Mobiliario: nuestro decorado


                En cualquier obra de teatro o en cualquier película el decorado es esencial. Tanto, que hasta hay un premio específico en cualquier entrega de galardones que se precie, dedicado a mejor decorado. Y es que es difícil hacer creíble una obra si su escenario no lo es. Pensemos, por ejemplo, en el mobiliario de época de películas como Las amistades peligrosas, Ben Hur o Sentido y sensibilidad, o en las naves futuristas de la saga de La guerra de las galaxias o Star Trek. O por qué no, el peculiar mobiliario prehistórico de Los Picapiedra

                En nuestro escenario, los decorados son mucho y muy variados. Y en muy diferente estado de uso y de conservación, que no siempre nuestras sedes () tienen todo lo que necesitaríamos. Pero es lo que hay.

                Por un lado, hay que hablar de nuestro santo y seña, las salas de vistas . Ahí es donde se celebran los juicios, y se supone que es el lugar más solemne de Toguilandia.  Las clásicas, las que vemos algunas veces en televisión y en las películas, son las de mobiliario pesado y cortinajes de terciopelo que tanto nos han marcado a quienes hicimos la oposición. Porque esas salas de Tribunal Supremo con sus techos altísimos, sus cortinas y sus puertas verdes y doradas nos han marcado a fuego a quienes hicimos allí el examen, que fuimos muchas y muchos. Una de mis amigas, tras más de treinta años desde que aprobamos, dice que todavía le duele e estómago cada vez que ve una imagen de aquellas puertas. Y no es para menos.

                Pero la mayoría de las salas de vista no son así. De hecho, algunas ni siquiera son salas de vistas, sino que se utilizan las denominadas salas multiuso, de las que ya hablamos en su día, y que igual valen para un roto que para un descosido. Son, desde luego, mucho más funcionales que las clásicas y a veces llegan justas para su cometido, porque lo de que los juicios se celebran en audiencia pública en esos casos no es fácil, porque allí poco público cabe. Como no hagamos como en el camarote de los Hermanos Marx claro está. De hecho, en esas salas, si no fuera por la toga, con o sin puñetas que llevamos puesta, a veces es difícil distinguir dónde nos encontramos y quién es cada cual.

                Algo muy característico de cualquier sala de vistas o salas multiusos, y más ahora que todos los actos deben ser grabados, es el micrófono. Y ojo que con esto hay que tener cuidado, porque hay micrófonos para ser escuchado, pero sobre todo son para poder grabar. Así que en ocasiones no podemos evitar esbozar una sonrisa cuando alguien se coloca el micrófono y da golpecitos preguntando si se le escucha cuando su finalidad no es esa. Y todavía más pintoresca es la situación cuando alguien agarra el micrófono como si fuera a arrancarse a cantar. Tanto es así que alguna vez me han dado ganas de girarme hacia ellos con mi silla como si estuviera de coach en La Voz .Aunque, hablando de programas de televisión, también desearía alguna vez que ocurriera como en 59 segundos, y se retirara la palabra automáticamente pasado ese tiempo escondiéndose el micrófono como ocurría en el programa.

                Y hablando de sillas, he aquí otro de nuestros caballos de batalla. Porque una buena silla es un verdadero tesoro, no siempre fácil de encontrar. Ahora que estamos en una Ciudad de la Justicia teóricamente moderna, tenemos sillas de despacho decentes en las que una, al menos, no se daña la espalda. Pero durante varios años, cuando estábamos en la anterior sede, tuve que aguantar una silla vetusta que encajaba difícil ente con la mesa y cuyos brazos, con volutas y todo, tendían a desmontarse con demasiada frecuencia con riesgo de mi integridad física. Y eso por no hablar de la que había en la sala de vistas de la Audiencia destinada al fiscal, a la que se le salía un muelle y hacía que hubiera que acoplar mucho la postura para no dar un respingo al pincharse con el asiento. Claro que aquel palacio de justicia, que hoy está restaurándose y aun tardará en estar acabado, estaba tan viejito que en la sala de vistas había brasero bajo nuestros asientos y un cenicero incrustado. Impensable a día de hoy.

                No obstante, que nadie crea que ahora atamos los perros con longanizas. Las mesas suelen ser escasas para la cantidad de procedimientos que deben aguantar y las estanterías, absolutamente imprescindibles, nunca alcanzan para albergar todos los procedimientos que todavía tenemos, porque en algunos sitios lo de la digitalización ni está ni se le espera. De hecho, hay un juzgado de lo mercantil donde se fabricaban artesanalmente unas estanterías con cartones, que una no sabía si aplaudir o echarse a llorar. Y aún tengo la duda.

                Y hasta aquí, este repasito a nuestro mobiliario. Ojalá en algún momento pueda dedicar un estreno a las mejores y mayores novedades que celebrar en cuanto al atrezo de nuestro escenario. Y el aplauso, por supuesto, vendrá entonces, no antes. Espero que llegue pronto

Bancos: sentarse es lo de menos


                Si hay una palabra polisémica cuyos significados sean más dispares, esa es la de “banco”. Por un lado, nos evoca ese asiento del parque donde las ancianitas daban de comer a las palomas; por otro, esas entidades financieras que en muchos casos no tienen piedad con los dineritos de la mencionada anciana. Pero no todo es blanco o negro. Aunque los primeros bancos puedan tener un tinte romántico y los segundos provoquen antipatía, no podemos olvidar la importantísima función que en esta sociedad tienen los bancos, aunque nos cobren intereses y nos proporcionen más de un enfado. Porque, parafraseando el título de una película, a veces parece que lo hacen Todo a la vez en todas partes. Y es que todo el mundo los necesita, sin necesidad de ser El lobo de Wall Street.

