Confinamiento: no desesperemos


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El cine no está hecho para claustrofóbicos. No son una ni dos, sino muchas, las películas que transcurren en una habitación, sea Una habitación con vistas o La habitación del pánico. Pero el verdadero problema no existe cuando hay libertad de movimientos, sino cuando el encierro, sea en una habitación, en una casa, en un sótano o en una buhardilla, no son voluntarios sino impuestos por las circunstancias, como ocurría en El diario de Ana Frank o El pianista. Afortunadamente, nuestras circunstancias no son tan terribles como las de ambos protagonistas ni nuestro enemigo es el ejército nazi sino un bicho microscópico contra el que todavía estamos buscando armas. Pero saldremos de esta, y veremos la luz al final de El túnel.

Recuerdo bien que, cuando estudiaba la oposición, me encontraba con frecuencia con preceptos que creía que no iba a aplicar nunca que, incluso, me parecían ridículos. ¿Rebelión y sedición? Anda ya, ¿quién iba a aplicar eso?, pensaba yo. Está visto que como jurista puedo ganarme la vida, pero como pitonisa sería un auténtico fracaso. Con la ilusión que me haría ponerme ante la bola de cristal, con un pañuelo de moneditas tintineando y un loro parlante haciéndome los coros. Pero ni en eso hubiera sido original, que ya ha habido una Señoría que me ha robado la idea, como todo el mundo pudo leer en la prensa no hace mucho.

Pues bien, otra de las cosas que pensaba que no vería nunca aplicar era lo de los estados de alarma, excepción y sitio que estudiábamos en Derecho Constitucional como uno de los supuestos de restricción de los derechos fundamentales. Y, desde luego, nunca se me hubiera venido a la cabeza que fuera por otra cosa que no fuera una guerra, el peligro de una invasión o algo parecido.

Pero, como la realidad siempre supera a la ficción, viene con sus cosas a desbaratar todo lo que pensábamos. Ya hubo otro caso de declaración del estado de alarma, el que se declaró en 2010 por la huelga de los controladores aéreos. Recuerdo cómo, ingenuas de nosotras, comentaba con mi entonces fiscal jefa, cuando coordinábamos la labor de la portavocía -que yo ejercía entonces- que estábamos ante un hecho histórico, que no volveríamos a vivir nunca. Obviamente, tampoco ella se ganaría la vida como adivina, salta a la vista.

Lo que supone el estado de alarma no lo voy a desgranar aquí, que ya han sido muchos y muy variados los comentarios, estudios y opiniones al respecto, aunque me quedo con el análisis, sentencia en mano, de mi compañera @escar_gm. Pero sí que diré algo, destinado sobre todo a quienes se empeñan en fastidiarnos la vida con sus vaticinios apocalípticos. El estado de alarma es, en realidad, un oxímoron. Lo que pretende es tomar medidas para no alarmar más de lo necesario y que no sea preciso pasar a los otros estados excepcionales previstos en nuestra norma suprema, que son los que de verdad alarman.

Pero eso sí, haré unos pequeños apuntes de lo que, a mi juicio, no se debe hacer, que hay quien, por si no fuera bastante con pasar varios días encerrados, pretende amargárnoslos. Y para cenizos ya tenemos más que de sobra, no hace falta más adhesiones al club. No hagamos caso a todos aquellos que pintan el más negro panorama con tal de ganarse unos cuantos likes con el más irresponsable ejercicio de cortavenismo posible. Tampoco lo hagamos a quienes inventan historias o dan con remedios milagrosos: ni hacer gárgaras, ni tomar agua caliente, ni ponerse un lazo rojo en el pelo o morado en salva sea la parte va a servir de nada. Si les gusta, que lo hagan, pero no lo vendan como el remedio infalible, que va a ser que no.

Tampoco deben buscarse culpables, ni mucho menos hacer bromas con algunos contagios, por mal que puedan caernos las personas contagiadas. En cuanto a culpables, tiempo habrá de investigar lo que haga falta, pero ahora es necesario arrimar el hombro y no darse de trompicones con él. Y conste que hablo de hombro virtual, que real nunca a menos de un metro, que no sea diga.

