Timos: de la estafa a la picaresca


eltimodelaestampita

Desde siempre, los pequeños tramposos, las personas que aguzan el ingenio para sacarle provecho a las cosas, son una figura muy querida de literatura y escenario. Desde El lazarillo de Tormes hasta aquella vieja serie de televisión llamada El pícaro, esos personajes han resultado tiernos y atractivos, por más que sus tretas estuvieran al filo de la ley, cuando no claramente fuera de ella. A su lado, esa otra modalidad del buen ladrón, que roba a los ricos para dárselo a los pobres como Robin Hood o nuestra versión bandolera encarnada en Curro Jiménez y su banda.

Hoy las cosas han cambiado, y atrás quedó en nuestro escenario el estereotipo del timador a pequeña escala que resultaba, incluso, entrañable, como La tonta del bote de la película de Lina Morgan. No obstante, todavía hay cosas que me dejan de pasta de boniato al comprobar la de gente incauta -o desesperada, o ambas cosas- que todavía hay por el mundo.

En mi vida profesional, creo que solo una vez, y hace mucho tiempo, supe de algo parecido al timo de la estampita, ese clásico de la picaresca nacional en el que se acude a la fábula del cazador cazado. Alguien que se cree más listo que nadie por tomar al pelo al supuesto “tonto” que hace de cebo y se queda con una considerable cantidad de billetes que el cebo le ofrece a precio de risa por considerarla meras estampitas. Al final, los billetes resultan no serlo y el estafador es el estafado que, además, como tampoco jugaba limpio, ha de escoger entre pasar la vergüenza de que se descubran sus intenciones – y su poca inteligencia- denunciando, o renunciar a un posible resarcimiento y castigo del culpable silenciando los hechos.

Pero aunque algo así no lo vemos en los últimos tiempos, sí que hemos presenciado con cierta frecuencia una nueva versión en la que subyace exactamente el mismo espíritu. Se trata del timo de las cartas nigerianas y del lavado de dinero. Su mecánica consiste, en esencia, en hacer creer al incauto -quien nuevamente, se cree más listo que nadie-  que esas láminas ennegrecidas son billetes de curso legal y que solo hay que “lavarlas” para hacerse con él. Por supuesto, quien hace de cebo finge no conocer el supuesto valor de los bllletes y quien cae en la trampa lo hace con el mismo espíritu que el de la estampita, el de aprovecharse, volviendo al mito del timador timado o lo que otros interpretarían como una actuación estelar del karma.

Durante una época, se usaba mucho la figura de la multipropiedad para consumar algunas estafas, más que tiempos. Porque aquí quien caía ya no era el incauto que  se creía más listo sino quien adquiría un derecho sobre una vivienda con la creencia de que aquello era buena inversión. Solían, por esos tiempos, ofrecer aquello por teléfono y he de decir que si me hubieran tocado tantas casas entre Torrevieja y Benidorm como veces me llamaron o dejaron mensajes en el contestador del teléfono -fijo, por descontado-, serían míos ambos municipios en su totalidad. Todas esas cosas solían ir acompañadas de reuniones donde, para recoger el premio, había que acudir y entregar un dinero a cuenta, y, a veces, hasta comprar una enciclopedia, una plancha a vapor o cualquier otro artilugio. Operaciones que se van renovando pero que siguen existiendo con diversas formas. Como diría mi abuelo, lo que trabaja la gente por no trabajar.

Hasta aquí, hemos hablado de esas trampas que, dinero por medio, son delictivas, generalmente bajo la forma de estafa. Las hay en que el estafado acaba siéndolo porque se cree más listo y se la dan con queso -la estampita, las cartas nigerianas y hasta los trileros,, que siguen existiendo- o en las que se trata sin más de desaprensivos que fingen lo que no son para engañar a alguien y que invierta su dinero, como aquellas tremendas estafas inmobiliarias que destrozaron los sueños de familias enteras.

Pero otras veces, los timos son mucho más pedestres. Recuerdo que durante una buena temporada, solía abordarme gentes en las inmediaciones de la estación, pidiendo dinero porque tenía que hacer supuestamente el viaje de vuelta a Picassent -población donde está nuestra prisión- y no tenía dinero. Alguna vez, después de oir el mismo cuento varias veces, me quedé tan harta que le dije al pedigüeño muchacho que no se preocupara, que si no iba solo seguro que volvían a por él unos señores de uniforme en un furgón. El pobre no volvió a abordarme ni a pedirme nada.

Y siempre me acuerdo con una sonrisa de la cara de estupefacción de otro supuesto ex convicto pidiendo dinero a quien un amigo mío le dio la respuesta que menos se esperaba. Ante su bravuconería de “dame algo, que he salido de Picassent”, mi amigo le respondía “y qué quiere que te dé, ¿un diploma?”. Afortunadamente para nosotros no debía ser tan peligroso como pretendía hacernos creer, porque tras la sorpresa inicial, se fue de allí con el rabo entre piernas y los ojos como platos.

Hasta aquí solo algunas muestras de todos esos engaños que se utilizan para conseguir que los demás nos rasquemos el bolsillo. Algunos, con su punto de gracia. Otros, con ninguna. Por eso el aplauso hoy va destinada a quienes desde su toguitaconada posición saben tratar a cada cual como procede.Porque en eso consiste la justicia.

 

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