Más violencia de género: gritemos


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Un año más, a punto de conmemorar el día para la eliminación de la violencia de género, mi toga, mis tacones y yo nos vestimos de violeta para hacer un pequeño homenaje a todas las víctimas en forma de relato

Relato seleccionado en la antología Cuentos de las estaciones, de Valencia Escribe

ESMALTE DE UÑAS ROJO

 

– El verano no empieza hasta que una se pinta de rojo las uñas de los pies

Con esta frase, mi madre se cargaba de un plumazo las teorías de físicos y meteorólogos acerca de la llegada del verano. Para ella, el momento llegaba cuando se ponía sus sandalias y lucía su esmalte impecable de color carmín. Daba igual que fuera 21 de junio o no. Ese era el momento.

Y desde niña, también lo fue para mí. Desde que tuve uso de razón, le pedía que me pintara a mí mis uñitas, y me metía con ella orgullosa en un autobús atestado que nos llevaba a la playa, un día tras otro, cada verano.

Sombrilla, silla plegable y neverita potátil con fiambrera se venían con nosotras en inverosímil equilibrio en el pasillo del autobús. Y lo peor, la vuelta, cansadas, llenas de arena y con mi bañador de flores todavía húmedo, llegábamos a casa ansiosas por una ducha.

 

-Ojala tuviéramos una casa en la playa para no tener que coger el autobús.

 

Al año siguiente, mis deseos se hicieron realidad. Mi madre se casó con un hombre que, entre otras muchas cosas, tenía una casa en la playa. Se acabaron los viajes en autobús con sombrilla, silla plegable y neverita portátil con fiambrera. Ella y yo paseábamos en chanclas con nuestras uñas pintadas de rojo, que podíamos enjuagarnos en nuestra propia ducha junto a la piscina de nuestra casa de la playa.

Después de ése, ya no recuerdo más veranos. Ibamos a la casa de la playa y, aunque continuábamos sin tener que transportar nuestros enseres playeros en atestados autobuses, ya no volvió a pintarse las uñas de los pies. Ni tampoco el carmín en los labios. Y, con el pintalabios, se esfumó su sonrisa.

Llegué a añorar el autobús, la silla plegable y la neverita con la fiambrera. Pero sobre todo, añoraba la risa de mi madre mientras me pintaba las uñas de los pies a juego con las suyas y decía que ya había llegado el verano.

El le robó los veranos. Y los inviernos, y los otoños y las primaveras. Yo no sabía muy bien qué pasaba, hasta que un día la oí gritar, y luego suplicar llorando

-Que no nos oiga la niña

Mi madre ya no se pintaba las uñs de los pies, pero siempre llevaba gafas de sol. Debajo escondía la tristeza y, a veces, los moratones. Una y mil veces le quise decir que ella no era una inútil, que ella no era una zorra, que no era cierto que no sirviera para nada. Pero una y mil veces mi madre me tapó la boca.

Llegué a la adolescencia, y seguía sin haber verano. Hasta aquel día. La casa de la playa estaba rodeada de policías, y alguien se empeñaba en que yo no mirara. Pero miré.

Por la puerta sacaban una camilla cubierta con una sábana. No se ditinguía su cara. Pero yo sabía quién era. Por el borde de la sábana se asomaban unos pies con las uñas esmaltadas de rojo.

Supe entones que mi madre había dicho basta. Que había decidido marcharse y recuperar su propia vida y que él, incapaz de soportarlo, le había clavado el cuchillo con el que nos cortaba jamón de Jabugo en tiras finas.

Me lo contó una policía, pero no hubiera hecho falta. Lo supe en cuanto ví asomar sus uñas por debajo de la sábana.

Aborrecí el verano para siempre. Un verano que nunca llegaba, porque no había uñas de los pies esmaltadas de rojo.

Hasta hoy. Porque hoy he entrado en una droguería y me he comprado el esmalte rojo más caro que había. El no me robaría a mí también el verano. Se lo debía a ella.

Hoy me he ido a la playa con mi sombrilla, mi silla plegable y mi neverita con una fiambrera. En el autobús, me miro los pies que, encima de las chanclas, resplandecen con su esmalte de uñas rojo.

En el chiringuito, me pido un plato de jamón de Jabugo cortado en finas tiras. Lo tiro al suelo y lo pisoteo con mis dedos de los pies con sus uñas esmaltadas de rojo.

El dueño, cómo no, me mira con extrañeza. Pero entonces es cuando sé que, por fin, ha vuelto el verano.

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