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Acerca de gisbertsusana

Fiscal con vocación de artista. Me tomo la vida con mucho humor y siempre subida en mis tacones.

Alerta roja: la eficiencia que se nos viene


              Hay cosas que hacen que salten todas las alarmas. Y hay alarmas que protagonizan películas, como Alerta roja, Neptuno hundido, Alerta máxima, Alerta personas desaparecidas, Alarma en el expreso, Alarma en las alturas y muchas más. Y es que alarmarse es humano.

              En nuestro teatro nos alarmamos por muchas cosas, pero por pocas tanto como una reforma legal de gran calado, especialmente si afecta a la organización de juzgados y tribunales. Y justamente en ello estamos, a 1 solo día a la publicación de este estreno de la entrada en vigor de la ley de medidas en materia de eficiencia del servicio público de Justicia, también conocida como ley de eficiencia o, como algunos escépticos ley de deficiencia, o deficiencia desorganizativa. El tiempo dirá si tenían razón.

              No es la primera vez que pasa. La verdad es que es más bien como vivir el día de marmota, que de vez en cuando nuestros legisladores nos obsequian con un susto de categoría mundial al cambiar de cabo a rabo una ley de tanta importancia que estar al dá amenaza nuestra cordura y, desde luego, nos quita el sueño. Cuando una ya ha pasado por cosas como un cambio completo de Código Penal o de Ley de Enjuiciamiento Civil debería estar curada de espanto, pero estas cosas nunca pillan bien.

               Además, siempre que ocurre algo así me acuerdo de los pobres opositores que reciben cada reforma de esta magnitud como una verdadera tragedia. Y no es para menos. En un sistema que, si no se cambia, es puramente memorístico, cambiar la materia que se memoriza es tirar mucho tiempo invertido a la basura. Y, como diría uno de los personajes del Un dos tres que veía de niña -La Bombi, para ser exacta-, eso duele. Y duele mucho.

              Pero no solo sufren quienes opositan. Quienes ya hace mucho que entramos en Toguilandia estamos con la angustia puesta, y con razón. Porque, cuando todo apuntaba a que lo más urgente y necesario era cambiar de una vez por todas la Ley de Enjuiciamiento Criminal que como hemos dicho muchas veces, data del siglo XIX, en una realidad en que no había teléfonos -ni móviles ni fijos, ni nada- ni automóviles -ni eléctricos, ni híbridos ni nada-, nos salen con una reforma integral y con el enésimo parcheo. Porque, como también he dicho más veces, nuestra legislación procesal penal es como una colcha de patchwork con tantos trozos diferentes que revienta por sus costuras.

              Y, ojo, que no es solo el proceso penal, sino toda la organización judicial de principio a fin, empezando por la planta judicial. De repente, lo que eran juzgados de primera instancia y de instrucción de toda la vida se convierten en tribunales de instancia, con sus secciones correspondientes, que una no sabe bien si se trata de los mismos perros con distintos collares o de un totum revolutum de consecuencias indeterminadas. En el primer caso, si se tratara de un mero cambio de nombre, cabría preguntarse para qué dar tanta vuelta si vamos a acabar en el mismo sitio, y, en el segundo, no sé si cortarme las venas o dejármelas crecer.

              ¿Y por qué soy tan escéptica y me echo las manos a la cabeza en vez de echar las campanas al vuelo? Pues, en primero y rotundo término, porque echo de menos una dotación presupuestaria importantísima que no veo por ningún lado. Creo que cualquier reforma pasa por la creación de plazas en el poder judicial y en la carrera fiscal, de LAJs y de funcionariado que no se dan o de las que yo no me he enterado. Y hablo de una ampliación real, no una cicatería como a la que nos tienen acostumbrados absolutamente todos los gobiernos, sean del sigo que sean. Porque la justicia sigue siendo la hermanita pobre de la administración, nos guste o no, que no nos gusta nada por estos lares.

              La cosa no queda ahí, desde luego. Las reformas van desde la creación de procedimientos para la promoción de medios adecuados de solución de controversias en el ámbito civil -que ya se ha bautizado con el horroroso nombre de MASC-, hasta lasaudiencias previas obligatorias en el proceso penal para favorecer las conformidades, dando carta de naturaleza a una práctica habitual en muchos juzgados y tribunales.

              Por otro lado, y para acabar de volvernos majaretas, la ley aprovecha para hacer algo que debería haber hecho hace tiempo por disposición del Convenio de Estambul y de nuestro propio pacto de Estado, como es la asunción por los juzgados de violencia sobre la mujer de todas las violencias machistas, y no solo las cometidas en el seno de la pareja o ex pareja. Que está muy bien, pero lo que no esta tanto es que a fecha de hoy no sepamos cuántos juzgados se crean para asumir tal cosa, porque de no hacerlo el colapso es seguro. Y a ello se añaden las Secciones de Infancia y adolescencia, que tampoco sabemos muy bien si supondrán más medios materiales o mezclar los existentes como si estuviéramos barajando las mismas cartas. Tiempo al tiempo.

              Hasta aquí, esta pequeña aproximación a la ley que entra en vigor, aunque más que otra cosa, parece una pataleta a caballo entre el escepticismo y el miedo. Ojala el tiempo no me dé la razón y no tengamos que decir aquello de “Virgencita que me quede como estoy”. Por eso dejo el aplauso en suspenso. El tiempo dirá si batimos las palmas o tiramos tomates

 Eternidad: por siempre jamás


              Nada es para siempre. Es un dicho que repetimos constantemente, aunque no siempre nos lo creemos del todo. Y así, el cine tiene títulos como Eternamente joven, De aquí a la eternidad o Por siempre jamás, que confirman esa creencia.

              En nuestro teatro, tampoco hay nada que sea eterno, aunque a veces haya procedimientos que lo parezcan. No obstante, hoy no iba a hablar de las cosas que parecen eternas, sino de las personas que deberían serlo.

