Eutanasia: muerte digna


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Sin duda alguna, si hay una tema que fascina en la vida, ese es el de la muerte. Aunque sea algo por lo que ha de pasar todo el mundo, vivimos de espaldas a ella y, cuando llega, parece que siempre nos sorprende, por poco sorprendente que sea. Incluso cuando todo se ha dispuesto, no es fácil que se cumplan las últimas voluntades, sobre todo si estas afectan a esa frontera entre la vida y la muerte que tan difícil es de rebasar. La voluntad de la persona de acabar con su vida es algo tratado y relacionado con el mundo del arte; no han sido pocos los artistas que han acabado como Van Gogh, El loco del pelo rojo, y el cine se ha recreado en ello. Por citar algún ejemplo, la Virginia Woolf de Las horas o la Sylvia Plath de Sylvia. Pero hoy quería ir más allá, a esos suicidios que caminan en la línea fronteriza, los de las personas que deciden acabar voluntariamente con una vida de sufrimiento por razón de enfermedad y piden ayuda para ello. La oscarizada Mar adentro nos ofreció la historia de Ramón Sampedro, pero no es la única. La estremecedora Johny cogió su fusil u otras como Mi vida es mía o Million dollar baby afrontan este siempre delicado tema.

    En nuestro teatro el tema de la eutanasia no es algo que se vea a diario pero, cuando aparece, nos azota suscitando todo tipo de debates. Quienes tenemos una cierta edad recordamos las reivindicaciones y las comparecencias de Ramón Sampedro en el Juzgado reivindicando su derecho a morir dignamente, y, últimamente, el caso de Angel Hernández, que quiso hablar al mundo en un programa de televisión sobre el deseo de su mujer, enferma de Alzheimer, de que acabara su vida antes de acabara su dignidad. En ambos casos se incoó un procedimiento judicial, de incierto contenido, porque la ley  sigue siendo la que existía hace mucho tiempo. Incluso en este último caso se llegó a plantear la inhibición al Juzgado de Violencia sobre la Mujer por un aplicación tan estricta de la ley que quiebra con todas las reglas de interpretación que la propia ley establece, como la de que las normas se deberán interpretar de acuerdo a las circunstancias del tiempo en que han de ser aplicadas, como dice el Código Civil

Reconozco que el difícil en un tema como este tratar de mantener el tono distendido propio de mi mundo toguitaconado, pero, como ya hice con el suicidio, trataré de que la delicadeza no me falte, Espero conseguirlo.

Para quitar hierro al asunto, empezaré diciendo que el tema del auxilio e inducción al suicidio es uno de los que más cariño me provocan. Y no porque yo sea rarita, que también, sino porque es gracias a él, entre otros diez, que conseguí ser fiscal. Era uno de los temas que me dieron el pasaporte a Toguilandiay por ello siempre estaré agradecida. Pero también he de decir que la regulación de entonces -va para veintiocho años ya- y la de ahora eran esencialmente iguales. Y eso debería darnos, cuanto menos, que pensar. Y, visto lo visto, más que eso, puesto que la reciente proposición de ley ha vuelto a traer el tema a la palestra. Y la verdad, ya era hora.

Como no hay estreno sin anécdota, traeré una vez más a colación a mi madre, inspiradora voluntaria o involuntaria de muchas de las cosas que escribo y de todas las que hago. Pues bien, ella, que va para 96 maravillosos años, me decía no hace mucho, haciendo gala de su sentido del humor -un humor negro muy suyo- que la solución para el problemas de la insuficiencia de dinero para las pensiones era fácil y que iba a escribir al presidente para proponérselo: bastaba con acabar con todos las personas mayores. Le dije de todo, claro está, pero ella erre que erre- Es tan coherente que cuando se operó hace un par de años de cataratas le dijo en el quirófano al médico que le operaba que le sabía mal que el estado desperdiciara su dinero en ella y sus ojos. Se pone muy burra a veces, mi madre, pero siempre nos hace reír. Lo que yo no podía imaginar es que alguien desde un atril público fuera a sostener argumentos parecidos y a hacerlo en serio. Cosas veredes, amigo Sancho, que diría Don Quijote.

