Gazpacho jurídico: hay que digerirlo


Pocas comidas más populares y conocidas en nuestro país que el gazpacho, en sus diversas modalidades. Tanto el fresco y ligero gazpacho andaluz, como el contundente gazpacho manchego nos sientan a la mesa alrededor de una mezcla de ingredientes que, bien combinados hacen nuestras delicias, pero mal hecho, nos pueden destrozar el estómago. Y hasta la armonía. Se trata de una suerte de collage gastronómico, equiparable en cierto modo a las llamadas películas de collage, que se hacen al yuxtaponer metrajes de distintos filmes. Y es que también en el mundo del cine hay gazpachos, y se necesitan buenos Chefs para cocinarlos, so pena de que se convierta en una Mezcla explosiva.

            En nuestro teatro los gazpachos jurídicos son más frecuentes de los que en ocasiones sería recomendable. Y aunque es una receta atractiva, no la incluimos en el estreno dedicado a Togachef. Aunque, llegada a este punto he de reconocer que el término no es mío, que lo tomo prestado de un compañero a quien se lo escuché en una fantástica ponencia de un no menos fantástico curso sobre delitos de odio en nuestro Centro de Estudios Jurídicos. Que no se diga que cuando algo está bien no lo cuento, que mi madre si no me llama quejica.

            Nada más lo escuché, supe que era para mí, como dice la canción. Y es que era tan visual, tan atractiva y tan evocadora la figura que era imposible dejarla pasar sin más. Me imaginaba al legislador o legisladora -quien quiera que sea semejante figura- introduciendo ingredientes en su robot de cocina hasta conseguir hacer una ley digerible, aunque no siempre digestiva. Sin pasarse de pepino, que repite, ni quedarse corta de tomate, que ha de notarse; sin excederse en el ajo, que pude tapar los sabores, o quedarse corta en la sal, que vuelve la mezcla insulsa

            Por desgracia, se ha consolidado cierta costumbre de utilizar el batiburrillo, batido o gazpacho jurídico para legislar, e incluso, algunas veces, para juzgar. Es lo que viene siendo “aprovechando que el Pîsuerga pasa por Valladolid” En eso consisten, precisamente, lo que llamamos “obiter dicta” de las sentencias, que son los pronunciamientos que no afectan a la cuestión debatida sino a otra, pero que no dejan de establecer su posicionamiento sobre ello. Usarlos es una buena herramienta. Abusar de ello, un error. Como ejemplo, el que se hizo en la sentencia del Tribunal Supremo de la Manada en que, sin que nadie lo planteara, se dice que si se hubiera solicitado se habría considerado no un delito de violación sino varios. Una conclusión que no deja de ser llamativa después de que en un primer momento no solo se dudara entre la alternativa de violación o abuso sexual, sino que hubo un voto particular que abogaba por la absolución con un inequívoco lenguaje que no calificaré. Como no calificaré la necesidad o no de pronunciarse en este caso sobre más de lo pedido, que se ve que con tanta lluvia en mi tierra me haya vuelto un poco gallega.

            Pero no me desvío del tema, y volveré al gazpacho jurídico que nos monta más de una vez quien legisla. El resultado, suele ser un BOE que cuesta de digerir más que una comilona rematada con un chocolate con churros. Y entre estos, es especialmente destacable eso que llaman las leyes percha, un término que aprendí siendo opositora entre temas, sangre, dolor y lágrimas. Cuando una está estudiando cualquier cambio legislativo es más dramático que la pérdida de Tara para Escarlata O’Hara y hasta que no llegue alguien que a Dios ponga por testigo que esa modificación no entra en el examen no se recupera la respiración. Pues bien, esas leyes percha se dan cuando se aprovecha cualquier publicación de una ley para meter de rondó otra que nada tiene que ver. Entre las leyes que suelen ejercer de anfitrionas a los huéspedes percha están las de Presupuestos, que más de una vez se han convertido en una ocasión propicia para colarnos cualquier cosa.

            Aunque no hace falta que se trata de una ley percha para que e el mismo instrumento normativo se junten cosas de difícil mezcla o que, al menos, tiene una relación muy traída por los pelos. Un ejemplo evidente sería la reciente Ley de la infancia y la adolescencia que, aprovechando que ahí estaba, ha modificado cosas como la dispensa legal para declarar o la agravante de odio,

            Al hilo de esto, vuelvo al punto de partida, al gazpacho jurídico al que se refería mi compañero, los delitos de odio. Decía, y con razón, que, de una regulación demasiado sencilla, la anterior a 2015, se pasó a una regulación tan complicada que acaba teniendo más flecos que un mantón de Manila, convirtiendo la labor de aplicarla en nuestra particular Verbena de la Paloma. Así, se mezclan delitos de expresión -el verdadero discurso de odio- con delitos de acción cuya ubicación sistemática debiera estar más cerca de los delitos contra la integridad moral. Para acabarlo de arreglar, se da un catálogo de motivos que, aunque son numerus clausus, no coinciden de unos artículos a otros, especialmente tras la reforma operada por ley de la infancia en la que se introduce la aporofobia como motivo de agravación por odio, pero no como motivo en el propio delito de odio. Y no es el único caso. El gazpacho está servido.

            Otros casos de mezclaíllos interesante está en la cantidad de verbos típicos introducidos en algunos tipos legales. Sin ir más lejos, las conductas constitutivas de delitos contra la propiedad intelectual e industrial fueron redactadas por alguien que odiaba a los estudiantes, no cabe otra explicación a esa profusión de verbos que cada vez cambian su orden. Algo parecido pasa con algunas conductas relacionadas con sustancias nocivas para la salud, o con determinado tipo relacionados con la pornografía, la libertad e indemnidad sexual o algunos supuestos de daños. Aunque respecto de estos la cosa perdió mucho cuando eliminaron la referencia a los caminos de hierro con que se aludía a las vías del tren.

            Por último, y casi como resopón, un tipo especial de gazpachuelo. Se trata del que se arma con los llamados tipos subsidiarios o, más entendible, cajones de sastre. Delitos como las coacciones o las vejaciones injustas son tan sufridos que tan pronto soportan un corte de suministro de la luz, una insistencia desmedida en llamadas telefónicas como la lectura de una poesía todos los días a una mujer a voz en grito en el patio de su casa, flores en ristre. Y que conste que todos estos ejemplos son tan reales como la vida misma.

            Y hasta aquí, el estreno de hoy. Espero que la digestión sea llevadera. Y, mientras aprovecho, como si de un post percha se tratara, para dar el aplauso a quien me inspiró este post, y a todos mis compañeros y compañeras. Sin ellos nada sería igual

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