Confesiones: en boca cerrada…


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Confesar es reconocer ante alguien haber realizado un hecho, generalmente reprobable o que al menos puede serlo. Aunque en principio el término tiene connotaciones religiosas, se utiliza desde siempre para referirse a secretos que se revelan y eso, sin duda, es un buen material para una película o una obra de teatro. Yo confieso o Secreto de confesión son títulos que inciden sobre ello, incluida su vertiente religiosa, y muchos más dan protagonismo al propio confesionario, como La Regenta. Pero cualesquiera Confidencias, sean Confidencias a medianoche o a otra hora del día, resultan prometedoras.

En nuestro teatro, la confesión también existe. Es, en sentido estricto, la prueba en la que declara el demandado en el proceso civil. Pero, más allá de ese concepto estricto, quienes son demandados, denunciados, investigados, procesados o denunciados tienen diversas oportunidades de abrir la boca. Y en algunas, más les valiera haberla cerrado y acogerse a su derecho al silencio, como vimos en el estreno dedicado a la última palabra

Pero es inevitable que, bien sea por pura ignorancia, o bien sea porque hay quien se cree tal listo – o lista- que pasa olímpicamente de los consejos de su defensa, los haya que meten la pata hasta el fondo en cuanto abren su boquita. Y da igual que estemos en un procedimiento por delito grave o leve, en un civil o en un penal. Nadie escapa a la maldición del bocachanclismo , como un acusado de homicidio que, fiel a la consigna de mantenella y no enmedalla, dijo “Yo no hice nada, pero lo volvería a hacer otra vez”.

Y como el movimiento se demuestra andando, aquí van algunas muestras, propias o cedidas por mis generosos compis. Yo siempre recuerdo el argumento que me dio un detenido por homicidio para no entrar en la cárcel, que decía muy convencido que él no podía estar en prisión porque le daba claustrofobia. No coló, claro, y hoy, ya condenado, no sé como lo llevará el hombre.

En otra ocasión, en este caso por violencia de género, el detenido ya había sido condenado a una pena de 27 años. Preguntado por ello, dijo en tono plano que “fue un lamentable error, un accidente que ocurrió”, explicando más tarde que “la que era mi novia en ese momento, que estaba embarazada, falleció”. Según la compañera que me lo cuenta, el ambiente se heló. Y no me extraña, la verdad.

Aunque en general estas meteduras de pata nos han hecho soltar más de una carcajada. Como la del investigado por violación que, sometido a un careo con la víctima, al oír que ésta le recriminaba por haberle violado cinco veces esa noche, gritó “Soy Superman”, alzándose de la silla, con los brazos en alto, y una enorme sonrisa. Y no es para menos, oiga, aunque el tribunal no debió creerlo porque acabó absuelto por falta de pruebas.

Y es que entre nuestra clientela hay verdaderos sabios, o que se creen tales. Entre los segundos, un denunciado en un juicio de faltas que quiso mostrar su sapiencia al juez, subiéndose la manga de la camisa y exclamando “y si no me creen, que me pongan el suero de la verdad”, mientras su madre, abochornada, trataba de llevárselo de allí. Entre los primeros, una verdadera joya de la delincuencia patria que, detenido por robo, repetía “Que yo esté aquí detenido, siñoria, por robar pa comer…y el dínguirin suelto por Suiza…es que no hay justicia ni diricho ni ná, llevénme a Suiza a mí también, donde los bollos”. Sabiduría popular en estado puro.

Algunos, incluso, nos dan lecciones de Derecho, incluso en su propio perjuicio. Así lo hizo un acusado por hurto que, orgulloso de su proeza, le explicó al juez y la fiscal que de hurto nada, que saltó una valla bien grande y eso era robo con fuerza sí o sí. Acabáramos.