              Hace apenas unos días, perdía a mi madre, de la que tantas veces he hablado en estas páginas. Me quedaba sin mi referente, sin mi modelo a seguir, sin tantas cosas que duele con solo pensarlo. Por eso, y como una es una juntaletras de principio a fin, ya le dediqué varios textos en periódicos en los que publico habitualmente, contando que Creía que sería eterna o que estaba atravesando Los momentos difíciles.

              Y ahora le tocaba a este escenario, mis escritos más libres y personales. Y mi madre no se podía quedar sin su homenaje toguitaconado. Por eso os contaré y reviviré todos esos recuerdos con ella que están relacionados con nuestro mundo. Algunos ya los he contado alguna vez, pero seguro que me perdonáis que me repita. Incluso es posible que haya quien me lo agradezca.

              Y es que, a mi madre, como a la mayoría de madres de opositores, corresponde, por lo menos, la mitad del mérito de haber aprobado primero la carrera y luego las oposiciones. Porque además de obvio soporte económico sin el cual tales cosas no serían posibles, ella me dio mucho más. Compartía mis noches de estudio -cosía mientras yo estudiaba-, ajustaba sus horarios a los míos, soportaba estoicamente mis malos humores y hasta me ayudaba con mis neuras, saliendo escopetada a comprar coca cola, café o ese rotulador sin el cual yo no podía seguir estudiando. Y lo hacía sin perder la sonrisa. Bromeando con que me lo cobraría cuando, una vez destinada en un pueblo perdido, ella fuera quien cuidara las gallinas. Luego el pueblo perdido no llegó y mi primer destino fue, precisamente, Castellón, la provincia donde ella nació, pero no hubo gallinas que cuidar. No falta que nos hacían.

              Mi madre, como creo que todas las madres, ha seguido formando parte de mi vida toguitaconada. En el plano intelectual le debo, sin duda alguna, la inspiración continua por la lucha por los derechos de las mujeres. El hecho de que a ella la sociedad de su época le impidiera tener unos estudios para los que estaba más que dotada es algo que ella siempre tuvo presente para impedir que semejante cosa sucediera con sus hijas. Y para mi, como mujer, su caso, como el de toda esa generación, ha sido un acicate constante para no bajar jamás la guardia. Se lo debemos.

              Aunque no hace falta ponerse tan profunda. Mi madre era quien estaba pendiente de que mis puñetas estuvieran bien cosidas, quien las restauraba si procedía y quien me recordaba de vez en cuando que la toga iba necesitando un paso por la tintorería que, cómo no, tenía que ser la que ella conocía no fuera a llevarla a cualquier sitio donde me hicieran un desastre.

              No obstante, tan vez lo más característico de mi madre ha sido siempre su interés, sus ganas de saber, de conocer y de estar informada, hasta el último de los días de sus casi 101 años. Ella se preocupaba en conocer la actualidad, y en preguntarme por aquellas cosas que no entendía o no comprendía, que no es lo mismo. Porque, como yo le decía, podía explicarle por qué sucedían algunas cosas, qué ley se aplicaba y cómo se hacía, pero no siempre he podido comprender por qué pasan ciertas cosas. Y ella, claro está, tampoco.

              Siempre decía, haciendo gala de una más que evidente falta de objetividad, que si su hija pequeña -o sea, yo- mandara en el país, ya vería todo el mundo lo rápido que las cosas se arreglarían. Aunque, a continuación, una vez recuperada la objetividad en todo o en parte, me sentenciaba “pero ni se te ocurra meterte en política”. Así era ella.

              He perdido con su marcha, también, a mi más fiel lectora y mi más rendida admiradora. Ella siempre leyó mucho, pero, desde que me lancé a mundo de la publicación de libros, decidió que nadie escribía como su hija, y mantuvo esta afirmación hasta el último suspiro. Y, aunque algo había de pasión de madre en semejante afirmación, ella negaba rotundamente tal cosa. “Y lo digo de verdad”. Era su frase.

              Ahora luzco con orgullo el colgante que ella y mi padre me regalaron cuando acabé la carrera, del que hablé en otro estreno. Un colgante que ella vio en una revista hacía años y guardó para encargárselo a un joyero llegado el momento. Hoy la llegado el momento de compartirlo con quienes me leéis, y esa es la imagen de este post

              Ahora el telón de su vida se cerró para siempre. Aunque vivirá siempre en mi y en todas las personas que la recuerdan, Y no solo en el recuerdo, sino en mi día a día. Nada de lo que soy hubiera sido posible sin ella. Por eso será eterna. Y por eso el aplauso hoy es para ese recuerdo que permanecerá siempre.

