Custodia: la discordia


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Las avenencias y desavenencias familiares son fruto de gusto en el cine, y dan para mucho. Sobre todo, en lo relativo a qué pasa con los hijos e hijas tras una ruptura. Desde Kramer contra Kramer a Tres solteros y un biberón, pasando por todo tipo de comedias, tragedias y tragicomedias, estas situaciones son un caldo de cultivo excelente para cocinar buenos resultados en taquilla.

Pero la realidad ni es tan dulce ni se mide en la recaudación de la taquilla. La realidad pura y dura es esa con la que nos toca lidiar a quienes, de uno u otro modo, intervenimos en el Derecho de Familia . Algo que, aunque no tenga un contenido jurídico tan aparentemente sesudo como otras materias, es de lo más difícil que le pueden encomendar a una persona, con toga o sin ella. Y que deja siempre la duda de si habremos hecho bien con la decisión tomada.

En teoría, la cosa parece sencilla. Hay que decidir para quién es la guarda y custodia del menor y cuál será, de haberlo, el régimen de visitas, utilizando un principio fundamental. El beneficio del menor, o favor minoris, que en latín siempre parece más fino. Hasta ahí resulta fácil. Sobre todo cuando uno de los progenitores tiene una conducta tan reprochable que no deja el mínimo resquicio a la duda. Pero las cosas nunca son tan simples, y eso del interés superior del menor tiene distintas interpretaciones según quien las haga.

Obviamente, cuando los dos progenitores están de acuerdo en todo, y ese todo es razonable –de ahí la intervención de juez y fiscal aunque haya acuerdo- no hay problema alguno. El interés del menor nos viene servido en bandeja.

Pero hete tú aquí que hay muchos casos en que el acuerdo es imposible. Las partes se empecinan en que la razón absoluta les corresponde, y no hay manera. A veces, son cosas justas y razonables, como mantener al menor en su entorno escolar y familiar, o darle la mejor atención médica o educación posible. Pero otras no es tan razonable, y los pleitos se enquistan por cosas tan peregrinas como el vestido de comunión –me han llegado a traer fotos del modelito elegido por el padre y pos la madre-, las actividades extraescolares o el lugar de veraneo. Y ahí es donde se empiezan a poner las cosas espinosas y donde cuesta mantener la compostura.

Pondré un ejemplo. Recuerdo un procedimiento de modificación de medidas en que el padre pretendía un cambio de custodia alegando que su hija se quejaba de continuos tirones del pelo de la madre. Como, obviamente, parecía que lo de arrastrar del pelo a la niña era inaceptable, pusimos en marcha el procedimiento. Y cuál fue nuestra sorpresa al descubrir, tras escuchar a la menor, que esos tirones de pelo no eran otra cosa que el empeño de la madre por deshacerse de una contumaz y persistente plaga de ftirápteros –vulgo, piojos- que se habían cebado con la cabellera abundante, rubia y rizada de la niña. Y cualquiera que haya pasado por semejante trance sabrá que los anuncios de televisión mienten como bellacos cuando dicen eso de que en cinco minutos se van y no vuelven jamás. Un ejemplo de publicidad engañosa de los que hacen historia. Esperando estoy a que alguien lo plantee, por cierto. Por supuesto, en este caso ambos progenitores alegaban el interés de menor para pretender la custodia. Y por supuesto también que todo quedó desactivado al descubrir el pastel.

Y es que hay que oir a las criaturas –obligatoriamente hasta los 12 años y antes si tuvieren suficiente juicio, según la ley, aunque yo les oigo siempre- Pero oírles no significa que lo que digan vaya a misa. Los niños son niños y sus razones son muchas veces razones de niños. Como que quieren ir con uno u otro porque le compra más cosas, porque no le obliga a hacer los deberes o porque vive mas cerca de su amigo Fulanito. Así que, además de oír, hay que escuchar, y luego, ponderar. Que no es poca cosa.

En cuestiones de custodia lo más espinoso es, sin duda el tema de la custodia compartida. Algo que debería ser lo ideal si la relación entre los progenitores fuera ideal y tuvieran la capacidad de ponerse de acuerdo. Pero que no siempre resulta posible si tienen que venir al juzgado cada vez que hay que decidir cosas tan nimias como si el niño toca el trombón o la flauta travesera o se apunta a baloncesto o fútbol. Por eso es tan difícil de concebir la custodia compartida impuesta –esto es, sin acuerdo de los progenitores-

Por supuesto, en casos de violencia de género, la propia ley prohíbe la custodia compartida. Y, aunque no prohíbe la custodia exclusiva del progenitor investigado o condenado por un delito de mal trato, parece obvio que es el espíritu. Aunque, desde luego, toda regla pueda tener una excepción, por excepcional que resulte, valga la redundancia.

Lo que no se pude hacer en ningún caso es usar la guarda –que no guardia, como he oído más de una vez- y custodia, o las visitas en su caso, como arma arrojadiza entre los ex cónyuges en lugar de como instrumento de velar por el menor. Nunca debemos perder de vista que la patria potestad es, antes que una facultad de los padres, un derecho de los hijos e hijas. Y el derecho a relacionarse con ambos debe ser respetado, salvo que existan casos para restringirlo o privar de él, como son los malos tratos al propio menor.

Acabaré diciendo que hay algo que me remueve las tripas. Esos procesos de divorcio donde las cuestiones relativas a los menores se resuelven de un plumazo, y pasamos las horas discutiendo quién se queda con esta o aquella cosa. Siempre me acordaré de un caso que daría para una película de Berlanga o de Almodóvar: un divorcio donde el problema por el que no se llegaba un acuerdo era quién se quedaba con el vídeo de la boda. Tal como suena. Me gustaría preguntarles, pasados más de 20 años, qué hacen ahora con la cinta de vídeo de las narices. Aunque aquello era tan surrealista que igual guardan un reproductor de VHS o Beta para la ocasión. Nunca se sabe.

Así que hoy no puedo hacer otra cosa que dedicar mi aplauso a la santa paciencia de todos y todas los jueces, fiscales, abogados y abogadas que se dedican al espinoso tema de desunir eso que, según la fórmula tradicional, Dios había unido y no podía separar el hombre. Porque tiene un mérito que no siempre se sabe ver.

 

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