No tan sabio era, sin embargo, un denunciado sobre el que me cuenta un compañero, en un juicio de faltas por hurto de gasoil, que fue sorprendido con la manguera y la garrafa en la mano. Ante ello, el angelito, dijo nada menos que el Mosso de escuadra iba a por él, que le tenía ganas desde hacía mucho. Y, por eso, tras decirle que le iba a hundir, sacó de su coche una manguera, un destornillador y una garrafa, se acercó al camión y agujereó el depósito y puso la garrafa para hacerle a él responsable. No contento con ello, preguntado por el fiscal si el otro Mosso también participó, dijo que no, que ese lo que hizo fue sacar una guitarra y ponerse a cantar en una esquina para distraer a quien pasara por ahí. Inexplicable que el juez no creyera esta historia y le condenara. ¿Verdad?

Y es que los juicios de faltas daban mucho de sí. Ya he contado alguna vez que un uno de mis primeros juicios por maltrato, mucho antes de la ley integral, el juez preguntó al denunciado si pegó a su mujer. Su respuesta a la gallega fue “qué usted no pega a la suya”. La condena fue obvia. Tanto como la otro denunciado que a la pregunta de si llamó al denunciante hijo de puta, respondió “es que lo es”, enzarzándose a continuación en un debate sobre infidelidad y cuernos que para sí quisiera el Diario de Patricia.

Los delitos sexuales son otro filón para estas cosas. Me cuenta un compañero de una testigo  se supo violada, pese a lo borracha que decía estar, porque al día siguiente tenía el estómago revuelto. Y eso que no dijo, como Chus Lampreave, eso de que era testiga de Jehová y no podía mentir. Aunque mucho más sincero fue un acusado de violación que, preguntado por la fiscal si, además de la penetración vaginal –por la que ya le había preguntado el juez- , había penetrado analmente a la víctima, respondió “ah, eso sí que no. Yo, señorita, cada agujero para lo que es”. Y cada cosa en su sitio, oiga, faltaría más.

Otra fuente de arrebatos verborreicos son las relaciones de pareja. Me cuenta otra compañera de un acusado que negaba una y otra vez haber sido pareja de la denunciante. La fiscal insistió preguntando si vivieron juntos, y si tenían hijos. Pese a responder afirmativamente, añadió “pero no éramos pareja”, como si fuera el científico diciendo “y sin embargo se mueve” versión cañí. Una premisa también sostenida por un acusado ante mí que, preguntado si tenían relación de afectividad me dijo que se acostaban regularmente, pero que afecto no le tenía ninguno. Y tan fresco.

A veces, los destinatarios de esos excesos verbales somos quienes lucimos toga. Especialmente, como dice un compañero, si llegada la tarde se despiertan sus lenguas vespertinas. A una compañera le interrumpió el acusado en pleno informe diciendo “que se calle esta señora, que ya no la aguanto”, con lo majas que somos las fiscales, oye. A otra, sin embargo, se refirió el acusado en su última palabra, declinando el derecho a usarla porque “ya se lo había dicho to al cura”.

Pero como no solo de Derecho penal vive el jurista, también he encontrado perlas en otras jurisdicciones. Una de ellas, la de un demandado de paternidad que ya tenía otros cinco hijos naturales y que, lejos de negar los hechos, exclamó “pues sí que me ha salido caro este polvo”. En otro juicio, relativo a una custodia, el demandado fue preguntado si consumía drogas en ese momento. Como si hubiera sido inoculado del suero de la verdad que pedía aquel otro acusado en juicio, dijo que se metía speed, pastillas, coca.. y que casi mejor decía lo que no se metía y acababa antes. Pasapalabra, pues. No hay más preguntas.

O sí, porque me resisto a dejar fuera este diamente en bruto, calentita de hoy mismo. Respuesta a la pregunta del fiscal de por qué pide 250 € de pensión para su hijo : “porque está regordico”. Insuperable.

Así que ahí queda eso. El aplauso, una vez más, para mis compañeros y compañeras, verdaderos protagonistas de este estreno con sus historias. Gracias de nuevo por compartirlas

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