#Relato: Mi primera Mocadorà


Ahora que se aproxima el 9 de Octubre, la fiesta grande de la Comunidad Valenciana, quiero compartir una historia inspirada en una tradición muy antigua de mi tierra. Como siempre, con su parte de ficción y de tradición, quiero rendir homenaje a mi querida Valencia

Este texto forma parte de la antología 101 historias de amor valencianas, de la editorial Vinatea

Mi primera Mocadorà

Por mucho tiempo que pase, nunca olvidaré aquel 9 de octubre. Era mi primer 9 de octubre en Valencia, aunque el año anterior ya había estado en la ciudad con una beca Erasmus. Me gustó tanto que no paré hasta encontrar la manera de quedarme. Por fin, encontré una beca de investigación para hacer el doctorado que, como mínimo, me garantizaba 3 años más en aquella ciudad con la luz más bonita del mundo.

Encontré el paquete sobre mi cama. No sabía qué era, ni tampoco quién me lo había dejado. Aunque tenía mis sospechas. Desde que estaba en Valencia, todas las cosas buenas se relacionaban de una u otra manera con la misma persona: Jaume.

  • ¡Jaume! -grité, sin atreverme a tocar el paquete- ¿Qué es esto? ¿Tú sabes algo?

        Jaume apareció como por ensalmo en mi cuarto. Estaba en la otra habitación, en la suya. Por una carambola de la vida, era mi compañero de piso casi desde mi llegada desde mi Copenhague natal. Yo tenía que haber compartido vivienda con su hermana, pero algo le pasó y fue él quien ocupó su lugar. Y era mi compañero de piso, pero, también era más que eso, aunque no acabábamos de definir nuestra situación. Hasta entonces

  • ¿Lo has abierto, Karen?
  • No. No sé si es para mí
  • ¿Para quién iba a ser, si no?

       Abrí el paquete con mucho cuidado No tenía ni idea de qué podría ser, y el envoltorio no me daba ninguna pista. Cuando quité el lazo y arranqué el papel me encontré un pañuelo. Pero no era un pañuelo doblado como cabría esperar de un regalo así, sino que estaba anudado, envolviendo a su vez otra cosa. Deshice el nudo, y vi una bandeja dorada en la que descansaban, cuidadosamente depositados, unos dulces de forma extraña junto a otros que simulaban ser frutas y verduras. Había patatas, champiñones, naranjas, higos, espárragos, manzanas, peras, fresas, limones, melocotones, ciruelas y alcachofas. Una huerta en miniatura. Pero no entendía nada. Y mi cara lo decía todo

  • Muy bonito -dije por decir algo- Gracias
  • Pero ¿sabes lo que es?

        No lo sabía, claro. No podía imaginar qué significaba, aunque el pañuelo de seda natural era precioso y los dulces una monería. Ni siquiera me atrevía a probarlos.

            Mientras miraba a Jaume y al paquete, él empezó a explicarme qué era aquello. Era 9 de octubre, la fiesta de la Comunidad Valenciana, y en esa fiesta era una tradición que los hombres regalaran a las mujeres unos dulces típicos, mazapanes con unas formas caprichosas, y aquellas frutitas tan preciosas. Todo ello, envuelto en un pañuelo. De ahí su nombre, “mocaorà”, porque “mocaor” significa “pañuelo” en valenciano.

  • Y todo esto, ¿por qué? ¿Qué son esas figuras de mazapán? ¿Y por qué las frutas y el pañuelo?
  • Verás, viene de una tradición muy antigua de mi tierra que ha llegado hasta nuestros días. En el siglo XVIII los Decretos de Nueva Planta prohibieron festejar la entrada de Jaume I el 9 de octubre. Entonces, los confiteros idearon su propia manera de festejar y burlar la ley, sin que pudieran descubrirlos. Ese día elaboraban unos dulces con la forma de los petardos prohibidos, que son estos -los señaló- La piula y el tronaor. Los regalaban a las mujeres como símbolo y así entraba en todos los hogares esa celebración prohibida. Por si les pillaban, lo envolvían en un pañuelo que regalaban a las mujeres y lo adornaban con mazapanes en forma de frutas, como símbolo de fertilidad
  • Muy interesante -le dije-Y muy listos los pasteleros