Revancha: un cuento de Derecho


Nunca olvidaré la expresión de su cara ese día. Llegó a mi despacho con una palidez que no tenía nada que ver con su color de piel. Por primera vez en su vez, no parecía que acababa de salir de una cabina de bronceado
– Es él, es él
No conseguía decir otra cosa. Repetía aquella frase como un mantra, sin que yo tuviera ninguna idea de aquello a que se refería. Ni me lo imaginaba.
– Es él- repetía- No había vuelto a verlo desde entonces
– ¿Desde entonces? ¿Desde cuándo? -yo trataba de averiguar qué quería decir- ¿Quién es él?
– Él -lloriqueaba- Él. No lo había visto hace más de veinte años, pero no tengo, de duda. Lo más mínimo
– Pero, digas -insistí- ¿Quién puñetas es él?
Parecía que a mi compañero se le hubiera aparecido el mismo demonio. Tenía el gesto descompuesto en casi una mueca y, incluso, un tipo de convulsiones lo sacudían de vez en cuando. Apenas lo podía reconocer, a él, que era una persona seria, un poco tímido y siempre previsible. O esto es el que pensaba de él, a lo largo de los cuatro años que llevaban compartiendo despacho. Ahora estaba totalmente descolocada. A pesar de que aquello mío no era nada si lo comparaba con él.
– He pedido un rato de descanso -me dijo algo más calmado- He dicho que me encontraba mal
– Y no era mentira, por el que veo
– No, no
– ¿Quieres que te sustituya? -me ofrecí- No me importa. Sea cual sea el que te paso, si me pones en antecedentes
– Te lo agradezco, pero no hace falta. Aquello tengo que hacerlo yo
– Como quieras. Y si cambias de opinión, ya sabes
– Gracias. De verdad
Al fin, se decidió a contármelo. No tuve que insistir demasiado. Lo necesitaba. Y debía de necesitarlo hacía mucho de tiempo
Los hechos se remontaban a muchos años atrás, cuando él iba a la escuela. Entonces, según me decía, las cosas no eran como por hoy, y había una regla no escrita según la cual el que pasaba en el colegio, se quedaba en el colegio. Y, por supuesto, los padres, cuanto menos supieron, mejor. Quizás si las cosas no hubieran sido así, hoy no estaríamos hablando de este modo. O quizás sí
Me explicó que era un niño delgado y débil, con unas ojeras de las que decían “de culo de vaso”. No tenía nada que ver con la persona que tenía ante mí, de más de un metro ochenta de estatura y con un cuerpo trabajado de lo lindo en el gimnasio. Las gafas, por supuesto, habían quedado hacía mucho de tiempos al quirófano de un cirujano. Le miré boquiabierta
– No te extrañes tanto -me dijo, al mismo tiempo que leía mi pensamiento- Crecí demasiado tarde, y hasta los dieciocho años era siempre el más pequeño de la clase.
Empezaba a comprenderlo. Débil, tímido, con gafas y, para acabar de arreglarlo, muy estudioso. Carne de cañón para los abusadores.
No tardé nada en darme cuenta que no me equivocaba. Por desgracia, no era una situación demasiada original, a pesar de que los detalles eran espeluznantes. Entonces y ahora.
Eran los setenta. Y, como muchos de los niños de la época, él iba a un colegio religioso. Los curas miraban hacia otro lado si pasaba cualquier cosa que pudiera desprestigiar el centro, y los compañeros -todos chicos, como correspondía- te estigmatizaban si osabas delatar alguien. Así que la única solución era hacerse gotita de agua y aguantar el que viniera de la mejor manera posible.
Lo que le vino a él fue la tirria del líder de la clase, un chico forzudo que había repetido curso un par a veces y que imponía su voluntad sin que nadie osara contravenirlo. Cada día le hurtaba su almuerzo, que su madre le preparaba con mucho de afecto y mucha mantequilla, además de salchichón, queso o jamón, según el día. También lo obligaba a hacerle los deberes. Igual daba, fuera dibujo, matemáticas o lengua. Pero, todas esas cosas no lo hubieron importado si no fuera por las burlas. Una vez, el líder y sus colegas le quitaron la ropa y tuvo que irse a casa suya en calzoncillos, y, a pesar de que era el mes de diciembre y la temperatura era bastante baja, el frío que sufrió no fue nada comparado con la sensación de vergüenza y ridículo. También escondían su mochila, que aparecía después llena de barro o, incluso, con cucarachas, ratones u otros bichos dentro. Pero, la broma que más parecía gustar sucedía alrededor de sus gafas, que a menudo tenía que recoger del váter. Una vez, además, tuvo que meter la cabeza dentro de la cisterna, mientras el resto de la clase, todos juntos en el cuarto de baño. se deshacía en risas.
Al principio, él tenía un par de amigos, pero los amigos desaparecieron de su lado por el miedo que los pasara el mismo. Y, de este modo, al sufrimiento del acoso se sumó la soledad del ostracismo. Y así es como pasó cada año de escuela. Una pesadilla que solo se acabó cuando salió para no volver. Nunca había vuelto, ni a reuniones de exalumnos, ni siquiera si algún sobrino suyo tomaba la Primera Comunión iba a la Iglesia. Incluso, si tenía que pasar por la calle donde estaba el colegio, iba por otro camino para evitar ver aquella fachada que había poblado sus pesadillas por tanto tiempo.
Me costó contenerme y no llorar, pero, todavía me costó más contener mi indignación. Aquel hombre fantástico que tenía ante mí había estado a punto de no estar
– Intenté matarme. Me tomé las píldoras que usaba mi madre, no sé para qué. Pero solo conseguí sentirme todavía peor, después del lavado de estómago que me hicieron en el hospital. A mi madre le hacía tanta vergüenza que ni siquiera lo contó a los profesores. Y a mí me hizo prometer no abrir la boca
No sabía que decir. No sabía si darle un abrazo, pero no tenía bastante confianza para hacerlo. El sonido de su móvil me sacó de mi estupefacción
– Tengo que irme a la guardia. Ya me han preguntado tres veces si me encuentro bien y ya no tengo excusas
– Ya sabes que si quieres, voy yo
– No hace falta -me dijo, con voz otra vuelta segura- Ha llegado el momento de enfrentarme con mi niñez.
– ¿Seguro?
– Seguro.
Mi compañero, fiscal como yo, tenía ante sí a aquel líder de la clase que destrozó todo su tiempo de escuela, el hombre por culpa del cual quiso morir cuando solo era un niño. Estaba acusado de un robo, a pesar de que la mujer a la cual presuntamente había atracado no estaba segura en la hora de reconocerlo. Podía pedir su encarcelamiento o no hacerlo. Sabía que si no lo hacía, a pesar de que el juez pensara que era lo más adecuado, él saldría libre.
El detenido lloraba sin disimulo. Él creía que lo había reconocido, pero, por si acaso, se aseguró que el juez le gritara por su apellido, como hacían en el colegio, a pesar de que ahora precedido con aquel “señor” que le daba importancia. Al escucharlo, el detenido lloró todavía más, y no osó levantar los ojos del suelo. Él lo miró a los ojos, y haciendo una pausa que parecía eterna, hizo su informe
– El Fiscal pide la libertad provisional del detenido
Al pronunciar esas palabras, notó que un nudo se deshacía en su garganta. Un nudo que llevaba a su interior desde que era un niño.
– Gracias -musitó el detenido- Gracias
Pero él no le hizo caso. Ni siquiera se dignó a mirarlo. Solo sonrió de una manera diferente, como nunca lo había hecho desde hacía muchos años
– ¿Por qué no has pedido la prisión? -le pregunté después- Podía justificarse perfectamente
– Lo sé, y por un momento lo pensé, de verdad. Pero al fin hice exactamente lo que habría hecho con cualquier otro detenido. No estaba dispuesto al hecho de que su presencia vuelva a obligarme a hacer cosas que no quiero hacer.
Tenía razón. Y esa, precisamente, había sido su revancha.
Y entonces sí que lo hice. Le di un abrazo. Y él respondió con su cuerpo de hombre y el alma del niño que nunca llegó a ser.

