LTBIfobia: nunca más


carta

Hoy, Día contra la LGTBIfobia, el estreno de nuestro teatro será en forma de relato, como homenaje a todas las personas que tuvieron que sufrir ese odio injustificado y atroz. Para ellas, y para quines luchan contra ello, el aplauso de hoy

EL TÍO PEDRO

Mis hermanas y yo habíamos recibido la misma carta. Y habíamos reaccionado de la misma manera, una mezcla de estupefacción, sorpresa y escepticismo en la que todavía estamos. No teníamos ni la más remota idea de quién podía ser ese señor con el que compartíamos apellido y que respondía al nombre de Pedro del que nunca nadie nos había hablado. En tono jocoso, lo bautizamos como el tío Pedro, aunque sin comprobar cuál era en realidad nuestro parentesco, si es que existía.

Por supuesto, lo fácil hubiera sido preguntar a nuestros padres, pero ya hacía varios años que la curva cerrada de una carretera comarcal había segado sus vidas de cuajo. Nuestra única tía, la hermana de mamá, había perdido el hilo que la unía la realidad, y vivía en ese universo paralelo en el que habitan muchas personas mayores. Así que no nos quedaba otra salida que guiarnos de nuestra intuición para decidir si acudíamos o no a la cita.

Yo era partidario de dar una oportunidad a aquel hombre. No sabía qué podía tener de malo reunirnos con él. Mi hermana Marta, sin embargo, insistía en que podía ser una trampa montada por un desaprensivo vaya usted a saber para qué. Y, aunque la desconfiada Marta casi convence a Natalia, mi hermana pequeña, finalmente ésta sucumbió al deseo romántico de encontrar a una pariente perdido, que seguro que tenía una historia extraordinaria que contar y que ella no estaba dispuesta a perderse. Hicimos conciliábulo familiar, votamos y salió que iríamos, por más que hubiera que llevar a Marta a rastras.

Al final, Natalia acertó por completo. El tío Juan tenía una historia extraordinaria que contar, aunque en los tiempos en que vivió su historia era mucho más ordinaria de lo que creíamos. Por desgracia.

Cuando llegamos al lugar pactado, nos recibió un hombre con tantas arrugas en la cara que podría tener doscientos años. Natalia iba a abrazarlo y a llamarlo “tío Pedro” cuando el hombre le paró en seco. El no era Pedro, pero traía un recado de Pedro en forma de carta. A nosotros nos correspondía decidir si deseábamos conocer su contenido o no. Asentimos, pese a las reticencias de Marta, y aquel hombre, tras entregarnos tres sobres tamaño folio, nos dejó solos con nuestra estupefacción

Abrimos nuestros sobres y nos quedamos en silencio, con toda la concentración puesta en nuestros respectivos folios. Supe tras leerlos que el redactor de aquella carta era el hermano de mi padre, que fue repudiado por mis abuelos porque le pillaron a los doce años probándose los zapatos de tacón y el maquillaje de su madre. Le enviaron a un colegio interno para que “le enderazaran”, pero no se puede enderezar algo que no está torcido. Después de vivir -que no convivir- un tiempo con unos padres que ni siquiera le dirigían la palabra, un día se marchó del pueblo para no volver más. En la familia se prohibió para siempre pronunciar su nombre, y nadie nunca más habló de él.

Levanté la vista de los folios y traté de comentarlos con mis hermanas. Me referí a la historia que nos contaba, pero resultó no ser la misma. El pliego de hojas de Natalia contaba la historia de amor con Juan, a quien el tío Pedro adoraba, pero que no tuvo el coraje necesario para escaparse del camino establecido por otros para él. Juan se casó con una chica del pueblo, tuvo una hija y, dos años más tarde, apareció colgado de una viga de su propia buhardilla, harto de fingir ser la persona que no era y más harto aún de fingir no ser quien era. Natalia lloraba al leerlo las mismas lágrimas que lloró el tío Pedro al perder de ese modo a la persona que amaba.

A Marta, sin embargo, le había reservado la última sorpresa, quizás por ser la más escéptica, aunque ignorábamos cómo pudo saberlo. En la carta que estrujaba Marta entre sus dedos, se describían las escenas más duras. Contaba todos los incidentes soportados en comisaría, en cada detención. Las torturas, el miedo, el tiempo de encierro en prisión, las vejaciones de los compañeros de cautiverio, las palizas y las humillaciones diarias. Describía con todo lujo de detalles como habían destrozado el cuerpo y el alma de aquel muchacho que un día salió de su pueblo por el solo pecado de ser diferente.

Los tres hermanos nos miramos sin saber qué hacer, con los ojos llenos de lágrimas y un interrogante enorme pintado en la cara. El hombre de las mil arrugas no tardó en aparecer de nuevo, y no lo hizo solo. Cogido de su mano, un anciano nos miraba desde su silla de ruedas con los mismos ojos color ámbar de mi hermana Natalia. Y entonces, ya sin duda ninguna, abrazamos al tío Pedro.

Nunca nos perdió la pista. Y ahora, cuando sentía que se le acababa el tiempo, no quiso irse sin ver a su familia. Según él, necesitaba pedir perdón por todo el mal que hizo, aun sin quererlo. Fue mi hermana Marta la que tomó la palabra para decirle lo que pensamos todos

-Si alguien ha de pedir perdón, sería el mundo entero por lo que te hicieron a ti, por lo que le hicieron a Juan y a tantos Pedros y Juanes de la historia

 

Nos abrazamos de nuevo y seguimos viéndonos de vez en cuando en los pocos meses que le restaban en el contador de su vida. El día que se marchó para siempre, nos hizo prometer una sola cosa. Que contaríamos su historia para que nunca más se volviera a repetir

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