Enchufes: ¿nos da la corriente?


Todo el mundo sabe que el nepotismo, el tráfico de influencias a pequeña o gran escala e incluso la picaresca más o menos aceptada existe, y negarlo sería pecar de ingenuidad o, directamente, mentir. El cine nos lo muestra en películas como Parásitos, Recursos humanos o Amor de oficina, y la vida nos lo enseña a diario. Nos guste o no.

En nuestro teatro, sin embargo, los enchufes deberían no existir por definición, puesto que de hacer justicia se trata. Aunque, visto desde el otro lado, cuando existen deben ser incardinados en el delito de tráfico de influencias. Es lo que hay.

No obstante, sobre lo que hoy trato de reflexionar -y llamar a la reflexión- en este estreno no es tanto de los delitos evidentes, sino de esas pequeñas prácticas que pueden ser inocuas o caer directamente en el nepotismo y que, incluso, han sido miradas en alguna ocasión de refilón como parte de una picaresca que no debería de existir.

Pero, empecemos las cosas por el principio. ¿Existe el enchufe a la hora de aprobar una oposición como la nuestra? Pues tal vez sea yo quien ahora peque de ingenua, pero la experiencia me inclina a pensar que no existe y que, si lo hace, es en un mínimo porcentaje del que yo, afortunadamente, no conozco ningún caso.

A esto sé que habrá quien se apresure a decir que, si esto es así, ¿por qué se repiten apellidos en sagas de magistrados y fiscales? Pero tengo respuesta para ello. O, mejor dicho, respuestas. En primer lugar, niego la mayor, porque a día de hoy son muchísimos más quienes no proceden de ninguna saga de este tipo que quienes están en ese caso. En segundo lugar, y aun cuando hijos o hijas repitan la profesión de sus progenitores toguitaconados esto no es nada raro; en todas las profesiones se da el caso de hijos que quieren seguir los pasos profesionales de sus padres y de padres que impulsan o motivan a sus retoños a que así sea. Por último, pecaríamos de injusticia flagrante si suponemos que cualquier hijo o hija de juez o fiscal ha aprobado por ser vos quien sois, y no por sus méritos. De hecho, conozco muchos casos de compañeros y compañeras cuyas criaturas no han conseguido superar la oposición por más que lo han intentado. Y es que el sistema, aunque no sea perfecto -ninguno puede serlo- está lo suficientemente controlado para que la gente pueda colarse sin más.

Cuestión aparte es que las posibilidades económicas permitan opositar a quienes tienen el colchón económico de unos padres con una profesión de este tipo, pero eso es harina de otro costal. Algún día abordaremos lo relativo al sistema de oposición y a la democracia del acceso al mismo, aunque cada día, con becas y ayudas, sea más fácil superar estos obstáculos.

Y, continuando con la cuestión, situémonos en el otro lado. ¿Tiene más posibilidades de obtener una sentencia favorable quien tiene determinados contactos? Pues en principio no, máximo porque quienes vestimos toga con puñetas tenemos prohibido por ley interesarnos directa o indirectamente en un asunto concreto, y entre nuestras incompatibilidades está la relación de parentesco o la amistad íntima con alguna de las partes. Así que, por la cuenta que nos trae, bien nos cuidaremos de no inclinar la balanza a favor de quien nos pueda interesar. De probarse que hemos obrado así nos reportaría graves consecuencias disciplinarias e incluso penales. Y con las cosas de comer no se juega.

¿Por qué entonces se tiene a veces la sensación de que quien más poder tiene -sea económico, político o social- más posibilidades tiene de ganar un pleito? Pues, aunque no siempre sea así, cuando eso ocurre la razón es más bien de otro tipo. Quien puede permitirse pagarse a los mejores abogados parce que puede lograr mejores resultados. Y, aunque a veces sea así, también hay otras muchas en que un abogado o abogada de oficio realiza la mejor de las defensas y noquea a todos aquellos que cobran minutas con muchos ceros. Es la grandeza del turno de oficio bien entendido, cuya labor no se puede dejar de poner en valor.

En ocasiones, además, lo que ocurre es que las conclusiones interesadas realizadas desde determinados sectores o medios de comunicación hacen que lo que se ha hecho desde la limpieza y la honestidad parezca sucio e injusto. Ya abordamos alguna de estas cuestiones en el estreno dedicado a la ideología, a lo que hay que unir que la facilidad con la que se expanden bulos hace que las cosas se vean como nunca deberían verse. Como decía entonces, quien quiera entender que entienda.

Así que, por el contrario que ocurre con la empresa privada, aquí nadie hereda el juzgado ni la fiscalía, ni el puesto de funcionario o funcionaria. Pero en la empresa privada nadie lo cuestiona, como tampoco se cuestiona la valía de esos herederos que, aunque hayan hecho grande un imperio económico, nunca lo hubieran conseguido sin la labor de sus antecesores. Y eso también hay que tenerlo en cuenta.

Por eso hoy voy a romper una lanza, con aplauso incluido, para todos y todas las que trabajamos en este sector público que se llama Justicia. Porque muchas veces se nos trata con mucha más injusticia de la que merecemos.

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