Amuletos: por si acaso


            Estoy segura de que, si hiciéramos una encuesta pública, pocas personas reconocerían abiertamente ser supersticiosas, pero si la encuesta fuera anónima, saldrían muchas más. Porque hay mucha gente que dice no serlo, pero no soporta ver cruzarse a un gato negro, no pasa por debajo de una escalera y maldice su suerte como se rompa un espejo. Ya había una obra de Agatha Christie que hablaba de El espejo roto, transformada en película en El espejo se rajó de parte a parte. Por no hablar de nuestro martes y trece, que en su versión anglosajona ha dado lugar a toda una saga de películas, Viernes 13, con el terrorífico Jason haciendo de las suyas. Y es que todo el mundo tiene sus fobias. Y sus filias, claro.

            En nuestro teatro teóricamente no tenemos nada que ver con las supersticiones, pero, a la hora de la verdad, del dicho al hecho hay un buen trecho. Y, como dicen los gallegos, no creemos en las meigas, pero haberlas, haylas.

            Si soy sincera, el momento más dado a las supersticiones es el tiempo de estudio, especialmente cuando de estudiar oposiciones se trata. La angustia por jugárnoslo todo a una carta nos convierte en unos seres huraños a quienes cualquier alteración puede sacar de sus casillas. Y no hablo de cosas graves, sino de asuntos tan nimios como que se acabe el rotulador que gastamos para subrayar y no haya disponible otro del mismo color. Que yo me vi en ese trance con mi pobre madre dispuesta a recorrerse todas las papelerías de la ciudad. Y, por supuesto, quine die un rotulador dice un bolígrafo o una regla para subrayar.

            Luego llega el momento del examen, donde todo el mundo aporta algo para que nos dé suerte, desde una estampita hasta un búho de porcelana, todo vale. Y ay de nosotros como se nos pierda o se nos rompa. Mi madre me ocultó que se le había roto el dichoso búho y lo pegó como mejor pudo, y solo me lo confesó cuando ya había aprobado. Y ya he contado más de una vez que me llevé al examen el San Pancracio que me regaló mi tía, perejil incluido. Aun recuerdo la cara de pasmo de quine cuidaba aquel primer examen escrito cuando me lo vio sacar.

            Además de todo esto, están las prendas de la suerte, como el jersey primaveral que un compañero se empeñó en llevar en pleno mes de enero en Zaragoza porque le daba suerte. Aprobó, sí, pero la pulmonía no se la quitó nadie.

            No obstante, las supersticiones y el uso de amuletos, fetiches, o como queramos llamarlos no acaba ahí. Más de una vez he oído decir a gente teóricamente muy sensata que no se hacía una toga nueva, aunque la suya estuviera pidiendo a gritos la jubilación, porque eso daba mala suerte. Yo misma, que no lo he pensado nunca, me resisto como una jabata a cambiarla, aunque ya ha cumplido los treinta años y no le vendría mal un descanso.

            Y hay una norma no escrita que casi todo el mundo en Toguilandia guarda a rajatabla. No hay que decir nunca que la guardia está tranquila porque eso llama a los hados para que pase algo gordo. Y otro tanto cabe decir de los juicios o de cualquier otro señalamiento. Recuerdo que eso fue lo que comentó mi compañera de despacho momentos antes de que el accidente de metro más terrible sucediera, así que ahí lo dejo.

            También decía siempre un compañero en mi primer destino que nunca hay que dejar el casillero vacío del todo, porque ese espacio vacío llama a toda prisa a más cusas y más complejas. Y yo creo que no le faltaba razón, aunque como están las cosas es difícil conseguir ese cero absoluto con la que tantas y tantos soñamos, sea en su versión analógica -el papel de toda la vida- o en la digital.

            Yo confieso que para los actos importantes siempre me pongo el colgante que me regalaron mis padres al acabar la carrera, una balanza de la justicia que mi madre vio que llevaba en el Hola una famosa y llevó a un joyero para que la copiara. Algún día la compartiré para ilustrar un estreno toguitaconado

            Y con esto cierro el telón por hoy. El aplauso, desde luego, es para todas aquellas personas que, además de confiar en la suerte lo hacen en su propio trabajo. Que ya dice el refranero que a Dios rogando y con el mazo dando

 Más 8 M: ¿menos 8 M?


              A pesar de que el mundo del cine ha discriminado mucho a las mujeres, son muchas las películas con protagonistas femeninas, individuales o colectivas, sean Mujercitas o Princesas, estén Solas o quieran Volver, sean Superwoman, 10 La mujer perfecta o La mujer de rojo. Y muchas, muchas más.

              En nuestro teatro las mujeres cada vez somos más. Atrás quedó ese tiempo en el que no nos dejaban acceder a la carrera judicial ni a la fiscal o en el que ser abogada era ser una rara avis.

              Pero hoy, en vísperas del 8 de marzo, ¿podemos decir que hemos avanzado tanto como debiéramos? Es más, ¿podemos decir que hemos avanzado? ¿o tal vez nos hemos estancado, incluso retrocedido? Pues habrá que hacer balance.

