
A fecha de hoy, todo el mundo sabe en qué consiste “hacer luz de gas”. Se trata de actuar de modo que la víctima crea que ha enloquecido por hacerle creer cosas que no existen o no tienen sentido, manipulando hasta el límite su sentido de la realidad. La expresión trae casusa de la película Luz de gas, de 1940, o Luz que agoniza, de 1944, basada en la misma obra de teatro. Y ha tenido tanta repercusión que ya desde hace tiempo se usa esa expresión para aludir a ese comportamiento perverso.
En nuestro teatro, más de una vez me he creído que alguien me estaba haciendo Luz de gas. Seguro que cualquier que frecuente Toguilandia ha tenido esa sensación. Aunque a veces una no sabe si se trata de eso o de una cámara oculta y que en cualquier momento va a Sali alguien gritándonos eso de “Inocente, inocente”. Y es que nos pasan cosas más que peculiares.
Algunas de esas cosas son, como he contado en varios de nuestros estrenos, esas anécdotas que te dejan de pasta de boniato y tras las que cuesta mantener la compostura. Y, en realidad, qué sería de nosotras sin estas pequeñas cosas, pero hoy no iba a hablar de eso, sino de cosas más serias. O no, según se mire.
Empezaré con algo más que evidente, algo a que dedicaba la anterior función de nuestro teatro y que temo que dará lugar a muchas más, sean secuelas, precuelas o daños colaterales que nunca se sabe. Seguro que quienes me leen y saben a qué me refiero, porque es evidente. A la ley de medidas en materia de eficiencia del servicio público de Justica, llamada “ley de eficiencia” para abreviar, aunque su eficiencia tendrá que demostrarla con algo más que una publicación rimbombante en el BOE. La cuestión es que, cuando vi su publicación, con todas las modificaciones que lleva consigo, y el escasísimo plazo para su entrada en vigor, aunque sea escalonada, empiezo a pensar que alguien nos está haciendo luz de gas. O nos está gastando una broma pesada, sobre todo teniendo en cuenta que, de momento, lo del aumento presupuestario no es que sea vea mucho.
La otra manera con que alguien nos está haciendo luz de gas es con los procesos de digitalización, que en el caso de mi comunidad autónoma se han juntado con la entrada en vigor de la ley ¿Es o no una broma de mal gusto esta coincidencia? Pues eso. Luz de gas pura y dura
En otras ocasiones creo que es de los propios juzgados desde donde una mano negra juega con nuestro equilibrio mental. Sobre todo, cuando alguien afirma que la causa está en fiscalía -eso en mi caso, poro léase aplicado al lugar donde cada uno trabaje- a pesar de que esta pobre fiscalita no la ha visto jamás. Las cosas acaban apareciendo, pero el momento infarto no nos lo quita nadie. Y lo mismo sucede cuando pasa, al contrario, que algo que dejaste encima de la mesa de repente desaparece, con la consiguiente taquicardia aneja a semejante acontecimiento. Luego, sele aparecer alguien con ella en la mano y la razón por la que había desparecido, pero el mal rato ahí se queda.
Aunque creo que donde de verdad alguien se divierte haciéndonos luz de gas es desde dentro de los ordenadores. No sé si es un duende travieso, la fatalidad o la dichosa Ley de Murphy, pero ¿a quién no le ha pasado que ha estado a punto de cortarse las venas porque el documento al que ha dedicado varias horas desaparece de la pantalla como por ensalmo? ¿O que lo que hemos enviado de pronto no ha ido a su destinatario sino al limbo de las cosas perdidas para siempre jamás? Y eso por no hablar de esos equipos informáticos tan vetustos que se niegan a ponerse en marcha de buenas a primeras si una no le ha dado los buenos días, se ha tomad un café y se ha armado de paciencia.
Por último, al menos de momento, citaré otra de esas situaciones que nos hacen dudar de nuestra propia cordura. Se trata de los señalamientos sorpresa, o de esos señalamientos en los que, por algún desliz del destino, cada uno tiene una fecha o una hora o está confundid uno u otro por algún motivo. Yo, que soy despistada por naturaleza, me h visto alguna vez en el brete de ir el día que no tocaba o de tener que ir corriendo porque tocaba el día que yo no creía, pero también he presenciado más de una vez la cara de espanto de abogadas y abogados cuando reciben esa llamada en la que les dicen que tenían un juicio y no han venido. Como todo, esas cosas suelen tener una explicación y acabar bien, pero el camino es verdaderamente angustioso. Luz de gas en toda su extensión.
Y con esto acabo por hoy. El aplauso es desde luego para todos los supervivientes a esas pequeñas faenas del destino toguitaconado. Bien está lo que bien acaba.









