosas determina el órgano judicial competente en Derecho Penal, o, si se trata de violencia de género, el lugar del domicilio de la víctima. Y eso, con la salvedad de delitos muy concretos, como el terrorismo, o delitos cometidos en varios partidos judiciales o fuera del territorio nacional, vale para todo el mundo, sea Agamenón o su porquero, parafraseando a Machado.
Y ahora es cuando llegamos a la miga del asunto, los aforamientos. O sea, la excepción a la regla general del juez natural. Y esa excepción viene dada no por quiénes son determinadas personas sino por qué cargo ocupan, independientemente de cómo se llamen. Así, son personas aforadas los altos cargos del gobierno de la nación y las respectivas comunidades autónomas, los miembros de las Cámaras, sean las nuestras o las europeas, y quienes pertenecemos a la carrera judicial o fiscal.
Según un estudio, las personas aforadas en España pueden superar las 10,000, y por eso somos el país con más aforamientos. Un dato que puede llevar a engaño, porque, como todo el mundo sabe, no se pueden comparar peras y manzanas. Y hay países con menos aforamientos, pero en los que subsiste el antejuicio, que en España desapareció en 1995, institución que consiste en un filtro previo a la incoación de una causa contra determinadas personas -jueces y fiscales en este caso- y que en realidad puede cumplir una función pareja de cara a evitar -al menos teóricamente-que prosperen denuncias o querellas injustificadas.
Pero hay una diferencia esencial entre el aforamiento de quienes vestimos toga del resto. El nuestro solo existe para delitos cometidos en el ejercicio de nuestro cargo, mientras que el resto de aforados lo son para cualquier delito, aunque conduzcan borrachos en sus vacaciones o manguen una crema en el super, por poner un par de ejemplos.
Otra diferencia con muchos de los aforados es que cuando se trata de parlamentario tienen un filtro previo, el suplicatorio, que en nuestro caso no existe.
La pregunta siguiente sería qué ventajas reporta ese aforamiento, si es que aporta alguna. Para ello hay que empezar aclarando que el aforamiento no es la impunidad ni la inmunidad, sino el cambio del juez natural por otro órgano jurisdiccional, normalmente el superior jerárquico. Y eso no supone ningún cambio especial. Incluso puede suponer una desventaja porque por el camino perdemos una posibilidad de recurso.
En cualquier caso, hay que aclarar que el aforamiento cesa cuando la persona cesa en el cargo que lo motivaba, y si la causa está a mitad, ha de cambiar de inmediato de órgano judicial Ya lo hemos visto alguna vez con dimisiones de cargos políticos.
Para acabar, y como vivimos tiempos en que el tema está candente por la instrucción que el Tribunal Supremo está siguiendo contra el Fiscal General del Estado y otros cargos de la carrera fiscal, hay que explicar algo más. Hasta el momento el criterio generalizado era que en casos en que pueda existir un aforado en la causa, investiga en primer término el órgano que sería competente de no existir aforamiento y, una vez encuentre indicios contra la persona aforada, si los encuentra, remite al órgano competente por razón de aforamiento. En este caso, y por razones que desconozco, se ha hecho lo contrario, esto es, remitir al Tribunal Supremo -órgano competente por aforamiento- sin ningún tipo de investigación. Y, para que lo vamos a negar, la ha liado parda. Y ha sentado, de paso, un precedente peligrosísimo. Veremos a ver cómo acaba la cosa.
Y con esto termino estas pinceladas sobre el aforamiento. El aplauso se lo daré a quienes hacen buen uso del mismo y los tomates, a quine no lo hace. Al buen entendedor…
Con este nuevo hastag de #Relatos iniciamos una serie de post que aparecerán de vez en cuando recordando relatos
Hoy, «Invisible» contenido en mi antología Remos de plomo
INVISIBLE
Aunque parecía querer estar siempre escondida, era difícil no verla. Con su cuerpo espigado, su elevada estatura y esa forma de vestir tan elegante era imposible pasar desapercibida. Nadie sabía muy bien a qué se dedicaba, pero entre los críos del barrio se decía que era una actriz de Hollywood que estaba de incógnito, o una glamurosa escritora en busca de ambientación para su próximo best seller. A pesar de que había a quien le resultaba antipática por su actitud distante, a mí me parecía que sus ojos, más que altivos, transmitían una inmensa tristeza. Y eso las poquísimas veces que no los escondía tras unas gafas de sol. Lo que no resultaba tan difícil era verla sin ser vista. Mi primera incursión en el mundo de la investigación —por llamarlo de algún modo— era tan de andar por casa como podía suponerse. No me hacía falta sentarme en un banco fingiendo leer un periódico, llevar una microcámara en el zapato ni implantar micrófonos ocultos en ningún sitio. Siempre me habían encantado las series de detectives privados, pero la vida real era otra cosa. Y la vida actual, más todavía. Así que dejé mi gabardina colgada en el perchero de casa. La dejaría para que Colombo y Sam Spade la siguieran luciendo en el celuloide. Aquella noche ella estaba imponente al salir de casa. Él la acompañaba, como siempre. Como siempre, ella parecía una niña chiquita e indefensa a su lado. Yo, también como siempre, le sonreí al cruzármela en la calle y, aunque no movió ni un solo músculo de su cara, estaba segura de que me respondió con la mirada. Él, sin embrago, no sabría decir si me miró. Creo que ni siquiera reparó en mi existencia, como parecía no hacerlo en otra cosa más allá de sí mismo y de su acompañante. Los oí regresar. Estaba esperando ese momento, cuando sabía que el peligro acechaba. Y, como otras noches, escuché de nuevo la voz atronadora de él llena de reproches. No sé si alguien más oía aquello, pero jamás nadie osó comentarlo. Hubiera roto el mito de la mujer misteriosa. Traté de tantear al vecindario de un modo discreto. El ascensor, la cola del supermercado, la panadería o la parada del autobús, pero a nadie parecía importarle otra cosa que averiguar quién sería aquella hermosa mujer y qué escondería viviendo en un barrio como el nuestro. La verdad es que la imaginación es muy fértil. Desde espía a traficante de drogas, pasando por amante de algún presidente de estado, un jeque árabe o un rey, aunque lo de que fuera una estrella de incógnito era