              En los estrenos de pasados años por el día de la mujer, hemos hablado de las pioneras , de ese humo morado que dio lugar al color característico de las celebraciones de la mujer, de la situación de las mujeres en la justicia y de muchas cosas más. Pero hoy toca echar la vista atrás y ponernos luego delante de un espejo para contestar. Y tal vez no nos guste la respuesta.

              Empezando por lo positivo, podemos afirmar que por fin tenemos una mujer presidiendo el Consejo General del Poder Judicial y el Tribunal Supremo, y que ya habido 3 mujeres Fiscales Generales del Estado. Pero no echemos las campañas al vuelo, porque el número de mujeres que presiden Tribunales Superiores de Justicia en la actualidad es un triste 1, tras la jubilación de la presidenta valenciana, que durante mucho tiempo fue la única y luego compartió el hecho de ser la única representante femenina con su compañera extremeña, que ahora queda Sola ante de peligro. Y esto no dice nada bueno del avance de la igualdad, por más que en la carrera fiscal los números sean un poco mejores. En lo que a la Abogacía respecta, la cosa no es mucho mejor, porque la única presidenta que ha ostentado el cargo de presidenta del Consejo General de la Abogacía ya ha sido sustituida por un hombre, y hombres son también la mayoría de decanos

              Pero la igualdad no se reduce a la mera estadística, por más que sea importante. Y probablemente el mayor indicador venga dado por la posibilidad de que las mujeres profesionales contemos con normas sobre corresponsabilidad -que no conciliación- que nos permitan tener las mimas posibilidades que nuestros compañeros varones. Y eso, que cada día está mejor para quienes cobramos un sueldo del Estado, quiebra por completo cuando de mujeres abogadas se trata. Todavía queda un largo camino a recorrer en ese sentido.

              Si echamos un vistazo a la evolución legislativa, cada día hay más leyes feministas, desde que la ley integral de violencia de género en 2004 y la ley de igualdad efectiva de mujeres y hombres en 2007 abrieron un camino que convirtió a nuestro país en un referente legislativo en todo el mundo en materia de igualdad. Su último hito ha sido la llamada ley del solo sí es sí que, aunque fue muy denostada por sus problemas de técnica que motivaron revisiones no deseadas, tenía y tiene aspectos muy positivos en la protección de las mujeres, que van mucho más allá del Derecho Penal. También la nueva ley de eficiencia procesal contiene disposiciones para proteger a las víctimas de violencia de género fuera de la pareja o expareja, pero habrá que ver cómo es su puesta en práctica, porque sin medios corremos el riesgo de que produzca el efecto contrario al pretendido, y suponga retraso y caos para las víctimas. Ojalá me equivoque,

              No obstante, hay algo que me preocupa enormemente. Igual es cosa mía, pero cada día encuentro más desidia en lo que a la jurisdicción de violencia sobre la mujer se refiere, por no hablar de que una abrumadora mayoría de titulares de juzgados de violencia sobre mujer, fiscales o  lajs que sirven en tales juzgados son mujeres. ¿Por qué será?

              Así que aquí lo dejo. Que cada cual responsa a las preguntas que he formulado El aplauso será para quien cada día demuestra que de verdad cree en un mundo donde seamos cada vez más iguales

Olvido líquido: La dana y las fallas


Relato finalista del concurso de El Turista Fallero (traducido del valenciano)

Imagen de madebycarol

-Vuelve a casa! Vuelve a casa!. El yayo vuelve a casa!
María estaba emocionada. A pesar de que todavía era una niña, aquello que había vivido en los últimos tiempos lo había hecho madurar de repente. Pero, fuera como fuera, el que era una constante era su adoración por su yayo
María, y también toda su familia, pensaban que lo habían perdido. El desbordamiento del barranco por la Dana lo pilló su taller de artista, mientras trabajaba en su pasión y su oficio: la creación de fallas. La Dana se llevó el taller de Antoni con todos sus muñecos, y a punto estuvo de llevárselo a él. Se salvó en el último momento, cuando un helicóptero lo rescató de arriba de una estructura de madera, que era todo el que quedaba de su gran proyecto para las fallas de este año.

-Tenemos que tener muy presente el que han dicho los médicos -dijo la madre de María- Él no se acuerda de nada del que ha pasado. Tenemos que tener cuidado para que no se ponga nervioso. Nada de hablar de la Dana. ¿Está claro?. Por suerte, en la casa apenas se nota ya, después de dos meses

-¿Y si pregunta por el taller? No queda nada, madre

-Ya veremos como lo hagamos. Pero hay que fingir. No tenemos otro, de remedio

-?Que difícil, madre! Qué difícil lo ha puesto la Dana!

-¡María! -viene retomarla la madre- No vuelves a pronunciar esa palabra. O se te escapará con el yayo. Y ahora pone tu mejor sonrisa, que ya llega con tu padre

-Está bien, mamá.
Antoni llegó a casa algo más delgado que antes. Aparentemente, era lo único que lo diferenciaba del Antoni de antes del desastre. Sin embargo, María notó otra mirada en sus ojos. No podía explicarlo, pero él se daba cuenta.
-Escuchadme -dijo Antoni una vez estaba instalado- Ha pasado mucho de tiempo sin trabajar al taller, y el tiempo se nos comerá. En nada estamos en Fallas

-Padre -dijo su hija- Ha dicho el médico que todavía tienes que descansar. Nada de trabajar de momento

-Pero estoy bien. El médico ha dicho que solo fue un susto por la tensión

-Ya, pero todavía es pronto. Espera unos días

-Yayo -intervino María- que no te quite el sueño. Descansa y en una semana te incorporas. Yo te ayudaré cada tarde al volver de escuela. Sabes que me gusta mucho

-Es verdad. Y te das maña. Me fío de ti. Pero solo una semana. ¿Entendido?

-Sí, yayo
La madre de Maria le tiró una mirada asesina. Disimulaba cómo podía, pero la cogió por banda después
-Pero Maria. ¿Cómo le dices esto? En una semana no está listo el taller, ni los ninots, ni nada
-Pues tendrá que estar. Limpiaremos el taller y lo dejaremos perfecto. Pediré herramientas a otros artistas. A buen seguro que nos ayudan

-¿Y los ninots que estaban hechos? Los que…desaparecieron?