                En nuestro teatro es cada día más importante la relación con los bancos. Por supuesto, con los de dinero, aunque los de sentarse, u otros, como los bancos de peces, puedan aparecer en algún momento. Y es que, en el momento actual, casi nadie llevamos dinero en el bolsillo, y no solo eso. Cada vez se acepta menos en pago en metálico, y ahí es donde acaban interviniendo siempre los bancos. Empezando por el pago de nuestras propias nóminas.

                En mis primeros tiempos toquitaconados, recuerdo una anécdota que viene al pelo. Se trataba de un condenado por conformidad que en el momento de dar su consentimiento a la pena pactada, era requerido para satisfacer el importe de la responsabilidad civil. El juez, que tenía un latiguillo al hablar -repetía constantemente el adverbio “aquí”- le preguntó “¿Tiene usted aquí dinero para abonar esa cantidad?” Y entonces el condenado, que no sabia de ese uso un tanto peculiar del adverbio, comenzó a tocarse los bolsillos y a volverlos del revés, como en las películas, ante nuestra mal disimulada hilaridad. Evidentemente, Su Señoría le aclaró que con “aquí” se refería a disponibilidad en el Banco en ese momento para poder hacer el ingreso, porque esa es la vía oportuna. Ya desde hace mucho nadie admite pagos en efectivo.

                Y es que los pagos, incautaciones y demás abonos que se hacen a un juzgado se hacen a una cuenta concreta, la de depósitos y consignaciones de cada juzgado, que me conta que son la peor pesadilla de los LAJ, porque son quienes tienen la sartén por el mango. Un mango que quema más de una vez porque las cantidades pueden ser muy elevadas y, con ellas, la responsabilidad por su custodia.

                Esta vinculación necesaria con la cuenta del juzgado se da, además, en un banco determinado que es el que ha obtenido esa concesión por concurso. Sus sucursales suelen ser cercanas físicamente a las sedes judiciales, pero puede plantear más de un problema cuando no estamos ante grandes poblaciones. Lo vemos de vez en cuando al acordar una fianza para evitar el ingreso en prisión -la popularmente llamada fianza carcelaria en contraposición a la fianza por responsabilidad civil- cuando el interfecto tarda en juntar el dinero o los avales para eludir la prisión, pero luego tiene que ingresarlo en el banco que, como sabemos, no tiene un horario demasiado amplio. Claro está que hoy se pueden hacer todo tipo de transferencias por vía telemática, pero en su día era un verdadero problema y, en algún caso, hay quien ha pasado un fin de semana extra en prisión preventiva porque se ha encontrado con el problema un viernes a última hora cuando las entidades bancarias ya habían cerrado. Seguro que mucha gente sabe de lo que hablo.

                Aunque no podemos perder de vista que, en esta sociedad cada día más digitalizada, los bancos olvidan con frecuencia a las personas con problemas de accesibilidad digital, como ocurre con el caso de las personas mayores y que dio lugar a la famosa campaña “soy mayor, no tonto”.

                Pero, como digo siempre, no solo de Derecho Penal vive la jurista, y no puedo dejar de citar el Derecho bancario que, a día de hoy, constituye toda una subespecialidad del Derecho Civil para la que, incluso, existen Salas de Audiencia especializadas. Y no olvidemos tampoco el aluvión de problemas que generaron en su día instrumentos financieros como las preferentes, cuyas demandas fueron tan numerosas que dieron lugar a la creación de órganos judiciales específicos para resolver estas cuestiones. Nada fáciles, por cierto.

                Para terminar, no me olvido del otro banco, el que sirve para sentarse. Porque no solo sirve para eso, sino que es muchas veces la cama y casi la casa de esas personas sin hogar que, además de sufrir la exclusión social, han sufrido los delitos de odio hasta el punto de que la aporofobia merece desde hace un tiempo un lugar específico entre las motivaciones de este tipo de delito.

                Y ahora sí, con esto, acabo. Pidiendo un aplauso para quienes trabajan en nuestro mundo con las entidades financieras, porque es un ámbito difícil y farragoso y no siempre se lo reconocen.

Sorpresa (II): lo imprevisible


              Quienes ya tenemos unos añitos, recordamos un programa de televisión que se llamaba Sorpresa, sorpresa, casi más famoso por lo que no se vio que por lo que se vio, porque fue presuntamente en la grabación de ese programa en la que ocurrió aquella historia de Ricky Martin, el perro, la niña y la mermelada que nadie vio pero de la que todo el mundo hablaba. Un precedente de las actuales fake news. Aunque, para sorpresa en pantalla, me quedo con Princesa por sorpresa. Un cuento de los de toda la vida

              En nuestro teatro, la sorpresa es el pan nuestro de cada día, aunque en principio pueda parecer que está todo previsto. Los señalamientos tienen su día y hora y l procedimiento tiene unos cauces muy concretos. Pero, como todo tren, se puede salir de sus carriles y descarrilar. Con todo lo que ello supone.

Ya hablamos de algunas sorpresas en un estreno anterior, pero la fuente es inagotable. Y sigue manando, por supuesto. Y mojándonos cada día

              Todo el mundo que frecuente Toguilandia se ha encontrado alguna vez con el señalamiento sorpresa. Ese que no os notificaron, o cuya notificación no sabemos a donde fuera parar, o, incluso, aquella que el despiste nos llevó a equivocar de día, de mes o hasta de año. No hace mucho una compañera iba a un juicio con el convencimiento de que era el día y, tras comprobar el señalamiento a la vista de que allí no acudía a nadie, se dio cuenta de que no era el día correcto, porque el juicio estaba previsto para el mismo día pero del año siguiente. Y es que así estamos.

