Ucronías: qué hubiera pasado si…


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Se conoce como ucronía un género literario que parte de un acontecimiento histórico para cambiar algo de lo que sucedió en realidad, de modo que cambie el curso de la historia. Un futuro donde no hubieran asesinado a John Lennon y los Beatles se volvieran a reunir, otro donde Kennedy no hubiera sido asesinado -así lo hace la novela de Javier Lacomba El cuarto disparo– o cómo sería El jardín del Edén si Eva no hubiera probado la manzana serían buenos ejemplos de ello. En realidad, se trata de jugar al ¿qué hubiera pasado si…? Como ocurre en películas como Malditos bastardos, Amanecer rojo, El planeta de los simios o El día después. Y como ocurre en cierto modo con Forrest Gump, aunque en realidad no cambie el curso de la historia sino que el protagonista se introduce en ella sin alterarla. Y como sucede, por supuesto, en la inigualable El gran dictador

         En nuestro teatro quizá pueda resultar pretencioso hablar de ucronías, pero si rebajamos el nivel y pensamos en cosas que hubieran pasado o hubieran dejado de pasar si no hubieran concurrido ciertas circunstancias, es evidente que tenemos ejemplos para dar, tomar y hasta para aburrir.

El primer ejemplo que se me ocurre al respecto es el de algo que revolucionó por completo nuestra forma de trabajar, aunque ni siquiera seamos conscientes de ello. Se trata, ni más ni menos, que el advenimiento de la informática al reino de Toguilandia. Y, si bien es cierto que, como pasa siempre en nuestro teatro, lo hizo mucho más tarde que la mayoría de ámbitos y que todavía arrastramos unas disfunciones en la digitalización que quitan el hipo, no lo es menos que no llegamos a ser conscientes de lo que supuso.

Me arrriesgaré a hacer como Sofía Petrillo y, sin necesidad de viajar en el tiempo a Sicilia, años 30, me quedaré en Toguilandia, años 90. Aunque ya dediqué un estreno a los recuerdos de mis primeros tiempos de fiscal, no está de más hacer memoria de cuáles eran los medios cuando aterricé en mi primer destino. No solo no había ordenadores sino que los fiscales no teníamos mesa propia sino una larga compartida, en la que daban ganas de hacer como en un anuncio de televisión muy famoso en su época, en que la presidenta de la empresa se tiraba tan larga cual era con una bayeta al grito de “tú pasa el Pronto, y yo el paño”. Ni que decir tiene que tampoco contábamos con máquina de escribir ni nada que se le pareciera y que compartíamos un teléfono para todos que, en uno de mis destinos, ni siquiera tenía comunicación con el exterior porque el político de turno, juez en excedencia, decidió que los fiscales no teníamos por qué hablar con nadie. Por supuesto, las calificaciones e informes se hacían a mano y lo pasaba a máquina un funcionario o funcionaria o, en otros casos, lo escribía al dictado. Ahora, aunque parece una historia propia de Parque Jurásico, cabría preguntarse qué habría pasado de no instalarse la informática, los modelos y las plantillas en nuestras vidas. Y hay que reconocer que, aunque de una parte nos hizo la vida más cómoda, por otra ahorró en personal mucho más de lo que somos capaces de imaginar. El volumen de trabajo actual sería imposible de despachar con aquellos medios.

Al hilo de esto, también han sido esenciales los buscadores de jurisprudencia. Adiós a aquellos tomos de Aranzadi escritos en papel de biblia. Ahora no hay más que teclear, cortar y pegar, y nos queda una resolución tan larga como queramos. Eso sí, no me cansaré de repetir que, con alguna excepción gloriosa, se ha perdido en creación intelectual. Antes, las sentencias dedicaban la mayoría de su contenido al hecho concreto de que se trataba, ahora en muchos casos son una sucesión de sentencias cortadas y copiadas y apenas unas líneas dedicadas al caso de autos. Y el problema es que con la acumulación de trabajo no se puede hacer mucho más.

Otro de los elementos cuya ausencia sería hoy impensable es el teléfono móvil, en especial para las guardias. Yo viví en su día el trabajo con aquel artefacto llamado “busca”, que emitía un pitido que obligaba a buscar un teléfono público allá donde una estuviera. Y eso ya se consideraba un adelanto en relación con tiempos anteriores, en que no podían moverse del sitio por si ocurría algo, fuera día o noche. Ahora es, desde luego, inconcebible.

Pero, aparte de estos artilugios, hay otras cosas que han cambiado la vida en nuestro escenario de una manera considerable. Una de la que siempre me acuerdo, y no para bien, es la llegada del famosos límite de instrucción del artículo 324 -que espero se lleven por delante de una vez- Es una auténtica ucronía los asuntos de corrupción que hubieran acabado con sentencia condenatoria y en los que los investigados se han salido de rositas por culpa de la combinación maldita entre dos factores: la existencia del límite temporal y la inexistencia de medios materiales para ponerlo en práctica. Espero que pronto sea solo una pesadilla, pero de momento ahí sigue.

Por otro lado, hay leyes que han cambiado la vida de las personas. Ahora nadie concibe la existencia de delitos de violencia doméstica o de género sin la posibilidad de imponer medidas de alejamiento y prohibición de comunicación, que se han incorporado a nuestra vida jurídica como si hubieran estado ahí siempre. Sin embargo, aparecieron en nuestro Derecho en el año 2003. Aunque hay quien se empeña en decir que fueron cosa de la Ley Integral contra la Violencia de género., no fue esta sino una ley de una año antes la que posibilitó la existencia de la orden de protección que, además, no es patrimonio exclusivo de la violencia de género sino aplicable a toda la violencia doméstica.

Y como no hay estreno sin anécdota, acabaré por contar alguna de las que atesoro. Recuerdo a más de un investigado que, aun sin tener ni idea de que estaban hablando de una ucronía, la ponían en práctica. Lo de “si llego a saber que iba a robar, no le acompaño al banco”, como si el hecho de ir con una media en la cabeza y una bolsa de deporte con una recortada dejara algún resquicio a la imaginación.

Por supuesto, las drogas y las malas compañías, juntas o por separado, son otros de los factores de los que se lamentan algunos de nuestros clientes, como si el hecho de exigirle a alguien el móvil navaja en mano fuera algo que se hace solo. Aunque el mejor fue un habitual que nos decía que el dueño no debería haberse dejado aparcada en la calle una moto tan brillante y tan bonita , porque eso era una provocación en toda regla y claro, él no pudo contenerse. Verdad verdadera.

Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso, una vez más, para quienes se adaptan a los tiempos sin pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Aunque, en alguna cosa, sí que lo fuera.

 

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