Shock: encuentros inesperados


Nena3 (1)

Una de las tramas argumentales que más dan de sí son las de los encuentros inesperados. Tropezar con alguien que nunca se hubiera imaginado en ese lugar y situación ha dado lugar a muchas comedias de enredo, a finales dramáticos y hasta a contactos extraterrestres. Los Encuentros en la tercera fase son un clásico hasta el punto de que el título de esta película lo empleamos más de una vez para referirnos a estas cosas.

En nuestro teatro estas cosas suceden y, claro está, tanto para bien como para mal, un encuentro de estas características puede convertir un día cualquiera de nuestra vida en las trincheras en Un día inolvidable.

Seguro que nos ha pasado a cualquiera de los habitantes de Toguilandia, aunque para jueces y fiscales -también para LAJS- es todavía más impactante que para Letradas y Letrados. Me explico, sin ánimo de hacer de menos a nadie. Los clientes acuden, normalmente, al despacho correspondiente en busca de asesoría legal antes que al juzgado y eligen a quien vaya a representarles en virtud de determinadas premisas. Puede ser su fama y prestigio profesional, el boca-oreja o, simplemente, porque hayan pasado por allí y visto la placa de la puerta -todo es posible-, pero también se debe, en muchos casos, a que conocen al profesional por una relación personal o por medio de terceros. Voy a esa abogada que es mi amiga, la amiga de mi amiga, la prima de mi profesora de yoga o hasta mi propia prima. Entonces, por supuesto, el factor sorpresa desaparece. La excepción sería en el caso del turno de oficio  y, particularmente, la asistencia a detenidos, donde se pueden encontrar a cualquiera en la situación más comprometida posible.

En el caso de la judicatura o la fiscalía, esa asignación de clientes previa no existe. Somos un servicio público y como tal atendemos al justiciable sea quien sea, cada cual desde su posición, sin conocer previamente de quién se trata. Y eso depara más de una sorpresa desagradable. Con solo un tiempo vistiendo toga, ya nos encontramos cosas de este tipo. Yo, que confieso no leer nunca la lista de detenidos, me he quedado más de una vez de pasta de boniato a la vista de la persona que traían engrilletada. No voy a dar datos que permitan la identificación de nadie, pero aseguro que más de una vez he deseado que se me tragara la tierra en casos como estos. Personas a las que has conocido en otro entorno, con las que, incluso, has compartido mesa y mantel, y que, de pronto, se encuentran al otro lado de la mesa de interrogatorios con las muñecas enmanilladas y una expresión de vergüenza indescriptible. La violencia de género es lo que tiene, que no respeta estatus, ni clase social, ni entorno, para situar a sus víctimas y sus autores. Pero tampoco lo hacen otro tipo de delitos, entre los cuales los relativos a la seguridad vial ocupan un importante puesto en el ranking sorpresil. Y también algún que otro asunto de drogas nos ha deparado un sobresalto de este tipo.

Según me cuentan algunos compis, y me confirma la experiencia, a uno y otro lado de estrados, como investigados y víctimas, han tropezado con policías, letrados, y seguro que hasta con jueces o fiscales, aunque yo, por fortuna, no me haya visto en el caso y espero no verme nunca, más allá de algún compañero al que le hayan entrado a robar en su casa o le hayan quitado la cartera.

Porque la sorpresa aparece no solo cuando se trata de investigados. También cuando se trata de víctimas. Mujeres con las que convivimos a diario de las que nunca hubiéramos sospechado que estaban sufriendo una situación de violencia de género, o víctimas de cualquier tipo de acoso. Y lo peor es que ellas mismas se sienten avergonzadas y bajan la cabeza, como si hubieran hecho algo malo y tuvieran que esconderse. Cuánto tenemos que aprender en esto todavía. Aun me pregunto por qué la víctima de un robo lo cuenta con la cabeza alta y sin problemas, y la víctima de maltrato o de un delito sexual lo hace a escondidas y en voz baja. Y eso si lo hace, claro. Y, como la vida sigue, el día después hay que continuar llevando al colegio a los niños, o a la extraescolar, o al entrenamiento, o ir a comprar el pan o encargar la reforma de la casa viendo a esas personas que tuviste a uno u otro lado del banquillo, y hacer como si no pasara nada. Una compañera me cuenta que en un caso de este tipo, y tras fingir normalidad ambas durante varios días, la víctima en cuestión, madre de una compañera del cole de su hija,  simplemente se le acercó y le dio un abrazo y las gracias. A veces, son cosas como estas las que ayudan a seguir adelante pese a las dificultades, y a recordar por qué nos metimos en esto de la Justicia.

Uno de los casos paradigmáticos de ese factor sorpresa fue, hace bastante tiempo, el asesinato de una mujer por su marido, que no solo era policía sino que daba con frecuencia charlas de concienciación sobre la violencia de género. Algo que salió en su día en todos los periódicos y que causó y aun me causa una enorme impresión al recordarlo.

Pero, bajando a hechos más triviales, recordaré dos casos que me llamaron especialmente la atención. El primero es el de un compañero que tuvo ese encuentro inesperado con alguien a quien no había vuelto a ver desde hacía muchos años. El tipo en cuestión había cometido un atraco con armas en una gasolinera y su ingreso en prisión estaba cantado. Pero mi compañero estaba lívido al solicitarlo. Había reconocido al niño que le había hecho imposible la vida en el colegio, sometiéndole a un bulliyng del que entonces nadie hablaba.

Para terminar, el otro caso, que me gusta especialmente. Estaba yo calificando una causa por violencia de género cuando me di cuenta, al ir a citar al testigo que vio todo y llamó a la policía, que sus apellidos coincidían con los de una pareja de amigos y compañeros de toga. Comprobé el nombre y concluí que no podía ser otro. El muchacho, recién cumplidos los 18 años, se había interpuesto en la agresión de un hombre a una mujer en la vía pública, había impedido que continuara atacándola y había sido quien alertó a la policía. Ni que decir tiene que llamé a mi amiga para felicitarla. Y es que no es para menos. Actitudes como esa te reconcilian con la humanidad y te recuerdan que es posible un futuro mejor. Sin olvidar, claro está, el momento madre. Confirmar que tanto predicar acaba dando sus frutos también tiene su puntito.

Así que solo me queda el aplauso. El que dedico una vez más a los compis que han aportado sus experiencias para hacer posible este estreno. Y una ovación extra al hijo de mi amiga y a sus padres, por haberle transmitido esos valores.

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Un pensamiento en “Shock: encuentros inesperados

  1. En Menores, también hay casos terribles. Quizás el que más el maltrato de hijos a padres. Yo he llevado algunos y puedo asegurar que el trago más horroroso se produce cuando los padres, después de un sin fin de penurias y agresiones, por fin se deciden y denuncian a sus hijos. No hay palabras ni razonamientos que consuelen a esos padres. Siempre se echan la culpa de todo. Muchas veces he pensado que estos casos guardan una gran relación con los de VG…

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