              Otro tipo de sorpresa, y no muy agradable, por cierto, es la que surge cuando alguien se ha equivocado de carpetilla que es el material con el que los fiscales vamos a juicio, o de carpeta, archivo, o lo que sea. Y cuando se empieza a ver que ni el nombre del acusado, ni el delito, ni nada de nada coinciden con lo que había preparado, las ganas de que la tierra se abra a nuestros pies son de lo más grande. Pero nunca ocurre. O no, al menos, ocurre cuando quisiéramos.

              Porque hablando de tierra que se abre bajo nuestros pies y de sorpresas en Toguilandia, recuerdo ahora la anécdota que me contó una amiga abogada, que notó de repente que la silla sobre la que estaba sentada en la sala se hundía de manera irremediable, dejándola a la altura del betún Y no hablo en sentido figurado, precisamente. Porque, de repente, despareció de la vista de todos como si de un juego de prestidigitación se tratara. La explicación, sin embargo, era mucho más sencilla. Las patas de la silla cedieron de puro viejo y la letrada se fue al suelo. Tal como lo cuento.

              Otras sorpresas que te depara la vida toguitaconada derivan de imprevisibles como bajas, enfermedades u otras eventualidades que les ocurren a compañeras y compañeros y que hacen que se tenga de echar mano del servicio de porsiaca -de”por si acaso”-, que en fiscalía se llama incidencias, y que consiste en que tienes que ira al juicio corre que te pillo cuando te las prometías tan felices despachando papel en el despacho.

              Pero no todo va a ser malo. A veces las sorpresas son gratas, y una se encuentra que aquel juicio tan feo se suspende -siempre que no lo tenga volver a celebrar, porque eso es pan para hoy ya hambre para mañana-, sobre todo si sabe con suficiente tempo que el prepararlo no haya siendo tiempo desaprovechado.

              A veces, lo que ocurre es que el investigado ha pasado a mejor vida -sea el cementerio o sea simplemente el ignorado paradero- y entonces la alegría es completa para quien tenía que hacer el trabajo. Una aplicación al pie de la letra del dicho de que no hay mal que por bien no venga.

              Para acabar, hay veces en que la sorpresa la provocan las personas. Yo me he llevado más de una alegría reencontrándome en un juicio o en una guardia con alguien a quine le había perdido la pista, como me ocurrió con quine fue un día monitor de natación de mi hija cando era niña. La criaturita solía decir al monitor que si la obligaba a tirarse de cabeza a la piscina su mamá le metería en la cárcel. El pobre, casi un chiquillo, me lo contó muy compungido y mira tú por donde que años después me lo encontró en el juzgado de guardia ejerciendo de abogado. Nada más y nada menos.

              Aunque hay otras veces en que la sorpresa no es tan agradable. Es lo que curre cuando esa persona a la que habías perdido la pista reaparece en tu vida desde el otro lado de estrados, esto es, esposada o detenida. Pero hay que seguir adelante. Igual que hay que hacerlo cuando esa persona que conoces resulta ser la víctima de una delito. Me ha pasado más de una vez con casos de violencia de género y me han dejado el corazón encogido. Verdad verdadera.

              Y hasta aquí, el estreno de hoy. Espero que, si algo tiene de sorpresa, sea de las buenas. Igual que el aplauso, que está hoy dedicado a quienes protagonizan este tipo de sorpresas. Porque siempre alegran el día.

Piezas: nuestros rompecabezas


              Todas las personas nos hemos encontrado alguna vez ante una pieza que no encaja en el rompecabezas de que se trate, sea en sentido literal o, más comúnmente, en sentid figurado. Los detectives de las series y películas buscan la pieza que falta para descubrir al asesino, y hay quine siempre se empeña en buscar esa pieza que no encaja en el hueco. O la que sí que encaja, un juego de palabras del que se vale una película sobre ajedrez, Menudas piezas. Aunque si de colocar piezas se trata, mis preferidos siempre serán los chicos de Grease y su Greased Lighting

              En nuestro teatro tenemos piezas de muchos tipos. Porque la palabra “pieza” tiene una concepción jurídica y otra metafórica que nos atañe mucho. Y mucho más, quizás, de lo que pensamos.

              Vayamos por partes. Aunque cuando alguien ajeno a Toguilandia oye hablar de “piezas” piensa en los Legos, en puzles o en esas formas de madera o de plástico con las que jugábamos de peques, en nuestro mundo nos evoca otra cosa, como las piezas que forman parte de sumarios u otros procedimientos, o las piezas de convicción.

              En cuanto a las piezas separadas que forman parte de procesos penales, mi preferida es, sin duda, la que se une al sumario “con curda floja”. Me parece tan poético que, en plena era de la digitalización, se hable de cuerdas flojas como si fuéramos funambulistas, que siempre sonrío cuando veo un sumario, aunque luego se me pase una vez compruebe el grosor de los autos o los hechos terribles que esconde su contenido. Y ojo, que cuando digo que lo veo, es que lo veo. Hay algunas salas que siguen usando esa cuerda roja -que, lo siento, me recuerda a aquellas con las que atan los salchichones- en vez de las prosaicas grapas que, además de feas, son las responsables de más de un agujero en las puñetas de nuestras togas

              Luego, están las denominadas “piezas separadas” de los procedimientos que, a pesar de su nombre, no son más que otra carpetita grapada aparte del procedimiento principal. Está la pieza de responsabilidad civil, que según la ley tiene que existir siempre -y así lo pedimos siempre desde la fiscalía- aunque muchas veces no haya ningún gasto de que tomar nota, con la desaparición de las tasas judiciales y las costas de oficio. Pero en nuestro teatro nos encantan los trámites superfluos, ya lo sabemos.

