Pasividad: el peligro


Hoy quiero llamar la atención sobre una actitud más habitual de lo que parece, la pasividad. Ante la Violencia de Género o ante cualquier otro hecho intolerable. NO podemos cerrar los ojos, ni conformarnos con acallar nuestras conciencias

Para eso, traigo un relato inédito. Ojala sirva como invitación a la reflexión

Imprescindible

  • ¿No viene tu amiga hoy?
  • No -respondí con mucha tristeza- Su novio no la deja
  • ¿Cómo? -mi interlocutora pareció crecer tres palmos- ¿Qué estás diciendo?
  • Eso, que no la deja. Yo tampoco lo entiendo, pero es lo que me ha dicho
  • Pero eso no lo puedes consentir. Si te consideras su amiga, no debes consentirlo
  • ¿Y qué puedo hacer yo?
  • Siempre, siempre, puedes hacer algo -me travesaba con la mirada- Lo que no puedes hacer es mirar hacia otro lado.

Rosa era la directora de un grupo de voluntarias que nos dedicábamos a atender a las personas sin hogar. Desde que en la pandemia del coronavirus de 2020 fallecieran gran número de indigentes, la sociedad había cobrado conciencia de lo grave de este problema. En su día, dijeron que todo el mundo debía quedarse en casa, pero el drama era que estas personas no tenían casa en la que quedarse.

Cayeron como chinches, y eso hizo que Rosa, y otras como ella, fundaran la asociación en la que mi amiga Mónica y yo colaborábamos. O, al menos, colaboraba yo, porque Mónica me había dicho ayer mismo que no volvería. A su novio no le gustaban nada los indigentes y se lo había prohibido. A mí quien no me gustaba era su novio, pero si se lo decía me arriesgaba a perder a Mónica para siempre, y eso hubiera sido peor. Al menos, sabía que era de ella. Mónica y yo éramos amigas desde la guardería y no quería ni pensar en que pudiera pasarle algo malo.

La verdad es que yo pensaba que César, el novio de mi amiga, no sería capaz de hacerle nada. Le había visto gritarle, pero jamás le puso la mano encima delante de mí y, según ella, tampoco fuera de mi presencia. Lo que no sabía cómo soportaba Mónica era el constante control al que la tenía sometida. No podíamos ir a ningún lado sin que la llamara unas cuantas veces y le mandara infinitos mensajes. Ella le remitía su ubicación y fotos y hasta vídeos del lugar donde nos encontrábamos, pero aquello era insufrible. Me di cuenta cuando me percaté cómo le cambiaba la cara al recibir según qué mensajes.

Poco a poco, Mónica fue alejándose de nuestro grupo. Empezó espaciando nuestras quedadas semanales, Siempre ponía alguna escusa: se encontraba mal, le había bajado la regla, tenía que estudiar, no tenía dinero para salir, su madre necesitaba que la ayudara… Luego dejó de venir a cumpleaños y fiestas especiales con las mismas excusas. Todo mentira. Era César, que estaba construyendo un muro alrededor de ella para aislarla. Un muro donde ella misma, sin darse cuenta, iba poniendo los ladrillos.

No obstante, siempre había respetado el voluntariado. Era algo que hacíamos desde hacía tiempo Mónica y yo, porque siempre nos apeteció ayudar a quienes lo necesitaban. Pero no solo era eso. El voluntariado se había convertido en una cuestión muy valorada en los currículums, sobre todo a partir de aquella crisis sanitaria que en 2020 sacudió el mundo. La misma que propició que Rosa fundara la asociación.

Ahora César le prohibía venir también a la asociación. Al leerla, sentí un hilo invisible se rompía y la enviaba muy lejos de mí. Era el hilo con el que manteníamos el contacto. Y creo que era la única amiga con la que todavía lo tenía.

Yo le había dicho que lo dejara, que no le hacía bien. No me atreví a decirle que le denunciara porque nunca llegué a saber hasta qué punto lo que él le hacía sería delictivo. Y porque, igual que ella, yo también me engañaba a mí misma. Me repetía una vez y otra que César era celoso, ególatra, maleducado y hasta impresentable pero que en modo alguno podría hacer daño a Mónica. Quería creer eso. Igual que quería creer ella que lo que aquel tipo sentía por ella era verderol amor.

  • Angela, ¿te das cuenta de lo que estás diciendo? – Rosa casi se enfrentaba conmigo- ¿Te das cuenta?
  • No sé- balbuceé- No sé a qué te refieres
  • Estás siendo cómplice de un maltratador
  • No digas eso, Rosa. Yo le ofrecí ayuda y la rechazó. Yo le dije…
  • Bobadas -me interrumpió, alzando la voz- Eso son bobadas. Tú no quieres ayudar a Mónica, quieres acallar tu conciencia. Quieres irte a casa convencida de que eres una buena chica porque le has dicho que lo deje. Igual que venís aquí para convenceros a vosotras mismas de que hacéis algo por los demás
  • Rosa -se me saltaban las lágrimas- ¿Cómo me puedes decir eso?
  • No me lo preguntes -seguía enfadada- Pregúntate a ti misma cómo has podido decir que no puedes hacer nada por tu amiga.

Me fui llorando, destrozada por lo que me había dicho Rosa, a la que admiraba, y destrozada también por mi amiga Mónica. Después de aquella conversación, la había llamado varias veces y no contestaba. ¿Y si Rosa tenía razón? No quería ni pensarlo.

Por el camino, tropecé con Ángela, otra de las fundadoras de la asociación que, al ver mis lágrimas, me preguntó. No hizo falta que le dijera apenas nada para que entendiera mis cuitas. Me consoló y me contó una historia que no olvidaré nunca

Era el año 2020, recién estrenada la primavera, cuando el sol asomaba y todo el mundo tenía ganas de salir, pero, en lugar de eso, tocaba estar encerrado en casa. Yo era muy pequeña, y apenas me acuerdo de ello, pero en el colegio lo hemos estudiado como la época del confinamiento. Un virus muy dañino se había extendido tanto que no quedó otro remedio que obligar a la gente a quedarse en casa, para evitar el contagio y lograr vencer a la pandemia. Entre todas aquellas personas condenadas a no salir de casa sen encontraba una amiga suya. Una amiga de la que todo el mundo sabía, salvo ella misma, que sufría violencia de género. Saltaba a la vista que su modo de comportarse, de esquivar a la gente, de mirar al suelo cuando le preguntaban y muchas otras cosas no eran normales. No obstante, seguían quedando con ellos como pareja, y todo el mundo se hacía el loco si él la reprendía en público, diciéndole que no sabía hacer nada y poniéndola en ridículo una vez y otra. Hasta que decretaron el estado de alarma. A partir de entonces no volvimos a saber de ella. No contestaba a las llamadas, ni respondía a las proposiciones de participar en chats e iniciativas comunes para matar el tiempo.

Ella no aguantó todo el tiempo encerrada. Antes de acabarse la cuarentena, salió de casa. Pero lo hizo en una camilla, con un tajo en el cuello del que salía tanta sangre que aquello no parecía tener remedio.

  • ¿Se salvó? -le pregunté
  • ¿Nunca te has preguntado por qué Rosa lleva siempre pañuelos anudados al cuello, haga el tiempo que haga?

El relato de Angela me dejó helada. Nada más oírlo, regresé a buscar a Rosa y la abracé con fuerza

  • Perdóname. Te juro que volveré con Mónica. Voy a sacarla de ese infierno, le guste o no.

Rosa me devolvió el abrazo. Y del modo que lo hizo, supe que confiaba en mí.

No le fallaría. Ni a ella, ni a Mónica.

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