Qué molesta IV. Forenses, Policías et al


      La sabiduría popular dedica refranes a los primeros, los segundos y hasta los terceros. Pero cuando llegamos al cuarto lugar, parece haberse quedado sin resuello, o, mejor dicho, sin letras. Más allá de que con un seis y un cuatro se forme la cara de tu retrato, como enseñan a los niños. Pero el cine no se olvida, y hasta hay una película cuyo título es un expresivo Soy el número cuatro. Aunque, si realmente queremos algo fuera de serie, Los cuatro fantásticos. A ver quién los supera,

      Veíamos en las tres entregas de esta serie qué molesta a cada quien en nuestro teatro. Pero aún no estaba toda la munición gastada, como se han encargado de avisarme por varios medios. Y, por supuesto, además de agradecer como siempre las intervenciones, les pedí paciencia. Cada cosa a su tiempo.

      Uno de los primeros en contestarme a mi llamada de auxilio tuitera fue un buen amigo notario, que, aunque no frecuenta físicamente Toguilandia por su oficio sí que tiene por razón de este una gran relación con nuestro teatro. Se quejaba, y con razón, de lo poco que valoramos sus esfuerzos para realizar actos que acaban quitándonos trabajo. Las bodas serían un buen ejemplo y, aunque no el único, tal vez el más vistoso. Quizás merecerían por sí solas un estreno, aunque ahora nos conformemos por sustituir el tradicional Vivan los novios por un viva a mi amigo el notario y a su profesión.

      Más cerca físicamente de Toguilandia aunque no siempre en las tablas nos encontramos con una profesión indispensable para el desempeño de nuestro trabajo. La que desempeñan los miembros de las Fuerzas y cuerpos de seguridad que, aunque ya tuvieron su propio estreno, no habían tenido la oportunidad de ver plasmadas sus quejas. Y no son pocas cosas ni infundadas, precisamente.

      Se quejan, y con razón, quienes custodian a los presos y detenidos en calabozos de algunos «detalles» de los que a veces no nos damos cuenta, como llamar para que suban al preso y tenerles luego esperando media hora e los pasillos, de los retrasos omnipresentes y de faltas de miramiento con cosas como notificar en calabozos lo que se podría notificar en prisión sin las consiguientes esperas y relevos de turno. A eso añadiría yo, de mi propia cosecha, las situaciones violentas en que se les llega a poner cuando, estando esperando con el detenido custodiado, mandamos al letrado o letrada a hablar con él ahí en mitad del pasillo. En esos casos yo prefiero cederles el despacho y ser juez y fiscal quienes nos salgamos, pero no todo el mundo lo hace.

      Otra cosa que, además, roza la falta de educación, es no dar opción a los miembros de FFCC que custodian al preso a sentarse, porque ni silla haya para ofrecerles o, lo que es peor, ni siquiera se cae en ello. Vaya esto como recordatorio para estos olvidos y como mea culpa por si acaso. No cuesta nada pensarlo.

      Por último, en lo que a esta parte afecta, dejo algo que creo muy importante. Quienes custodian al detenido o preso son quienes conocen de su peligrosidad y, por tanto, quienes deben decidir si permanece esposado o se le retiran las esposas. Cuando Su Señoría toma una decisión en contra de su criterio, se sienten ninguneados, pero, además, en peligro innecesario. A este respecto, recuerdo algo que pasó cuando todavía estaba en prácticas en que, retiradas las manillas, el detenido se dedicó a arrojarnos todo lo que tenía a mano, incluida la pesada mesa de un juzgado de guardia de los de antes. Tuvieron que reducirle y lo hicieron bien y rápido, aunque probablemente si se hubiera atendido el consejo de mantenerlo esposado, nos hubiéramos ahorrado una escena desagradable. Y un bautizo de realidad, en mi caso.

      Por su parte, los y las forenses, que también tuvieron su propio estreno, no se han privado de transmitirme algunas de sus quejas. Se quejan, y con razón, de los apremios por plazos imposibles -lo quiero para ayer- y, por otro lado, de las esperas para entrar a juicio. También he oído algunas de sus quejas en el sentido de los informes que se les piden, más de una vez fuera de su competencia. Cosas como informes sobre la credibilidad de una persona mayor de edad y en plenas facultades, a los que la única respuesta médicamente posible es que puede mentir como cualquiera. En otros casos es la materia: se pide erróneamente informe sobre imputabilidad, cuando el forense puede informar sobre el estado de las condiciones intelectivas y volitivas del sujeto en el momento de cometer el hecho, pero la decisión sobre si es o no imputable corresponderá, en última instancia, al juez o jueza, con informe de la fiscalía, por descontado.

      En algunos casos, es la propia ley la que lo pone complicado, como ocurre con las lesiones y el concepto de tratamiento médico, que difiere en su dimensión médica y jurídica. Como sabemos quienes nos dedicamos a esto, para la Medicina recetar un analgésico o limpiar una herida es un tratamiento que, para el Derecho, a los efectos del delito de lesiones, no es. Como siempre, el divorcio de los términos jurídicos hace difícil comprender ciertas cosas.

      No obstante, no podemos olvidar que los médicos forenses y otros peritos al servicio de la administración de justicia, como psicólogos no son los únicos peritos que actúan en nuestro teatro. Hay otros que aportan las partes y que se quejan precisamente de eso, esto es, de que, sea cual sea su cualificación y su currículum, se les cuestiona por el hecho de ser “de parte”. Y hay que reconocer que a veces pasa.

      A ello voy añadir mi propia queja, que estoy segura de que comparten muchos y muchas peritas. Y es a que pronuncien mal su cargo, añadiendo un acento en la e al pronunciarlo que a mí me pone de los nervios. Llamadme tiquismiquis, pero es así.

Y hasta aquí, el post y la saga, salvo error u omisión, que siempre puede legar alguien que con sus quejas dé para otro estreno. Mientras tanto, aquí lo dejo, con el aplauso, una vez más, para quienes han cont5ribuido a hacerlo posible. Ml gracias.

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