Oportunidad: igualdad hoy y siempre


locutora

Cuando era niña, frecuentaba los cines de verano, como la mayoría de mi generación. Ahora han desaparecido, como aquel Cinema Paradiso de la película aunque, al igual que la película, intentan reeditarse en versiones renovadas.

En nuestro escenario también hay funciones de verano. Pero, más que comedias amables, prefiero estrenos que hagan pensar. Como el relato de hoy, una oportunidad perdida para ser cada vez más iguales

 

La oportunidad 

                  Cuando vi en la pantalla del teléfono móvil aquel número tan largo, sabía que algo malo tenía que pasar. No fallaba. Los números larguísimos nunca traían buenas noticias.

                   No me equivoqué ni un ápice. Mi hijo se había caído en el patio del colegio y había perdido por unos instantes la consciencia y, aunque ya parecía estar recuperado, le habían llevado al hospital y reclamaban a sus progenitores, como era normal. Pero, como era normal también, habían marcado primero el número de teléfono de la madre –o sea, el mío- por más que les había explicado hasta la saciedad que, precisamente a aquellas horas, yo estaba particularmente ocupada y era al padre a quien debían avisar primero. Pregunté, una vez me aseguré de que el niño estaba bien, si avisaron al padre y me dijeron que no lo habían encontrado. No sé muy bien las ganas que pusieron en ello, pero es lo que había. No quise perder más tiempo y me marché al centro sanitario, cargando con la rabia de tener que abandonar mi trabajo, y con la culpa por sentir esa rabia. Odiaba arrastrar ese complejo de mala madre, pero no podía evitarlo.

                  Al menos, pensé que sería una oportunidad de oro para Andrea. La oportunidad que llevaba esperando tanto tiempo. Ella me sustituiría en mi puesto de presentadora del informativo del mediodía, el más visto en la cadena de televisión donde ambas trabajábamos. Como la apreciaba de verdad, me consolé con aquello de que no hay mal que por bien no venga. Y me despedí a toda prisa olvidando desearle suerte. Un olvido imperdonable.

                  Cuando llegué a la clínica, mi hijo ya había sido atendido y trasladado a una habitación, donde permanecería en observación. Como, por fortuna, se encontraba perfectamente, le pedí permiso para encender la televisión de monedas que había en el cuarto y poder ver cómo se las arreglaba mi compañera, aunque estaba segura de que lo haría a la perfección. No me falló el instinto. Andrea se desenvolvía ante las cámaras con una soltura impropia de una debutante, perfectamente vestida, maquillada y alicatada para la ocasión. Sonreí al comprobar que se había puesto el vestido verde que llevaba meses languideciendo en una percha de vestuario, a la espera de que yo adelgazara lo suficiente para caber dentro. No había manera de hacer comprender a los responsables de la cadena que era la ropa la que tenía que adaptarse a nuestra medida, y no nosotras quienes debíamos lograr un volumen adecuado a la ropa. Era una batalla perdida y ya había perdido la cuenta de la cantidad de dietas que había intentado sin lograr enfundarme en el vestido verde que lucía Andrea y que le sentaba como un guante. Tanto que, por un instante, temí por mi propio puesto de trabajo y, al instante después, me recriminé por haberlo temido. Qué duro se hacía tener que parecer siempre perfecta.

                  En cuanto terminó el informativo, envié un mensaje por el móvil a Andrea para felicitarla por su trabajo, pero no me contestó. Me la imaginé celebrando su éxito ante su pareja, nuestro compañero Antonio, el de deportes, y no quise importunarla más. Ya hablaría con ella más tarde. Y, cuando el niño saliera del hospital, iríamos a celebrarlo juntas.

