
90 segundos
Lo tenía todo preparado. O, al menos, todo lo preparado que lo podía tener.
Ya había discutido con él por las dichosas gafas para ver el eclipse
-A ver esa mierda de gafas que has comprado. Seguro que te han tomado el pelo, y lo no son las homologadas -le dijo, ates de darle un empujón para arrebatársela- Verás como me quede ciego por tu culpa.
No fue la única discusión por causa del eclipse. La decisión del lugar desde el cual iban a ver el evento le costó un cardenal en la pierna, y eso solo fue durante los dos días anteriores. Con todo, había tenido suerte Esta vez sus huesos salieron incólumes y se libró de que él le pusiera por enésima vez el ojo a la funerala. Menos mal, porque era difícil sustituir las enormes gafas de sol con las que solía taparse la cara por aquel estrecho rectángulo de cartón con dos ventanitas oscuras que era imprescindible para ver el eclipse.
Le convenció para que fueran a verlo utilizando la psicología inversa. Bastaba con decirle que a ella no le apetecía nada lo de mirar al cielo para que él lo considerara imprescindible. Solo quedaba apelar a su amor propio
-No sé para qué dicen que no estemos los 90 minutos seguidos mirando al sol -dejó caer ella- Seguro que nadie es capaz de aguantar tanto tiempo
-¿Cómo que no? Yo puedo con eso y con mucho más. Y cuando quieras te lo demuestro, pedazo de cretina.
Esta vez le costó trabajo disimular una sonrisa. La semilla estaba echada y solo faltaba que diera su fruto.
Aguantó estoicamente, como aguantaba siempre, sus improperios. Siempre dolían, pero esta vez era distinto. Solo eran el peaje para su libertad.
Llegaron dos horas antes del comienzo oficial del eclipse. Aun no sabía cómo, había conseguido convencerle para ir a una carretera semi abandonada, un lugar que nadie más elegiría. Solo tuvo que decirle que ella por nada del mundo quería contemplar el eclipse en un lugar donde no hubiera nadie más para que él escogiera aquella carretera por la que no transitaba ni un alma.
Solo había que tener paciencia. O un poco más de esa paciencia que llevaba acumulando años.
-Esperaremos a que falten unos minutos. Es mucho rato mirando al sol. ¿No crees?
Bastaron esas palabras de ella para que él se pusiera sus gafas especiales y se colocara mirando al sol y dándole la espalda. Todavía faltaba media hora para el momento culminante del eclipse
-Verás como aguanto todo el tiempo sin dejar de mirar -le dijo desafiante- No me molestes en todo el rato con tus tonterías.
Sin hacer ruido, ella fue hasta el coche que habían aparcado justo al lado. Cuando él oyó el ruido del motor, la cosa no tenía remedio. Ella le había dejado plantado en mitad de la carretera. Aquellos 90 minutos pusieron su vida del revés.
Y ni siquiera había podido ver el dichoso eclipse.