Gritos: más que un desahogo


grito psicosis

La voz es uno de los instrumentos principales de actrices y actores. Que se lo digan si no a quienes vieron sus carreras truncadas por el advenimiento del cine sonoro, como nos contaban -y cantaban- en Cantando bajo la lluvia. Hay que dominarla, modularla, y emplearla siempre en el tono correcto. Pero a veces es inevitable alzar la voz para que se nos escuche, aunque sean Los gritos del silencio. Y el cine nos lo dice muchas veces: Grita libertad. Ningún grito como el de la protagonista de Psicosis, sin duda el grito cinemtatográfico por antonomasia

En nuestro teatro, dominado por los formalismos, parece que los gritos tienen poca cabida. Pero a veces las cosas se salen de madre y los decibelios suben, tanto a uno como a otro lado de estrados.

Quienes habitamos Toguilandia nos hemos visto a veces sorprendidos por los gritos que llegan desde la calle, desde el Juzgado de guardia o desde la sala vecina. Y, como quiera que somos humanos, no podemos evitar el efecto curiosidad para saber rápidamente qué ha pasado. Eso me ocurría hace apenas unos días en una sala de vistas, mientras celebraba un jurado y nos vimos sorprendidos por la algarabía que salía de detrás de los pasillos. En otra de las salas, se armó un jaleo de padre y muy señor mío, que acabó teniendo que recurrir, incluso, a los propios guardias civiles que teníamos en nuestra sala. Por fortuna, la sangre no llegó al río y en pocos minutos ya se restableció el orden, y cada mochuelo a su olivo.

Los gritos pueden tener muy variadas procedencias. Cuando estaba en mi primer destino, la ventana daba al lugar donde se celebraban las bodas, y me veía frecuentemente amenizada por gritos de Vivan los novios. Menos mal que aún no tomaron carta de naturaleza los bautizos civiles, que si no me veo en breve escuchando eso de “padrino roñoso” si no reparte caramelos o monedas como está mandado.

Cada vez más frecuente es, también, ver alterado mi trabajo diario por gritos de protesta. Y es que hay tantas cosas por las que protestar que no damos abasto. Desde la reclamación de condiciones laborales del personal, hasta quejas más o menos airadas por el funcionamiento de la Justicia. Lo hemos visto, cómo no, respecto de la sentencia de “La Manada”, a raíz de la cual se montaron protestas en sedes judiciales, aunque no tuviéramos nada que ver con quienes dictaron la sentencia. Un modo de mostrar el desacuerdo con una resolución judicial al que nos tendremos que acostumbrar, nos guste o no. La ciudadanía tiene derecho a mostrar su descontento, siempre que lo haga dentro de los límites del respeto.

Otras veces los gritos obedecen a cosas más personales. Todo el mundo que frecuente un juzgado de guardia se habrá visto en el caso de tener a toda la familia del investigado en la puerta, montando a veces un escándalo de proporciones considerables. Confieso haber huido como una cobarde sobre mis tacones fingiendo que no sabía nada mientras gritaban contra el fiscal que había pedido la prisión de su padre/madre/hijo/primo/hermana/novio, y cruzando los dedos para que no supieran que aquel fiscal malo malísimo no era otro que yo misma.

Otro tipo de gritos nos salen de lo más profundo de las entrañas sin poder evitarlo. Esas veces en que, tras una hora en conectarse, el ordenador se apaga, cuando la ruedita no deja de girar, cuando te entra la enésima causa con preso el día que te vas de vacaciones, cuando te asignan unos juicios sorpresa de varios días o cuando aparecen en el despacho, a la vez, tropemil procedimientos  esperando ser calificados. Imagino también a los letrados con ganas de tirarse al tren cuando les coinciden varios señalamientos o cuando, sin ningún miramiento, tiramos de ellos exigiéndoles que estén a la vez en uno y otro juzgado. Ya he contado más de una vez mi habilidad como roba-letrados, pero cualquier día aparecerá algún abogado o abogada partido por la mitad como el niño del juicio de Salomón. Y no dirán que no se lo advertí. A mí, que me registren.

De un tiempo a esta parte, y desde hace mucho más del que quisiéramos, nuestros gritos van encaminados a decir basta, a gritar que necesitamos medios y unas condiciones dignas para trabajar, que merecemos, en suma, una justicia de calidad. Tal vez la diferencia es que antes no salíamos a la calle y ahora sí lo hacemos. Y tendremos que seguir haciéndolo, visto lo visto -que no es lo mismo que visto para sentencia-

También tendremos que seguir gritando por todas aquellas injusticias a las que no se pone remedio. Con la Violencia de género a la cabeza, que ya hemos comprobado que los minutos de silencio sirven de poco si no van acompañados de acciones efectivas.

Por eso, hoy el aplauso es para quienes no se callan cuando deben gritar. Porque a veces es más que necesario alzar la voz

 

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