la opción preferida sin ninguna duda. Y había otra cosa en la que también coincidían quienes decían algo: altanera, soberbia, egocéntrica o, simplemente, antipática. Eso es lo que todo el mundo pensaba de ella. Me llamó la atención que nadie hubiera percibido lo que yo, una infinita tristeza. Pero tal vez era yo la equivocada. Al fin y al cabo, era mi primera aventura como investigadora, aunque solo fuera aficionada. Los gritos seguían. Yo permanecía atenta. Llegué a plantearme pegar un vaso a la pared, como había visto hacer en las películas, pero maldita la falta que me hacía. Eran tan fuertes que cualquiera en el vecindario estaba segura de que los oiría. Y, mientras sujetaba el teléfono en la mano para pedir ayuda, sucedió. De pronto un golpe seco, un débil gemido y un silencio aplastante. Y yo, por supuesto, hice lo que debía, mientras cruzaba los dedos deseando con todas mis fuerzas no haber llegado tarde. La policía tardó apenas unos minutos en presenciarse. Se diría que estaban preparados para aquella llamada. Así que cumplí mi parte y todo siguió su curso. Desde el balcón pude ver cómo se llevaban un cuerpo en camilla, mientras la policía trataba de apartar a los curiosos que acudían como moscas y se congregaban ante nuestro portal. No pude ver mucho más y me quedé con el alma en vilo hasta que un agente llamó a la puerta para preguntarme si era yo quien les había llamado. Por descontado, asentí y conté lo que sabía y, quid pro quo, pude enterarme de lo que anhelaba conocer. Las heridas de ella no fueron graves. La rápida llegada de los agentes abortó cualquier final más dramático. A él se lo llevaron esposado en el furgón policial. Por fin. Misión cumplida. Si esto hubiera sido una serie de televisión, sería el momento para poner los rótulos de crédito y cartel de «The end», si no hubiera dejado de estar de moda como en las series de mi infancia. Pero esto era la vida real y no había rótulos que zanjaran historias. La vida seguía. Cuando me decidí a ir a verla al hospital, supe que estaba a punto de abandonarlo. No era la primera vez que lo intentaba, pero siempre acababa echándose atrás. Aquella vez iba en serio, iba a ser la definitiva. De nada sirvieron las amenazas de él, sus gritos. De nada sirvieron tampoco sus lágrimas, sus regalos y su puñetero chantaje emocional. Ya no iba a creer más que la quería, que no volvería a pasar, que iba a cambiar. Ya no iba a temblar cada vez que oyera el sonido de la llave girando en la cerradura, ni a dormir con un ojo abierto por miedo a que se lo volviera a poner morado.
No iba a volver a aplicarse maquillaje sobre los hematomas y sonreír en los actos sociales como si no pasara nada. Hasta ahí habían llegado. Y por poco no es así al pie de la letra. El último golpe fue tan fuerte que no recordaba nada a partir del momento de que su cabeza aterrizó en el suelo después de haberse estrellado contra la pila de mármol. Su habitación parecía una floristería. Un montón de personas se desvivían por no dejarla sola ni un momento, mientras yo trataba de permanecer en un discreto segundo plano, como pensaba que me correspondía. Y, aunque quise evitar aquel momento, no pude. En cuanto Pilar me vio, se abrazó a mí entre lágrimas. Yo también lloré. Ella era la responsable de que hubiera estado en el momento adecuado en el lugar preciso, pero era mucho más que eso. Yo había conocido a Pilar en la facultad. Nos hicimos amigas, y ella fue quién me gestionó el alquiler de la que era mi casa y me ayudó a pagarlo. Aunque era una buena amiga, no lo hizo por amistad. O no solo por eso. Hacía tiempo que sospechaba que su hermana melliza, Ana, era maltratada por su novio. Intentó sin éxito que se lo contara, así que, después de convencerse de que sus sospechas eran algo más que conjeturas, me pidió que me instalara allí y permaneciera atenta. Antes, ella misma había denunciado a la policía que su hermana había sido agredida, tras verle unos terribles moratones que ella achacó a una caída. Aunque se negó siquiera a acudir a comisaría, nos dejaron un número de teléfono. El número al que yo llamé ante las señales de alarma. Apenas un par de días más tarde de aquel abrazo, acompañé a Pilar y a Ana al juzgado, después de que le dieran el alta en el hospital. Ya había declarado ante el policía que acudió al centro hospitalario, pero se encontraba tan mal que contó lo poco que quiso o pudo recordar, y quedó citada para hacerlo después ante el juzgado. Y esta vez sí que lo contó todo, mucho más de lo que ni siquiera su hermana había imaginado. No hizo falta que me dijeran nada. Sus caras lo decían todo. Y por fin la convencimos de que nunca estuvo sola. Y de que nunca volvería a estarlo. Nunca más volvería a sentirse invisible. Tal vez por eso, fue al final ella quien me convenció para meterme, junto a ella y su hermana, en algo que nos contó con enorme entusiasmo. Una aventura que empezó casi por casualidad y se convirtió en el eje de parte de nuestras vidas. Y de muchas más vidas de lo que hubiéramos supuesto.
