Famoseo: otros encuentros inesperados


estrellas

El famoso es consustancial al mundo del espectáculo. Salvo raras excepciones,  el éxito va unido a la Fama de los artífices de la obra, en especial los que se encuentran del lado visible de la pantalla. Y, por descontado, esa fama tiene esos inconvenientes que cualquiera conoce, que se sobrellevan mejor o peor. La gente se queda mirando, pide selfies, reclama autógrafos en los lugares anatómicos más inesperados o, en los caos más extremos, grita y se estira de los pelos como aquellas fans que salían en las grabaciones en blanco y negro de los Beatles. Help.

Nuestro teatro no es lugar demasiado proclive al famoso, pero de vez en cuando pas, y entonces se forman unos escándalos de padre y muy señor mío. Como para rodar un Gran Juzgado vip.

A lo largo de mi toguitaconada vida me he encontrado con algunos de estos casos. Recuerdo que uno de los asuntos estrella en mi primer destino era el sonado divorcio de una cantante que seguía buscando en El baúl de los recuerdos y su pintoresco peluquero. No voy a contar los detalles del caso, que ni conozco ni me importan demasiado, pero sí puedo describir el revuelo que se formaba en el edificio cada vez que ambos personajes del colorín hacían su aparición. Confieso haberme asomado al balcón -sí, teníamos balcones como en un patio de vecinos- para contemplar su salida y llegada triunfal.

También me acuerdo de un asunto en que estaba involucrado un futbolista. El pobre aguantó estoicamente más de ocho horas de espera en la puerta. Cumpliendo con la inevitable ley de Murphy, la tostada cayó del lado de la mantequilla y aquel día todo se complicó, y el último juicio, que debía haber empezado a las once, lo hizo bien entrada la tarde. Mientras tanto, en los pasillos, se escuchaba el revuelo de aficionados y curiosos revoloteando alrededor de la estrella del balompié, que ni siquiera se quejó de la demora, y se comportó con la exquisitez de un caballero inglés de los que cortan las aceitunas con cuchillo y tenedor. Lástima que no se hubiera comportado así el día de autos, y se hubiera ahorrado el juicio y su correspondiente espera.

Últimamente nos encontramos con cierta frecuencia en Toguilandia a famosuelos de nuevo cuño. Gente que es conocida por haber salido en un concurso de televisión donde no se hace otra cosa que sentarse en un trono, retozar bajo un edredón o gritarse las verdades del barquero a mil millones de decibelios. Me pasma que llegan allí como si fueran semidioses, como si su aparición en un reality show les convirtiera en Greta Garbo o Laurence Olivier. Y  lo peor, que siempre hay gente para bailarles el agua. Me resultó muy curioso algo que me contó un compañero, que tenía en busca y captura a uno de estos individuos, que no había sido hallado por encontrarse en pleno concurso. Cuando por fin se celebró la comparecencia, tuvo la poca vergüenza de espetarle al Fiscal un “no me diga que no sabe quién soy yo y dónde estaba, si me conoce toda España”. Y se quedó tan fresco que mi compañero tuvo que hacer un esfuerzo para no meterle en prisión por chulito, aunque el hecho no fuera para tanto. Por supuesto, ganó la profesionalidad y la chulería se quedó sin castigo. No quedaba otra.

Hay que reconocer que estos episodios antes eran otra cosa. Ahora nos hemos acostumbrado tanto a que las páginas de tribunales, de sociedad y de política se mezclen en los diarios hasta confundirse, que la cosa ha pasado de ser pintoresca a ser preocupante. Folklóricas venidas a menos, políticos de variado pelaje, astros del balompié y hasta el cuñado del Rey, no han podido evitar su paso por el lado oscuro de Toguilandia, Dura lex, sed lex. La Justicia ha de tratar a todos por igual aunque en algunos casos la logística se nos vaya de las manos, y entren y salgan por sitios desacostumbrados para evitar muchedumbres. Generalmente, se trata de muchedumbres indignadas, pero en algún otro caso la indignada he sido yo al ver cómo jaleaban y apoyaban a un futbolista acusado de evasión de impuestos. Cosas veredes, amigo Sancho.

Seguro que hay muchas más anécdotas famosiles que contar. Me ofrezco a recogerlas y hacer una secuela, o las que toque. Pero ahora me quedo con la idea de que la Justicia, al final, es igual para todos por más fama que se tenga. Y así debe de ser.

Por eso, hoy el aplauso es para quienes lo hacen posible. Para todos y todas las profesionales que han de aguantar la presión de juicios mediáticos con protagonistas mediáticos y tira para delante como si nada. Así son las trincheras.

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