Matrículas: más que una identificación


                Hay cabeceras de series que, por alguna razón, se recuerdan siempre. Una de esas cabeceras inolvidables, para mí, era la de La ley de Los Ángeles, que mostraba una matrícula de coche con la leyenda “LA Law”. Y es que las matrículas siempre han tenido su aquel, sea la del Cadillac amarillo o la de aquel mágico Chity Chity Bang Bang. Y hasta las de los protagonistas de Cars, en todas sus versiones.

                En nuestro teatro, las matrículas también tienen su aquel. Y no solo por la matrícula de vehículo oficial que llevan los cada vez más escasos vehículos de los que nos valemos –o mejor dicho, se valen- para el trabajo. Recuerdo que cuando aterricé en Toguilandia, teníamos a nuestra disposición un coche del parque móvil que nos llevaba a los juicios en sedes distintas y lejanas a la de nuestro despacho oficial. Todavía recuerdo con cariño los nombres de aquellos chóferes que nos llevaban y nos cuidaban al mismo tiempo. Aún me acuerdo de la cara de susto de uno de ellos cuando le dije, con mi tripa de embarazada casi salida de cuentas, que me tenía que llevar al pueblo a hacer juicios de faltas. El pobre hombre se puso pálido, y no cesó de preguntarme cada cinco minutos si estaba bien o necesitaba algo. Poco a poco las cosas cambiaron, los vehículos quedaron reducidos a los de los jefes para actos oficiales y el de la guardia para lo estrictamente necesario. Ahora, cuando es necesario, es el servicio de taxis concertado el que se hace cargo.

                Pero si de matrículas hablamos en Derecho, lo primero que se le viene a una a la cabeza es la falsificación de placas de matrícula de vehiculo automóvil, que hubo un tiempo en que era bien frecuente. Acusábamos también por ello cuando tapaban uno o varios números para evitar identificar el vehículo en cuestión. Aunque, en su día, lo que más me costó fue entender que aquello se considerara un documento, y además un documento oficial. En aquellos tiempos, una identificaba los documentos con el papel y los sellos, muchos de los cuales todavía subsisten en Justicia, aunque en otros ámbitos han quedado reducidos a identificaciones digitales. Quién nos iba a decir por aquel entonces que podrías firmar sin papel ni bolígrafo, o enviar los autos al juzgado sin trasladar ni un papel. Ahora, claro está, sabemos que se puede, pero faltan uno o varios empujoncitos para que eso del papel 0 sea una realidad. Seguiremos esperando con nuestros tomos.

                Y, como digo siempre, no solo de Derecho Penal vive el jurista, aunque a veces lo parezca. Y en esto de las matrículas es especialmente notorio. ¿Quién no ha tenido alguna vez un problema con la inmatriculación de fincas o con la falta de estas?. A este respecto, hay una anécdota que me hizo en su día mucha gracia. Preguntaba una señora por qué no le habían embargado la casita el pueblo a su marido para pagarle la pensión de los niños, que le debía desde tiempo inmemorial, y le explicaron que había un problema porque no figuraba inmatriculada a su nombre por algo relacionado con una herencia. La señora, ni corta ni perezosa, apareció un día con una placa de metal que había encargado a saber dónde en la que ponía el nombre y número de DNI de su ex marido y deudor y dijo que a ver si la poníamos en la puerta de la casa y ya tenía la dichosa matrícula. La pobre aún no entiende por qué su solución no convenció a Su Señoría. Y la verdad es que ingenio y resolución no le faltaba.

                Hay otro tipo de matrículas que nos llevan a mal traer a quienes llevamos Derecho de Familia. Hablo, claro está, de la matrícula del colegio. A Dios pongo por testigo que si me dieran un euro por cada pleito en que he intervenido porque los progenitores no se ponían de acuerdo en que colegio matricular a su criatura, si querían cambiarlo de uno a otro o si lo hacía uno sin el consentimiento del otro, ahora mismo sería rica. Y si a eso sumamos las de las actividades extraescolares, sería millonaria. Nos hemos visto abocadas tantas veces a decidir si la niña iba a ballet o a judo, a dibujo o a piano, a inglés o a alemán, si estudiaba en un colegio religioso o laico o en uno bilingüe o de línea en valenciano, que hay que dar la razón a la jueza que se quejaba de que había tomado más decisiones en la vida de algunos niños que su padre o su madre. Y es que judicializar la vida es lo que tiene. Por algo se dice eso de que más vale un mal acuerdo que un buen pleito. Porque juro que en una ocasión nos pidieron, incluso, que decidiéramos qué traje de comunión se ponía la niña, si el que le compró el papá o la mamá. Y la pobre niña, que hizo dos comuniones, con dos trajes a cada cual más historiado, acabó confesándonos cuando declaró que ella lo que quería era llevar pantalones vaqueros para poder jugar a gusto. Y tenía más razón que una santa.

                Y hasta aquí, el estreno de hoy. El aplauso se lo daré a quienes, para estas cosas que parecen nimias pero no lo son, aplican el sentido común y evitan pleitos innecesarios. Que, como dice el refrán, es el menos común de los sentidos

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