
Quienes ya tenemos unos añitos, recordamos un programa de televisión que se llamaba Sorpresa, sorpresa, casi más famoso por lo que no se vio que por lo que se vio, porque fue presuntamente en la grabación de ese programa en la que ocurrió aquella historia de Ricky Martin, el perro, la niña y la mermelada que nadie vio pero de la que todo el mundo hablaba. Un precedente de las actuales fake news. Aunque, para sorpresa en pantalla, me quedo con Princesa por sorpresa. Un cuento de los de toda la vida
En nuestro teatro, la sorpresa es el pan nuestro de cada día, aunque en principio pueda parecer que está todo previsto. Los señalamientos tienen su día y hora y l procedimiento tiene unos cauces muy concretos. Pero, como todo tren, se puede salir de sus carriles y descarrilar. Con todo lo que ello supone.
Ya hablamos de algunas sorpresas en un estreno anterior, pero la fuente es inagotable. Y sigue manando, por supuesto. Y mojándonos cada día
Todo el mundo que frecuente Toguilandia se ha encontrado alguna vez con el señalamiento sorpresa. Ese que no os notificaron, o cuya notificación no sabemos a donde fuera parar, o, incluso, aquella que el despiste nos llevó a equivocar de día, de mes o hasta de año. No hace mucho una compañera iba a un juicio con el convencimiento de que era el día y, tras comprobar el señalamiento a la vista de que allí no acudía a nadie, se dio cuenta de que no era el día correcto, porque el juicio estaba previsto para el mismo día pero del año siguiente. Y es que así estamos.
Otro tipo de sorpresa, y no muy agradable, por cierto, es la que surge cuando alguien se ha equivocado de carpetilla que es el material con el que los fiscales vamos a juicio, o de carpeta, archivo, o lo que sea. Y cuando se empieza a ver que ni el nombre del acusado, ni el delito, ni nada de nada coinciden con lo que había preparado, las ganas de que la tierra se abra a nuestros pies son de lo más grande. Pero nunca ocurre. O no, al menos, ocurre cuando quisiéramos.
Porque hablando de tierra que se abre bajo nuestros pies y de sorpresas en Toguilandia, recuerdo ahora la anécdota que me contó una amiga abogada, que notó de repente que la silla sobre la que estaba sentada en la sala se hundía de manera irremediable, dejándola a la altura del betún Y no hablo en sentido figurado, precisamente. Porque, de repente, despareció de la vista de todos como si de un juego de prestidigitación se tratara. La explicación, sin embargo, era mucho más sencilla. Las patas de la silla cedieron de puro viejo y la letrada se fue al suelo. Tal como lo cuento.
Otras sorpresas que te depara la vida toguitaconada derivan de imprevisibles como bajas, enfermedades u otras eventualidades que les ocurren a compañeras y compañeros y que hacen que se tenga de echar mano del servicio de porsiaca -de”por si acaso”-, que en fiscalía se llama incidencias, y que consiste en que tienes que ira al juicio corre que te pillo cuando te las prometías tan felices despachando papel en el despacho.
Pero no todo va a ser malo. A veces las sorpresas son gratas, y una se encuentra que aquel juicio tan feo se suspende -siempre que no lo tenga volver a celebrar, porque eso es pan para hoy ya hambre para mañana-, sobre todo si sabe con suficiente tempo que el prepararlo no haya siendo tiempo desaprovechado.
A veces, lo que ocurre es que el investigado ha pasado a mejor vida -sea el cementerio o sea simplemente el ignorado paradero- y entonces la alegría es completa para quien tenía que hacer el trabajo. Una aplicación al pie de la letra del dicho de que no hay mal que por bien no venga.
Para acabar, hay veces en que la sorpresa la provocan las personas. Yo me he llevado más de una alegría reencontrándome en un juicio o en una guardia con alguien a quine le había perdido la pista, como me ocurrió con quine fue un día monitor de natación de mi hija cando era niña. La criaturita solía decir al monitor que si la obligaba a tirarse de cabeza a la piscina su mamá le metería en la cárcel. El pobre, casi un chiquillo, me lo contó muy compungido y mira tú por donde que años después me lo encontró en el juzgado de guardia ejerciendo de abogado. Nada más y nada menos.
Aunque hay otras veces en que la sorpresa no es tan agradable. Es lo que curre cuando esa persona a la que habías perdido la pista reaparece en tu vida desde el otro lado de estrados, esto es, esposada o detenida. Pero hay que seguir adelante. Igual que hay que hacerlo cuando esa persona que conoces resulta ser la víctima de una delito. Me ha pasado más de una vez con casos de violencia de género y me han dejado el corazón encogido. Verdad verdadera.
Y hasta aquí, el estreno de hoy. Espero que, si algo tiene de sorpresa, sea de las buenas. Igual que el aplauso, que está hoy dedicado a quienes protagonizan este tipo de sorpresas. Porque siempre alegran el día.