#MiMejorMaestro: Saber latín


SABER LATÍN

Todavía no me explico qué fue lo que me llevó a coger aquel avión. Fue una reacción instantánea en cuanto recibí la llamada. Entré en Internet y me hice con el primer billete de avión a la ciudad donde nací, pagado además a precio de oro. No me importó lo más mínimo, tenía que llegar enseguida. Ni siquiera cuando me avisaron del nacimiento de mi sobrina tuve tanta celeridad. De hecho, no la conocí hasta que había cumplido seis meses.

         Lo cierto es que no veía a aquella mujer desde hacía años. Dudaba, incluso, si hubiera sido capaz de reconocerla si me la hubiera cruzado por la calle. Pero daba igual. Era a mí a quien habían llamado. Era mi felicitación navideña la que llevaba en su bolso, y era yo la única persona a quien pudieron avisar cuando encontraron a una anciana perdida y desorientada en mitad de la calle.

         Cuando llegué, estaba ingresada en una institución dependiente de los Servicios Sociales, a la espera de una decisión definitiva sobre su destino. A primera vista, poco quedaba de aquella mujer fuerte que, con su voz atronadora y su erudición, nos causaba una mezcla de admiración y temor. Tenía, como profesora universitaria, el poder para influir en nuestras vidas con un aprobado o un suspenso y lo utilizaba con moderación, pero sin temblarle el pulso. Ahora, sin embargo, le temblaba mucho más que el pulso y era como si hubiera encogido con la lavadora del tiempo, pero conservaba aquellos ojos feroces que todo el alumnado de Derecho de la época recordaba. Unos ojos jóvenes que quedaron atrapados en el cuerpo de una anciana

-Doña Adela, ¿sabe quién soy?

No recibí respuesta. Tampoco la esperaba. Era absurdo creer que una mujer en plena crisis de borrado de datos del disco duro de su mente, recordara a una de sus alumnas de hacía más de veinte años. Pero aun así confieso que me decepcionó. En mis ensoñaciones durante el vuelo, había imaginado la escena donde la vieja profesora de Derecho Natural reconocía a su alumna favorita y hallaba en ella la llave para recuperar sus recuerdos. Habría sido un bonito argumento para una película, pero la vida no era una película.

-¿Tiene usted alguna idea de dónde la podemos llevar, con quién contactar, si tiene familia?

La trabajadora social me apremiaba. No se atrevió a decirlo, pero estoy segura de que no entendía cómo alguien había volado tantos kilómetros para asistir a una mujer a la que no veía hacía más de diez años y con la que no tuvo más vínculo que el de profesora y alumna. En el fondo, yo tampoco lo entendía.

No pude evitar que me cayeran las lágrimas mientras asistía a los inútiles esfuerzos del personal para que Doña Adela les facilitara algún dato que les fuera útil. Pero apenas era capaz de articular algún monosílabo. Ni siquiera sabía su nombre.

De pronto, tuve una inspiración

-¿Recuerda, Doña Adela, la lata que nos dio con la definición de ley de Santo Tomás? Suspendía a quien no la sabía de memoria. “Ordinatio rationis ad bonum commune ab eo qui habet…

…curam communitatis promulgata

La voz de Doña Adela volvió a ser la de hacía tanto tiempo, cuando tenía en su lápiz el poder de mucho más que aprobar o suspender. Todas las personas que estábamos allí llorábamos a moco tendido ante la mirada perdida de ella.

Pedí permiso para llevármela conmigo un par de días, a ver si lograba que recuperase un poco más. A pesar de que era algo irregular, lo logré y, de pronto, me encontré en un apartamento alquilado en la misma calle donde había vivido toda mi juventud con una mujer a la que solo conocía de haberme dado clases.

Pero lo que Doña Adela había hecho con mi vida fue mucho más, Me inoculó un amor al Derecho Natural que marcó mi futuro. Nunca olvidé lo que ella me enseñó

-¿Sabe que trabajo en la ONU, Doña Adela? Me trasladó su pasión por defender los Derechos Humanos más allá de las fronteras. Le debo tanto…

No sé si me entendió, pero me pareció vislumbrar un brillo nuevo en sus ojos. El mismo brillo con el que nos hablaba en su día del pasado y del presente de la defensa de los derechos de todos los seres humanos, el brillo que guio mi vida profesional sin que yo fuera consciente de ello.

Pasados los dos días, la devolví a la institución sin haber conseguido gran cosa. Es cierto que a veces conversábamos a nuestro modo, un modo en que ella ponía las reglas, ajenas a las de tiempo y espacio que todo el mundo utilizaba. Pero no conseguí arrancarle ningún dato que pudiera ser útil para decidir su futuro inmediato.

Arreglé lo que pude para encontrarle una residencia donde la trataran bien. Tenía lo que la gente llamaba un “buen pasar” con su pensión de jubilación como profesora universitaria, pero eso no bastaba. Decidí que iría a visitarla siempre que pudiera, y me mantendría en contacto con ella.

Antes de tomar el avión de regreso a mi vida, fui a hacerle una visita. Me recibió en un sillón orejero. Parecía haber crecido varios centímetros desde que la había visto la última vez. Su mirada volvía a ser la de aquella profesora universitaria de entonces, y volvió a tener la voz atronadora que yo recordaba

-No olvide nunca a San Agustín

“Ratio divina…

…vel voluntas dei”

En el avión, ya de vuelta a mi vida, una noticia del periódico que hojeaba captó mi atención. El latín desparecía de los programas de estudios. Solo pude pensar en lo que me alegraba de que Doña Adela no lo supiera.

2 pensamientos en “#MiMejorMaestro: Saber latín

  1. Precioso y real. Yo estudié latín os 7 años de Bachillerato y también el griego pero en aquella época me preguntaba para qué podría servirme aquello.
    Después, a lo largo de mi vida siempre he reconocido infinidad de significados por la etimología y en mi penúltimo libro (Manducare) hice la introducción en Latín.
    Gracias a los profesores que me dieron la llave para abrir el cofre de la Cultura

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