         Era, en efecto, una historia interesante, de la que nunca había oído hablar. Pero seguía sin entender qué tenía qué ver aquello con las frutitas, los pañuelos y las mujeres. Algo se m escapaba. Pero él intervino antes de que le preguntara

  • Pero mi madre contaba una historia mucho más bonita, que decía que había oído de su madre, y ella de la suya, y así sucesivamente hasta llegar a la protagonista, una antepasada suya. ¿Quieres oírla?
  • Claro
  • ¿Te acuerdas de que te hablé de lo Decretos de Nueva Planta? ¿Sabes qué son?
  • Algo se. En una asignatura de historia, cuando me preparaba para venir de Erasmus, me explicaron que eran leyes que les quitaron los fueros a Valencia. Una especie de castigo por no apoyar al rey. ¿Es así?
  • Y tanto -me miró asombrado- No esperaba que una danesa supiera tanto de nuestra tierra.
  • Ya ves
  • Sabrás también que todo eso ocurrió por causa de la Guerra de Sucesión
  • Sí
  • ¿Y qué pasa en todas las guerras?
  • Pues que la gente muere, y pasa hambre y enfermedades.
  • Exacto. Y eso fue precisamente lo que le pasaba a nuestra protagonista. Mi tataratatataratarabuela. Según contaba mi madre, era una joven de familia aristocrática. Su padre era marqués, aunque le quitarían los títulos porque apoyó al Archiduque Carlos en la Guerra de Sucesión que ganó Felipe V
  • El que os quitó los fueros ¿no?
  • Exacto. El marqués murió en la guerra y la viuda y sus dos hijos, chico y chica, quedaron en una situación muy precaria. Tenían mucha hambre, pero su orgullo y su alcurnia les impedían mendigar
  • Pobrecitos
  • El caso es que había un pastelero cuyo hijo estaba enamorado de la marquesita, la hija pequeña del marqués. Mientras las cosas les iban bien, ni se le pasó por la cabeza cortejarla, porque la diferencia de clases era un obstáculo insalvable. Pero en cuanto supo de que estaban pasándolo tan mal, quiso hacer algo por su amada. No podía llevarle comida y abrigo porque le hubiera ofendido, y su madre no le hubiera dejado ni acercarse, así que ideó algo
  • Esto se pone interesante-le dijo, admirada. Sigue, sigue
  • El aprendiz de pastelero aprovechó la fecha del 9 de octubre y el truco de los petardos de mazapán que simbolizaban el orgullo de la tierra valenciana a pesar de las imposiciones del rey valenciano, conocida en toda la región, para su propio plan. Elaboró los mazapanes con forma de piula y tronaor y los puso, cuidadosamente envueltos, en una caja llena de productos de la huerta de su padre. Luego le pidió permiso para coger un pañuelo de su madre, que había muerto hacía años, para envolver la caja. Tenía que ser un pañuelo grande para eso, aunque él pretendía que así su amada tuviera algo con cubrirse del frío que empezaba a sentirse.
  • ¿Y su padre accedió?
  • No podía hacer otra cosa. Por un lado, quería a su hijo y conocía su enamoramiento, y, por otro, había admirado mucho al marqués por lo que luchó por sus derechos.
  • ¿Y la marquesita?
  • Cuentan que, en cuanto recibió la caja, lloró de alegría. Tuvieron comida para una temporada, y ella pudo cubrirse con el precioso pañuelo. Pero ahora viene lo mejor
  • ¿El qué?
  • La marquesa, enternecida, permitió que el aprendiz de pastelero cortejara a su hija, que se enamoró perdidamente de él. Por eso este regalo se ha convertido en el símbolo del amor en Valencia. Las frutas y verduras se hacen en miniatura, como recordatorio.

         Lloré. Y lloré todavía más al percatarme de lo que significaba aquel regalo de Jaume.

         Hoy, diez años después, he sabido que esperamos una niña. Y sé que le contaré esta historia como hicieron las mujeres de la familia de Jaume de generación en generación

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