Tras terminar su propio viacrucis con una condena para quien fue su novio, Ana se implicó con todas sus ganas con un grupo de mujeres que luchaban contra la violencia de género. Aunque la pena de prisión que él había de cumplir no era larga, la prohibición de aproximarse a ella sí que lo era y se sentía fuerte y segura para seguir adelante con su vida en el punto donde había quedado suspendida. Contó su historia, con nuestra pequeña aventura de detectives aficionadas, y de ahí salió la propuesta que me hizo. La asociación recibía a familiares, amigos o conocidos de mujeres de las que tenían sospecha de que estaban siendo maltratadas y, tras recabar la información, yo me instalaba en un piso lo más cercano posible y hacía un seguimiento, siempre pendiente de hacer la llamada antes de que ocurriera lo inevitable. Eso era lo más difícil, pero habíamos repetido la operación en dos ocasiones y había salido bien. Muy bien, incluso, porque aquellas mujeres ni siquiera necesitaron ingresar en el hospital. Nuestra pequeña aventura era un éxito. Como los panes y los peces, crecimos y nos multiplicamos. Yo acabé la carrera de Criminología que estaba estudiando cuando todo aquello empezó, y, con mi flamante título y el de Pilar, mi compañera de fatigas, comenzamos a colaborar de un modo más profesional con las asociaciones de mujeres en las que Ana estaba cada vez más involucrada. Juntas, acometimos lo que hasta entonces era la apuesta más arriesgada. Teníamos que ir a la otra punta de España, instalarnos allí y comenzar nuestra labor en un asunto delicado. Unos padres desesperados querían sacar de una relación tóxica y peligrosa a su hija de dieciocho años recién cumplidos. Decían que la niña se negaba a reconocer nada, pero veían los moratones de sus brazos y piernas, su reticencia a quedar con nadie más que con su novio, mayor que ella, su cambio de actitud y un montón de señales de alarma, pero ella se cerraba en banda. Que no pasaba nada. El día que cumplió la mayoría de edad se marchó de casa, y no volvieron a saber de ella, más allá de una llamada en la que les dijo que se iba voluntariamente a vivir con su novio a una ciudad cercana. Y, aunque acudieron a la Policía, sus meras sospechas no eran suficiente para hacer otra cosa que tratar de tranquilizarles. No sabíamos muy bien qué nos encontraríamos. Pero ya iríamos viendo, como siempre hacíamos. Había que reconocer que lo nuestro estaba compuesto, en esencia, de mucha ilusión, mucha voluntad y mucha improvisación también. Y hasta ese momento no podíamos quejarnos.
No tardamos en localizar a la chica. Alta, espigada y con ojos tristes, me recordaba mucho a Ana en su día, y hasta a Pilar, su melliza y mi compañera de fatigas. Salía lo justo, apenas saludaba y bajaba la cabeza en cuanto coincidía con alguien en el ascensor, en la calle, o en cualquier otro sitio. Pero habían pasado varios días y de él no había ni señal, y tampoco escuchamos gritos, golpes ni nada que nos confirmara aquello para lo que estábamos allí. Confieso que hubo un momento en el que llegué a dudar si no sería una exageración de unos padres sobreprotectores con una hija rebelde, y la cosa se nos había ido de las manos. Pasaba el tiempo sin ningún resultado y, aunque estábamos divinamente, no era para eso para lo que habíamos ido allí, ni para lo que estábamos gastando los fondos de las asociaciones que nos financiaban. Preocupada, me puse en contacto con Ana y ella decidió aprovechar un puente festivo para hacernos una visita. Vendría allí y, además de pasar unos días juntas, podríamos decidir sobre el terreno si seguir o, por vez primera, abandonar. Aunque la sola idea me llenaba de desasosiego. Pasaron los tres días que faltaban para la llegada de Ana sin pena ni gloria. La chica se dejaba ver poco, pero nada hacía pensar que pasara nada. Y nos dispusimos a recibir a Ana con una mezcla de expectación y alegría. Ana venía conduciendo. Tenía que llegar el viernes por la tarde, pero ya casi era de noche y no teníamos noticias de ella. No quería agobiar a su hermana, pero me empecé a preocupar. No contestaba al móvil, y aunque era normal si estaba al volante, un escalofrío inexplicable me recorrió la espina dorsal. Mi intuición no falló. De repente, oímos gritos y golpes procedentes del domicilio que supuestamente vigilábamos. Eran tan fuertes que por un momento dejamos aparcada la llegada de Ana, y, por una vez, cambiamos nuestro modo de proceder habitual. Mientras Pilar llamaba a los agentes, cuyo contacto estaba avisado por lo que pudiera pasar, yo me planté en el rellano sin encomendarme a Dios ni al diablo. Y, de pronto, todo se hizo negro. Creí que mi aventura acababa ahí para siempre. Y con esa sensación perdí el contacto con el mundo, que no recuperé hasta que abrí los ojos en una cama de hospital, sin saber qué había pasado ni cuánto tiempo había transcurrido. Por suerte, lo mío solo era una conmoción y mi tránsito por el mundo de los fantasmas apenas duró unas horas. Entonces supe que no fui la única que estaba ingresada en aquel hospital.
En una habitación próxima a la mía, Ana convalecía de una herida de arma blanca y mano negra. La pesadilla parecía haber vuelto a empezar. Descubrí que no éramos tan listas, ni tan buenas, ni tan fuertes como creíamos. Que el que un día fue mi vecino y el verdugo de Ana no se había resignado a perder su posesión y jamás dejó de seguirle la pista bien de cerca, incluso desde la prisión en la que estuvo un tiempo. Y, en cuanto consiguió la libertad provisional, no perdió un minuto. Se concertó con un cómplice, que se hizo pasar por un padre angustiado y montaron su pantomima. Contactó con la asociación, pidió ayuda para arrancar a la supuesta hija de las garras de un inventado maltratador, y logró que se pusiera en marcha nuestro rudimentario mecanismo, que no funcionaba con otra gasolina que las ganas y los buenos propósitos. Caímos como unas tontas, haciendo el seguimiento de una chica que había aceptado encantada un dinerillo extra por dejarse ver por las inmediaciones del piso que le alquilaron mientras nosotras pensábamos que le estábamos salvando la vida. Y al final, picamos el anzuelo y llamamos a Ana, que acudió presta en nuestra ayuda. Él la estaba esperando. La encerró en el mismo piso que teóricamente vigilábamos y se aseguró de que no gritara. Le juró amor eterno, le suplicó que volviera a su lado, le repitió por enésima vez que estaba dispuesto a cambiar. Y Ana, por enésima vez, cedió. Le dijo que ella también le amaba y que estaba dispuesta a darle otra oportunidad. Lo que él no sabía es que esa Ana nada tenía que ver con la que él conocía. Y, con una interpretación digna de un Óscar, se ganó su confianza y con ella el derecho a recuperar el teléfono móvil. Y, en cuanto pudo, apretó la tecla que daba acceso al número memorizado en el dispositivo, el que le había facilitado la policía desde que denunció al que fue su novio. Su arrojo casi le cuesta la vida. En cuanto él descubrió la superchería, le clavó un cuchillo que nadie sabe de dónde salió, delante de los agentes de Policía que iban a detenerle. Y Ana cayó al suelo sobre a un charco de sangre. Yo estaba allí, pero no pude ver nada. Había llegado hasta el rellano y aporreé la puerta más que llamar. Fue él mismo quien me abrió, y quien me dijo que me largara, que nada se me había perdido allí. Traté de escabullirme y entrar, y entonces fue cuando todo se hizo negro, un segundo después de que mi cabeza impactara contra el suelo.
