
No siempre es fácil hacer crítica de una misma o de su trabajo, o aceptar las que hacen los demás. Pero a veces hay que hacerlo. Igual que hay que ponderar muy seriamente la justicia o injusticia de las críticas, y como afectan a nuestras emociones. Como si fuéramos los protagonistas de Del revés y pudiéramos vernos por dentro.
En nuestro teatro, estamos acostumbradas a críticas continuas. Justas, en algunos casos, e injustas, en otros muchos. E injustas sobre todo las generalizaciones que toman la parte por el todo o hacen de la excepción regla afirman tan ricamente que todos los profesionales de justicia somos incompetentes, corruptos o, directamente, criminales. A eso hay que sumar los casos en que nos culpan de cosas que no podemos hacer como cambiar las leyes o poner más medios para proteger a las víctimas.
Lo que cuento lo sostengo porque ocurre en general, pero hace nada sufrí una situación tan desagradable que lo tengo que contar. Y lo he de hacer por varias razones: la primera, por hacer terapia, que esto de mi escenario y el público que lo lee siempre conforta, la segunda, porque creo que hay que contar las cosas como son, si hay ataques injustos e improcedentes, decir lo que toque; pero, sobre todo, porque el mensaje que se extrae de lo ocurrió creo que es tan demoledor para las mujeres víctimas de violencia de género que no me puedo quedar callada.
Sucedía en una emisora de radio. Acudía yo al estudio después de que me lo pidieran para reflexionar sobre los últimos casos de violencia de género, como siempre hago cuando me es posible porque creo firmemente en la trasparencia y la visibilidad de la justicia, como pude atestiguar cualquiera que me conozca a mí, a mi trabajo, o a ambos. Dicho sea, por cierto, sin ánimo de autobombo, aunque pueda parecerlo en cierto modo.
Tras hacerme las preguntas oportunas sobre los que ha fallado en el sistema en los dos últimos casos de violencia de género, en que había existido denuncia y orden de protección, traté de responder a todo, incidiendo en dos ideas fundamentales. De un lado, había que reconocer que se trata de un fracaso estrepitoso del sistema y que hay que plantear muchas cosas para que no vuelva a ocurrir. De otro, que como explico siempre que me dejan, que la respuesta no está siempre en el Derecho Penal, porque lo esencial es actuar antes para evitar que el machismo estructural siga echando raíces, y porque en los juzgados de violencia lo que se puede hacer es otorgar medidas cautelares sobre un delito ya cometido -para evitar, entre otras cosas, que se cometan delitos más graves, como cumplir unas amenazas- pero no podemos prevenir con carácter general ni actuar cuando la pena está cumplida. También hablé de la violencia económica , un factor importante en muchos casos al que ya he dedicado varios estrenos.
Pues bien, en vivo y en directo entró en el programa la voz de la presidenta de una asociación de víctimas que me dirigió toda clase de improperios. Pese a no conocerme de nada -hecho que quedó demostrado cuando dijo que yo era la fiscal jefa de violencia de género- me acusó poco menos que de asesina, no solo a m sino a todos mis compañeros y compañeras de la carrera judicial y fiscal. Insistía en que estamos en contra de las mujeres, que no nos ponemos en su piel, que no nos relacionamos con las asociaciones de víctimas ni escuchamos a las mujeres. Nos culpó de todo lo que sucede, repitiendo una y otra vez que las mujeres con profesionales como los que hay están desprotegidas y por eso las matan. Por supuesto su invención estaba salpicada de vez en cuando con ese ·con todo el respeto para usted Sra. Gisbert “que era un acusatio non petita en toda regla. Porque en sus palabras y en sus gestos había de todo menos respeto.
Con la máxima educación que pude y tras respirar hondo varias veces -estaba violentada y dolida- traté de explicarle a la mujer que jueces y fiscales no somos quienes dictamos las leyes ni quienes dotamos de medios -de los que también carecemos- pero como si oyera llover. Con todo el respeto que increpaba, me seguía gritando. No escuchó tampoco que es imposible saber la cifra de mujeres que gracias a denunciar y a las medidas que se adoptaron, no han visto su nombre incrementar la cifra de la Vergüenza porque para ella solo existían las mujeres que acuden a la asociación que capitanea.
Como no soy la madre Teresa de Calcuta ni aspiro a serlo, no voy a negar que no me sentí herida personalmente. Porque después de 34 años de trabajo, la mayoría de ellos en este ámbito, después de recorrerme el mundo dando charlas y cursos sobre el tema, después de escribir varios libros al respecto y de estar en permanente contacto con asociaciones de mujeres hasta el punto de haber recibido varios premios de ellas, me duele ser sometida a un escrutinio público tan injusto.
Pero, como también sigo siendo una profesional, me preocupan dos cosas. La primera, como ya he adelantado, que, ante este mensaje de una asociación de víctimas, la reacción de las mujeres sea la de no denunciar, y suponga muchos pasos atrás en todo el trabajo que se lleva haciendo desde que se consiguió una ley integral que sigue salvando muchas vidas.
La otra cuestión sería la que se conoce como errar el tiro. Estando como está el mundo lleno de negacionistas, incluso en las instituciones, algo que conozco bien porque he sido víctima de ellos, atacar a quien defiende a las mujeres y no a quien las ataca es, cuanto menos, un error de bulto. Pelear entre nosotras mientras el patriarcado y la misoginia se frotan las manos.
Así que hoy no hay aplauso, para que nadie piense que quiero reconocimiento extra. Pero mi corazoncito toguitaconado necesitaba desahogarse y, por qué no decirlo, reivindicarse, que tampoco está mal.