Equilibrio: ni tanto ni tan calvo


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Una y mil veces nos han dicho eso de que en el punto medio está la virtud y, por más que cueste, es una verdad como un templo. Aunque en el mundo del espectáculo debe resultar especialmente difícil. Conseguir hacer algo tan diferente que consiga llamar la atención del público, pero no pasarse de histriónico, es un ejercicio complicado. Como esos artistas circenses  de El mayor espectáculo del mundo, que con una mano hacen malabares mientras pedalean en un monociclo imposible.

También en nuestro teatro tenemos que hacer ejercicios de equilibrio diarios, cuando no de prestidigitación, para no pasarnos ni quedarnos cortos. Y, en un ámbito donde manejamos bienes tan preciosos como la vida, la libertad o el dinero las consecuencias pueden ser muy importantes. Más que malabaristas, nos sentimos como los protagonistas del Trapecio. Como la mísmisima Pinito del Oro en sus buenos tiempos lanzándonos al vacío sin red.

Son muchas las ocasiones en que esta sensación de Vértigo te atenaza la garganta o, más gráficamente, te hace sentir como si la toga pesara una tonelada. La más característica es la decisión que obliga a optar entre la libertad o la prisión, sea con carácter preventivo o como pena a cumplir.

Reconozco que, como fiscal, cuando acudo a una comparecencia de prisión, me siento por un momento como si tuviera sobre mí un potentísimo foco. En ese instante que media entre que nos dan la palabra y hacemos la petición, todos los ojos se centran en el Ministerio Fiscal. Hasta, a veces, escucho un imaginario redoble de tambores antes de decir eso de que solicito la prisión provisional, comunicada y sin fianza, o su contrario, la libertad provisional, o cualquiera de sus opciones intermedias –alejamiento, fianza, control telemático, comparecencias periódicas-. Juro que a lo largo de mi vida toguitaconada he presenciado todo tipo de reacciones ante tal petición. Desde el lógico alivio si hay fumata blanca – o sea, libertad- acompañado de suspiros más o menos disimulados, hasta el llanto más incontenible en el caso contrario. Siempre me ha impresionado ver a tipos aparentemente duros, que han cometido actos terribles, venirse abajo y llorar como niños. Aunque, además de esas, hay reacciones pintorescas que nunca se olvidan. Entre ellas, me acuerdo la de un inmigrante que nos obsequió con una danza aborígen ante nuestra estupefacción, o la de otro que, de pronto, pareció entrar en éxtasis y se puso a rezar en una lengua indescifrable. Y una de las más frecuentes, la del don de lenguas, que les viene de pronto cuando, quien juraba necesitar intérprete, entendió a la primera la palabra “prisión” sin necesidad de traducción alguna. Milagros que ocurren a diario en Toguilandia.

También es necesario hacer un ejercicio de equilibrio y ponderación a la hora de solicitar una pena. Y de imponerla, claro está. Como quiera que la ley nos proporciona una horquilla considerable entre el mínimo y el máximo, hay que tener cuidado a la hora de determinar la pena. Porque, además de las atenuantes  y agravantes  que, según el Código penal, se compensarán racionalmente, hay que tener en cuenta el resto de circunstancias del caso que no tienen reflejo expreso pero dotan de mayor o menor reprochabilidad al hecho. Un ejercicio realmente difícil.

Pero, como he dicho otras veces, no solo de Derecho Penal vive el jurista. Y hay decisiones complicadisimas en otros ámbitos. De ellas, de las más difíciles las del ámbito del Derecho de Familia. Decidir con quién se quedan los hijos o hijas, si hay o no derecho de visitas y en qué condiciones es algo que me ha quitado el sueño más de una vez. Y que lo sigue haciendo. Y es que una equivocación puede tener enormes consecuencias en la vida de unas criaturas que puede repercutir para siempre en su futuro. O en la falta de él.

Además, en Toguilandia hay vida mucho más allá del juzgado y de la sala de vistas. Protestamos, nos movilizamos y nos quejamos de nuestras sempiternas carencias esperando que alguien, por fin, nos haga caso. Y esto tampoco es fácil, no creamos. Si andamos todo el día como plañideras corremos el riesgo de que acaben por pasar de nosotros, y si callamos demasiado y nos resignamos a lo que hay, a que piensen que quien calla otorga. Y llevamos tanto tiempo siendo olímpicamente ignorados, hagamos ruido o callemos, que, cuando cambian las cosas, una no sabe muy bien como actuar.

No negaré mi alegría porque nuestro teatro haya elegido como directora a Una de los nuestros. Y no lo digo solo porque sea fiscal –aunque reconozca que mi alegría sea doble- sino porque es alguien que sabe qué es lo que hay, sobre todo, lo que no hay, y la impotencia que esto causa. Ahora nos toca resetearnos y buscar el equilibrio entre darle la oportunidad de que trate de arreglar las cosas –qué difícil lo tiene, la pobre- y no dejar de reclamar esa justicia de calidad por la que hemos luchado. Así que ahí seguiremos, con la esperanza puesta en que nuestras voces, por fin, sean algo más que predicar en el desierto.

Por eso hoy daré un paso adelante y me arriesgaré a dar el aplauso por anticipado. Porque ese ejercicio de equilibrio que hacemos cada día va a ser al menos comprendido. Y eso no es poca cosa, con lo que habíamos vivido hasta ahora.

y, una vez más, un aplauso extra a @madebycarol1, autora de la estupenda imagen que ilustra este estreno

 

 

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