              Otras de las piezas necesarias es la pieza de situación. Como nos encanta usar un lenguaje que confunda a la gente no iniciada, la situación no hace referencia a qué tal nos encontramos, sino, fundamentalmente, a la libertad ambulatoria del investigado o investigada. O sea, a si está en prisión o en libertad provisional, y si hay otras restricciones o condiciones de la misma, como la fianza para no entrar en la cárcel o la obligación de comparecer apud acta con carácter periódico.

              Y, cuando lo hay, también hay otra pieza separada de alejamiento, que luego los procedimientos tienen más separatas que un fichero del cole. Y yo, sinceramente, siempre tengo el temor de que alguna se pierda por el camino. Y es que al final la cuerda floja va a hacer falta. Eso, o jugar al Tetris, que es como siempre me imagino la incardinación de todas estas piezas en el mundo digital.

              De otra parte, tenemos las piezas de convicción. Que son todos esos efectos e instrumentos del delito que sirven para probar que este se ha cometido. Cosas como el arma homicida o los efectos sustraídos que se han encontrado en poder el autor. Vamos, el “te he pilado con el carrito del helado”. Sobre todo, cuando, con helado o sin él, les pillamos con las manos en la masa.

              Eso sí, ¿alguien ha pensado qué pasa con las piezas de convicción luego? Pues muchas se destruyen porque así ha de ser, pero hay almacenes llenos de otras que todavía no han podido ser destruidas por una razón fáctica o legal. Así que no hay más que imaginar almacenes llenos de vehículos que nunca pasarían una ITV, de móviles para los que no existen ni cargadores, o de los tan famosos radio casetes de los coches de antaño, reliquias de otro tiempo. Una mezcla entre un museo de los horrores o un monumento a la serie Cuéntame cuya visita seguro que no nos dejaba indiferentes.

              Y me dejaba para el final otro tipo de piezas, ese epíteto que se dedica con carácter popular a personas ingobernables, y que muchas veces encaja como un guante en nuestra clientela habitual. Porque el juzgado de guardia está lleno de buenas piezas. Y no de museo, precisamente.

              Y con esto acabo el estreno de hoy. He tratado de encajar bien todas las piezas para que el rompecabezas salga bien, pro me faltaba una, el aplauso. Y ese lo dedico hoy, precisamente, a quienes saben encajar las piezas, en cualquier caso. Aunque haya que forzarlas o usar vaselina.

Racismo de guardia: sin darnos cuenta


            El lenguaje es el instrumento por el que nos comunicamos las personas, y aunque no todo el lenguaje es hablado y cada día tiene más importancia lo audiovisual, podemos seguir defendiendo eso de que por la boca muere el pez. El pez, y el racismo, la xenofobia y la intolerancia de cualquier clase, esa que ha dado lugar a tantas películas, de Criadas y señoras a El color púrpura, de Arde Mississipi a Matar a un ruiseñor, de Invictus a Adivina quién viene a cenar. Y muchas más que podríamos citar

En nuestro teatro, el racismo y la xenofobia y sus primos hermanos la islamofobia, el antisemitismo o el antigitanismo están tan proscriptos que la comisión de acciones que humillen por estos motivos o la difusión de mensajes de este tipo que inciten al odio no solo es que está rematadamente, sino que constituye un delito. El delito de odio, al que ya hemos dedicado más de un estreno. Y lo que nos queda, porque esto no parece que no para. Por desgracia.

Pero hoy no voy a hablar de los delitos de odio, sino de esas conductas y frases hechas que perpetúan los estereotipos, aunque ni siquiera nos demos cuenta. Pero ya es hora de que lo hagamos.

Seguro que todo el mundo ha dicho -o por menor oído- de otra persona que ha trabajado como un negro, que ha hecho un trabajo de chinos o que ha pagado menos que un judío. O que determinada reunión era una merienda de negros. Y seguro, también, que ha escuchado alguna frase del tipo “ten cuidado, que por aquí hay muchos gitanos” o que se han referido a ellos como paradigma de atributos negativos como la falta de higiene. O que se le ha reprochado a alguien enfermizamente celoso por ser un moro Algo que es injusto y que deberíamos hacernos mirar, pero que ahí sigue

 Y es que hasta el propio refranero está salpicado de estos prejuicios, y muchos de ellos de todo menos subliminales. Claros y bien claros, dicen cosas tan humillantes como “si quieres ver a un gitano trabajar, mételo en un pajar” “el cariño como hermanos y el dinero como gitanos”, respecto al pueblo gitano. Otros, se refieren a las personas judías con frases tan poco delicadas como “el gato y el judío de cuanto ven dicen mío”. Y algunos hacen un pastiche de racismo, machismo, xenofobia con sentencias como “el judío y la mujer vengativos suelen ser” o “judíos y gitanos no son para el trabajo”. Y es que el refranero será sabiduría popular pero, cuando dice estas cosas, es muestra no de sabiduría sino de torpeza popular. Una torpeza que a veces reproducimos sin darnos cuenta. Y solo son algunos pocos de los muchos ejemplos que he encontrado

Es muy conocida en Toguilandia la referencia a algo que se conoce como la “maldición de la gitana”: “pleitos tengas y los ganes”. Esto, que puede parecer gracioso, y una muestra de una realidad casi incontestable -más vale un mal acuerdo que un buen juicio- no lo es tanto si nos fijamos en lo que estamos dejando caer: que son las gitanas las que maldicen, en vez de dedicarse a otros menesteres, y que el pueblo gitano es especialista en juicios, y no precisamente desde la parte togada de estrados. Algo que, hoy en día, está absolutamente fuera de la realidad. No hay más que venir un día a la guardia y comprobarlo.

