Hitos. ¿dónde estabas entonces?


cuentame 2

Todo el mundo tiene unos hitos en su vida, y hay hitos que lo son para todo el mundo. El preguntarse dónde nos encontrábamos cuando ocurrieron cosas que cambiaron o pudieron cambiar los designios de la humanidad, de nuestro país o de nuestra ciudad es algo tan recurrente que, además de dar título a un programa de televisión, ¿Dónde estabas entonces?, -que, a su vez, toma el título de una conocida canción que le sirve de sintonía- se utiliza como telón de fondo de muchas películas. Una de las muestras más evidentes es Forrest Gump y su recorrido a través de los últimos hitos de la historia americana, con su protagonista compartiendo escenario con los protagonistas de la Historia en esa vida que, según su madre, es como una caja de bombones. Pero también es lo mismo que hacen series de televisión como Cuéntame  -también con nombre y sintonía de título de canción-, cuyos personajes han vivido en carne propia todos los acontecimientos de nuestra historia más o menos reciente.

Es muy tentador escarbar en la memoria para recordar dónde nos encontrábamos en esos hitos de la historia reciente que todo el mundo conoce. Aun a riesgo de descubrir mi edad -lo que tampoco me importa especialmente- apuntaré que recuerdo el atentado contra Carrero Blanco porque fastidió mi celebración de cumpleaños, ya que al no ir al cole mis compañeras no se vendrían en el autocar hasta mi casa -sí, entonces los cumples se hacían con una merendola en casa-. De la muerte de Franco, el mismo año que yo tomé la Primera Comunión, lo que más me llamó la atención es que estuvimos varios días sin clase, y que la televisión era un auténtico muermo con imágenes del funeral e informativos a toda hora. Y hay otro hito del que no recuerdo nada, porque me conformaba con succionar mi biberón y mi chupete, pero que mi madre siempre recuerda con una anécdota: la llegada del hombre a la Luna le dejó sin ver el final de Pijama para dos, la película que estaban haciendo por la única televisión que existía, en blanco y negro. No imaginaba mi madre que llegaría a vivir en un mundo donde las cadenas de televisión permitieran elegir película, así como  el momento y el sitio en que verlas y, por supuesto, en color. Pero así es y, seguro que al leer este este estreno, sonríe pensando en ello. Porque a sus 95 años me sigue leyendo cada martes y cada viernes, que ya es mérito.

Aparte de estos hitos, y todos los que me deje en el tintero, voy a tratar de rescatar los que me dejaron alguna huella por su trascendencia y por su relación con Toguilandia. O, al menos, algunos de ellos.

El primero que se me viene a la cabeza es la llamada Pantaná de Tous, esto es, el desbordamiento de la presa de Tous, ocurrido a principios de los 80, cuando yo estaba cursando el BUP. Mi recuerdo más vívido es mi preocupación por una de mis más queridas amigas, Carolina, que vivía en un pueblo cercano a donde sucedió aquello, y con la que no puede contactar en tres días. Por supuesto, entonces nada de móvil ni de Internet ni de otra cosa que no fuera el teléfono, cuyas conexiones se fueron al carajo. Mi amiga no tuvo problema alguno y, cosas de la vida, hace apenas unos meses que volví a verla, gracias a haberla recuperado a través de redes y de este blog, y aprovecho para mandarle otro abrazo. De estos hechos se derivó un juicio, muy sonado en su día, cuando yo ya andaba mascullando por un futuro en Toguilandia. A él le debemos una de las más jugosas anécdotas, la del testigo que contaba que se despertó y se dijo “Ché, això és el Ebro”

Otro de los hitos para todo el mundo en este país es el fallido golpe de Estado que me pilló, también, cursando el BUP -Bachillerato Unificado Polivalente, para quienes no lo sepan- Si algo me llama la atención de cómo viví aquello, es la inconsciencia acerca de su importancia, y lo que podía haber pasado si llega a prosperar. He de decir, no obstante, que llegué a ser algo más consciente cuando en la calle me obligaron a separarme de mi tío y mi prima al grito de “¡¡disuélvanse!!” -aunque no alcanzaba a comprender cómo podíamos disolvernos- y, sobre todo, cuando el suelo del piso donde vivía temblaba al paso de los tanques. Más tarde, cuando estudiaba en la carrera los delitos de rebelión y sedición, me daba cuenta de que no eran tan imposibles como a primera vista parecía. De hecho, recuerdo vagamente el juicio y, sobre todo, la reforma legal que supuso que tuve que aprender de memoria en la oposición.

