Miedo: fantasmas en el foro


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Llega Halloween. O mejor, el día de Todos los Santos. Un verdadero filón para el teatro y el cine, que le han exprimido el jugo hasta el tuétano. Y no es que sea un invento de ahora, que desde siempre nuestra más vetusta tradición ha sido representar Don Juan Tenorio. Pero claro, llegó Halloween desde Yanquilandia y nos absorbió. Quizás influya que parece más divertido eso de disfrazarse o pedir caramelos a la consigna de “truco o trato” -que confieso que todavía no pillo muy bien- que irse al cementerio a rezar a los muertos y limpiar las lápidas como hacía Penélope Cruz en la primera escena de Volver.

En nuestro teatro no necesitamos disfrazarnos para pasar miedo. Aunque no es lo más frecuente, por fortuna, algunas veces tenemos nuestra propia Noche de Miedo en pleno día. Y entonces, los fantasmas atacan a las togas y no hay Cazafantasmas que lo impidan

Varias veces me han preguntado si no paso miedo ejerciendo mi profesión. Suelo contestar que no y, en general, no falto a la verdad. Pero confieso que alguna vez sí que me he sentido asustada, atemorizada, angustiada, intimidada o, como diría mi madre, he notado que no me llegaba la camisa al cuerpo. Con razón o sin ella. Y después de la pequeña cuestación que hice hace tiempo entre algunos compañeros y compañeras, compruebo que no he sido la única. Y lo malo de esto es que, aunque algunas de estas situaciones son inevitables, otras se deben a la precariedad de medios o a la falta de seguridad con la que trabajamos. Y eso es intolerable.

  La primera vez que se me subió el miedo a la garganta fue hace mucho cuando no era sino una alevín de fiscal que ni siquiera había terminado el período de prácticas. Y ahí estaba, junto a mis compañeros, en el más que vetusto juzgado de guardia de entonces, viendo como la juez tomaba declaración a un detenido junto a mi tutor, un gran fiscal tristemente desaparecido y a quien todavía echo de menos. En un momento dado, el detenido en cuestión agarró una de esas sillas que pesaban un quintal –entre la madera y la carcoma que se las comía- y la arrojó hacia nosotros. El policía que lo custodiaba reaccionó de inmediato y le redujo, tirándolo al suelo. Y yo descubrí una parte oscura en mi interior, una yo vengativa que deseaba que le hiciera daño. Y aún a veces me he de pelear contra ese sentimiento, muy a mi pesar. Cosas de la condición humana, imagino. Guardadme el secreto.

Aquello fue poca cosa, la verdad, pero el susto no me lo quitaba nadie. Y esos sustos vienen a visitarnos con más frecuencia de lo que sería de desear. Un clásico es el de la salida del juzgado de guardia. Esas situaciones en que, tras haber pedido la prisión para algún angelito, tenemos a la familia entera esperándonos en la puerta. Si hay suerte, disimulamos como si ese fiscal hijo de su madre que ha metido al niño en la trena fuera otro u otra, esperamos agazapados en nuestro despacho con la esperanza que desaparezcan, o nos atrincheramos en cualquier esquina atentos al momento propicio para poner pies en polvorosa. Pero si la desdicha, o nuestro número de escalafón, no nos confiere el lujo de tener una plaza de aparcamiento en el edificio, tenemos que acabar optando por ponernos el mundo por montera y acceder hasta nuestro coche rezando porque no le hayan pinchado las ruedas o, lo que es peor, no nos pinchen a nosotros cualquier otra cosa. Eso sí, como no hay mal que por bien no venga, algunos han conseguido récords homologables en la huida, como una compañera que cuenta que el detenido en cuestión había logrado zafarse de sus custodios y había ido tras ella, que corría como alma que lleva el diablo.