Pero vamos al lío. Decía un juez tuitero @ViaderCarlos -al que ya he tenido el gusto de desvirtualizar- con toda la razón que la regulación de la eutanasia no te obliga a pedir que la practiquen contigo ni con tu familia, como la ley del divorcio no te obligaba a divorciarte si, como decía Cecilia “eras feliz en tu matrimonio” ni la del matrimonio homosexual a casarte con una persona de tu mismo sexo. Esto, que parece una obviedad, todavía lo es más si llevamos el ejemplo a cotas máximas: ni cuando se destipificó la homosexualidad nos obligaron a ser homosexuales ni lesbianas, ni la regulación del aborto obligaba a nadie a interrumpir su embarazo, ni la regulación de la adopción nos insta a formar familias adoptivas a cascoporro. Ni siquiera la regulación de la hipoteca obligaba a nadie a firmar una, aunque por la alegría con que se concedían en determinadas épocas pudiera parecerlo.

Así pues, si se regula la eutanasia, a quien no le guste, puede seguir con su vida y con su eventual muerte exactamente igual. Se trata de que no meta sus zarpas en la mía, ni en la de nadie. Porque la libertad de pensamiento, incluido el ético y religioso, es eso, libertad. Y si se quiere imponer el de otro, ese que obliga a mantener la vida a toda costa, se vulnera la libertad de la persona afectada, ni más ni menos.

Hasta aquí no he dicho nada nuevo. Pero, sin embargo, sí que se han dicho cosas que el texto de la proposición de ley no dice, y que conviene aclarar, BOE en mano. Reconozco que cuando oí eso de que iba a haber barra libre de homicidios suicidios, como si hablaran de una happy hour criminal en vez de de un tema tremendamente doloroso, me quedé de pasta de boniato. Y más aun cuando se defendía en serio algo como la broma de mi madre  de que la solución era acabar con la gente mayor. Voy a seguir, con su permiso, la idea que desde twitter me lanza @penal_de_pena y contaré que el proyecto que se aprobó no modifica ni un ápice el Código Penal más que en un aspecto, el de la impunidad del médico que auxilie, con todas las garantías legales, a quien opte por la muerte digna. No se ha abierto la veda a tirios y troyanos para que vayan haciendo escabechinas por los hospitales que nos dejen las arcas públicas como los chorros del oro a base de matar ancianos. Y no, tampoco se trata de que vaya a haber suicidios de adolescentes, porque nada tiene que ver la velocidad con el tocino. Tal cual.

Por último, recordaré algo que aprendí cuando estudiaba ese tema que me proporcionó mi entrada a Toguilandia. El auxilio e inducción al suicidio es el único delito donde se castiga la cooperación, necesaria o no, a una conducta que en sí no es delito. Porque no olvidemos que suicidarse no es delito, tema religioso aparte, claro. Así que si una persona pide ayuda para acabar con su vida en esas circunstancias y se la prestan pero, por la razón que sea, no muere, se castigará a quien le ayudó a hacer un acto por el que a él no se le castiga. ¿Verdad que parece absurdo? Pues para evitar esas situaciones absurdas es, precisamente, para lo que necesitamos una ley. Ahí lo dejo

Por supuesto hoy, el aplauso lo quiero dedicar a quienes han luchado desde hace tanto tiempo porque el derecho a una muerte digna sea una realidad.

Y, por supuesto, una ovación especial para MIky y Duarte (@MikiyDuarte), con cuyo permiso utilizo esta maravillosa viñeta para ilustrar este estreno. Millones de gracias

 

2 pensamientos en “Eutanasia: muerte digna

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