También debemos rechazar de plano toda aquella expresión que atribuya nuestros males a una determinada raza. Y que nadie piense que exagero, que de eso nada. En un primer momento, la gente se separaba de los chinos y, por extensión, de cualquier persona con rasgos orientales, como si fueran a contagiarles aunque no hubieran estado en China desde hacía años. Fue muy ilustrativo el comentario de un empresario chino con muchos años en España que decía “que la gente sepa que el virus está en China, no en los chinos”. Por desgracia, el bicho llegó a España y a Dios pongo por testigo que he oído las cosa más peregrinas Una amiga me decía que le habían rechazado de algunos sitios porque su apellido es italiano, aunque su padre ha vivido aquí desde los cinco años. Pero lo más rocambolesco fue lo de una señora en la peluquería -antes del estado de alarma, que nadie sea susceptible- que contaba muy seria su teoría de que aquello tenía que ver “con los moros” que estaban a salvo porque sus mujeres están tapadas con velo. Hilarante, si no fuera por lo que subyace, racismo puro y duro. Como el que he llegado a leer en algunos comentario referidos al pueblo gitano, que también está sufriendo un intolerable rechazo en estos días. Así que tengamos cuidado, que no se inocule el virus de la xenofobia, que ya tenemos bastante virus con el de la coronita

Y, volviendo al principio, otra de las cosas que me parecían marcianas cuando estudiaba, era la referencia a las penas de extrañamiento, confinamiento y destierro, que contemplaba el antiguo Código Penal. Y, mira por donde, aquello de confinamiento que parecía tan viejuno es, en la versión remasterizada, y combinada con el que creíamos insólito estado de alarma, lo que nos tiene en casa sin salir. Porque así ha de ser.

Así que solo me queda correr detrás de las abejas del fundo ajeno, encontrar el tesoro oculto, que se forme una isla y mute un cauce y localizar la famosa reja remetida para que ocurran todas esas cosas que pensé que nunca ocurrirían de aquello que estudiaba. Pero ahora ya no me pillan y no digo lo de esta agua no beberé, que luego todo se sabe.

Aprovechemos el encierro para estudiar aquello que siempre quisimos, para leer los libros que siempre quedaron pendientes, para conversar con nuestra familia, para reforzar los vínculos, para aprender a usar herramientas para comunicarnos desde la distancia, para desarrollar nuestros talentos ocultos y, sobre todo, para reflexionar sobre esa lección que nos da el mundo. Que no tenemos todo controlado aunque a veces hayamos pensado que sí.

Pensé que nunca diría esto, pero qué ganas de toguitaconarme otra vez para hacer esos juicios plúmbeos, esa diligencias de rutina, o esa cosas a las que acudíamos arrastrando los pies. Ahora es el momento de valorar lo que tenemos, y que no solo merece la pena nuestra labor en Toguilandia por los asuntos que dan caché. Y aprovechemos también para confirmar que el sistema procesal es una castaña pensada para otro siglo y que no aguanta ni una semana sin un presencialismo obsoleto y absurdo. Que también hay que decirlo

Solo me queda el aplauso que dedico hoy a quienes no han tenido más remedio que ir al trabajo, como servicio público que somos. Aunque nos falten guantes o mascarillas, que no nos falten las ganas. Cuídense mucho, por dios.

La ovación extra es, una vez más, para @madebycarol por su fantástica ilustración, Mil gracias de nuevo

5 pensamientos en “Confinamiento: no desesperemos

  1. Gracias por aportar tanto sentido común en una situación tan delicada como la que estamos viviendo. Unas reflexiones muy sensatas cuando en nuestro entorno, ahora virtual pero no menos cercano, se despliegan exageraciones y bulos de todo tipo. Un encierro involuntario no agrada a nadie, pero reconozcamos que mientras Internet sea nuestro aliado es bastante llevadero.

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