-Ya lo he pensado. Lo diremos que se los han llevado por una exposición. Y que se tiene que centrar al nuevo encargo

-¿Qué encargo?
-Te lo cuento. Fingiremos una llamada encargándole una falleta infantil.

-¿Y no se dará cuenta? Conoce nuestra voz
-Madre, te ahogas en un vaso de agua. Parece mentira, con toda el agua que hemos sufrido
-¿Entonces?
-He hablado con Mateu, el hermano de mi amiga Empar. Fingirá que es el presidente de una falla que pide sus servicios
-Lo tenes todo pensado, hijita

-Por el yayo, el que sea
Dicho y hecho. En una semana entre María, sus padres, compañeros y amigos de Antoni, el taller estaba listo. Parecía el mismo que antes de que el agua lo destrozara.
Cuando volvieron, encontraron Antoni entusiasmado
-¡María! Tendrás que ayudarme mucho. Tenemos un nuevo encargo.
Una semana después de su alta, Antoni estaba con María al taller. Habían conseguido su propósito

-Maria, tengo una idea para la falleta

Di, yayo

-El tema sería una inundación. Y la colaboración de todas las personas para hacer como si no hubiera pasado nada. ¿Qué te parece?

Fantasía: más allá de Disney


            La fantasía es uno de los ingredientes fundamentales en el mundo del arte en general, y en el del cine y el teatro en particular. Fantasía se llama la clásica película de Walt Disney, válida para todos los tiempos y todas las edades, y también conocemos a Los cuatro fantásticos. Incluso había un programa en el prime time de la prehistoria que tenía por nombre Fantástico, presentado, si mal no recuerdo, por el bigotudo José María Iñigo. Aunque quizás unos de los fantásticos más recordados era Kit, El coche fantástico, capaz de hacer absolutamente todo, hasta de hablar y pensar por sí mismo

            En nuestro teatro no vivimos en u mudo de fantasía, precisamente. Más bien todo lo contrario, aunque, dado el uso y abuso que en los últimos tempos se hace de esta palabra, ya me he encontrado a quien ha dicho sin despeinarse que este te juicio es una fantasía”. Verdad verdadera.

            Fantasía, según el diccionario de la Real Academia, es “la facultad que tiene el ánimo de reproducir por medio de imágenes las cosas pasadas o lejanas, de representar las ideales en forma sensible o de idealizar las reales”, según la primera de sus acepciones, o bien “grado superior de la imaginación; la imaginación en cuanto inventa o produce”. De modo que difícilmente un juicio pueda ser una fantasía, como tampoco lo puede ser un acontecimiento o una persona, salvo muy contadas excepciones. Sin embargo, hoy en día la gente utiliza el término para absolutamente todo, sea persona, animal o cosa. E igual que dicen que el juicio fue una fantasía, te dicen que un perro, un gato, o una morcilla de Burgos lo son. Y, por rica que esté la morcilla, difícilmente puede llegar a ser un grado superior de la imaginación  representar un ideal.

            Pero es que a veces, se pone de moda una frase o vocablo y lo empleamos para todo, venga o no venga a cuento. Otro tanto ocurre con otra palabra que, a costa de usarse, ha acabado por horripilarme. Hablo de “espectacular” una suerte de comodín que igual se predica de evento o del talento de una artista, que es lo que corresponde, como se usa para hablar de una paella o una caña de cerveza. Y, cómo no, de un juicio, que también he oído a alguien que lo describía como “espectacular”, a pesar de que, para serlo, tendría que tener caracteres de espectáculo público o ser aparatoso o ostentoso, siguiendo de nuevo al diccionario. Y sí, acepto pulpo como animal de confianza y estoy dispuesta a reconocer que algún que otro proceso mediático asemeja, por desgracia, a un espectáculo público, y además resulta aparatoso -aunque difícilmente ostentoso-, pero no es precisamente lo más recomendable que así sea.

            Pero si hay una palabra cuyo uso y abuso m resulta realmente curioso, por no decir otra cosa, esa es “” bizarro”. Tal adjetivo tal como se ha usado toda la vida, equivale a ser valiente o arriesgado o bien a ser generoso, lúcido o espléndido, continuando echando mano de la RAE. Sin embargo, en los últimos tiempos he visto usarlo, sobre todo por gente joven o en redes sociales como algo curioso, llamativo, grotesco o chulesco, según se trate. Y, a pesar de que he hecho la prueba, preguntándole a uno de sus usuarios por qué quería decir semejante adjetivo, nadie me ha sabido contestar lo correcto. Es más, nade ha sido capaz de contestarme. Y, por si acaso alguien lo piensa, un juicio no puede ser bizarro Y tampoco puede serlo un delincuente, aunque eso o algo parecido sí que lo haya escuchado.

            Son solo algunos ejemplos de esos modismos que se incrustan en cualquier frase vengan o no vengan a cuento. Como la época en que todo el mundo pedía “un poquito de por favor” por contagio con un personaje televisivo o, retrocediendo en el tiempo, decía que eso o aquello era “guay” o, lo que es peor, “guay del Paraguay”. Y la lista se podría incrementar mucha más saludando con un “Hola, Coca Cola” o despidiéndose con un “Hasta luego, Mari Carmen” o “Hasta luego, Lucas”.

            Y, hablando de despedirme, cierro el telón por hoy. Y el aplauso se lo doy, desde luego, a quien es capaz de expresarse sin caer en esas modas que poco o nada aportan. Ahí lo dejo

 Creía que era feliz: y van 11


              Hoy voy a usar el título de una película antigua y bien conocida -al menos para varias generaciones- para contar lo que he vivido el 21 de febrero de 2025, un día que quedará en mi memoria. El título en cuestión es La familia y uno más, y me viene de perlas para contar lo que quiero contar. Mis criaturas literarias tienen un nuevo hermanito, el que hace once, y la bautizamos en un salón lleno de personas que forma parte de mis diversas familias, la de sangre y todas esas otra que una teje a lo largo de su vida.

