Armas: las carga el diablo


ARMAS

Muchas veces hemos oído lo de que las armas las carga el diablo. Pero no menos veces hemos visto películas, obras de teatro o literarias donde las armas tienen un papel fundamental. ¿Qué sería de todo un género como el western sin armas que desenfundar? Ser el más rápido del Oeste equivalía a ser el mejor, el más eficaz, el héroe. Igual de héroe que los que protagonizan las películas de acción, o las de guerra, por descontado. Y sin olvidar la ciencia ficción, encabezada por la espada láser de toda la saga de La guerra de las galaxias o la fantasía, donde Excalibur era la reina absoluta. Incluso el humor tiene sus armas, que buena era para eso La escopeta nacional. Como también lo tiene el más terrible de los dramas y ahí está la sobrecogedora Johny cogió su fusil para demostrarlo.

Por desgracia, las armas han trasladado de la ficción a la realidad su relación con el mundo del cine cuando Charlton Heston, el inolvidable Ben-Hur, cambió la cuádriga por el rifle y creó una asociación para defenderlo. La verdad, lo prefería vestido de romano, con su toga y sus sandalias.

En nuestro teatro, las armas también tienen –o pueden tener- un protagonismo importante. Son el objeto específico de un delito, como es la tenencia ilícita de armas o su hermano mayor, el depósito y hasta el tráfico de armas y explosivos. Así a priori puede parecer que se trata de un delito que se ve poco en las trincheras de Toguilandia. Craso error. Todo el mundo con cierta experiencia en nuestro teatro hemos visto alguna vez tenencia de pistolas sin licencia o, algo que se puso de moda durante un tiempo, allá cuando yo empezaba a lucir toga y tacones, las escopetas de cañones recortados. Cualquiera que tuviera que preparar su examen práctico para ese tiempo –sí, existía examen práctico en la oposición- sabíamos que una escopeta de tenencia legal, recortados los cañones, era delito de tenencia ilícita de armas que, además, estaba en concurso real con el robo con intimidación en el pack del atraco a banco o similares. Por cierto, y como curiosidad gramatical, se calificaba de delito de tenencia ilícita de armas, así en plural, aunque tuvieran solo esa escopeta. Y la tenencia era de todos los partícipes en el atraco siempre que lo supieran, aunque físicamente no llevaran la escopeta todos a la vez. Es difícil imaginarse que portaran la escopeta en cuestión entre todos, como si se tratara de un paso de Semana Santa.

Por otro lado, y como quiera que las armas en nuestro país –por fortuna- no son de libre tenencia sino sujetas a requisitos administrativos, también existe la privación de su tenencia legal impuesta como pena. Aunque no es demasiado utilizada en la mayoría de delitos, hay en uno en el que sí es obligatoria, los delitos de lesiones y amenazas cometidos en el ámbito de la violencia de género, donde su imposición es obligatoria. Aunque, oh paradojas de la vida, no es obligatoria si lo que se ha cometido en el ámbito de la violencia de género es un asesinato –consumado o intentado-, unas lesiones graves o unas amenazas también graves. Esas incoherencias del Código que nunca hay tiempo de corregir y son de todo punto absurdas. Porque absurdo es que a quien le dé una bofetada a su mujer le impongan, además de otras, esa pena, y no ocurra otro tanto para quien le clava un hacha en la cabeza.

Por cierto, a este respecto diré que siempre me llamó la atención que a todo el mundo le traía sin cuidado esa pena salvo a los cazadores, que se ponen como la niña de El Exorcista si les hablan de conformarse con dicha pena. No obstante, y como dato, he de decir que muchos de los asesinatos que he visto en mi vida profesional se han cometido con escopetas totalmente legales. Algo para pensar.

Pero ¿qué son armas? Podría parafrasear a Bécquer y decir eso de “armas eres tú” pero no tendría demasiado sentido, salvo para decir que el concepto de armas no es tan inequívoco como a primera vista pudiera parecer. Todo el mundo tiene claro que cosas como una escopeta, un revólver o un fusil son armas, ya que se trata de armas de fuego, y que si su tenencia no está legalizada o tienen determinadas características, como el número de serie borrado, no son fetén. Pero no solo hay armas de fuego, las armas blancas ocupan gran parte de la práctica delincuencial, y también las armas prohibidas, e incluso las que no lo son en absoluto, como el cuchillo jamonero que ha sido el arma del delito de no pocos crímenes, especialmente si de género se trata.

Puñales, cuchillos, navajas y los ingeniosos pinchos carcelarios que se fabricaban en prisión emulando a McGyver son cosas que se incluyen entre las armas prohibidas, pero una nunca sabe donde está el límite entre el ilícito penal y el administrativo, y hasta impunidad. ¿O acaso no puedo tener la navaja que me trajo mi primo en su último viaje a Albacete? ¿O la navajita suiza multifunción con cortauñas y abrelatas incluido?

Como muestra de ello, contaré un caso real. El de una homicidio valiéndose de una katana que había estado siempre colgada encima del cabezal de la cama del autor. Nunca a nadie se le pasó por la cabeza que pudiera ser ilegal, y no lo era, en absoluto. Por eso ni se calificó ni se condenó por ello cuando se juzgó el homicidio cometido con semejante trasto del que, por cierto, su autor explicó que lavó y volvió a colgar en su sitio “porque quedaba muy bonito y le daba pena que no estuviera”. Verdad verdadera.

En cualquier caso, lo que no podemos negar es que, como dice el refranero, las armas las carga el diablo. Y por ello son tan peligrosos los sistemas como el norteamericano o las asociaciones como la del señor Heston -que podría seguir haciendo como en Moisés y limitarse a su vara, qué narices-, que faciliten sucesos tan horribles como los que hemos visto con mucha más frecuencia de la que quisiéramos.

Y ojo, que nadie dé alas a quienes propugnan cosas así, porque nos arriesgamos a encontrarnos en pleno Territorio Comanche. Si no, que se lo digan a un compañero que ayer mismo compartía vía Twitter lo que le había pasado. En el juzgado de guardia, le dijeron lo siguiente “Yo no quiero denunciar, solo quiero que el juzgado me autorice a llevar armas”. Pues no señor, las cosas no funcionan así, por suerte. Y, gracias Fernando, por prestarme tu anécdota.

No dispararé más por hoy. Eso sí, os pido que desenfundéis vuestros aplausos para dárselos, por una vez y sin que sirva de precedente, a nuestro sistema legal, que no permite que cualquiera pueda tener acceso a un arma y llevar a cabo las burradas que vemos en otros lugares del mundo.

Y una ovación extra, una vez más, para los alumnos y las alumnas de mi amiga Alicia, a cuya exposición de dibujos nunca hecha realidad pertenece la imagen que ilustra el estreno.

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