Fue ya en el hospital cuando conocí la historia de labios de Pilar, que, como yo, estaba transitando entre la pena, el asombro y una sensación difusa entre el fracaso y el ridículo que no se atrevía a definir. Quedó en el aire la frase de Pilar, diciendo que ese era el fin de nuestra aventura, cuando una enfermera nos interrumpió y nos dijo que, si queríamos, podíamos pasar a ver a Ana. Me ayudó a incorporarme y la seguimos. Nunca olvidaré la expresión de su cara al decir: —¿Para cuándo la próxima misión? Ninguna mujer debe pasar por esto. Y, por una vez en mi vida, vi que las heridas del cuerpo tardarían más en cicatrizar que las del alma. Su abdomen suturado tardaría unos meses en recuperarse, pero su espíritu ya hacía mucho que había cambiado para siempre. Desde aquel día en que, tras nuestra aventura de aficionadas, la acompañamos a comisaría. Y hoy, pasado algún tiempo, seguimos en ello. La frase de Pilar que quedó en el aire acabó siendo barrida por un aire nuevo. No lo podíamos dejar. Y es Ana, precisamente, quien nos lo recuerda día a día. A veces, cuando tenemos tentaciones de abandonar, nos muestra la cicatriz de su abdomen. Una cicatriz casi invisible, pero que para nosotras es como un cartel luminoso.
Todo el mundo ha usado alguna vez el dicho de que “la realidad siempre supera la ficción”, una frase atribuida a Oscar Wilde y que no podía ser más cierta. De hecho, las películas basadas en hechos reales, en particular de violencia hacia las mujeres, como Acusados o El consentimiento siempre llaman lo atención, al igual que ocurre con series, como Creedme o la reciente y premiada Querer.
En nuestro teatro tenemos realidad que supera la ficción más que de sobra. De hecho, tenemos una grave sobredosis de realidad. Pero es lo que hay.
No obstante, a la gente en general no le llega la realidad de nuestros asuntos salvo cuando ocurren entre personas conocidas o los hechos son especialmente morbosos, sangrientos, crueles o todo ello a un tiempo. A cualquiera le vendrán crímenes horrendos cometidos contra mujeres a poco que rebusque un poco en su memoria.
Pues bien, hay veces que hay que remangarse las togas para contar estas cosas. Que hay que poner cara y figura humana a todas esas mujeres que, de otro modo, acaban convertidas en parte de una estadística o de una víctima más de esa Cifra de la vergüenza de la que tanto abominamos. Y eso es lo que hemos hecho con este libro.
“Hijas del miedo y otros relatos de violencia de género” nació en el seno del club de lectura de la Asociación Mujeres Juezas -club Almudena Grandes-, y eso define muy bien su naturaleza. Es, de una parte, un nada desdeñable producto literario -modestia aparte, que soy una de las autoras- y, de otra, la manifestación, negro sobre blanco, de historias tan reales como la vida misma. Historias en las que, además, siempre hay un procedimiento judicial. Porque hay que contar al mundo que estamos ahí al servicio de las víctimas y que, si denunciar no da todas las respuestas, no hacerlo no da ninguna.
En este libro se aborda la violencia de género desde todos sus prismas: violencia en la pareja, violencia vicaria, violencia institucional, agresiones sexuales, trata… Y lo hace con unas autoras muy especiales: todas somos jueza o fiscales que hablamos de todas esas cosas que aún no entran en los Juzgados de Violencia sobre la Mujer, pero que pronto lo harán, conforme la última reforma que, por fin, plasma lo establecido en el Convenio de Estambul.
Aunque me esté mal decirlo, el libro es una joyita. Parece mentira que alguna de las autoras nunca hubiera publicado nada, aunque hay de todo, como en botica, y algunas ya habíamos puesto en marcha lo de ser juntaletras.
Y, puesta a hacer un poco de umbralismo, estoy muy orgullosa de que se haya elegido mi relato, Hijas del miedo, para dar título al libro. Es un verdadero honor para mí.
Además, para hacerlo aún más atractivo, hay que decir que es un libro solidario. Lo recaudado con las ventas se dona a una asociación de víctimas de violencia de género. Así que, si había alguna duda sobre si comprarlo, este dato ha de hacer que todo el mundo se decida. Os dejo el enlace de la editorial para que lo tengáis más fácil Hijas del miedo – Asociación Mujeres Juezas de España | PlanetadeLibros
Así que hoy el aplauso lo voy a repartir. Y será por una parte para las autoras y para quienes compren el libro y, de otra, para sus protagonistas, las víctimas. Entre ellas, Ana Orantes, madre de quine prologa el libro. Por ellas.
Hay un dicho según el cual “no hay preguntas estúpidas sino respuestas estúpidas”, aunque a mi me gusta más la versión que atribuyen a Oscar Wilde: “no hay preguntas indiscretas; respuestas, a veces, sí”. Ese Oscar Wilde El retrato de Dorian Gray, El fantasma de Canterville o La importancia de llamarse Ernesto, que todo el mundo ha visto en una u otra versión. Y si decía eso de las preguntas, seguro que tenía razón.
En nuestro teatro las preguntas forman parte del trabajo que hacemos. Porque, más allá de las que cualquier hace y se hace en su vida diaria, en Toguilandia son un instrumento de trabajo. Porque sin unas buenas preguntas, no obtendremos las respuestas que dan lugar a una de las más importantes pruebas en nuestro proceso, la prueba testifical. Además de lo que se pueda sacar del interrogatorio del investigado o acusado, cuando no hace uso de su derecho al silencio.
En estos días se hablado mucho de la forma de nuestros interrogatorios, por desgracia. Y digo por desgracia porque lo que hemos visto estos días que ha sucedido en la declaración de denunciante y denunciado en un asunto de delito sexual que afecta a un político y a una actriz no le hace bien a nadie. Ni a ella, ni a él, ni al juez en cuestión ni, por supuesto, al grueso de la carrera judicial, de quienes se ofrece una imagen cuanto menos poco edificante. Y eso sin hablar del reproche que merece una filtración que podría ser, incluso, delictiva, o, al menos, acreedora de responsabilidad de otro tipo.