Al hilo de esto, esa misma sensación que estas cosas que no pasaban nunca sí que pasan es la que he tenido -y todavía tengo- al presenciar el Procés en Cataluña y todo lo que de ello se ha derivado. Y lo que nos queda por ver, me temo. Aprovecho también para enviar un abrazo a los compañeros y compañeras que lo viven en sus propias carnes en tierras catalanas.

Es curioso que hubo cosas de las que no guardo memoria personal alguna, a pesar de su trascendencia, como la matanza de los abogados de Atocha -debe ser porque estaba en la EGB- y sí, en cambio, de otras, como la expropiación de Rumasa, de la que supimos, no sé bien por  qué, en unas convivencias del colegio.

En cuanto a algunas de las grandes tragedias que han cambiado el curso de la humanidad, ya me pillaron con la toga puesta. El 11 S, el día del atentado a las Torres Gemelas, yo estaba en el Juzgado de Guardia de Valencia, como fiscal de guardia. Apenas nos enteramos de nada, porque el número de detenidos superaba con creces lo habitual y porque, además, teníamos que ir a un levantamiento de cadáver, ya que entonces no se distinguía entre guardia de detenidos y de incidencias, como ahora ya se hace en mi ciudad y en otras. Permanecimos durante algunas horas sin saber si lo ocurrido era un accidente, un atentado, o el mismísimo fin del mundo. Y, como dato curioso, contaré que le pedimos a la forense que fuera a la garita de la guardia civil a enterarse y que volvió consternada diciéndonos que no sabían nada porque estaban viendo el partido del Real Madrid que retransmitían por la tele en esos mismos momentos. Verdad verdadera.

El 11 M, por su parte, me sorprendió yéndome a mi Juzgado de Torrente-3 -nada que ver con la película- a hacer una buena tanda de juicios de faltas. Recuerdo con angustia que, cada vez que terminábamos un juicio e íbamos a empezar otro, nos conectábamos -ya era posible, claro- y comprobábamos que el número de muertos aumentaba y aumentaba sin parar. De este sí recuerdo perfectamente el juicio, la sentencia y todo lo que trajo consigo.

Me he dejado para el final uno de los hitos judiciales que más ha impresionado a toda España y, sobre todo, a mi tierra: el asesinato de las niñas de Alcácer. Aquello nos pilló desprevenidos, y el despliegue morboso/periodístico se recuerda en los anales de la historia como la muestra de lo que nunca hay que hacer, incluidos juicios paralelos a tutiplén. También veo, con la pátina del tiempo, lo poco que se habló de machismo a raíz de este crimen, que hoy veríamos como el paradigma de la violencia machista. Guardo buena memoria del juicio, celebrado a apenas unos metros de donde yo trabajaba y de sus múltiples flecos. Incluso llegué a intervenir en uno de ellos, un recurso contra la sentencia recaída por los insultos vertidos en televisión contra determinados profesionales de la justicia.

Por último, mi vivencia respecto a uno de los problemas más graves de nuestro país durante mucho tiempo: el terrorismo de ETA. Aunque todas las víctimas duelen, me referiré a dos en particular, no porque importen más sino por cómo me impresionaron. Una fue Carmen Tagle, fiscal de la Audiencia Nacional, asesinada en 1989. Cuando hice allí mis prácticas como fiscal, en 1992, todo en aquella Fiscalía estaba impregnado de ella y su recuerdo. El otro fue Luis Portero, Fiscal Jefe de Andalucía. Cuando en el año 2000. siendo ya fiscal, me llega la noticia del asesinato de un compañero, la impresión fue terrible. También fue terrible la que en su día, tiempo antes, tuve con los profesores Broseta y Tomás y Valiente, ambos paisanos. Cuando asesinan a alguien que sientes tan cercano, el impacto es doble. Vaya desde aquí, también, el homenaje a todas las víctimas.

Para acabar, el aplauso junto con una promesa. El primero dedicado, como no podía ser de otro modo, a todas las víctimas de cada uno de esos hitos y a su memoria. En cuanto a la promesa, si el público lo pide, la de una segunda parte con otros hitos importantes, los legislativos. Espero el veredicto.

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