Liberación: vidas sin violencia machista


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La libertad es un bien tan necesario, tan firme y a la vez tan frágil que es inevitable que el arte le haya dedicado muchos episodios memorables. Siempre recordaré mi impresión al ver el cuadro La libertad guiando al pueblo al natural, cuando siempre había sido la portada de libros de texto o la ilustración del tema de la Revolución Francesa, o el recuerdo de aquella canción de Nino Bravo, Libre, que me transporta a mi infancia. El cine le ha dedicado multitud de títulos, como Grita libertad, Nacida libre o Libertad, entre otros. Pero la libertad de la que quiero hablar hoy es menos ambiciosa, aunque no menos importante. La de la mujer que se libra de las cadenas de la violencia de género, esas cadenas descritas en filmes como Te doy mis ojos, Durmiendo con mi enemigo, Celos, Nunca Más o Los hombres que no amaban a las mujeres, solo por citar algunas.

A lo largo de la vida de este escenario, hemos dedicado muchos estrenos, más de los que quisiéramos, a la Violencia de Género Ojalá no fuera necesario. Ojalá cuando se me ocurriera hablar del tema me llamaran cansina, o mejor, trasnochada. No anhelaría momento de estar más pasada de moda que ese, el momento en que el trabajo que hacemos fuera innecesario.

Pero de momento, nada de eso. Más bien lo contrario, parece que llegan tiempos de atarse los cinturones porque hasta las cosas que más claras parecían se cuestionan, y hasta cosas tan sencillas como un minuto de silencio por las víctimas de violencia de género o una pancarta en contra de esta tragedia no alcanza consenso y es objeto de discusión. Un caldo de cultivo estupendo para un enemigo silencioso y con un poder infinito: el miedo. El habitante de muchos más cuerpos y muchas más almas de las que podríamos imaginar.

En este 25 de noviembre no quiero, sin embargo, dedicarle más tiempo al enemigo sino a quienes le vencieron, o le vencen cada día, para animar a que muchas más lo hagan, y para hacer ver a todo el mundo que hemos de estar a su lado. Por supuesto, son nombres ficticios -o no- para historias reales.

El otro día, Candi se acercó a mí llorando. La conozco mucho tiempo, conocí su historia después de haber compartido lucha y trabajo y admiro su forma de enfrentarse a la vida, con una sonrisa por bandera. Jamás la había visto llorar hasta entonces, muchos años después de haberla conocido. Pensé que le había pasado algo, pero no era así. O no era sí exactamente. Nada en ese momento había sucedido que afectara a su vida, pero, sin embargo, algo que contaron le hizo recordar la situación en que tantas mujeres, incluida ella misma, viven en torno a sus hijos, por los que sufren cada vez que han de obligarles a cumplir con el régimen de visitas. Sus lágrimas me traspasaron. Ver llorar a alguien que tiene la sonrisa por bandera, acongoja. Pero sé que en ese momento ese visitante no querido, el miedo, había llamado a su puerta. Espero que ya se haya marchado o, al menos permanezca a raya. Es difícil que sobreviviera al abrazo tan fuerte nos dimos, capaz de aplastar a cualquiera.

       Clara, con la que hablo a diario, hace tiempo que logra que ese intruso se mantenga a raya, aunque la visita con más frecuencia de la que quisiera. Ella, como Candi, ha convertido su experiencia en fortaleza y conocimiento para ayudar a otras mujeres y, aunque no siempre lo cuenta porque cree que pueden parecernos tonterías -a ver qué día aprende que no es así-, sé que cada sonrisa que esbozan y cada paso que dan la llena de orgullo como si fuera propio. Por supuesto, también sé que cada tropezón le duele en carne propia, pero Clara es así y así es como la queremos.

Marta, de la que ya he hablado otras veces se libró del infierno hace mucho tiempo. Primero no quería que nadie supiera nada, luego empezó a dar testimonio ocultando su imagen y, después de prometerme un día que aparecería tan cual es, cumplió su promesa y fue portada de periódico por su lucha contra la violencia de género. Otra valiente que venció al miedo y lo usó para hacerle frente.

Patricia estuvo a punto de perder la vida hace muchos años, con su cuerpo cosido a puñaladas y su alma destrozada. Pero sobrevivió y hoy nos da cada día testimonio, a través de redes y prensa, de que es posible salir adelante, de que hay ahí un futuro esperando y merece la pena agarrarse a él con uñas y dientes.

Marina es otra valiente asidua a los medios. Fue Evole en un Salvados quien la dio a conocer y, con ella, destapó el frasco de las esencias que muchos no se atrevían a tocar más que con pinzas. La vida de Marina es ahora una vida plena, dedicada a su niña y a todas las mujeres que necesitan su ayuda y, por supuesto, que les contagie esa risa que te deja enganchada en el alma para siempre. En esa alma que alguien quiso arrebatarle un día.

Por último, no quiero dejar de nombrar a Rosana, esa mujer cuyo asunto sigue pendiente pero que, tras varios días de coincidir en el supermercado sin que yo lo supiera, se acercó a darme un abrazo y a decirme las palabras más mágicas que se pueden oír: cuando te veo en el juzgado sé que todo va a ir bien. Ella, y todas las personas como ella, como Candi, como Clara, como Marta, como Patricia o como Marina, son quienes cada día consiguen conjurar el miedo que a mí también viene a verme, el miedo de equivocarme, el miedo de fallarles.

Por todo esto hoy el aplauso lo quiero dedicar a todas ellas y, #PorEllas, a todas las que representan y a todas la que no lo consiguieron y a las que luchan por lograrlo. Entre todas, conseguiremos vencer a ese miedo. ¿Te imaginas lo que seríamos capaces de hacer sin él? ¿Qué haríamos si no nos acompañara el miedo?

Esa frase no es mía. Es de mi amiga @madebycarol, mi ilustradora de cabecera. Ver la imagen que ilustra este post y que una vez más me ha cedido generosamente ha sido la inspiración de este estreno especial por el 25 de Noviembre. A ella, por supuesto, una ovación extra.

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