Casualidades: ¿existen?


         Mucha gente afirma que las casualidades no existen. O que no creen en ellas, como si fueran una religión o algún tipo de secta Y yo, la verdad, no sé qué opinar, pero lo cierto es que el azar a veces nos pone en situaciones tan increíbles que una llega a pensar que hay algún por ahí arriba divirtiéndose con nuestros destinos, cuando no dice directamente, como la película, que El cielo se equivocó o que El cielo puede esperar. Y desde luego, la Casualidad no es ajena al cine, y, además de dar título a una película, hay muchos otros que afirman que Nada es casualidad, que existe una Coincidencia inesperada o que surge el Amor por casualidad. Hasta se puede estar en La mafia por casualidad. Para que luego digan que no existe.

En nuestro teatro las casualidades existen, como en cualquier sitio. Incluso desde antes de formar parte de Toguilandia, cuando una era una estudiante o una opositora angustiada, cualquier cosa que pasara me parecía una casualidad que podía marcar mi vida. Si se me caía un tema al suelo pensaba que era una señal de que iba a caer en el examen, o si me llamaba la atención una matrícula con un número determinado, creía que el destino me estaba avisando de que sería ese número la nota que sacara.

No obstante, no nos lo creamos mucho. En aquella misma época alguien me regaló un búho de porcelana como amuleto para que me diera suerte en el examen. Pues bien, mi madre lo rompió en su primer día de estancia en mi escritorio, aunque, como yo estaba tan insoportablemente supersticiosa, me ocultó lo ocurrido y trató de evitar que me enterara a base de Loctite y una amorosa reconstrucción. Y es que entonces una se agarra a cualquier cosa, y si no, que se lo digan a quien me viera colocar mi San Pancracio con su perejil y todo en la mesa donde me examinaba, como ya conté en el estreno dedicado a aquel día D que tanta gracia le hace a un buen amigo mío.

Pero ¿por qué me ha dado hoy por hablar de las casualidades? Pues, como la ocasión la pintan calva, diré que nada es casualidad, que, ya que de cabelleras y calvas hablamos, me viene al pelo. Así que el otro día, cuando por el santo de Marina, prima mía que en su día fuera la primera médica forense de mi comunidad autónoma -lo siento, lo tenía que decir- le di su regalo, se encendió la bombilla. O más bien la encendió ella, que, con su inocente “esto irá a los tacones” me estaba pidiendo un estreno. Y aquí está.

El regalo era un libro, que lleva por título Noruega, aunque nada tiene que ver con el país nórdico, del que me habían hablado muy bien y que pensé que le gustaría. Aunque he de confesar que sobre todo pensé que me gustaría a mí, y me vendría fenomenal que me lo prestara, con promesa de devolución desde luego. Pero cuál no sería nuestra sorpresa cuando, al abrir su primera página, nos encontramos con el texto que ilustra este post. Teniendo en cuenta que ella se llama Marina y yo Susana, la cosa no deja de ser curiosa. Pero si tenemos en cuenta que ella se llama en realidad Marina Susana y yo Susana Marina, por una decisión pintoresca de nuestros respectivos padres, la cosa sube de nivel. Añadiré, para quienes no nos conozcan, que nuestros respectivos padres eran dos parejas de hermanos, o sea, dos hermanos casados con dos hermanas. Así que nuestros apellidos son los mismos. No es casualidad, pero casi. La casualidad en realidad tuvo lugar el día que mi padre decidió llevar a su hermano a la cita con su novia, que siempre iba acompañada por su hermana pequeña por expresa disposición de mi abuela. Buena era ella. Para acabar de redondear la casualidad, a Noruega es donde se va de Erasmus mi hija, ahijada de ella. Ahí queda eso

Si nos ponemos a pensar, casualidades hay muchas. Una de mis más bonitas casualidades toguitaconadas fue la primera con la que me encontré, aunque entonces aun no lo sabía. Cuando realicé mis prácticas como fiscal, lo hice bajo la tutoría de un gran fiscal, José María Gómez, ya desparecido. Su hija era, a su vez, mi amiga y compañera, de piso y de promoción, en la escuela judicial. No me podía imaginar que al correr de los tiempos acabaría compartiendo con él aquel mismo juzgado donde yo debuté y él hizo su último juicio, antes de jubilarse. Para rizar el rizo, más tarde tuve como juez a su hijo. Y es que el mundo es un pañuelo.

Otra de mis causalidades preferidas es algo que todavía me admira. Cuando empecé a formar parte del Colectivo Generación Bibliocafé el primer libro en el que participé, Sesión continua, consistía en una antología de relatos inspirados cada uno en una película. El texto debía ir acompañado de una breve explicación de las razones por las que habíamos escogido esa obra. Cuando me llegaron las galeradas para corregir leí, entre el asombro y la emoción, como el editor -Mauro Guillén hoy gran amigo- eligió El verdugo porque su padre le contó como Berlanga, del que fue amigo, se quedó impresionado por la expresión del joven abogado que asistió a la ejecución de la envenenadora de Valencia, la última mujer que sufrió el garrote vil. Acababa su explicación diciendo que su padre murió con la pena de no encontrar a aquel joven letrado, y que él seguía albergando ese deseo. Me quedé de pasta de boniato, porque yo siempre había escuchado a mi padre la historia de cómo presenció aquella ejecución en calidad de pasante del despacho donde estaba, algo que ya conté en el estreno dedicado a la justicia gratuita , donde anticipaba una segunda parte de aquella historia. Y hoy llegó el momento. Respondí al editor con mis correcciones y con un mensaje “Ya lo has encontrado. Era mi padre”. Y, como dicen los mejores finales de las películas, aquel fue el principio de una gran amistad. Supongo que nuestros respectivos progenitores lo celebrarían desde el Más allá.

Aun  hay otra preciosa casualidad relacionada con aquella historia Y es que en esa ejecución se juntaron no solo el abogado primerizo sino un fiscal joven al que, pese a sus convicciones, le tocó asistir. Ni imaginarse podían que con el correr del tiempo las hijas de ambos coincidirían como compañeras en la carrera fiscal, algo entonces impensable, y en su órgano representativo.

Todo esto no lo hubiera contado si la casualidad no hubiera querido que le regalara aquel libro a Marina. Y porque, como todo el mundo sabe, no me resisto a un reto. Por eso el aplauso, para hacer la cosa redonda, se lo dedicaré a ella. Y con ella, a mi padre y a nuestra familia. Sin ellos jamás hubiéramos llegado hasta aquí, ni ella ni yo.

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