
Siempre han existido los actos solemnes. En mayor o menor medida según el momento, las circunstancias y el estatus social, las personas celebran los acontecimientos de su vida con fastos especiales. Y estos fastos dan para buenos argumentos para películas. Pensemos en Mi gran boda griega, La boda de Muriel o Cuatro bodas y un funeral, por poner algún ejemplo. Entre otros muchos.
En nuestro teatro andamos sobrados de actos solemnes. Tan solemnes nos ponemos en ocasiones, que una se pregunta si tanta pompa es necesaria o si se trata de reminiscencias de otros tiempos que hoy en día sobran. Y esa perdiz es la que vamos a marear hoy, si se deja. A ver si llegamos a alguna conclusión.
La idea inspiradora de esta función no me ha llegado por ensalmo. Como quiera que esta misma semana estuve, un año más, en la ceremonia de apertura del año judicial en la Comunidad Autónoma por la que paseo mi toga, me vino a la cabeza mientras escuchaba discursos y demás. Además, se daba la circunstancia de que hace unos días fue la toma de posesión del Fiscal Superior, y también hubo otro acto de toma de posesión de Secretarios coordinadores -curioso que no se llamen LAJs coordinadores o Lajs de gobierno, por cierto- y en medio de ambas, la madre de todas las aperturas de año judicial, la del Supremo. Esa que, por vez primera no nos obsequia una imagen exclusivamente masculina de la justicia, dicho sea de paso.
La puesta en escena es siempre la misma. Si se cuenta con un edificio suficientemente vetusto, sillones con volutas, muebles oscuros y pesados, tapices en las paredes y los inevitables cortinajes de terciopelo, miel sobre hojuelas. Si no es el caso, pues se echa mano de algún lugar suficientemente grande para que quienes son algo en Toguilandia y sus alrededores, puedan acudir con su toga ,sus tacones, sus uniformes o sus impecables corbatas. Y mucha, mucha puñeta , dicho sea en el buen sentido.
Y luego vienen los discursos. Y ahí es donde quería yo llegar. En todos los años que llevo en este mundo toguitaconado, he escuchado discursos de todo tipo. Desde los más entretenidos a los más plúmbeos, de los más interesantes a lo más superficiales. Depende de quienes lo hacen, por supuesto Pero, cuando de la apertura del año judicial se trata, siempre pienso lo mismo. ¿Es necesario pasar tanto tiempo desgranando estadísticas que se pueden leer perfectamente en un documento o en una pantalla? ¿Es realmente preciso concretar si se han incoado 125876 diligencias y se han presentado 98536 demandas? ¿Qué es lo que nos aporta?
Conste que no se trata de criticar a los diferentes intervinientes en estos actos, que no hacen sino hacer lo que tienen que hacer, lo que se ha hecho siempre en actos de esta índole. Lo que me pregunto es si no se podía hacer algún cambio. O algunos.
La cuestión es que este acto hace juego con toda la parafernalia de nuestro teatro, desde los juicios a las tomas de posesión, desde las entregas de medallas a las jubilaciones. Por eso nos ponemos nuestra toga, con sus puñetas -si las tenemos-, el vestuario más adecuado, los tacones y lo que proceda y empleamos las fórmulas tradicionales como la consabida venia. Pero por eso, también, seguimos tenemos esa fama de rancios y viejunos. Y, lo que es peor, tan lejana al justiciable que la gente siente que lo de que la justicia emana del pueblo es una milonga.
Pero no tengo la solución. Ya quisiera. Porque hay que cohonestar la manera de seguir permaneciendo en nuestro sitio sin que parezca que ese sitio está años luz del resto de las personas, que la sociedad a la que nos debemos.
Por eso el aplauso de hoy va a ser una propuesta. Se lo daremos a quine dé con la solución de esta cuestión. Que no es poca cosa, precisamente.