
Desde que el mundo es mundo, el género humano acostumbró a acampar. Antes de tener viviendas fijas, los hombres eran nómadas y se instalaban en cada momento donde eran más propicias las condiciones. Eran los tiempos que el cine plasmó en películas como En busca del fuego o Hace un millón de años. Pero, aunque el tiempo pasó y las viviendas acabaron siendo permanentes, los hombres y las mujeres no perdieron el gusto o la costumbre de acampar, por una u otra causa, desde un simple Campamento de verano hasta los terroríficos Viernes 13 o El proyecto de la bruja de Blair. Pasando por acampadas en modo prot4esta como ocurre en Falsos Horizontes.
En nuestro teatro, las acampadas pueden verse desde distintos puntos de vista. Podemos hablar de los campamentos como una modalidad de vivienda, como una forma de protesta o como un lugar donde desarrollar cualquier aspecto de la vida.
En cuanto a un asentamiento como sustituo de vivienda, las opciones pueden seer varias Podemos referirnos a segundas residencias o a opciones vacacionales de camping o similares, en cuyo caso la cuestión no tendrá más trascendencia jurídica que las relacionadas con el contrato, sus incidencias y su cumplimiento o incumplimiento.
Cuando el campamento es la vivienda habitual, por precaria que pueda ser, también tiene sus conssecuncias en orden a la posible comisión de un allanamiento de morada, o a la agravación por hberse cometido los hechos en el domicilo en tipos penales como los relacionados con la violencia de género o doméstica o los robos en casa habitada.
También vemos casi a diario en medios de comunicación los campamentos de personas refugiadas que constituyen su vivienda ocasional a falta de otra opción. No tenemos más que ehar un vistazo a los aentamientos permanentes en lugares de guerra, o los temporales que ehmos visto en Ceuta en los últimos tempos.
Pero las acampadas pueden suceder también como señal de protesta, y en ese caso poco o nada tienen que ver con la vivienda. Precisamente en estos casos, las personas renuncian a su vivienda habitual para instalarse en el lugar de la acampada, la vía pública, a modo de protesta. Lo vimos claramente con el movimiento del 15 M y lo estamos viendo ahora a propósito de los desahucios y el efecto Maricarmen , aunque no han sido los únicos casos. No hay más que hacer un esfuerzo de memoria o consultar la hemeroteca para comprobarlo.
Ahora bien, la cuestión, jurídicamente hablando, está en deslindar hasta donde llega el ejercicio de un derecho y a partir de qué momento se pueden tomar decisiones que limiten el mis fundamentalmente el desalojo.
Por supuesto, el ejercicio de la protesta pacífica es un derecho constitucionalmente protegido que no puede ser limitado salvo por razones de orden público. Es decir, que si los acampados se coloaran en mitad de una autopista, con riesgo parqa su vida y la vida de los usuarios, podrían plantearse un desalojo forzoso, pero si se trata de causar simples molestias, porque a alguien no le guste o le resulte incómodo tener a gente acampada en determinados lugares, el desalojo no es posible.
El verdadero problema es que nada es blanco ni negro y las posibilidades de zonas grises según quien las interprete son muchas, Pero en caso de conflicto, ya sabemos que en último caso serán nuestros tribunales quienes decidan acerca de la colisión de derechos.
Otra cuestión sería lo que ocurre si la acampada no es pacífica, y se cometen determinados delitos en el desarrollo de la protesta, como pueden ser lesiones si hay algaradas o hasta desobediencia a las órdenes de la autoridad. Pero, mientras la protesta sea pacífica, nada de esto debería suceder.
El otro límite, al menos teórico, vendría dado por cuestiones de salubridad e higiene. Si una acampada durar demasiado o las condiciones higiénicas fueran inadecuadas, podrían plantearse medidas en pro de la salud pública. Pero quede claro que tendría que tratarse de un riesgo evidente y contratastado y no de bulos como los que hemos visto correr e los últimos días.
Así que ahí queda eso. La protesta es un derecho y mientras no cause males mayores, no se puede acabar con ella así como así. También hay que hacer un ejercicio de empatia y pensar que, si alguien renuncia a la comodidad de su vida diaria en pro de una reivindicación, habrá que, al menos, escucharle.
Sé que el equilibro es difícil. De ahí que el aplauso de hoy vaya por ahí, dedicado a quienes saben cohonestar el ejercicio de un derecho legítimo con el respeto a los demás. Es lo que hay…. O lo que debería haber.