Seguridad: asignatura pendiente


medidas seguridad

    El riesgo es parte sustancial de un género de cine. Vivir al límite, hacerlo El día que vivimos peligrosamente, estar Con la muerte en los talones, bregar con situaciones de Alerta máxima o ejecutar una Misión imposible tras otra es algo propio de muchas películas y, alguna que otra vez, de la vida diaria.

Pero el cine es el cine y la realidad de nuestro teatro no debiera ser así. Por más que sea cierto que nuestra clientela no es siempre de lo más granado de la sociedad, tampoco debería hacer falta exponerse más de lo necesario, esto es, de dar la cara en estrados o en las dependencias de juzgados y fiscalías ejerciendo nuestra profesión. Que no es, desde luego, ni la del Superagente 86 ni la de James Bond. Aunque confieso que alguna vez me han entrado ganas de decir eso de “Fiscal. Ministerio Fiscal” emulando a 007. Pero me temo que me quedaré con las ganas. Toga agitada, pero no revuelta, como el Martini.

La cuestión es que, como ya conté una vez, también en Toguilandia pasamos miedo . En ocasiones, es inevitable. Pero en otras, no debería serlo. Porque deberíamos tener unas medidas de seguridad de las que carecemos, como de muchas otras cosas.

Cuando me asaltó la idea de este estreno, como tantos otros, por inspiración de mis compis foreros, me tropecé con una noticia. La de un juez que persiguió y redujo en plena sala de vistas a dos acusados que trataban de escapar del juzgado en pleno juicio. Ole sus narices, Señoría. Pero la verdad es que en la Escuela Judicial no nos educaban para esto, por más que bienvenidos sean todos los conocimientos adicionales, y todos los arrestos extra.

Pero, como decía, la inspiración me vino de algo que le pasó a una compañera. Contaba que pilló in fraganti a un delincuente habitual hurtándole su cartera en el despacho, y fue ella misma quien se enfrentó a él y le persiguió, sin que por parte de la seguridad del edificio se procediera siquiera a su detención. No ha sido la única a quien le han sucedido hechos de esta especie. A su comentario sucedieron los de otras compañeras y compañeros que también se vieron desapoderados de posesiones tales como carteras, gafas y hasta la bolsa de la toga, que ya me gustaría a mí saber para qué quieren semejante cosa. Y hoy mismo me decía otra compañera que tuneara la disquetera porque desaparecen como caramelos en la puerta de un colegio de los de antes.

Yo tuve una experiencia parecida, aunque con un final algo más feliz que el de mi compañera. Un ejecutoriado entró en mi despacho mientras yo hacía fotocopias fuera y se llevó mi teléfono móvil. La funcionaria de auxilio judicial, una auténtica joya, se apercibió y le persiguió pero cuando dio con él, el angelito ya no llevaba mi teléfono, que, como comprobamos más tarde, había entregado rápidamente a un compinche. El tipo tuvo encima la cara dura de negármelo y suplicarme que no le denunciara, que tenía muchas cosas pendientes. Y ahí lo tuvimos retenido entre fiscales y funcionarias mientras llegaban los de seguridad. En mi caso, el muchacho acabó teniendo un “espontáneo” arrepentimiento que dio con la recuperación milagrosa del teléfono -eso sí, ya despiezado- y la inclusión en su hoja penal de una medalla más.

Paradójicamente, la puerta de acceso a las dependencias donde yo me encuentro tiene una alarma que suena cada vez que alguien entra o sale, incluso para tomar un café o ir al cuarto de baño. He llegado a contar hasta cincuenta veces, lo cual es realmente molesto para trabajar. Cuando nos quejamos, nos dicen que es por seguridad. Pero ni una sola vez ha venido nadie a comprobar por qué sonaba la alarma. La explicación no era otra que decir que es zona de paso. O sea, que no quitan la alarma por seguridad, pero no le hacen caso porque es zona de paso. Y de ahí no salimos. Y de torturar las meninges con la fanfarria, tampoco.

Todo esto me recuerda los tiempos en que ejercía mi profesión en uno de los entonces llamados “destacamentos” -hoy, secciones territoriales o fiscalías de área-, situado en el segundo piso de un edificio de vecinos sin seguridad alguna. Yo me fui, pero se mantuvo mucho tiempo en esas condiciones, hasta hace bien poco. Y, por fortuna, no he tenido conocimiento de que pasara nada grave, pero fue porque Dios no quiso, como diría mi madre. Porque unos cuantos fiscales reunidos en un piso sin seguridad en la puerta ni en ningún sitio cercano es una tentación difícil de soportar para algunos delincuentes.

Lo peor de todo es que esto que cuento no es sino el chocolate del loro. Cada día pasan cosas grandes y pequeñas, y seguirán pasando si no se pone remedio. Hay casos de compañeros que han sido agredidos en pleno juicio y han tenido lesiones importantes. En algunas cosas, premiados con una Raimunda. Aunque, si me dan a elegir, prefiero mantener mi pecho libre de condecoraciones pero seguro.

Como ha dicho otro compañero, cuya frase tomo prestada con su permiso, la seguridad en las juzgados debiera ser como la higiene en los hospitales. Por eso, dejo en suspendo mi aplauso hasta que se tomen medidas. Aunque lo que no dejo de dar es la ovación para el autor de la frase y el resto de compis inspiradores, y, por supuesto, mi solidaridad con la compañera

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