              En nuestro teatro ya hay muchas personas que conocen de mi afición por las letras, y fuera de él, también. Y estaban representadas en ese salón lleno. Y eso no puede hacerme más feliz.

              Presentamos en la FNAC de Valencia la llegada al mundo de mi nueva criatura literaria, Creía que era feliz, que también inauguraba una colaboración con la editorial Sargantana que espero que sea larga y fructífera. Desde luego, no podía haber empezado mejor.

              A las siete de la tarde cuando el evento estaba anunciado, ya estaba el salón lleno y todavía se fue llenando más conforme iba avanzando. Es maravilloso sentirse tan arropada y, por qué no decirlo, tan querida. Personas de mi mundo de mi entorno familiar, de letras, de fallas -con dansà, teatro y costura, por descontado-, de ballet, de Toguilandia, de medios de comunicación, de mis queridas dones esmorzadores, amigos y amigas y personas que de un modo u otro forma parte de mi vida, se dieron cita para conocer a mi nuevo bebé en forma de libro. Además, por supuesto, de quienes, por una u otra razón, estaban, aunque no estuvieran, empezando por mis hijas o mi madre. Pleno al quince.

              En la mesa no estaba sola. Todo lo contrario, estaba en la mejor compañía, con Paz Navarro, en representación de la editorial, y Ana Durán, periodista y amiga que no dudó ni un segundo cuando la atraqué para que me escribiera el prólogo y abusé de ella pidiéndole que, además, me presentara. Que lujo tener a mi lado esa voz que tantas personas oímos e la radio día a día.

              No contaré mucho del libro por no hacer spoiler o, por decirlo en correcto castellano, por no destriparlo. Me limitaré a decir que es un libro de intriga, donde se trata de averiguar, a través de la voz de más de cincuenta personajes, donde está una mujer de vida aparentemente perfecta que ha desaparecido sin dejar rastro. Y, sobre todo, de saber por qué lo ha hecho.

              Creía que era feliz es el título de la novela, y ya con esa frase quiere dar idea de lo poco que conocemos alas personas que nos rodean y de los poco que nos conocemos a nosotras mismas. El resto tendrá que descubrirlo cada cual cuando lo lea. De momento, no es que lo crea, sino que soy feliz de saber la cantidad de casas a las que se va mi novela, teniendo en cuenta lo que ejercité mi muñeca firmando ejemplares.

              Para acabar, diré que con los libros pasa como con las hijas e hijos. Cada uno es diferente, se recibe con la misma ilusión y se cuida con el mismo mimo. Y en eso estamos. Espero que a todas estas personas que me acompañaron presencialmente se unan muchas otras que nos den la oportunidad a mi novela y a mí de entrar en sus casas

              Y ahora solo me queda el aplauso, que va, obviamente, para mis magníficas presentadoras y para todas las personas que me acompañasteis. Mil gracias por regalarme este momento

              Y, por supuesto, aquí os dejo la información del libro en la web de la editorial. Las librerías nos esperan.

 Prevención: de tiritas y vacunas


              Todo el mundo sabe que es mejor prevenir que curar. La prevención es algo tan importante que hasta hay programas de televisión que lo llevan por título, Más vale prevenir. Y es que antes de que, ante la llegada de un Peligro inminente, hay que estar preparada.

              En nuestro teatro la prevención juega un pape importante, pero hay que aclarar que los órganos judiciales no son órganos preventivos. Y eso muchas veces se confunde, sobre todo en la jurisdicción penal. Y de eso quería ocuparme hoy.

              Cuando los órganos judiciales dictan medidas cautelares mucha gento los confunde con las medidas preventivas. Pero no son lo mismo. Las medidas cautelares, en Derecho Penal, se acuerdan dentro de un procedimiento por un delito cometido, para evitar varios riesgos: alterar o hacer desparecer pruebas, o proteger a la víctima de otro atentado contra ella. Cuando se trata de un procedimiento de otra naturaleza, como el civil, de lo que se trata es de proteger el objeto del pleito, esto es, que cuando se vaya a cumplir una eventual sentencia, no sea inútil por haber desparecido el bien que se iba a ejecutar o el dinero que se iba a cobrar.

              Entonces ¿Por qué cada vez que asesinan a una mujer, o que ocurre otra terrible tragedia, se busca un culpable con toga por no adoptar medidas? ¿por qué se les culpa de no creer a las víctimas que dicen tener miedo, cuando no se trata de creer o no creer sino de mucho más? Es una cuestión difícil de explicar, pero hay que intentarlo. Y conste que no pretendo hacer corporativismo, sino explicar las cosas como corresponde. Es decir, buscar soluciones y no buscar culpables, que es lo que siempre parece hacerse.

              Lo explicaré con un ejemplo que resulte visual. Si una persona no está enferma, no puede pedir tratamiento por si enferma. Ni siquiera pueden dárselo si tiene miedo porque en su familia hay varios casos de determinada enfermedad y tiene riesgo de contraerla, si es que no ha contraído la enfermedad. Pero lo que sí puede hacerse es que esa persona, en la que concurren factores de riesgo, se someta a revisiones periódicas y cuide su alimentación y sus actividades para no incrementar esos riesgos. Eso serían medidas preventivas y en los juzgados no nos corresponde hacer nada parecido.

              Sin embargo, lo que sí podemos hacer es adoptar medidas cautelares, que equivaldrían al tratamiento que se suministra a la persona cuando la enfermedad ya se ha manifestado para evitar que siga avanzando y que, en la medida de lo posible, se acabe con el agente patógeno, pero que no se pueden aplicar si no hay dolencia, aunque exista el miedo de padecerla. En otras palabras, la medida preventiva seria la vacuna y la medida cautelar la tirita que evita que la herida existente se infecte.