Y es que algo tiene ese momento en que el fiscal pide la prisión, que da lugar a las reacciones más variadas. Cuando llega ese instante, he visto a mocetones bien bragados echarse a llorar como niños. También he presenciado un efecto curioso, el de esos detenidos que dicen no hablar ni papa de español –por lo que hemos tenido que esperar un buen rato la llegada del intérprete de urdu, o de swajili- y que, cual espíritu santo en forma de lengua de fuego, no necesitan traducción alguna para comprender cuál será su próximo domicilio. Y claro, ante tal perspectiva, algunos se nos revuelven. Un compañero cuenta que en plena comparecencia, el imputado le miró y se pasó el dedo por el cuello en un gesto que no dejaba resquicio alguno a la duda, y varios dan fe de las miradas clavadas en su cara que les han robado más de una noche de sueño. Los hay también que no se contentan con el lenguaje gestual, y no se cortan un ápice en decirle al fiscal, por ejemplo, que le buscarían en cuanto salieran a la calle o que quitarían a sus hijas de en medio, con el consiguiente espanto del amenazado. Incluso les amenazan en otro idioma, para abalanzarse a continuación sobre la fiscal, primero, y sobre la puerta, después. Y una compañera me cuenta, con justa indignación, cómo ante la peligrosidad de los detenidos los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad iban bien tapados y cubiertos mientras que ella y la juez de guardia tenían sus rostros y toda su vulnerabilidad al descubierto.

Además, si hay algo que parece atraer especialmente a alguno de nuestros clientes, es el cuello de las fiscales. Así, me comentan que a una compañera trataban de estrangularle con las propias esposas que portaba el detenido, acción rápidamente abortada, por fortuna. A otra, un detenido por intento de homicidio y quebrantamiento de condena la agarró del cuello y no la soltaba hasta la oportuna intervención del abogado. Y otra más, fue intimidada con un destornillador en esa frágil parte que separa la cabeza del resto del cuerpo, y así la mantuvo hasta que el propio juez logró hacerle desistir. Y seguro que hay más.

Pero es que hay situaciones que claman al cielo, y no nos queda otra que dar la cara, a ver si nos la parten. Una de ellas son las famosas visitas a prisión. Los fiscales vamos a cumplir con nuestro deber de hacer la visita de rigor a presos preventivos. Pero a nadie se le escapa que, si están ahí, es precisamente porque algún fiscal así lo ha solicitado. Y esto  no les hace ninguna gracia, claro. No obstante lo cual, esas visitas se desarrollan con poca o ninguna vigilancia, expuestos a que cualquiera tenga un arrebato y la pague con nosotros.

Otro tanto sucede con personas con graves problemas mentales, algunos de ellos francamente agresivos, hasta el punto de haber agredido a sus padres, o a quien se le pusiera por delante. Han visto a Luzbel, o recogido las plumas del demonio debajo de un sofá, o necesitan un cargador para coger energía, o son visitados por extraterrestres que les abducen por el ombligo. Obviamente, su imputabilidad es más que dudosa. Pero el problema es qué hacemos con ellos. Y también, qué pueden hacer en un momento dado contra nosotros. O contra ellos mismos, que no es infrecuente que se autolesionen, y se den cabezazos contra la pared, el furgón o el mismo suelo.  Problema más social y médico que otra cosa, se nos aparece con frecuencia en las guardias, y para el que nadie da con una solución. Como tampoco se da, por cierto, en temas relacionados con la salud, que a veces nos dicen que estamos tratando con personas con enfermedades contagiosas cuando ya hemos acabado nuestra declaración sin otra protección que lavarnos furiosamente las manos y cruzar los dedos para que no nos pase nada.

Pero, si hay una fuente de conflictos y situaciones comprometidas, es todo aquello que se relaciona con los menores. Yo misma puede sentir el frío de una navaja en mi cuello en cuanto una detenida supo que a su hijo se le llevaba a un centro, mientras mi propia hija daba patadas desde mi barriga, gestante de siete meses. Y es que parece ser que la maternidad, o la paternidad, saca un punto agresivo a las personas, y algunos se toman al pie de la letra lo de “yo, por mi hija, maaato”. Y hay quien se ha encontrado a padres que, no contentos con insultar a la fiscal hasta el punto de ser expulsados de la sala, la esperaban en la puerta con intenciones nada recomendables. O con una inopinada invitación a una red social, con el loable propósito de no dejar tranquila a la compañera, que optó por hacer desaparecer su verdadero nombre la red. Y las cosas llegan a veces hasta el punto que, tras un enfrentamiento con una Fiscal, una madre ha llegado hasta a cogerle cariño a la compañera, y, después de cinco hijos, la considera su Fiscal de cabecera. Cuando no son los propios menores quienes toman la iniciativa, como una que lanzó una mesa sobre la Fiscal que trataba de hacer su trabajo.

