Acoso: más allá de la insistencia


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Muchas veces hemos leído noticias sobre estrellas acosadas por los fans. Mucho antes de que las redes sociales aparecieran en nuestro mundo, ya existían personas que hacían seguimientos y placajes a los famosos más allá de lo soportable. Y ahí está precisamente el límite entre la insistencia y el acoso, sea cual sea el nivel de admiración. Generalmente, se trata de personas desequilibradas pero, de no detectarlos a tiempo, las consecuencias pueden ser fatales, como tuvo ocasión de padecer John Lennon, asesinado por un fan descontento. También el acoso ha sido tema de muchas películas, como la angustiosa Atracción fatal o la no menos inquietante Mujer blanca soltera busca o, por descontado Acoso

Nuestro teatro contempla el acoso de diversas formas, e incluso en algunos casos no lo contempla o no lo hacía hasta hace poco. En cualquiera de los casos, lo que resulta realmente difícil es distinguir en cada caso el acoso de la insistencia, el ilícito penal de la simple pesadez, por cansino que resulte.

Pero empecemos por el principio. Aunque hoy todo el mundo habla de acoso sexual, o de acoso escolar o laboral con normalidad, no siempre fue así. Y había veces en que teníamos que hacer encaje de bolillos para incluir alguna de estas conductas en un tipo del Código Penal  sobre todo en las coacciones, ese cajón de sastre en que tantas cosas caben.

Contaré un ejemplo que me dejó marcada. Tanto, que quienes me conocen seguro que me han oído hablar de él, pero se tendrán que aguantar. Creo que vale la pena por lo gráfico. Se trataba de un tipo que estaba tan obsesionado -él lo llamaba “enamorado”- de una chica que la seguía a todas partes, y, con frecuencia, se plantaba en el portal de su casa con un ramo de flores o recitando poesías a voz en grito. La muchacha en cuestión apenas lo conocía y no quería saber nada de él, ni nunca tuvieron relación alguna, no obstante lo cual él se refería a ella, ante quien quisiera o no quisiera escucharle, como “el amor de mi vida”. Cuando la chica lo contaba, se encontraba con mucha incomprensión, incluso con gente que le decía que no sabía por qué se quejaba de gestos tan románticos. Es posible que por esa razón, unida a que el acoso por aquel entonces no era delito como tal, no adoptaran ninguna medida cautelar cuando ella, que ya no podía más, le denunció. La cosa llegó a tal punto que, incluso después de haber sido imputado -entonces no se llamaba “investigado”- el tipo traspasó todos los límites. Y hete tú aquí cómo la chica, que aspiraba a ser médica, cuando comenzó su examen de MIR, le vio haciendo aspavientos por la ventana. Ni que decir tiene que ella no pudo seguir con la prueba del ataque de ansiedad, pero al menos esa vez le hicieron caso y el presunto enamorado acabó, primero, con el requerimiento por parte del juez de que cesara en su actitud -tampoco había autos de alejamiento entonces- y, finalmente, tras reiterados incumplimientos, con el ingreso en prisión por el delito de desobediencia y de coacciones, vestido jurídico que se le pudo dar a esa conducta tan grave que llegó a perjudicar el futuro de ella. Por cierto, ignoro si después aprobaría, pero se lo deseo de corazón. Ojalá supiera que me lee con su bata y con su fonen.

Ahora vayamos al otro extremo, al simple pesado. De esos veo con frecuencia, pero me quedo con uno que tuvimos en el juzgado de guardia hace apenas unos días. El tipo había quebrantado el alejamiento, razón por la que estaba detenido. Pues bien, cuando le repetíamos en que no se podía acercar a ella, él insistía, inasequible al desaliento, que ella no sabía lo que quería, y decía que no quería estar con él, pero la realidad es que lo deseaba con todas sus fuerzas. La verdad es que el hombre estaba tan convencido que solo la alusión a la posibilidad de ir a Picassent -localidad de nuestra prisión más cercana- le hizo cejar de su actitud. Espero no verlo de nuevo y tener que cumplir mis amables advertencias de que a la siguiente ingresaría en prisión. Y no por él ni por mí sino, sobre todo, por ella.

He de aclarar que, en principio, nuestro Código Penal solo contemplaba el acoso sexual en el ámbito laboral o en algunos otros como el penitenciario pero, por el contrario a lo que pensaba la gente, solo cabía cuando existía una relación de superioridad entre quien acosa y quien es acosada o acosado, no entre compañeros, aunque una reforma posterior lo cambió. Y, lo más importante, que se trataba de casos de solicitud sexual, esto es, que también quedaban fuera cosas como decir obscenidades a la secretaria o arrimarse demasiado, salvo que traspasar la línea roja y entrara en el terreno del abuso sexual.

No fue hasta 2015 cuando se reguló específicamente el acoso como tal, que pueden ser miles de llamadas telefónicas, mensajes de whatsapp o cualquier otra aplicación o red social, seguimientos o, como el angelito del primer ejemplo, plantarse en su portal o en cualquier otro sitio aunque sea para llevar flores o recitar poemas. Hasta entonces, como he dicho, usábamos el delito genérico de las coacciones y muchas cosas se nos quedaban entre las zonas oscuras de los tipos penales, llegando a resbalar por los bordes de la impunidad. En este nuevo delito, cabe el ciberacoso, sin duda, pero también el acoso de toda la vida, el de perseguir a alguien hasta hacerle la vida imposible o controlarla hasta no dejarla vivir. Y, por los susceptibles, tanto las víctimas como los autores pueden pertencer a ambos sexos, y no es preciso que exista o haya existido relación entre ellos. Como el del ejemplo, vaya.

Otro tanto cabe decir del acoso escolar, en relación a los vericuetos jurídicos por los que ha tenido que transcurrir. Y, si es grave el anterior, este puede ser demoledor, a la vista de la edad de las personas implicadas y de las graves consecuencias en su desarrollo y hasta en su vida porque, en más de una ocasión, han llevado al acosado al suicidio. Por eso algún día retomaremos el tema en un estreno dedicado solo a eso. Palabra de toguitaconada.

Solo queda el aplauso. Y juro que no consideraré acosadores, ni siquiera pesados, a quienes lo deis muy fuerte, una vez más, a las personas que cada día toman las decisiones más difíciles del Derecho Penal.: las que establecen el límite entre la libertad y la falta de la misma, la prisión. Algo tan delicado eue solo es posible imaginarlo si se ha vivido

Y por supuesto, una vez más, el agradecimiento para @madebycarol2 autora de la ilustración que mejora, sin duda alguna, este estreno

 

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2 pensamientos en “Acoso: más allá de la insistencia

  1. Los acosadores obsesivos me dan mucho miedo. Más que los psicópatas y los violadores. Viven en una realidad paralela, que sólo ven ellos, lo que hace imposible cualquier razonamiento. Y si ingresan en prisión, casi que es peor pues, como no comprenden que han hecho nada malo, se sienten víctimas de una injusticia y van creando enormes cantidades de odio y rencor que explotan cuando salen de prisión. Son una bomba humana. Repito, a pesar de treinta años de ejercicio, me siguen dando mucho miedo…

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