Pero, siguiendo el espíritu que anima nuestro escenario, no voy a ir al caso concreto, sino a lo que ocurre, a lo que no ocurre y a lo que debería ocurrir en este nuestro mundo de togas, sonrisas y lágrimas. Y, si además de buscar culpables buscamos soluciones, pues mejor que mejor.
No podemos negar que, si en alguna materia es especialmente difícil un interrogatorio a una víctima, es en materia de delitos contra la libertad sexual, En estos delitos el testimonio de la víctima es casi siempre la única prueba de cargo que puede desvirtuar la presunción de inocencia. Y lo primero que hay que advertir es que, por el contrario a lo que dicen algunos todólogos, no se trata sin más de la palabra de uno contra la de otra, por cuanto que los testigos tienen la obligación de decir verdad y declaran bajo juramento, y los investigados o acusados pueden declarar o no hacerlo y pueden mentir tanto como quieran, ya que no prestan juramento y tienen el derecho a no declarar contra sí mismos y el de no declararse culpable.
En cualquier caso, no podemos frivolizar como hacen algunos y decir que basta con que declare una víctima para condenar alguien. La jurisprudencia ha sentado desde hace mucho una serie de requisitos para que esta declaración testifical -recordemos que la víctima es testigo- sea por si sola suficiente para fundamentar una condena.
¿Y qué requisitos son esos? Pies, en resumen, la verosimilitud, la persistencia en la incriminación y en la ausencia de móviles espurios como resentimiento o venganza. Unos requisitos que, por cierto, venían exigiéndose respecto de otros delitos, como los robos, sin que nadie se llevara las manos a la cabeza si dijeran que las mujeres somos unas mentirosas o que les discriminan por ser hombres.
Precisamente por eso hay que hacer más de una vez preguntas que a buen seguro resultan incómodas -cuando no desagradables- para las víctimas. Hay que saber, y demostrar además, que la víctima se opuso a la relación, y cómo se venció su resistencia. Y eso no implica que se dude de ella sino, como yo les explico siempre que puedo, que lo que buscamos es la manera de no dejar ningún resquicio a la duda.
En la misma línea hay una pregunta que suele molestar a las víctimas hasta que alguien les explica la razón de la misma. Se trata de preguntar por qué no denunció los hechos inmediatamente, si es que media un tiempo entre los hechos y la denuncia. En ese caso hay que explicar que no dudamos de su testimonio, sino que queremos conocer las razones, seguro que justificadas, por las que no denunció antes. Yo lo digo así y suele ir bien.
Sin embargo, lo que no se puede en modo alguno es preguntar de modo desabrido en la forma ni incorrecto en el fondo. Porque la Ley de enjuiciamiento Criminal dice desde hace mucho que las preguntas no pueden ser capciosas ni sugestivas, y la reciente ley de solo sí es sí especifica que no se puede preguntar a la víctima sobre cosas que afecten a su intimidad o no estén relacionadas con los hechos.
Así, lo que no puede admitirse en ningún caso son preguntas que ya pasaron a la historia por su desacierto, por decirlo de algún modo, como la de si cerró bien las piernas, si iba vestido de modo provocador o si llevaba una minifalda o unos vaqueros ajustados. Tampoco se le puede insistir ni mucho menos interrumpir, sobre si es seguro que manifestó su negativa a tener relaciones. Y, por supuesto, no cabe hacer ninguna pregunta relativa a su vida o su intimidad más allá de los hechos que se juzgan.
En cuanto a la forma, lo adecuado es dejar a la víctima narrar los hechos, y no interrumpirla ni increparla en su relato. Seguro que si repasamos lo que hemos vito estos días, echamos en falta muchos de estos requisitos. ¿O no?
Por todo eso, hoy el aplauso he de dedicarlo a todas y todos los profesionales que hacen sus interrogatorios como corresponde. Porque su labor no puede quedar enturbiada por lo que hacen otros. Y porque las víctimas merecen que las traten con respeto y empatía.
Nuestra lengua es muy rica, sin duda alguna. En el cine no siempre podemos darnos cuenta, ya que en nuestro país vemos mucho cine anglosajón y tenemos la costumbre -no extendida por otros lados- de doblar las películas. Pero hay que cuidar nuestra lengua, no vayamos a acabar hablando Spanglish y necesitemos al profesor de Pigmalión o de My fair lady. No olvidemos que la lluvia en Sevilla es una pura maravilla.
En nuestro teatro la conjugación de los verbos ha dado para mucho. No hace tanto tiempo el uso de los gerundios estaba tan generalizado en el foro que convertía las resoluciones en una amalgama lingüística difícil de comprender. Y es que la antigua estructura de las sentencias divididas entre “Resultandos” y “Considerandos” no lo ponía fácil. Por suerte, la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1985 acabó con esa forma, al hablar de “Hechos” y “Fundamentos de Derecho” y de párrafos separados y numerados en lugar de esas frases interminables que había que leer varias veces para comprenderlas.
No obstante, no podemos echar las campanas al vuelo. El exceso de gerundios no ha desaparecido y todavía encontramos informes y sentencias que lo usan indiscriminadamente, dificultando -y aquí uso el gerundio intencionadamente- la comprensión. A veces, sería mejor sustituir esta forma por una sencilla frase con su sujeto y su predicado.
Pero no es la única costumbre de mal uso de los tiempos verbales que nos invade. Como comentaba una buena amiga en una publicación, es una lástima que descuidemos el uso del idioma, y utilicemos mal los tiempos verbales. Algo que no es exclusivo de Toguilandia, sino que vemos cada día en informativos y publicaciones varias. Mi amiga ponía como acertado ejemplo el uso de un pretérito pluscuamperfecto con otro, rompiendo el equilibrio gramatical de las frases. Así, utilizo la muestra que ella misma exponía. No hay que decir “si hubiera pensado esto antes hubiese tomado otra decisión” sino “si hubiera pensado esto antes habría tomado otra decisión” Tampoco es tan difícil.
Tirando de ese mismo hilo, otra persona comentaba acerca de otra costumbre errónea cada vez más extendida: la de utilizar el infinitivo en lugar del imperativo. Es decir, frases como “salir de aquí” o “abrir la puerta”, cuando se debería decir “salid de aquí” o “abrid la puerta”. Y es que el uso del infinitivo está bien par las películas de Tarzán, pero no para nuestros escritos ni para nuestro lenguaje oral.