También son muy manidas frases como la ya citada de que determinada cosa se convirtió en una merienda de negros, aquella otra no se la salta un gitano u otras más imperceptibles, como la referencia al dinero negro o irregular, por contraposición al blanco, que es fetén, o la insistencia en que las cosas se blanquean cuando se les quiere dar una apariencia buena -blanca- a cosas que son negativas.

Así que, acabo con un consejito. Igual que Antonio Machín le pedía al pintor que pinta con amor que pintara angelitos negros, yo lo que pide es que abramos nuestras mentes y nos dejemos de estereotipos caducos e injustos. Y que nos pongamos en la piel de quienes se vean afectados, que a lo mejor sí dan importancia a aquello que nos parece que no la tiene. Tampoco pido tanto. ¿No?

Por eso, precisamente, mi aplauso de hoy es para quienes ya se fijaban en estas cosas y evitaban caer en el prejuicio. Y, por supuesto, el de mañana será para quine lo haga a partir de ahora. Que no se diga.

Frases machistas: Machismo de guardia


                Algunas veces podemos llegar a creer que el machismo se fue para siempre. Y más en fechas como estas, recién elegida la que es la primera mujer presidenta del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo. Pero no olvidemos que no hace tanto nuestras vidas y lo que de ellas reflejaba nuestro cine tenía títulos como Las que tienen que servir o La lola nos lleva al huerto. Sin olvidar esas películas americanas tan famosas y a la vez tan machistas como Pretty Woman, Grease o, a la cabeza de todas, Siete novias para siete hermanos. Sin perjuicio de su calidad artística, por descontado.

                En nuestro teatro está claro que el machismo está proscrito, pero del dicho al hecho hay un buen trecho. En unas carreras donde las mujeres no tuvimos arte ni parte hasta bien entrados los 70, donde hasta 2015 no hubo una Fiscal General del Estado y hasta casi 10 años más tarde no llegó una presidenta del Tribunal Supremo, tampoco podemos presumir de mucho. Que ya se sabe lo que dice el refrán sobre decir de lo que se presume.

                Por eso, con la intención de echar un vistazo a los estereotipos que todavía nos traicionan alguna vez, quería estrenar esta función. Y como el movimiento se demuestra andando, haré referencia a algo que ocurre con cierta frecuencia a las abogadas. No me ha pasado solo una vez, ni dos, que he oído a un detenido renegar de la abogada de oficio que le ha tocado en suerte porque es mujer. Sobre todo, en una jurisdicción como la de violencia de género, donde llegué a oír decir a un angelito que a ver si le traían un abogado de verdad, y lo “a esta”. Ni que decir tiene que salí en defensa de la abogada, porque aquello era inaceptable y porque ella y su profesionalidad lo merecían.

                Tampoco es infrecuente, por desgracia, que nuestra “clientela” refunfuñe porque se encuentra en un juicio o en un juzgado de guardia con una jueza, una fiscal, una laj y una abogada. Incluso he llegado a ver que un recurso contra alguna resolución se basa en tan peregrino argumento. Argumento, ni que decir tiene, respondido como merece por la Audiencia.

                Y es que, con las cosas que dice nuestro refranero, es difícil que de vez en cuando no se oiga alguna barbaridad. En los Juzgados de Violencia sobre la Mujer, donde el machismo campa por sus fueros, las respuestas de algunos de nuestros investigados recuerdan a esos refranes. De hecho, la conducta punible más frecuente es la que se acopla a un refrán hoy inadmisible: “a la mujer y a la burra, cada día una zurra” Y la raíz de estos problemas, el machismo y los estereotipos que lleva anejos, se reflejan perfectamente en estos otros que dicen cosas tan evidentes como “mujer y sartén e la cocina estén”, “la mujer en casa y con la pata quebrada” o “la mujer y l sardina en la cocina”.

                Pero, sin duda, hay otras más sutiles que tal vez hacen más daño porque penetran sin que nos demos cuenta. Así, cosas como decir a alguien “no se comporte como una niña” porque esté llorando, como si eso fuera motivo de desprecio y no de empatía () pueden ser demoledoras a la hora de que una víctima se decida a interponer una denuncia o renuncie a hacerlo. O esas frases tan manidas de “comportarse como un hombre” “tener un par de huevos”, como si los atributos masculinos fueran sinónimo de excelencia por contraposición a los femeninos.

                En cualquier caso, habrá que recordar que, en Toguilandia no vale eso de “vestirse por los pies” porque, como todo el mundo sabe, las togas son idénticas y se ponen por las mangas. O por las puñeteras mangas, si lo preferimos.

                Así que hoy el aplauso es para la primera mujer presidenta del Consejo del Poder Judicial, y por todas las personas que, a lo largo de los años, han hecho posible que este día llegara. Que ya era hora

Fobias: más que miedo


              Todo el mundo tiene sus filias y sus fobias, aunque muchas veces se confunden con simples manías. Y algunas, incluso, con un toque de obsesión que puede llegar a ser hilarante cuando no pasa a mayores. Pero, sea como sea, siempre dan lugar a argumentos interesantes, como la fobia social de Amelie, la del rey de Inglaterra en El discurso del rey, o la colección de las que tenía el protagonista de Mejor imposible.

              En nuestro teatro también existen las fobias, porque quienes estamos en él pertenecemos al género humano, y no nos libramos de ellas, pero son tan diversas como las personas y pueden tener efectos o no tenerlos en absoluto.

              Una de las más conocidas es la claustrofobia, cuyo objeto de terror son los lugres cerrados. Y respecto a esta, siempre recordaré un caso muy peculiar donde se trató de utilizar para conseguir un efecto adverso. Se trataba de un detenido nada menos que por homicidio que, cuando se olió la tostada de que su destino más que probable iba a ser la prisión, se puso a gritar como un poseso que él no podía ir allí porque tenía claustrofobia u no podía estar encerrado. Pero, al final, se fue a donde él se temía y no le pasó nada. O, al menos, nada diferente que la que le pasa a cualquier persona en prisión preventiva, primero, y definitiva, una vez condenado, O sea, que lo coló.

