Bulocracia: el imperio de Pinocho


              Todo el mundo ha escuchado alguna vez eso de “injuria, que algo queda”. Y, probablemente, también todo el mundo ha vivido una experiencia que lo confirme. En el cine tenemos películas como La calumnia -en sus diversas versiones- que así lo demuestran, además de las diferentes cintas sobre mentirosos, como Mentiras arriesgadas, Mentiroso compulsivo y, por supuesto, el mentiroso por antonomasia, Pinocho.

              En nuestro teatro, las mentiras tienen su consecuencia jurídica, y de ello hemos hablado en diversas ocasiones, tanto en el estreno dedicado a las mentiras como a los bulos .

              No obstante, y como quiera que el tema de los bulos va a más, nuestras funciones no pueden ir a menos. Así que conviene recordar algunos de esos que se han implantado tanto que casi hacen cierto eso de que una mentira repetida muchas veces se convierte en una verdad.

              Uno de los que más fuerza han alcanzado es el referente a las supuestas denuncias falsas en violencia de género. No me extenderé demasiado porque ya dedicamos otro estreno a las mismas, igual que a tratar de desmontar todas las leyendas urbanas que circulan en relación con la ley integral conta la violencia de género. No me extenderé demasiado porque ya lo hice entonces, pero baste con recordar que las estadísticas oficiales -Policía, Judicatura y Fiscalía- registran un 0’1 por ciento, y que las denuncias falsas por robo con muchísimo más frecuente sin que nadie por ello cuestione la regulación del robo en el Código Penal.

              Otro de los bulos que de vez en cuando aparece en relación con esta materia es la de las cifras de suicidios masculinos cuya causa, según el bulócrata en cuestión, es haberse visto implicado en una casusa por una de esas denuncias falsas o, ampliando más el campo, por causa de un divorcio complicado. A esto hay que responder, en primer término, que esas cifras de suicidios no suelen responder a ninguna estadística oficial más allá de la imaginación de quien las publica. No obstante, e incluso cuando las cifras de suicidios son reales, lo que no puede ser nunca real es la causa. En primer lugar, por2que es imposible conocer las razones por las que una persona se quita la vida. Y seguro porque tampoco existe una relación fiable entre estos fallecimientos y la vida de pareja del difunto. En resumen, un bulo como la copa de un pino que sigue circulando por ahí, con cartelito y todo, cada vez que alguien lo saca a pasear.

              De un tiempo a esta parte, el objeto de la bulocracia se ha ampliado a otro colectivo al que le cuelgan el sambenito de todos los males imaginables. Se trata, por supuesto, de las personas migrantes, a quienes también hemos dedicado varios estrenos. Pero hay que recordar, una y mil veces si hace falta, que ni todos los delincuentes son extranjeros ni todos los extranjeros son delincuentes. Es más, que resulta absurdo pensar que alguien se juega la vida en una patera para venir a delinquir a nuestro país, porque para jugarse la vida no hacía fata que se movieran del suyo.

              Especialmente crueles son estos bulos relacionados con menores de edad, a quienes se ha estigmatizad y despersonalizado atribuyéndoles el nombre de “Menas”, que en realidad es un acrónimo de “menores no acompañados” o, lo que es lo mismo, de niños que están totalmente solos en el mundo. Pero, al hacer correr todos estos rumores, en vez de compadecerlos, se les a<tribuyen todos los males, convirtiéndolos, si nos descuidamos, en el enemigo público número 1 o poco menos.

              Y si hablamos de delitos sexuales, todavía es más evidente la cosa, porque a poco que salte una noticia, se buscan culpables entre los migrantes y, además, entre los de determinada procedencia. Y no estoy inventando, que ya he vivido varios casos en que, a pesar de que se había publicado en redes que la autoría era de un grupo de «menas», acabaron siendo autores jóvenes españoles.

              Si nos vamos a casos concretos, quizás el más paradigmático fue el de el homicidio de un niño en Mocejón, que se atribuyó falsa e imprudentemente al colectivo migrabt4e cuando el auto resultó ser un joven español con problemas mentales. También fue otra muestra lo sucedido en Torre Pacheco, en que una noticia deformada sobre una agresión padecida por un anciano, en la que se habían usado hasta fotografías falsas, desencadenó unos acontecimientos lamentables con graves episodios racistas. También fue muy evidente el bulo r4elacionado con la Dana de Valencia que insistía en que en aparcamiento iban a aparecer centenares de muertos cuando, finalmente, no hubo ni uno en ese lugar.

              Así que, en estos tiempos hay quien solo se (des)informa en redes sociales, andémonos con cuidado, porque las redes las carga el diablo. Por eso el aplauso ha de ser esta vez para quienes, aun a riesgo de que les aparezcan haters por tierra, mar y aire, no cejan en su propósito de desmontar los bulos. Porque son necesarios

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