Y es que el infinitivo da mucho de sí. Debe de ser por eso que cada día se extiende más la manía de empezar las frases con un infinitivo, cuando lo que en realidad se debería usar es una forma impersonal. Me refiero a esos informes o discursos que empiezan cada párrafo con un “Decir que…” “Considerar que…” y expresiones semejantes para introducir a continuación una frase subordinada, convirtiendo al infinitivo en el núcleo de un predicado imposible. Lo adecuado en estos casos es incluir el tiempo impersonal que antecede al infinitivo, diciendo “hay que decir que…” o “hay que considerar que…”. No hay que tener cicatería en el lenguaje, salvo que, una vez más, queramos imitar a Tarzán o aun extranjero que aún no ha aprendido nuestros tiempos verbales.
Otro de los vicios lingüísticos frecuente es el empleo del condicional sin condición. Expresiones como “yo diría que esto es así” o “Yo le contestaría esto o aquello” no tienen sentido si no van acompañadas de una condición, como su propio nombre indica. En la prensa de tribunales se ve mucho en frases del tipo “les condenarían a tantos años de prisión”. Pero, como me dijo una vez una profesora de lengua, si lo dirías, dilo de una vez y déjate de historias.
Y si hay un modo verbal que usamos en Toguilandia venga o no venga a cuento, es el plural mayestático. Hablamos de nosotros y nosotras en plural como si fuéramos varias personas, confundiendo al justiciable. Y, aunque no es incorrecto, también queda impostado lo de referirse a una misma en tercera persona, como hacen algunos entrenadores de fútbol. Lo de “esta letrada solicita que…” “ese Ministerio Fiscal interesa que” o “este tribunal decide” es el pan nuestro de cada día. Mi preparador solía preguntarnos, si lo hacíamos al cantar los temas y decíamos algo así como «entendemos que…»: ¿lo entiendes tú y quién más? Pues eso.
A propósito del uso de los verbos, siempre recuerdo una anécdota que todavía me hace reír. Como quiera que algunos profesionales todavía utilizan la vieja fórmula para interrogar que empieza las frases por “diga ser cierto”, hubo un médico forense que, con un imbatible sentido del humor dijo, simplemente “ser cierto”. Que no era ni más ni menos que lo que le habían pedido, en sentido literal
Por último, me referiré al uso de algo que, en realidad, en un pleonasmo, que consiste en utilizar vocablos innecesarios. Se trata de la expresión “valorar positivamente” cuando con hablar de “valorar” bastaría, pues se trata de otorgar valor. Y esto, por cierto, es positivo, por lo que “valorar negativamente” es una contradicción, o, para decirlo con mayor pedantería, un oxímoron. Las cosas se valoran sin necesidad de añadir que se haga positivamente, del mismo modo que no hace falta añadir “arriba” al verbo “subir” o “abajo” a verbo bajar.
Y hasta aquí el estreno de hoy. Espero no haber resultado demasiado pedante. Si esa sí, recibiré los abucheos que me toquen. De lo contrario, aceptaré encantada el aplauso.
No pretendo emular a Fray Luis de León, pero no me queda otra que acudir al famoso “Decíamos ayer…” para continuar hablando de nuestros misterios. Y no del Misterio de Fátima ni de ningún otro Misterio a los que se dedica el cine. Porque hay algunos misterios más allá de las películas de intriga, y a veces dan más Vértigo que el mismísimo Hitchcock
En nuestro teatro, como ya vimos en el anterior estreno, uno de esos misterios insondables es el de la estructura del Ministerio Fiscal, tan alambicada que no siquiera muchos de sus miembros conocemos todas las claves.
En la función anterior desentrañábamos, en la medida de lo posible, la estructura de los órganos centrales del Ministerio Fiscal, excepción hecha del Consejo Fiscal , que ya tuvo su propio estreno. Y ahora es el momento de seguir con la estructura descentralizada. O más o menos descentralizada, que hay matices para dar y tomar.
Empezando de mayor a menor, encontramos las fiscalías superiores. Cuando yo entré en la carrera no se llamaban así, sino fiscalías del tribunal superior de justica respectivo, y además tenían la peculiaridad de que aquellas fiscalías que se encontraban en la sede el Tribunal Superior de Justica de que se tratara no tenían fiscalías provinciales o, como se decía entonces, fiscalías de la Audiencia Provincial. Para explicarlo mejor con un ejemplo, en la Comunidad Valencia existía la fiscalía del Tribunal Superior de Justicia situada en Valencia que englobaba a los fiscales que servían en materias tanto competencia del Tribunal Superior de Justicia como de la Audiencia Provincia, y las Fiscalía Provinciales de Alicante y Castellón, sin que existía Fiscalía Provincial de Valencia propiamente dicha. Esto se reformó con la creación de las Fiscalías Provinciales y las Fiscalías Superiores, desdoblándose las fiscalías en dos en las ciudades sedes del Tribunal Superior de Justicia. Pero ni siquiera esto es siempre así. En algunas Comunidades Autónomas uniprovinciales sigue existiendo una sola fiscalía.
Tanto las fiscalías provinciales como las superiores tienen sus respectivos fiscales jefes -o jefas, que, por suerte, cada día son más, techo de cristal aparte- y sus tenientes fiscales -la carrera aun no se ha desprendido del todo de una nomenclatura ciertamente militar-, que son el segundo de a bordo y quien, por tanto, ha de sustituir en las labores de jefatura cuando el titular esté ausente por cualquier motivo. Y, por debajo de ellos, estamos todos los demás miembros de la carrera fiscal, bien seamos Fiscales de segunda categoría o Abogados fiscales -también llamados fiscales de tercera categoría-, en paralelismo a las categorías de jueces/as y magistrados/as de la carrera judicial, algo que también vimos cuando hablamos de las categorías .
Pero si esto acabara aquí, sería muy sencillo, y de eso nada. Entre la tropa o lo que algunos llaman fiscales de trinchera hay fiscales decanos, fiscales delegados y fiscales coordinadores y entre estos, para acabarlo de arreglar, fiscales que coordinan efectivamente y quienes solo ostentan esa categoría retributiva, establecida, una vez, para equipararnos en categorías y sueldos con la carrera fiscal. Pero eso no es siempre posible, porque, como dijo un político en una recordada frase, un plato es un plato y un vaso es un vaso.