                  Lo que yo no supe entonces es que ella no leyó mi mensaje, ni menos la causa por la que no lo hizo. Mientras yo me la imaginaba feliz hablando con su novio, Antonio, el de deportes, le había mandado cientos de mensajes llamándola “puta”, “zorra” y cuantos sinónimos diera de sí el diccionario. La insultaba por exponerse ante el país entero enfundada en aquel vestido verde que tan bien le sentaba, y, según él, maquillada como una cualquiera. Tampoco supe que estos mensajes se los enviaba en los descansos de su actuación diaria ante las cámaras, comentando con desenvoltura acerca del último fichaje de un equipo o la boda de algún jugador de postín con una escultural modelo, cuyo escotado vestido y lo bien que le sentaba ocupaban buena parte de su espacio deportivo.

                  Reconozco que, si lo hubiera sabido, me hubiera costado mucho de creer. La pareja que formaban Andrea con Antonio, el de deportes, era de lo más envidiado de la contornada. Jóvenes, guapos y sobradamente preparados, y, por más que la figura de ella quedara eclipsada ante el éxito de él, decían vivir a la espera de que le llegara la oportunidad anhelada, precisamente ésa que le brindó la caída fortuita de mi hijo en el patio del colegio.

                  Andrea nunca nos contó, ni a mí ni a nadie, que el encantador periodista deportivo desaparecía como por ensalmo en cuanto traspasaba los muros de su casa. Que con ella se quitaba la careta para convertirse en un déspota obsesionado por saber en todo momento dónde, con quién y cómo estaba, y por apartarla de todo lo que no girara alrededor de él. Si lo hubiera sabido, habría comprendido sus continuas negativas a salir a tomar algo con el equipo, sus excusas para venir a las comidas de trabajo a las que él no asistía, o su cara de melancolía constante. Si lo hubiera sabido, habría sospechado que sus sempiternas gafas de sol no se debían a la conjuntivitis crónica que decía padecer. Si lo hubiera sabido, hubiera actuado de otro modo. Pero tal vez yo misma no quise saberlo y preferí quedarme instalada en mi zona de confort donde Andrea y Antonio, el de deportes, eran la pareja ideal.

                  Supe más tarde que la esperada celebración se convirtió en una tortura. Un episodio más de los que Andrea vivía y callaba a diario, y que habían llegado a motivar llamadas de los vecinos a la policía. Aunque nunca iban a ningún sitio. Los vecinos se venían atrás en cuanto desparecía la causa de su malestar, los gritos que perturbaban su tranquilidad. Y Andrea quitaba importancia a las cosas ante la policía con el convencimiento de que, una vez más, él se arrepentiría y, esta vez en serio, no volvería a suceder. Y aquella noche no fue una excepción. La policía acudió una vez más al domicilio y, una vez más, se marchó tras escucharle a ella decirles, una y mil veces, que no pasaba nada. Comprobaron que no tenía ninguna herida visible y, eso sí, anotaron cuidadosamente todo, que no en balde no era la primera vez que los llamaban y ya andaban con la mosca tras la oreja. Y, a pesar de las súplicas de Andrea, prometieron que volverían a la mañana siguiente a comprobar que todo seguía en orden.

                  Mientras tanto yo, ajena a todo aquello, trataba de entretener a mi hijo, ya cansado de estar en la cama viendo televisión o jugando a vídeo juegos. Le tenían  que hacer unas cuantas pruebas más y, a pesar de que su padre acudió en cuanto terminó su jornada laboral, los propios médicos aconsejaron que fuera yo quien me quedara a pasar la noche con él, que los críos siempre están más tranquilos con las mamás. De nuevo a culpabilidad se apoderó de mí, porque lo primero que pensé fue en mi trabajo. La situación tenía toda la pinta de no haberse despejado cuando llegara de momento de ir a trabajar. Así que hice de tripas corazón y llamé a mi jefe, a sabiendas de que el hecho de que yo ejercitara mi derecho a tener un día libre por el ingreso hospitalario de mi hijo le sentaría a cuerno quemado. Pero, al fin y al cabo, estaba Andrea, que me había sustituido a las mil maravillas el día anterior y que a buen seguro volvería a hacerlo. Así lo hice, y traté de no darle más vueltas ni perder la compostura ante el torrente verbal que soltaba mi airado jefe. Le envié otro mensaje a Andrea, que tampoco contestó y esta vez no olvidé desearle suerte. Mucha suerte.

