Síndrome postvacacional: otra vez


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Cada año pasa lo mismo. El verano termina, se acaban los bolos y las galas estivales, y el mundo del espectáculo tiene que reinventarse de cara al nuevo curso. Nuevas programaciones, nuevas obras y nuevos proyectos mientras van quedando lejos actuaciones al aire libre y algún ratito de asueto en traje de baño. Nos ponen por enésima vez en alguna cadena de tele o radio al Duo Dinámico cantando lo de El final del verano, y se acabó. Cada mochuelo a su olivo. Se acabó El mejor verano de nuestras vidas, el peor, o uno más. Y a regresar como los chicos de Grease contando las aventuras estivales al ritmo de Tell me more.

Aunque haya quien no lo crea, también nuestro teatro sufre del síndrome postvacacional, y de un modo especialmente intenso. Porque, como ya hemos dicho alguna vez, lo nuestro no son vacaciones sino pseudo vacaciones, porque en realidad se trata de unos días con licencia para faltar al despacho mientras los expedientes siguen amontonándose en él como si no hubiera un mañana. Un efecto que se acrecentó desde que tuvieron la ocurrencia de acabar de un plumazo con la mayoría de sustitutos 

Pero una cosa es saberlo, y otra bien distinta vivirlo. Y como de ilusión también se vive, una regresa a Toguilandia pensando que esta vez no, que después de haberse dejado la mesa y las estanterías listas para que las revise el inaguantable mayordomo de la prueba del algodón la cosa será diferente. Igual hay suerte y no ha entrado mucho papel, o quizás se ha hecho realidad lo del Papel 0 mientras zanganeábamos. Pero nada. Mi gozo en un pozo. Y de nuevo las pilas de papel amontonadas en equilibrio imposible mientras me parece estar oyendo al mayordomo riéndose de mí, y diciendo que quien ríe el último ríe mejor.

Entonces me acuerdo de otro anuncio con otra protagonista odiosa. La chica del futuro que nos trae una lejía, que anda que no debe haber cosas en el futuro para que justamente nos traiga eso. Ya podía traer la fórmula mágica para que los expedientes se despacharan solitos.

Así que otra vez reparto de juicios, corre corre que no llegas, y, sobre todo, ya nada de No me pises que llevo chanclas, que toca toguitaconarse de nuevo. Y ya sabemos, aun para quienes estamos cerca, Aquí no hay playa, vaya, vaya 

Y encima, los efectos secundarios de las vacaciones. La dichosa pregunta de qué tal las vacaciones y la no menos dichosa de dónde has estado. Porque parece que hay que irse muy lejos y hacer cosas como bucear, saltar en paracaídas o tirarse de un acantilado para que las vacaciones sean lo más. Y a ver cómo explica una que no, que ha pasado unos días tranquilita sin hacer nada, ni siquiera todas esas cosas que se había jurado hacer. Aunque siempre cabe llamarle Dolce far niente que suena mucho mejor. Dónde va a parar.

Porque esa es otra. ¿Por qué narices nos empeñamos en que tenemos que hacer deberes de vacaciones como si fueran el cuaderno de verano de cuando íbamos al colegio? Este verano me voy a leer los catorce libros que tengo pendientes, voy a hacer un repaso a toda esa jurisprudencia que no me leí en su día, voy a poner al día mi correo electrónico y borrar todos esos mensajes del Pleistoceno, voy a ponerme en forma corriendo tropecientos kilómetros al día, y voy a pintar la casa con mis manitas y dejarla hecha un pincel, después de arreglar cajones y estanterías. Y se puede añadir a la lista tanto como una quiera. Porque luego, nada de nada.

Así que repasamos el verano y ni hemos subido al Everest, ni buceado entre los corales, ni leído más que una par de novelitas no demasiado sesudas, ni arreglado nada. Y una llega con una sensación de haber perdido el tiempo que hace que se la lleven los demonios cada vez que le preguntan por el verano.

Y, como si fuera un castigo divino por no haber hecho los deberes, ahí están los expedientes haciéndonos burla. Ellos no han perdido el tiempo, no señora. Ellos estaban ahí haciendo eso de Creced y multiplicaos mientras una no hacía más que tomarse una cervecita de cuando en cuando jurándome a mí misma que al día siguiente empezaría todo lo que tenía planificado para las vacaciones.

Ganas me dan de usar la toga como capa invisibilizadora tipo Harry Potter y meterme debajo. O descender al mundo de los Teletubbies y, con la toga, por supuesto, taparme la cara al grito de “no toy”. Pero vaya si estoy. Con zapatos en vez de chanclas y toga en lugar de pareo, aunque con el cerebro no sé en qué punto intermedio entre unos y otros.

Pero lo juro. Al año que viene, vacaciono mejor. O no.

Así que hoy no me queda otra que dar el aplauso a quienes cambian chanclas por tacones –o mocasines, o lo que sea- . Aunque solo sea para animar un poco, que buena falta nos hace.

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