              También recuerdo el caso de un angelito, también detenido, que se definía a sí mismo como vigoréxico y que decía que no podía permanecer lejos de su gimnasio. Gimnasio que, casualmente, se encontraba dentro dl radio de 300 metros del domicilio de la que fue su pareja, que le había denunciado por maltrato y pidió un alejamiento. En este caso, yo misma, que soy muy respetosa tanto con las filias como con las fobias, le expliqué que no había problema, que si no quería el alejamiento le podría mandar a un sitio donde tenía gimnasio, gratis y todos los días. Precisamente, el lugar donde no quería ir el detenido del que hablaba antes, la prisión. Y mira por donde que debo tener unas dotes terapéuticas desconocidas, porque de repente desapareció la dependencia a ese gimnasio y se conformó con el alejamiento, si eso le suponía esquivar la prisión. Y es que tengo un poder de convicción tremendo.

              Pero no solo nuestros detenidos e investigados tienen manías y fobias. Conozco a quien tiene tanto miedo a conducir -amaxofobia, se llama- que es capaz de tardar cuatro veces más tiempo en desplazarse que coger el volante. Y le pasa incluso a gente que se sacó el carnet en su día. Y otro de los típicos es el terror a los ascensores. Y también hay quien se recorre los pisos que haga falta a patita antes de subirse en un ascensor, Aunque llegue echando los higadillos.

              Un caso curioso, entre la picaresca y la leyenda urbana, fue el de un funcionario que decía tener no fobia sino alergia al aparato con el que se fichaba con el dedo y lo alegó para pedir una baja. Lo sorprendente del caso es que, según cuentan, se la concedieron, con lo fácil que hubiera sido firmar en un papel como los de toda la vida. Pero me da la sensación de que el amigo a lo que tenía fobia es a trabajar Y es que es muy cansado, no diré que no, con lo bien que se está en casita tumbado en el sofá.

              Aunque tal vez lo que tenía era lo que me dijo una vez una testigo -ella se consideraba testiga, como Chus Lampreave- , que se había librado de la imputación por los pelos y prefería no aparecer por los juzgados. Me dijo muy seria que tenia fobia a los juzgados, y que por eso no quería venir. Y la verdad es que tuvo su gracia, hay que reconocerlo. Y su dosis de caradura, hay que reconocerlo también.

              Otro fue más expresivo y dijo que eran las togas lo que le daban alergia, un trastorno que, de existir, se debería de llamar togafobia. Pero, que yo sepa, aún no está contemplado en los anales de la Medicina. Igual con el tiempo, llega. Que nunca se sabe.

              Eso sí, lo que espero es que nadie tenga toguitaconifobia, porque me llevaría un disgusto bien grande. Tan grande como el aplauso que dedico hoy a los protagonistas de estas anécdotas. Porque siempre nos dan vidilla.

Imaginarium: objetos que son y no son


                Imaginación al poder. Esa era la consigna del mayo del 68, y no sé si por su influencia o porque el ingenio se estimula cuando la carestía acecha, siempre hay cosas invisibles respecto de las que actuamos como si lo fueran. Y no, no me refiero a fantasmas más o menos visibles como los de El sexto sentido o a las gemelas de El Resplandor sino a otros más tangibles, como el famoso amigo invisibles que muchos niños y niñas tienen, como ocurría en Jojo Rabbit o El club de la lucha

                En nuestro teatro, no tenemos presencias invisibles, al menos que yo sepa. Aunque yo la verdad soy muy de pies en tierra y me gustan poco los Expedientes X. Ya tengo bastante con los reales y verdaderos que hay encima de mi mesa y en mi armario pidiéndome a grito que los saque adelante, sobre todo recién llegada de vacaciones.

                Pero, si lo pensamos bien, todo el mundo ha simulado alguna vez la existencia de cosas que no están. El más claro ejemplo es el de levantar los dedos pulgar e índice en sentido horizontal -estoy segura de que ahora mismo lo estáis haciendo con vuestra mano- simulando una pistola. Con ese solo gesto, ya se entiende que se está amenazando a alguien, y existen condenas por delitos de amenazas. Otro tanto ocurre con el gesto de pasar el dedo por el cuello como si se tratara de un cuchillo imaginario, otro de los clásicos. Incluso recuerdo un caso en que se condenó por robo con intimidación -eso sí, sin uso de armas- porque para lograr que una señora entregara la cartera a su atracador, le apuntaba en la espalda con un arma que resultó ser su dedo, cosa que la asustadísima señora ignoraba. Una cuestión parecida se ha suscitado alguna vez respecto de la intimidación que era necesaria para considerar que existía un delito de violación y no un mero abuso sexual, antes de la ley del solo sí es sí claro está.

                Y, hablando de delitos sexuales, también hay mucha imaginación en esta materia. No hace falta que describa con mucho detalle ese gesto que se hace echando los dos brazos hacia detrás y la pelvis hacia delante que, en determinadas circunstancias puede ser, cuanto menos, un delito de vejación injusta. Y qué decir cuando se estiran los dedos índice y meñique de la mano escondiendo el resto, en que el insulto está servido. Salvo, claro está, que se sea rockero o amante del heavy metal.

                A propósito de estos, otro de los objetos imaginarios más usados es la guitarra. ¿Quién no ha emulado alguna vez a algún guitarrista famoso rasgándose la tripa con una mano y sosteniendo el mástil con la otra, mientras se cae a horcajadas al suelo dándolo todo? Pues eso. Si hasta existen concursos de guitarra imaginaria, aunque no sé si los premios serán imaginarios o no.

