
Lo cortés no quita lo valiente, dice el refranero. Pero cuando hablamos de “cortesía”, parece que evocamos la educación exquisita, y hasta los tiempos de cortes y cortesanas como las de Las amistades peligrosas o muchas otras películas de las llamadas de época. Aunque hay quien aborda la cortesía la educación desde otro punto de vista, como La buena educación de Almodóvar. Sea como sea, la cosa tiene muchos matices.
En nuestro teatro la buena educación en general y la cortesía se presupone. Al menos entre quienes trabajamos en Toguilandia. Aunque en realidad nada puede darse por supuesto y alguna nos encontramos con episodios desagradables. Menos mal que son la excepción y no la regla.
No obstante, hoy pensaba abordar el tema, no tanto de la educación en general, sino el de la cortesía, y el de la cortesía procesal en concreto. Así que vamos a ello.
En primer término, tendríamos que repasar los códigos de vestimenta. Ya hablamos de ello en su día , aunque no está de más volver al tema. La verdad es que yo he detectado un cambio y una relajación en lo que atañe al vestuario y cuando antes el traje de chaqueta era la regla general, cada día se ven menos por los pasillos de Toguilandia, excepción hecha de cuando se hacen juicios en sala, en que aún persiste esta norma no escrita.
En cualquier caso, y sobre todo para quienes no frecuentan nuestro teatro, hay que recordar que, a pesar de lo que sale en algunas películas, aquí solo llevamos toga para las vistas y actos institucionales. Esto es, para juicios y determinados actos como la apertura del año judicial. En el juzgado de guardia y en las declaraciones, no hay toga que valga.
Íntimamente relacionado con ello hay que recordar también, lo dicho respecto a pedir la venia antes de tomar la palabra, una costumbre del foro que se mantiene y no significa otra cosa que una regla de cortesía procesal, que hay quien cambia por una inclinación de cabeza o un “con permiso” que no acaba de cuajar. En cualquier caso, hay que insistir en otra cosa respecto a la que alguna película induce a confusión: no se puede negar la venia para intervenir en juicio a ninguno de los profesionales debidamente personados, ni siquiera está previsto un trámite para decidirlo. Por si alguien no lo sabía.
Luego está el tema de las sillas. Teóricamente, el Ministerio Fiscal se sentaba a la izquierda del tribunal o magistrado o magistrada, salvo que tuviera mayor categoría profesional, en cuyo caso iba a la derecha. Hoy todas estas reglas se han perdido prácticamente y en cada sala se hace de un modo. Eso de “cada maestrico tiene su librico”. Asimismo, el Ministerio Fiscal debería tener una silla exactamente igual que la del Juez o Magistrado, porque igual es la categoría profesional, los honores y tratamientos, según la ley, pero en la práctica siempre es más pequeña. Y en algunos lugares, vale cualquiera. Y la verdad es que no vamos a protestar por algo tan nimio, salvo que fuera muy flagrante. O que la silla tuviera los muelles salidos, como me pasó más de una vez en una sala que se caía a pedazos.
Lo que mucha gente desconoce, incluso entre quienes transitamos por Toguilandia, es lo relativo a los tratamientos. Todo el mundo tiene claro que los jueces y juezas, magistrados y magistradas son “Señoría”. Y no “mi señoría” como le decía una acusada muy salada al juez que la tenía que juzgar por ser amiga de lo ajeno. Pero lo que mucha gente desconoce es que el Ministerio Fiscal es igual de señoría, aunque casi nadie, excepción hecha de los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad, se refieren a nosotros en esos términos. Y, como me decía mi padre, todos en estrados somos señorías, incluidos abogados y abogadas y, por descontado los LAJ. Solo que, en el caso de Fiscalía y Judicatura, cuando llevamos puñetas ya somos señorías ilustrísimas y si se trata de LAJ con puñetas también es señoría, pero “ilustre”.
A este respecto tampoco está de más recordar que las puñetas son el signo que determina que hemos ascendido a la segunda categoría, un ascenso que en nuestro caso se produce por mera antigüedad. Aunque también a las puñetas dedicamos en su día un exitoso estreno.
Aunque, cuando de cortesía y educación en estrados se trata, hay un tema más espinoso. ¿Cómo nos tratamos entre nosotros? ¿Y cómo tratamos al “contrario”, si es que lo es? En mi opinión, no hay que perder las formas, y, cuando estamos celebrando, el trato ha de ser de usted, tanto entre los profesionales como con acusado y víctimas. Salvo que se trate de personas menores de edad, o discapacitados que requieran un especial trato, me causa rechazo la actitud de algunas abogadas y abogados que tratan a quienes declaran de tú. Y es que, independientemente de la relación que tengan más allá de Toguilandia, en ese momento hay que mantener las formas. Igual que debemos hacer nosotros, por más que nos conozcamos de muchos años.
Cuestión diferente es la actitud de algunas personas que comparecen a juico. Igual es una impresión mía, pero creo que antes se mostraba más respeto. Ahora igual te viene un acusado en pantalón corto que un testigo en chanclas, y creo que hay determinados límites que no se deberían sobrepasar. Y, cuando hablamos de cómo dirigir la palabra, la cosa se pone más peliaguda. Hay acusados y testigos que se empeñan en tratar al fiscal o al juez de tú, como si se conocieran de toda la vida. Y la verdad es que, por más que una quiera crear buen ambiente, no se puede dejar lugar al colegueo en una situación en la que se ventilan cuestiones como las que tratamos en nuestro teatro. Ni, mucho menos, a las faltas de educación, que también las hay. Todavía recuerdo estupefacta como un acusado utilizó la última palabra para decir al juez que había de juzgarle : “venga, que seguro que usted también le carda a la parienta”. Ni que decir tiene que se condenó él solito.
En el extremo opuesto, están esas personas -generalmente, mayores- que tienen tanto respeto a un tribunal que hasta se arrodillan y casi hacen una reverencia. Y es que se agradece la buena intención, pero ni calvo ni siete pelucas. Ni siquiera las películas que llevan los jueces en las películas inglesas, que aquí no usan aunque haya quien crea que sí
Y con eso, termino este breve repaso a las formas del foro. El aplauso, una vez más, es para quien es capaz de mantener en equilibrio entre los formalismos y la empatía. Que no siempre es cosa fácil.