              De este modo, si alguien tiene miedo de sufrir una agresión, pero no ha pasado nada -o si pasó, ya cumplió la pena- no procede una medida cautelar, pero sí procede si ha sufrido una amenaza, para evitar que esa amenaza se cumpla.

              ¿Y cómo se entiende esto con la tan traída y llevada valoración del riesgo? Pues tampoco es fácil de explicar, porque como decíamos en el estreno dedicado a ello ni es nuestro único instrumento ni opera automáticamente. Si lo que se valora es únicamente un riesgo elevado de sufrir un mal, pero sin que venga acompañado de la comisión de un delito, no es el juzgado el lugar adecuado para buscar medidas, como tampoco l es si la proporción entre lo cometido y la medida a adoptar no existe.

              Pero no pensemos, de la manera simplista que hacen algunas personas, que hay que esperar a que suceda lo irremediable para ser creída, porque no es así. Primero, porque podemos creer que una persona tiene miedo, pero saber que no concurren los requisitos para adoptar una medida, y segunda, y más importante, porque hay otras instancias distintas de los juzgados, como son, según la naturaleza del caso, las fuerzas de seguridad, los servicios sociales o los recursos públicos que ofrecen asesoramiento, y ayudas de todo tipo cuando son necesarias, sean recursos habitacionales, prestaciones económicas o tratamiento psicológico.

              ¿Es esto tirar balones fuera? Desde luego que no Porque poner las vacunas para prevenir, las tiritas para evitar las infecciones, y el tratamiento para acabar con el virus es lo que hay que hacer, y aquí el orden de los factores sí que puede alterar el producto.

              Por eso, hoy el aplauso es para quienes hacen de su toga una bata para dar a cada cual lo suyo. Por difícil de entender que a veces sea.

 Comparaciones: no siempre son odiosas


              Hay un refrán según el cual “las comparaciones siempre son odiosas”, pero nunca se puede generalizar. Las comparaciones pueden ser positivas y negativas, buenas y malas y también de eso se hace eco el cine. Tan pronto se habla de hermanas que son Como dos gotas de agua como de quienes se llevan Como el perro y el gato. Así que el refranero nunca se puede tomar a pies juntillas

              En nuestro teatro también hacemos comparaciones, aunque no siempre se diga. Sé de buena tinta que hay profesionales que comparan fiscales entre sí -espero salir bien parada- o miembros de la judicatura, por ejemplo, porque afirman que no es lo mismo según quien les toque en suerte. Yo, desde luego, ni confirmo ni desmiento, porque nunca se sabe. Pero ahí lo dejo.

              No obstante, hay otro tipo de comparaciones que no afectan a personas sino a cosas, y pueden resultar muy útiles. Y hoy voy a traer al escenario algunas de ellas.

              Por supuesto, hablando de escenarios, la del teatro será la primera. Ya he contado alguna vez que este escenario de Con Mi toga y Mis tacones nació precisamente de una comparación, la que hice -y sigue haciendo alguna vez- para explicar a los miembros del Tribunal del Jurado cómo funcionaba la Administración de Justicia en general y el juicio en particular. Les explicaba que el desarrollo del juicio era como una obra de teatro donde el guion eran los hechos delictivos que se juzgan, los protagonistas, la víctima de un lado y el presunto culpable de otro, y el resto interpretábamos a esos actores y actrices de reparto sin cuyo trabajo la película no podía existir. La verdad es que la comparación funcionó tan bien que le animó a utilizarla para inaugurar este teatro, y después de varios años aquí seguimos. Hasta que el público diga.

              Pero, más allá de este arrebato de umbralismo toguitaconado, he de hacer una confesión. La idea de este post no me pertenece, la menos en exclusiva. La debo a la inspiración de la idea que una buena amiga me proporcionó respecto de un juicio en que había intervenido su marido, abogado de profesión y vocación. En el informe, cuando hablaba del fundamento de la responsabilidad civil por daño moral que estaba solicitando, hizo una comparación que me pareció imbatible. Tomó un folio y lo arrugó con fuerza, para después intentar quitarle las arrugas, mostrando como por más que no estirara, nunca quedaba como estaba antes. Lo mismo que sucede a una persona cuando ha i víctima de algo tan grave como un delito sexual. Por más que intentamos compensarla de la manera que sea, nunca volverá a ser la misma porque los efectos psicológicos se pueden paliar, pero no hacer desaparecer.

              Otra de las imágenes que suelo emplear, pero tampoco es a pero es muy útil es la de la rana y el agua hirviendo. Para describir el efecto de la violencia de género continuada en las mujeres víctimas se explica que el maltrato las anula tanto que llegado el momento no pueden reaccionar. Como el caso de la rana que, si se la introduce en agua hirviendo, salta, pero que si se le ha introducido en agua tibia y progresivamente se aumenta la temperatura, no es capaz de reaccionar cuando el agua está hirviendo.

              También es importante hacer comparaciones en cuanto al tiempo y el espacio, algo que aprendí de una amiga periodista. Si se da el tamaño en centímetros o metros, a veces es difícil hacerse a la idea, pero si se compara con algo que todos conocemos es mucho más sencillo. Algo que era tan grande como un campo de ´fútbol o tan pequeño como una naranja. O, sin ir más lejos, una comparación que oí una vez en labios de una forense: el torrente de sangre que salió de la herida era como una fuente.

              En cuanto al tiempo, es más fácil que el jurado o el tribunal se imagine lo que pasó si somos capaces de colocarlos en el instante de los hechos. Yo en una ocasión, en un juicio donde el acusado estuvo apretando el cuello de su víctima durante un minuto, me quedé callada durante un minuto, y la verdad es que fue impresionante imaginar permanecer todo ese tiempo sintiendo que te aprietan el cuello hasta dejarte sin respiración.

              Podría contar más, pero lo dejo para próximos estrenos. De momento, acabo con el aplauso, que dedico a quienes con su trabajo han inspirado esta función. Mil gracias