                Y hay más casos, uno de los más frecuentes el del teléfono. Basta con estirar los dedos meñique y pulgar, poniéndose el primero a la altura de la boca, para dar a entender que se habla por teléfono. Y, si bien es difícil comunicar con nadie, también es difícil que nos pongan una multa por usar el móvil conduciendo. Todo tiene sus ventajas.

                Si de conducir se trata, también hay gestos evidentes. El de coger un volante imaginario es uno de ellos. Menos conocido es el que hacemos cuando acompañamos a algún conductor novel o poco ducho, que consiste en apretar con nuestros pies u freno imaginario. Pero para poco sirve, la verdad. Y menos aún si el conductor ha llevado a la vida real otro de los gestos imaginarios más frecuentes, que hasta tiene su traducción en palabras, el de empinar el codo. Más le vale haberlo hecho solo en su versión imaginaria, pues de lo contrario, como le pillen la sanción es segura, sea por la vía administrativa o por la judicial.

                Ahora bien, si lo que hay pagar es una multa, que no nos engañen. Por más que el hecho de frotarse el dedo pulgar con el corazón y el índice denote dinero, hay que rascarse el bolsillo, y no solo en sentido figurado. Basta con que un policía figure que escribe sobre su mano ara saber lo que nos espera. Y eso sin necesidad que nos lo diga, aunque siempre se pude fingir sordera construyendo una trompetilla imaginaria sobre la oreja, o ceguera poniéndonos los dedos con forma de círculos sobre los ojos

                Y hasta aquí, este estreno de hoy que, aunque no sea imaginario, me gustaría que produjera el efecto de quitarse el sombrero. Si no, me dará un sofoco que tendré que remediar dándome aire con mi abanico imaginario. Eso sí, que el aplauso sea de verdad, y esta vez para la imaginación que nos hace ver tantas cosas que no existen. ¿O no?

Exageración: más allá de Andalucía


              No todo el mundo es igual, aunque haya nacido en el mismo sitio, pero la cultura popular nos endosa unos estereotipos que no siempre responden a la realidad. En Andalucía tienen fama de exagerados, como en el País Vasco de hacerlo todo a lo grande o en Galicia de no pronunciarse ante las cosas. Y, aunque no se pueda ni se deba generalizar, cargamos toda la vida con eso tópicos, nos gusten o no. De eso ha sacado partido el cine en películas tan conocidas como Ocho apellidos vascos u Ocho apellidos catalanes. Pero, sea patrimonio andaluz o universal, la exageración existe. Y por todo el mundo, dicho sea sin exagerar.

              En nuestro teatro, por su propia naturaleza, no deberíamos tender a la exageración. Se supone que lo nuestro es la ponderación y el equilibrio, por eso nos representa una balanza. Pero, en la realidad, del dicho al hecho hay un buen trecho. Y hasta un abismo, exageraciones aparte.

              Yo misma, en este espacio toguitaconado, echo muchas veces mano de la exageración. O de la hipérbole, que queda mucho más fino. Así, hablando de nuestros propios deportes , hablaba de saltar con pértiga para acceder al despacho cuando una vuelve de vacaciones y tiene que esquivar las toneladas -de nuevo una exageración- de papel. Pues bien, confieso que he mentido. No tengo pértiga ni la usé para saltar expedientes, aunque reconozco que me hubiera venido bien porque cada mes de septiembre el panorama es desolador. Y eso sí lo digo sin exagerar. Porque los criminales no se toman descanso y los juzgados, por eso, siguen teniendo trabajo estemos de vacaciones o no. Que nos lo digan si no a quienes tenemos el dudoso honor de hacer guardias en verano.

              También he exagerado alguna vez diciendo que tenía que usar un machete para abrirme paso entre las causas pendientes en algunos archivos. En realidad, con unos buenos hombros para sostenerlas y un buen entrenamiento me bastaba.

              Y, por supuesto, exageramos cuando decimos que tenemos tropemil asuntos pendientes o que alguno de ellos tiene tropemil folios. O hijoemil, como dice una amiga mía que sí es andaluza. Pero mucho son, desde luego, y si es cierto que es un poco exagerado decir que no nos da la vida, poco nos falta.

              Sin embargo, hay cosas en las que, aunque parezca que exageramos, nos quedamos cortas. Porque cuando una dice que los señalamientos tardan una barbaridad, parece que está exagerando, pero cuando vemos que un asunto que sale hoy del juzgado se señala dentro de dos años, pues lo de la exageración ya no es tal. Y no hay más que echar un vistazo a redes sociales para ver quejas a plazos absolutamente.

              Y si pensamos en lo que tardan algunos asuntos en resolverse, pasa otro tanto. Sin perjuicio de que hay juzgados que van tan al día que hasta han ganado premios por su eficacia, hay casos e los que el tiempo transcurrido haría sonrojarse a cualquiera. Pero que vamos a esperar, si el propio Tribunal Constitucional ha tardado hasta once años en resolver algunas cosas. Y si eso no es un plazo excesivo, que no exagerado, que venga Dios y lo vea.

              Pero claro, cómo no nos van a pasar estas cosas si el número la ratio de personas por las que hay un juez o magistrado es, sin exagerar, menos de la mitad de la que tienen en otros países de Europa. Y, si hablamos de fiscales, ya ni cuento. Y no lo digo solo por arrimar el ascua a mi sardina, sino porque es vedad. Verdad verdadera.