                  La noche transcurrió sin sobresaltos. Mi hijo estaba bien y, según parecía, la cosa no quedaría en más que un susto. Así que esperamos pacientemente a que terminaran con todas las pruebas precisas y toda la burocracia necesaria para que le dieran el alta lo más pronto posible y volver a nuestras vidas en el punto que las dejamos el día anterior.

                  Estaba a punto de ser mediodía cuando el corazón me dio un respingo. De nuevo mi teléfono móvil me amenazaba desde su pantalla luciendo un flamante número largo que, como yo sabía nunca traía buenas noticias. En efecto, mi jefe, fuera de sí, me ordenaba que fuera inmediatamente a los estudios. Andrea no había dado señales de vida y apenas quedaba una hora para emitir el informativo. Alejé el teléfono de mi oreja, para no destrozarme el tímpano con los alaridos, y me resigné a no argumentar que tenía derecho a quedarme con mi hijo. Sabía que no admitiría nada de lo que le pudiera decir.

                  A toda prisa, le resumí la situación a la enfermera y tras prometer regresar lo antes posible, me metí en un taxi, desde el que le dejé un mensaje a mi marido en el buzón de voz para que se ocupara del niño. Llegué al estudio con el tiempo justo para que me empolvaran la cara apresuradamente, y me senté ante la pantalla, por vez primera, con la ropa que traía puesta. No había tiempo de repasar los textos y me dispuse a leerlos directamente, como mejor pudiera, de la pantalla que nos ponían delante.

                  Entonces sucedió. No podía creer lo que las letras componían ante mis ojos, y mi cerebro se negaba a leerlo en voz alta. Prescindí por completo del texto oficial y, con una voz que no reconocía como propia, grité más que dije: “el malnacido de Antonio, el deportes, ha asesinado a Andrea Montes, nuestra querida compañera, de varios navajazos. Malditos seamos todos, por nuestra complicidad”

                  Lo siguiente lo recuerdo como en una película a cámara rápida. El brusco corte de la emisión, la cara furibunda de mi jefe, la mirada esquiva de quienes allí estábamos y muchos gemidos sofocados. Me levanté, dejando ante mí la pantalla con el texto del guión, que rezaba: “Ha fallecido la periodista de esta cadena Andrea Montes. Su cuerpo fue hallado esta mañana con varias puñaladas y, aunque han detenido a su compañero sentimental, no se han esclarecido las causas”.

                  Fue mi último día de trabajo. Fui fulminantemente despedida por algo que llamaron “causas objetivas” aunque mi jefe no se privó de aclararme que la razón fue mi falta de profesionalidad, añadiendo que, de todos modos, me estaba haciendo mayor y ganando demasiados kilos como para presentar el informativo.

                  Hoy, mientras envío el enésimo currículum en demanda de un empleo que nadie me da, no puedo reprimir una sonrisa mientras veo en la televisión a una chica joven y delgada, enfundada en un vestido verde, contar cómo se están reduciendo notablemente las desigualdades entre hombres y mujeres, según los últimos estudios. Y apenas soy capaz de reconocer el sillón en el que está sentada, el que ocupé yo durante tanto tiempo y en el que Andrea se sentó una sola vez.

                  Antes de apagar el televisor, todavía puedo oírla decir con voz neutra que la semana próxima se celebrará el juicio por la muerte de Andrea Montes. Como si Antonio, el de deportes, no hubiera tenido nada que ver en ello. Ni nuestro silencio cómplice tampoco

Un pensamiento en “Oportunidad: igualdad hoy y siempre

  1. Lo tuve que dejar a mitad de lectura. Hoy lo he terminado. Que desgracia de mundo. Pero es así. Lo veo en cada guardia, lo veo por la calle, lo veo cuando llaman a mi despacho y les atiende mi competente compañera y por más que yo insista se empeñan en llamarla “tú secretaria” Que no, que es abogada, que es joven pero terminó sus estudios antes que yo. Da igual. Todo parece dar igual.

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