Como no podía ser de otra manera, la función sigue adelante, en esta sesión continua que se representa día a día. Y hay que seguir conociendo a sus protagonistas, unos más conocidos y otros menos. Pero todos importantes.
Cuando hablaba desde este mismo blog de los fiscales, lo hacía recordando el desconocimiento general de nuestra labor y nuestras funciones. Ya entonces adelantaba que el otro gran desconocido en nuestro escenario es alguien esencial: el Secretario –o Secretaria judicial-. Así, escrito con mayúsculas. Y a esto precisamente me dispongo ahora. Porque si las funciones del Fiscal son desconocidas, de los Secretarios se ignora, a veces, hasta su propia existencia, y eso no es justo. Porque ningún juzgado sobreviviría sin ellos.
Huelga decirlo –o quizás no- pero hay que insistir que un Secretario Judicial no es el secretario o secretaria del juez, ni muchísimo menos. Que nada tiene que ver con esa acepción de la palabra que evoca máquinas de escribir, dictados, teléfono y recados varios, incluído café. Para los que ya tenemos unos años, o cierta nostalgia, lo que decía aquella vieja canción de Mocedades. Nada que ver, hay que insistir. Recuerdo al respecto cierta serie de televisión que, por una elemental falta de documentación y de ganas de tenerla, ofrecía una visión deformada e irreal de esta figura, lo que produjo justa indignación y airadas quejas por parte de los aludidos. Y no era para menos. La serie, segunda parte de “Turno de oficio”, mostraba a la Secretaria judicial como una simple subalterna que servía el cafetito, llevaba el maletín o hacía los encargos del juez, protagonista absoluto, al que, de paso, le hacía la pelota de una manera insoportable. Sólo faltaba que además estuviera enamorada de él para completar el cuadro. O a lo mejor, no faltaba.
Los Secretarios judiciales son un cuerpo técnico con una esmerada preparación que necesitan, para acceder al mismo, de una dura oposición, y para su trabajo, de una gran dosis de dedicación y una indudable profesionalidad. Y visto lo visto con las reformas que se avecinan, también de unas enormes tragaderas y de paciencia, que hasta el nombre les quieren cambiar, pese a su oposición, y les ponen normas tan peregrinas como esa de “vestir con decoro”, como si hasta ahora fueran disfrazados o anduvieran en traje de baño y chanclas. Como si no hubiera cosas importantes que regular, dicho sea de paso.
En palabras ampulosas, el Secretario es el fedatario judicial, es decir, algo así como el notario de lo que ocurre en nuestra justicia. Algo fundamental para cosas tan importantes como entradas y registros, transcripción de escuchas telefónicas, apertura de paquetes postales o cotejo de mensajes, por poner algún ejemplo. Sin su presencia, la mayor parte de actuaciones judiciales carecerían de validez y, hasta no hace mucho, se encargaban, armados y pertrechados de papel, bolígrafo e incluso grapadora, de elaborar las actas de los juicios tomando nota de todo lo que en ellos pasaba. Por fortuna, alguien se percató de que los monjes amanuenses dejaron de estar de moda desde la Edad Media, y ahora los juicios se graban en CD. Un verdadero salto tecnológico al siglo XX, oiga, que al XXI ya iremos llegando. Tiempo al tiempo.
También dirigen al personal del juzgado, la oficina judicial, o como quiera que se llame o que se vaya a llamar. Esto es, que se encargan de lo referente a la organización de los funcionarios que trabajan en su juzgado. Lo que a nadie se le escapará, por poco avispado que sea, que es esencial para que la función se represente correctamente. Nada menos.
Y, aunque no pretendo ser exhaustiva sino dar unas pinceladas de la labor de nuestro protagonista de hoy, hay algunas cosas que no quiero dejar de citar. Como la lectura de derechos, algo tan peliculero y conocido, que les corresponde sin que mucha gente lo sepa. O la llevanza de registros tan fundamentales como el de víctimas de violencia doméstica y de género, la anotación de los famosos autos de alejamiento -o “de escarmiento”, como he oído alguna vez. O las tan odiosas y odiadas estadísticas, trabajo tan pesado que a veces se vuelve pesadilla.
Y aquí no acaba todo, ni mucho menos. Como cualificados técnicos en Derecho, son los encargados de acordar determinadas resoluciones, que no sólo es el juez quien siempre ha de resolver. Y podrían, por qué no, asumir otras funciones, como la llevanza del Registro Civil que en su día se propuso y que se ha preferido encarrilar por otros derroteros, con base a vaya usted a saber qué inspirado criterio. Eso sí, les quieren hacer recaudadores de tasas judiciales, así que espero que no les provean de una bandolera al cinto como los revisores de tren. Aunque siempre podrán decir que con eso faltan al decoro, digo yo.
Así que aquí queda la semblanza de esa parte del reparto de la obra que existe sin que muchos lo conozcan, como la cara oculta de la Luna. Y que, por cierto, también lleva toga, con su chapa -plateada o dorada- y sus puñetas, cuando toca. Porque ellos lo valen. De verdad.