              ¿Y qué pensaría la gente ajena a Toguilandia si supiera que nuestra ley de enjuiciamiento criminal, la que regula el procedimiento penal, es de la década de los 80…del siglo XIX? ¿O que la ley de indulto es de 1870? Y no digo nada del Código Civil , de la misma época, porque al menos este ha envejecido mejor y se conserva como esas personas centenarias de genética asombrosa. Pero que leyes tan importantes daten de épocas en que no solo no existían los ordenadores, ni los móviles, ni las tecnologías de la información y la comunicación ni los cohetes espaciales, sino que se iba de un lugar a otro en diligencia o a caballo, y eso si se iba, no es una exageración, sino algo increíble. En sentido literal.

              Así que, sin necesidad de estar en Andalucía, nos encontramos cada día con un número exagerado de señalamientos, de carga de trabajo y con causas tan enormes que las podrían haber inventado en el mismísimo Bilbao, si tiramos de tópico. Y que, además, necesitarían de uno de sus levantadores de piedras para trasladarlas de un lugar a otro.

              Todo esto, por supuesto, visto en la versión papel, que todavía existe en muchos juzgados y fiscalías, por más que hubieran prometido el papel 0 desde hace décadas, sin exagerar ni un ápice. Pero, incluso allá donde la digitalización ya es una realidad, la carga de trabajo ya no pesa físicamente, pero es igual de superlativa.

 Como lo es, por no olvidarme de quienes estudian oposiciones, el tiempo que han de hacerlo para llegar a tener un sitio en la carrera judicial o fiscal, o para ser LAJ.

Y con esto cierro el telón por hoy. Espero no exagerar al pedir el aplauso para quienes soportan esas cargas de trabajo tan excesivas. Y aprovecho para dar una ovación extra a la fuente de la ilustración de hoy, el libro de Isaías Lafuente “Unidad de vigilancia lingüística” que recogía un gazapo respecto de la ratio de jueces en Andalucía que daba gloria. Gracias por hacernos reír con estas cosas tan serias.

Inmigración: del amor al odio


              Estar fuera del país de cada cual produce los sentimientos mas encontrados. Desde el patriotismo a la nostalgia, desde la necesidad al capricho, vivir fuera del lugar donde hemos nacido no nos es indiferente. En su día, Juanito Valderrama cantaba a El emigrante español que se iba fuera de España, el de Vente a Alemania, Pepe. Ahora somos nosotros quienes recibimos a gente de fuera, a personas que escriben cosa como las Cartas de Alou, y que recuerdan su tierra con una mezcla de nostalgia y pena.

              En nuestro teatro, el elemento extranjero está presente por muchas partes. La extranjería da lugar a multitud de procedimientos jurídicos que van desde la expulsión al derecho de asilo. Pero nuestra manera de reaccionar ante la población migrante y el fenómeno de la inmigración no siempre es la misma.

              Por un lado, nunca deberíamos perder de vista que España fue un país de emigrantes, que las circunstancias políticas primero y económicas más tarde hicieran que a lo largo del siglo XX muchas españolas y españoles tuvieran que dejar nuestra tierra y encontrarse En tierra extraña, como cantaba Concha Piquer, la del famosos baúl que recorría las sete potencias.

              Pero no vayamos tan lejos. Las cosas mejoraron, y la tortilla se dio la vuelta, hasta el punto de que ahora es nuestro país quien recibe a inmigrantes. A veces, más de los que quisiéremos o de los que, según algunos políticos, podemos permitirnos.

              ¿Y cómo los tratamos? Pues depende. Porque no todos son iguales, según parece. De una pare, está esa gente que viene con los bolsillos llenos, o con las expectativas altas de llenarlos, como sucede con futbolistas o millonarios de alto copete. Esos, ni molestan ni plantean problemas. Y nadie los llamaría “migrantes” con tintes peyorativos ni MENAS si fueran menores de edad. Sin personas extranjeras, bien recibidas sin más.

              Pero hay muchos otros, los que vienen porque no tienen nada en su tierra, los que emprenden un viaje incierto con una mano delante y una detrás, porque, como me dijo uno de ellos, su vida es su único patrimonio. Son personas que saltan vallas arriesgándose a morir en el intento, o se embarcan en pateras, o cayucos, o lanchas casi de juguete que han convertido el Mar Mediterráneo en el mayor de los cementerios.

              Por si tuvieran poco, se encuentran con el odio de quienes, sin cortarse un pelo en extender bulos y fake news escampan la hostilidad contra estas personas acusándolas de cualquier crimen real o imaginario que se haya cometido. Y es entonces cuando nos encontramos con frases en medios de comunicación y redes sociales que, con toda irresponsabilidad, expanden esos infundios. Unos infundios que, o rozan el delito de odio () o entran directamente en él.

              Sin embargo, si echamos la vista atrás, hace unos pocos veranos, presumíamos de solidaridad cuando llegaban refugiados desde otros lugares, refugiados como el Niño Aylan, cuya fotografía en la playa, con su cuerpecito inerte nos estrujó el corazón. ¿Por qué entonces tanto y ahora tan poco? ¿Cuándo y por qué hemos cambiado el amor por el odio?

              Pero vayámonos un poco más cerca en el tiempo, a ese momento en que llegaban a este y a otros muchos países personas que huían de Ucrania, debido a la invasión que su país había sufrido y a la guerra que lo asolaba. De nuevo la solidaridad nos desbordaba y se ofrecía asilo, refugio y toda clase de facilidades a las personas que se encontraban en esa penosa situación. Porque lo habían perdido todo, y les queríamos dar otra oportunidad.

              Entonces, ¿qué nos ha pasado? ¿Qué diferencia hay entre unos y otros? ¿Su procedencia? ¿El color de su piel?. Preferiría no responder a esta pregunta de la manera que parece obvia, y que existiera otra explicación, pero no la encuentro.

              Por eso, solo puedo condenar el odio y dedicar mi aplauso a quienes luchan contra eso. De todo corazón