Ascensores: cuidado, cuidado


              Existe la creencia generalizada de que en los ascensores solo se habla del tiempo. Y el tiempo es, desde luego, un tema recurrente, pero no el único. Y pueden ocurrir muchas cosas dentro del mínimo espacio que ocupa un ascensor. Incluso había un grupo musical que en llamaba Un pingüino en mi ascensor y, en cuanto a películas, es algo tan recurrente que he encontrado, sin necesidad de mucho buscar, hasta tres que tienen por título, precisamente, El ascensor, aunque hay otros menos explícitos, como Un ático sin ascensor o Ascensor hacia el cadalso. Aunque, si de ascensores y películas se trata, ¿quién no recuerda la inquietante escena de El resplandor con aquellas gemelas ensangrentadas que nos invitaban a jugar con ellas?. Yo aun tengo pesadillas en que aparecen.

              En nuestro teatro, los ascensores tienen tanta influencia como en cualquier otro ámbito de la vida, aunque no nos demos cuenta. Puede una quedarse encerrada y necesitar un rescate, como el que conté en un estreno en su día y puede que, incluso, motive que se llegue tarde a un señalamiento con las consecuencias que eso tiene.

              Cuando el edificio judicial tiene muchos pisos, o los ascensores no van todo lo bien que debieran o ambas cosas a un tiempo, puede llegar a impedir que lleguemos a tiempo. Recuerdo cuando, en mis primeros tiempos de Fiscal en valencia, estábamos en un edificio de tropemil plantas y de cierta vetustez, las colas para coger uno de ellos -el que iba- superaban con mucho a las que hoy puede tener un concierto de Shakira o la firma de ejemplares de la última influencer de moda. Verdad verdadera.

              Y eso por no hablar de con quién puedes coincidir en el viaje ascendente o descendente. Ahora mismo me viene a l cabeza e caso de una víctima de robo con violencia que tuvo la desgracia de coincidir en el ascensor con el presunto autor, al que iba a tener que reconocer en rueda al cabo de un rato, aunque en ese momento ambos lo ignoraban. Lo que sucedió a continuación no tiene desperdicio. La chica en cuestión, preguntada si conocía a alguno de los integrantes de la rueda como el autor del delito, dijo, muy convencida, que desde luego. Cuando le preguntaron si estaba totalmente segura, dijo que cómo no iba estarlo, que era quien iba en el ascensor con ella. Cosas de Toguilandia.

              En otros casos, las coincidencias son especialmente violentas, y me he encontrado con divorcios que iban a ser de mutuo acuerdo que dejan de serlo porque ambos cónyuges han coincidido en el ascensor y han tenido su más y sus menos. Especialmente, si uno de ellos va acompañado de su nueva pareja que, la verdad, no sé qué falta hacía.

              Como decía antes, el tiempo atmosférico es un tema recurrente, pero no es el único, sobre todo si se va acompañado de alguien a quien se conoce a la hora de subir o bajar. En una ocasión, subía a mi juzgado a hacer los juicios de ese día y también entraron en el ascensor un par de chicos jóvenes que hablaban entre ello como si yo no estuviera allí. En su animada conversación hubo una frase que me hizo contener la risa. “A ver la cabrona de la fiscal lo que va  a decir hoy, que me ha dicho mi abogada que es una amargada de narices”. Ni que decir tiene que me bajé un piso antes de lo que pretendía en un principio y subí por las escaleras el piso restante. Así pude incrementar el efecto sorpresa que aquel chico, acusado en uno de mis juicios, y su amigo, iban a tener. Porque la cara que pusieron al verme entrar con la toga puesta fue de premio. Y la de la abogada, después de la escuchita de su cliente, todavía más. Si la tierra no se abrió a sus pies no fue porque no rezaran para ello.

              En otros casos, me he llegado a enterar del resultado de algún juicio en el ascensor, cuando abogado y cliente comentaban sobre la sentencia absolutoria o condenatoria o, caso de conocerme, me lo decían directamente. He de aclarar en este punto que, por un misterio propio de Cuarto Milenio, los y las fiscales somos los últimos en enterarnos de estas cosas. Lo juraría hasta con la Biblia delante si hiciera falta, como en las películas americanas.

              Aunque he de reconocer que lo momentos ascensoriles más incómodos ocurren cuando una, en el receso de un juicio con jurado, se encuentra con alguno de los que componen el tribunal. Esos minutos en que ambos miramos al infinito duran una eternidad. Y, además, en mi fuero interno no hago más que rogar porque no me pregunten nada. Por si las nulidades.

              Y con esto, se cierra el telón por hoy. El aplauso se lo daré a todas las víctimas propiciatorias de esos momentos incómodos y a quienes hacen lo posible por evitarlos. Que a veces, cuesta mucho.

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