Aunque esa no es la única razón. Resulta que en la carrera fiscal existen, a diferencia de la judicial -o de lo que hasta ahora existía, que con la nueva Ley de eficiencia procesal todo se trastocará-, las especialidades, que no siempre corresponden con órganos de enjuiciamiento. Sí que lo hacen en materias como Violencia sobre la mujer, Menores y Civil, además de Contencioso administrativo y laboral, y al frente de cada una de estas materias hay un delegado o delegada o coordinador, que, además, puede ostentar o no categoría de decano. Estos fiscales dependen jerárquicamente de su respectivo fiscal jefe o jefa, pero tienen una vinculación por razón de la materia con el fiscal de sala de la anterior, que imparte instrucciones sobre los criterios a seguir en su respectivo ámbito.
Además, hay otras especialidades que no responden a un órgano concreto de enjuiciamiento, como son los Delitos de odio, los de Medio Ambiente, Seguridad Vial, Siniestralidad Laboral, Extranjería, Memoria democrática, delitos informáticos o delitos económicos, e incluso víctimas de delito, pero sí tienen un fiscal de sala temático. En estos casos, también hay a la cabeza un fiscal delegado o delegada que, además, puede ser provincial o autonómico, según se considere oportuno. También aquí se depende jerárquicamente del jefe o jefa pero existe la vinculación con el fiscal de sala respectivo
Por si fuera poco, hay otras materias que pueden tener su sección propia, incluso estar encabezadas por un delegado, decano o coordinador -o sus equivalentes femeninos-, pero carecen de fiscal de sala temático. Buenos ejemplos de ello serían las ejecutorias o las secciones de jurado o mediación, aunque podrían crearse otras según las necesidades de cada fiscalía.
Y, para acabarlo de arreglar, hay fiscalías especializadas con un régimen peculiar, como son la fiscalía anticorrupción, que tiene su sede en Madrid y uno o varios delegados en cada provincia que dependen del Fiscal Jefe Anticorrupción, o la de drogas, que también tiene un delegado que depende directamente de la fiscalía antidroga en Madrid pero que puede tener, a su vez, varios fiscales que despachan la materia baja su supervisión en la fiscalía provincial respectiva. Un verdadero lío, vaya.
Y a todo esto hay que añadir las sedes descentralizadas de cada fiscalía provincial, lo que antes se llamaba, con esa terminología militar a que hacía referencia, destacamentos. Ahora ya no se llaman así, y lo hay de dos clases, las Fiscalías de área, que tiene su propia jefatura, y las secciones territoriales, que están encabezadas por un coordinador o coordinadora, que depende jerárquicamente del fiscal jefe provincial. Además, en cada una de estas fiscalías, que pueden tener una o varias sedes, hay fiscales de enlace de cada materia objeto de especialización.
Y hasta aquí, más o menos, esta aproximación a nuestra compleja estructura. De nuevo pido el aplauso para quien lo haya entendido y, lo que a esta fiscalita toguitaconada corresponda si lo ha sabido explicar. Eso sí, gracias por el esfuerzo en tratar de entenderlo.
Hay cosas difíciles de entender, y cosas realmente imposibles. Supongo que dependerá de cada uno, pero a mi hay cosas que me cuestan la vida de comprender, como el funcionamiento de la Bolsa, por más que una se trague películas como El lobo de Wall Street, o los entresijos del juego del ajedrez, aunque haya quien lo vea tan sencillo como un juego de niños, como ocurre en Menudas piezas. Cada cual tiene lo suyo.
En nuestro teatro creo que una de las cosas que más cuesta de comprender es, sin duda alguna, la estructura de la carrera fiscal. A mí me costó Dios y ayuda entenderla del todo, y hasta ahora a veces tengo alguna duda. Para los opositores es como el Misterio de Fátima y quienes no son habituales de Toguilandia, ni se lo plantean. Se marearían.
La carrera fiscal tiene un paralelismo evidente con la carrera judicial, esencialmente en cuanto a categorías profesionales y sueldos, como ya vimos en un estreno. Pero en nuestras funciones las cosas nunca son como parecen. Y por eso voy a tratar de explicarlo una vez más. Espero que se me dé bien.
Y como en todas las cosas, conviene empezar desde el principio, esto es la cúpula de la carrera fiscal. Y esta cúpula no es otra que el Fiscal General del Estado. Pero tal vez la primera sorpresa, al menos para quienes no frecuentan nuestro mundo, es que no necesariamente ha de ser fiscal. De hecho, aunque los últimos lo han sido, no siempre ha sido así, y no hay más que echar un ojo a la lista de sus antecesores para darnos cuenta de que había varios magistrados -nunca magistradas, al menos de momento-. Y también podrían ser otros juristas de reconocido prestigio que reúnan las condiciones legales. Así pues, aunque sea la cúpula de nuestra carrera, no es el número 1 del escalafón, que lo ocupa el primero en la carrera. Por eso cuando vuelve al sitio del que llegó, sea o no la carrera fiscal, vuelve al puesto escalafonal de la carrera a la que pertenezca, en su caso.
Dentro ya de la carrera, el puesto más importante lo ocupa el o la Teniente fiscal del la Fiscalía del Tribunal Supremo. Para ostentar este cargo es necesario tener la categoría de fiscal de sala, la máxima en nuestra carrera, equivalente a la categoría profesional de Magistrado del Tribunal Supremo.
Pero en la Fiscalía los Fiscales de Sala del Tribunal Supremo, a diferencia de la carrera judicial, no necesariamente ejercen su cargo en el Tribunal Supremo. De hecho, hay varios de ellos, como los fiscales jefes de la Inspección Fiscal, de la Secretaría Técnica o de determinados órganos como la Audiencia Nacional, tienen esta categoría y no ejercen el en Tribunal Supremo. Y, para acabarlo de liar, hay fiscales del tribunal Supremo que no tienen categoría de fiscal de sala, sino que pertenecen a la segunda categoría, la más abundante en la carrera fiscal y que en la judicial equivale a la de magistrada o magistrado.