Y, aunque las guardias son la principal fuente de problemas, en ocasiones los juicios también nos ponen en situaciones tremendas. No hace mucho leíamos en los periódicos cómo un Fiscal era golpeado por el acusado de asesinato tras oír el veredicto de culpabilidad del jurado. Y no es un caso único. Ha habido compañeros amenazados directamente en la vista, de palabra o de obra. Especialmente curioso uno que fue increpado por una venerable ancianita, que le alzó el puño y le advirtió al compañero lo mal que iban a acabar si se ponían así, hasta el punto que hubo de ser sacada por la fuerza, agarrada de manos y piernas; y debió decirlo en serio porque previamente había mordido a varios de los agentes que la custodiaban. Como curioso también el caso de una compañera que vio cómo el acusado, de clara estética “skinhead” se enfrentaba a ella cuando le preguntó si estaba con el otro acusado, de procedencia magrebí, indignado ante la posibilidad de compartir algo, aunque fuera la comisión de un delito, con él.

Y yo misma recuerdo como un preso especialmente peligroso, trasladado para la celebración de un juicio de faltas, sacaba de repente un pincho carcelario con el que se fue hacia juez, fiscal, secretario o todo lo que se moviera, hasta que lograron zafarse con un quiebro, y quedó el preso en cuestión con su pincho en la mano con la toga enganchada de él.

Y es que, inexplicablemente, a veces las armas pasan y entran a donde nunca debieron entrar. Pasó en ese caso –no había arco detector- y en otros, como el de una compañera que presenció estupefacta cómo en plena declaración el detenido le mostraba la navaja con la que atracaba para demostrarle que no era tan grande como decía el atestado. Y también en otros a los que ya me he referido.

Y esto es solo un botón de muestra de esas cosas que pasan, o pueden pasar, en nuestro quehacer diario. Ni somos héroes, ni queremos serlo. Sólo hacemos nuestro trabajo en las condiciones que tenemos. Y no habríamos de pasar por la mayoría de estas situaciones si los medios materiales y personales y las medidas de seguridad fueran las adecuadas. Si no hubiera sedes en pisos de vecinos sin seguridad alguna, si no tuviéramos que aparcar nuestros coches donde cualquiera pudiera verlo, o si no tuviéramos que salir del juzgado de guardia pasando a pecho descubierto delante de las familias de nuestra más selecta clientela, entre otras cosas. Para que fuera la excepción la que confirme la regla, y no lo contrario.

Así que hoy el aplauso de este estreno, más largo de lo que me gustaría -ojala no hubiera casos que contar- es para todas las personas valientes que esconden su miedo bajo la toga y siguen adelante. Porque, como dijo alguien, la valentía no consiste en no tener miedo, sino en tenerlo y conseguir vencerlo.

 

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8 pensamientos en “Miedo: fantasmas en el foro

  1. Susana, totalmente de acuerdo. Pero, barriendo un poco para casa, qué ocurre con los Letrados que, después de haber ejercido la acusación particular, salimos de la Guardia a pecho descubierto y, más, al día siguiente estamos en nuestros Despachos, en lugares conocidos por todos? Y a veces, aun la defensa, si el cliente cree que nos hemos equivocado. Y más si eres de oficio.
    Un abrazo.

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  2. Le felicito por la acertada exposición y por la labor que desempeña. En estos tiempos en que la grandilocuencia mediática se satura de días históricos que en la práctica no nos van a cambiar la vida, hace falta reivindicar medios para defender nuestros derechos. He podido comprobar todo lo que se relata en este artículo porque tengo la costumbre de no esconderme ante las injusticias. Por ello mi historial en los juzgados es amplio, y efectivamente es lamentable. En una ocasión se cerraron dos plantas del juzgado para que yo pudiera entrar a un reconocimiento sin ser visto, todo un desproposito por la falta de accesos, pero lo gracioso es que por la imposibilidad de concordar con los policías judiciales la salida acabé coincidiendo con los componentes de la rueda de reconocimento. Pero no solo eso, cuando he tenido que ir a testificar (un abuso sexual y varios atracos, uno de ellos con violencia), todos los citados, denunciantes, testigos y acusados, esperamos en el mismo habitáculo, por el que efectivamente, entran ustedes, fiscales, abogados y jueces a la sala. En realidad no entiendo como no ocurren más cosas por las circunstancias en que se intenta hacer justicia en este país son demenciales.

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