Limpieza: brillo toguitaconado


              La limpieza siempre es una virtud. Necesaria, además, sin duda. Las que tienen que servir bien lo saben, como contaban aquellas películas en que Gracita Morales se refería a José Luis López Vázquez como “el señoriiiiito“ con un sonsonete que ha pasado a la historia. Que se lo digan si no al mayordomo del anuncio, tantos años dando la lata y amenazando con hacer la prueba del algodón para comprobar el nivel de limpieza

              En nuestro teatro la limpieza también es importante, como en cualquier ámbito de la vida. Y lo es, por supuesto, el personal encargado de realizarla, que ya tuvo su propio estreno hace algún tiempo, pero no es el tema al que vamos a hincar el diente hoy. Y conste que no es porque el personal de limpieza no tenga mucho que decidir en Derecho, que no hay más que ver la última reforma en cuanto a los derechos laborales de las empleadas del hogar o la lucha que, desde hace tiempo, mantienen por los suyos las camareras de piso de hoteles, popularmente conocidas como las Kellys

              Las limpiezas a las que me referiré hoy son otras. Esencialmente las metafóricas, desde uno u otro extremo de estrados.

              En primer lugar, recordemos que vocabulario coloquial suele identificar los delitos patrimoniales con la labor de lavar y sacar brillo. Se dice que han dejado una casa limpia cuando la han saqueado, no dejando nada. También se alude a la limpieza en este sentido para las estafas que dejan las cuentas de las víctimas más limpias que si las hubieran lavado con Ariel, como decían en el spot de mi infancia, que ni prueba del algodón ni nada.

              En los delitos de sangre, cuando hablamos de heridas, mortales o no, también se hace una referencia clara a la limpieza de las mismas. Un corte con un cuchillo, si es limpio, es capaz de matar de un solo tajo, mientras que el que no es limpio provocará muchas más complicaciones, como una infección, que también puede matar, pero es otra cosa. Y la cosa no es baladí, porque puede afectar incluso a la determinación de la existencia o no de ánimo de matar necesaria para calificar de homicidio doloso o de asesinato .

              Por supuesto, nuestro trabajo también se puede medir según el baremo de la limpieza, cuando nuestra actuación ha sido adecuada, rápida y honesta, como debe ser. Pero en la parte opuesta de Toguilandia, en la de aquellos que entran por la otra puerta del Juzgado de guardia, se refieren a un trabajo limpio para aludir a algo que está en nuestras antípodas: un delito del que no se han dejado huellas, vestigios ni flecos. El crimen perfecto que nunca sabremos si existe o no por razones obvias. Nadie va a descubrir el pastel de un crimen que no se resolvió para presumir de crimen perfecto. Porque el crimen perfecto dejaría de serlo.

              La limpieza puede ser, incluso, excusa para cometer delitos. En Violencia de género nos encontramos más de una vez con investigados que pretenden hacernos comulgar con ruedas de molino al afirmar poco menos que cometer un delito contra su pareja estaba justificado porque no le tenía la casa como los chorros del oro. Y lo peor es que hay mujeres que, en esa anulación característica de la violencia de género, llegan a sentirse culpables y a justificar a su agresor. Me pegó, sí, pero es que yo no había hecho la colada o no tenía preparada la comida. Por desgracia, no lo he oído dos ni tres veces, sino muchas. Y temo que muchas más me quedan por oír.

              Por último, hay otra acepción de limpieza que nos agobia especialmente en Toguilandia. Se trata del concepto de “tener la mesa limpia”, cuyo antónimo no es “tener la mesa sucia” como podría parecer, sino “tener la mesa vacía”, un milagro que, cuando ocurre, a buen seguro que causa que doblen las campanas. O las campanillas, sustituto español del mazo de jueces y juezas que cada día vemos menos.

              En nuestro caso, con la sobrecarga de trabajo que hay, lo de la mesa limpia es casi imposible. Pero eso se acrecienta especialmente cuando llegan las vacaciones, porque, aunque nos demos un merecido descanso, ya sabemos que los delincuentes no cogen vacaciones, y a la vuelta nos esperan los expedientes que dan fe de sus fechorías. Verdad verdadera.

              Y hasta aquí el estreno de hoy. Espero que me haya quedado limpio como una patena. Y, para que no se diga, el aplauso va dedicado hoy a quienes consiguen que, de vez en cuando, su mesa esté limpia. Un mérito que no siempre se valora como debiera.

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