Aunque todavía hay más lío. Porque entre los fiscales de sala están los que ejercen sus funciones como fiscales del Tribunal Supremo, y los que tienen su propia “cartera”, es decir, que se ocupan de una materia concreta. Hay fiscales de Sala temáticos conde dedicación exclusiva de Medio Ambiente, Menores, Siniestralidad Laboral, Seguridad Vial, Violencia sobre la Mujer, Delitos de odio, Delitos económicos, Memoria Democrática, Extranjería, Civil y de personas con discapacidad o Contencioso administrativo. Hay otras materias, como la de Víctimas del delito, que se compatibiliza con la de la sección penal general. Y, para complicarlo más, hay otro tipo que tienen un estatus especial, el fiscal antidroga y anticorrupción, con fiscalías delegadas en toda España, aunque, a diferencia de las otras materias, pueden intervenir directamente, ellos o la fiscalía que dirigen, en cualquier territorio. ¿Complicado? Pues esto no ha hecho más que empezar.
Cada fiscal de sala temático y exclusivo tiene, a su vez, uno o varios fiscales adjuntos, que ni son fiscales de sala ni fiscales del Tribunal Supremo, sino que se consideran fiscales de órganos centrales. La misma consideración que tienes quienes pertenecen a la Inspección Fiscal, la Secretaría Técnica o la Unidad de apoyo, que, como se ha dicho antes, tienen sus jefes respectivos de la máxima categoría. Ahí queda eso.
Y, aunque pensaba explicarlo todo en un solo estreno, he cambiado de idea y, para no hacerlo muy largo, me dejo la estructura descentralizada para el siguiente, si quine me lea tiene fuerzas para seguir. Si es así y lo ha entendido, el aplauso lo compartiremos. De lo contrario, para mí los tomates.
Y, como decían en las series de mi infancia, continuará….
Acaban las Navidades, con todas sus películas temáticas sobre Santa Claus y el espíritu navideño, y empieza el mes de enero. Y, aunque parece comenzar bien, con la Adoración de los Magos que dio lugar a películas como Los Reyes Magos, lo peor está por llegar. O al menos, Lo peor hasta el momento, usando otro título de película.
En nuestro teatro subimos la cuesta de enero como cualquiera. Pero algo me dice que este año va a ser especialmente dura. Y no precisamente porque Papá Noel vaya a ponerle una demanda a los Reyes Magos por competencia desleal, que aún no ha entrado -aunque cualquier día fijo que cae-, ni porque estos vayan a plantear reconvención por intrusismo, porque llegaron mucho antes. Las razones son otras. Y el BOE tiene la culpa. O la clave, al menos.
No sé si han sido los Reyes Magos por adelantado o papá Noel un poco fuera de tiempo, pero en Toguilandia hemos recibido un regalo envenenado. El BOE publicaba su ley de eficiencia procesal que, aunque muy bien intencionada -no hay más que leer el nombre- cambia tantas cosas que da verdadero vértigo. Y ganas entran de decir, como en el chiste “Virgencita que me quede como estoy”. Esperemos que de verdad cumpla su objetivo, aunque sin una dotación presupuestaria importante mucho me temo que será otro dicho popular el que apliquemos: “mucho te quiero perico, pero pan, poquico”
Pero no quiero ser agorera, que ya tendremos todo un año, y más, para ver como va la cosa. Por mi parte, confieso que no he leído más que en diagonal, y aún ni eso. Porque a mí, como a mucha gente, los polvorones me confunden y los villancicos se me introducen en la meninge de modo que no puedo colocar en el cerebro otra cosa hasta que no desaloje a la zambomba y la pandereta. Pero estoy en ello.
No obstante, y sin perjuicio de estudiarme la ley a fondo, que juro que lo haré, voy a dedicarme a dos cosas que me llaman mucho la atención.
Una es la cosa de los tribunales de instancia. Y llamadme escéptica, pero llevamos tantos años mareando la perdiz con cambios de nombre y proyectos de reforma que no sé si nos vamos a encontrar, de nuevo, con la aplicación de otro dicho popular: el de los mismos perros con distintos collares. Esperemos que no, pero confieso que me será difícil olvidarme del nombre de Audiencias Provinciales que he escuchado toda mi vida profesional. Claro que lo mismo pensarían quienes vivieron los antiguos juzgados distritos y la Audiencias Territoriales y sobrevivieron. Vaya si sobrevivieron.
Otro tema que me preocupa, por lo de arrimar el ascua a mi sardina, es la prevista asunción de los delitos leves a los juzgados de paz. Si es así, y no hay fiscales de paz, ¿qué fiscal deberá ir, si es que va alguno? Ahí lo dejo, aunque la solución debiera ser asumir los delitos leves en que no interviene el Ministerio Fiscal, digo yo. Ahí lo dejo.
Y tal vez la cuestión que más me inquieta es la atribución a los Juzgados de Violencia sobre la Mujer de los delitos sexuales. Que, por un lado, parece que ya era hora, porque lo preveía el Convenio de Estambul y el Pacto de Estado de 2017, y también la ley del solo sí es sí, que dio el plazo de un año que ya está más que caducado. Al fin y el cabo, se trata de violencias machistas, y si comparten naturaleza -aunque no siempre problemática con la violencia de género dentro de la pareja o expareja, parece razonable que así se haga.
Lo que no parece razonable, en cambio, es hacerlo sin una previsión y dotación presupuestaria importante. Afirma por experiencia de muchos años que si a los actuales Juzgados de Violencia sobre la mujer exclusivos se les suma la violencia sexual el resultado será atasco seguro. Y si hablamos de los juzgados de violencia sobre la mujer no exclusivos, los llamados mixtos compatibles, el atasco será de proporciones cósmicas. La que avisa no es traidora. Así que ya pueden andar poniéndose las pilas si no nos quieren abocar al desastre.
Para acabarlo de arreglar, en algunos sitios, como en mi Comunidad Autónoma, esto se junta con la implantación del enésimo proyecto de digitalización, pero esta vez parece que va en serio. Que dios nos pille confesadas, teniendo en cuenta, además, que esta Comunidad ha sufrido un terrible desastre natural cuyas consecuencias seguiremos sufriendo mucho tiempo. Y el ámbito judicial no es una excepción.
Y no sigo por no darme, directamente, a beberme el cava y los licores que todavía quedan de golpe. Eso sí, tampoco daré el aplauso. Ya lo haré, en su caso, cuando todo esto entre en vigor y vea que sea posible.